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Serie: Rougon-Macquart

La jauría

La jauría, una novela de Émile Zola

La jauría es la segunda de las novelas que forman el ciclo Rougon-Macquart, con el cual Zola quiso retratar la Francia del Segundo Imperio, realizando un fresco de sus costumbres y su sociedad al estilo del que Balzac realizara con su «Comedia humana». El autor ambicionaba, además, reflejar la marca que la herencia imprime en todos los hombres, al centrar su historia en los avatares de una única familia, cuyos rasgos distintivos seguiría a través de las distintas generaciones.

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Capítulo 1

A la vuelta, entre la aglomeración de carruajes que regresaban por la orilla del lago, la calesa tuvo que marchar al paso. En cierto momento el atasco fue tal que incluso debió detenerse.

El sol se ponía en un cielo de octubre, de un gris claro, estriado en el horizonte por menudas nubes. Un último rayo, que caía de los macizos lejanos de la cascada, enfilaba la calzada, bañando con una luz rojiza y pálida la larga sucesión de carruajes inmovilizados. Los resplandores de oro, los reflejos vivos que lanzaban las ruedas parecían haberse fijado a lo largo de las molduras de un amarillo pajizo de la calesa, cuyos paneles azul fuerte reflejaban trozos del paisaje circundante. Y, en lo alto, de plano en la claridad rojiza que los iluminaba por detrás, y que hacía relucir los botones de cobre de sus capotes semidoblados, que caían del pescante, el cochero y el lacayo, con sus libreas azul oscuro, sus calzones crema y sus chalecos de rayas negras y amarillas, estaban erguidos, graves y pacientes, como sirvientes de una gran casa a quienes un atasco de carruajes no consigue enojar. Sus sombreros, adornados con una escarapela negra, tenían una gran dignidad. Sólo los caballos, un soberbio tronco de bayos, resoplaban con impaciencia.

—Vaya —dijo Maxime—, Laure de Aurigny, allá, en ese cupé… Fíjate, Renée.

Renée se incorporó levemente, guiñó los ojos, con el exquisito mohín que la obligaba a adoptar la debilidad de su vista.

—La creía huida —dijo—. Se ha cambiado el color del pelo, ¿verdad?

—Sí —prosiguió Maxime riendo—, su nuevo amante detesta el rojo.

Renée, inclinada hacia delante, con la mano apoyada en la portezuela baja de la calesa, miraba, despierta del triste sueño que desde hacía una hora la tenía en silencio, tendida en el fondo del carruaje como en una tumbona de convaleciente. Llevaba, sobre un traje de seda malva, con sobrefalda y túnica, guarnecido con anchos volantes plisados, un corto gabán de paño blanco, con vueltas de terciopelo malva, que le daba un aire muy audaz. Sus extraños cabellos de un leonado pálido, un color que recordaba el de la mantequilla fina, estaban apenas ocultos bajo un diminuto sombrero adornado con un manojo de rosas de Bengala. Seguía guiñando los ojos, con su aspecto de muchacho impertinente, su frente pura cruzada por una gran arruga, su boca con el labio superior que sobresalía, como el de un niño enfurruñado. Después, como veía mal, cogió sus quevedos, unos quevedos de hombre, con montura de concha, y sosteniéndolos en la mano, sin colocárselos en la nariz, examinó a la gruesa Laure de Aurigny a sus anchas, con un aire completamente tranquilo.

Los carruajes seguían sin avanzar. En medio de las manchas lisas, de un tono oscuro, que formaban la larga fila de cupés, muy numerosos en el Bosque esa tarde de otoño, brillaban la esquina de un espejo, el bocado de un caballo, el asa plateada de un farol, los galones de un lacayo muy tieso en su pescante. Aquí y allá, en un landó descubierto, resplandecía un trozo de tela, un trozo de atavío femenino, seda o terciopelo. Poco a poco había caído un gran silencio sobre todo aquel alboroto apagado, inmovilizado. Se oían, desde el fondo de los carruajes, las conversaciones de los peatones. Había intercambios de miradas mudas, de portezuela a portezuela; y nadie charlaba ya, en aquella espera interrumpida sólo por los crujidos de los arneses y el impaciente golpeteo de los cascos de un caballo. A lo lejos, morían las confusas voces del Bosque.

La jauría – Émile Zola

Émile Zola Escritor francés que nació en París el 2 de abril de 1840 y que falleció en la misma ciudad el 29 de septiembre de 1902.

Considerado el líder del movimiento literario llamado naturalismo: un realismo extremo basado en la descripción y en las teorías fisiológicas de pensadores como Hippolyte Taine.

Nacido en el seno de una familia poco adinerada, abandonó los estudios para ponerse a trabajar como administrativo, pero no tardó en empezar a colaborar con artículos en diversos medios. Conectado en un principio con el Romanticismo, sus primeras obras fueron relatos que se publicaron bajo el título de Cuentos a Ninon (1864), y una novela autobiográfica de tintes románticos llamada La confesión de Claude (1865).

Como colaborador del periódico L'Evénement comenzó a realizar crítica pictórica, interesándose por la pintura impresionista y contrayendo amistad con los nuevos artistas de la época. Interesado en la obra de Balzac y en las teorías de Taine, desarrolló un concepto de novela diferente, donde reflejaba en gran detalle la vida de una familia a lo largo de varias generaciones: llevó este concepto a la práctica con la serie Los Rougon-Macquart, que se extendió a lo largo de veinte novelas; y en varias otras obras como La obra o Nana.

Comenzó a implicarse en política con el notorio artículo Yo acuso, en el que se involucraba en el famoso Caso Dreyfus, lo que le costó un proceso por difamación y su retiro a Londres. Tras regresar a París siguió publicando artículos sobre el caso, falleciendo finalmente asfixiado en su casa, posiblemente asesinado.