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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

La madriguera del gusano blanco

Sobre el autor:

Sobre el libro:

«Hay un profundo misterio entre las líneas de esta obra -afirma el biógrafo de Bram Stoker, Harry Ludlam-, y es el misterio del espíritu del hombre que la escribió». Consumido por una enfermedad tenaz, y agravadas las dificultades financieras que siempre lo habían acosado y que ensombrecieron su vejez, Stoker publicó La madriguera del Gusano Blanco en 1911, a los 64 años. Sería su última novela. El celebrado autor de Drácula moriría en 1912, pocos días después del hundimiento del Titanic. El villano de esta peculiar novela iniciática, escrita al parecer bajo el influjo de las drogas, es una gigantesca y primitiva entidad serpentiforme, que vive en un hediondo pozo a mil pies de profundidad en el antiguo emplazamiento de un templo pagano con claras reminiscencias de Machen (yuxtaposición de supersticiones druidas, britanas, y romanas). Pero esta singular criatura primigenia, que espera pacientemente completar su ancestral tarea destructiva, adopta la forma humana de la sinuosa y bella Lady Arabella, capaz de devorar hombres y fortunas con idéntica frialdad. El tema de la mujer demonio se desdobla así en el de la supervivencia del gran gusano prehistórico, una supervivencia verdaderamente monstruosa porque elimina la noción de tiempo, haciendo que todo sea posible, que todo se convierta en pesadilla. Lady Arabella es al mismo tiempo la Mujer y el Dragón del Apocalipsis, Eva y la Serpiente, y para que no haya dudas su principal antagonista se llama apropiadamente Adam. La intrincada y divertida trama (que incluye cuatro o cinco historias bastante independientes entre sí y apenas desarrolladas), está plagada de símbolos sexuales y de una retorcida imaginería del más genuino surrealismo gótico, que no en vano atrajo al desmedido cineasta británico Ken Russell, cuya despendolada adaptación cinematográfica superó con creces sus mayores excesos y sus más gratuitas extravagancias fílmicas

Fragmento

Capítulo I

La llegada de Adam Santon

Adam Salton pasó casualmente por el Empire Club de Sydney y se encontró con una carta de su tío abuelo. Poco menos de un año antes había tenido noticias del anciano caballero, Richard Salton, revelándole su parentesco y asegurándole que no había podido escribirle más pronto a causa de sus enormes dificultades en dar con el paradero de su sobrino nieto. Adam quedó muy complacido y respondió cordialmente; a menudo había oído a su padre hablar de la rama más antigua de la familia con quienes él y los suyos habían perdido el contacto hacía mucho tiempo. Había comenzado una interesante correspondencia. Adam abrió apresuradamente la carta que acababa de llegar, que contenía una amable invitación para instalarse en Lesser Hill con su tío abuelo tanto tiempo como le fuera posible.

«Verdaderamente, escribía Richard Salton, espero que se establezca aquí permanentemente. Usted sabe, mi querido muchacho, que nosotros somos los últimos descendientes de nuestra estirpe y sería conveniente que usted me sucediera cuando llegue el momento. En este año de 1860 voy a cumplir los ochenta y aun cuando nuestra familia es longeva, mi vida no puede prolongarse más allá de límites razonables. Estoy dispuesto a quererle y a proporcionarle un hogar junto a mí todo lo feliz que usted desee. Por lo tanto, venga tan pronto como reciba esta carta y compruebe la bienvenida que espero darle. Por si le facilitase las cosas, le envío una libranza bancaria de doscientas libras esterlinas. Venga pronto y podremos gozar juntos de algunos días felices. Si está a su alcance concederme el placer de su visita, envíeme lo antes posible una carta diciéndome cuándo debo esperarlo. Cuando llegue usted a Plymouth o Southampton, o a cualquier puerto a que esté destinado, espere a bordo, que me uniré a usted lo más pronto posible»

El anciano señor Salton quedó muy complacido con la respuesta de Adam y envió con toda premura un criado a su camarada sir Nathaniel de Salis, informándole de la llegada de su sobrino nieto a Southampton el día doce de junio.

El señor Salton dio instrucciones de tener preparado la mañana siguiente del día memorable un carruaje, en el que viajaría hasta Stafford, donde tomaría el tren de las once cuarenta. Esa noche la pasaría con su sobrino a bordo, lo cual sería para él una nueva experiencia; o, si el invitado lo prefería, en un hotel. En cualquier caso regresarían al hogar a la mañana siguiente. Había dado órdenes a su administrador de enviar el carruaje de postas a Southampton, listo para el regreso a casa, y de preparar los relevos de los caballos para no demorarse en el viaje. Intentaba que su sobrino nieto, que había pasado toda su vida en Australia, contemplara durante el viaje algo de la Inglaterra rural. Tenía muchos potros que él mismo criaba y adiestraba, esperando que fuera para el joven una jornada memorable. El equipaje se enviaría por tren a Stafford, adonde iría a recogerlo uno de sus carruajes. Durante el viaje a Southampton, el señor Salton se preguntaba a menudo si su sobrino nieto estaría tan emocionado como él ante la idea de encontrarse por vez primera con un pariente tan cercano. Sólo con gran esfuerzo lograba controlarse. La perspectiva sin fin de los raíles y las agujas en los alrededores de los muelles de Southampton, inflamaron de nuevo su ansiedad.

Cuando el tren se detuvo junto al andén de la estación, el anciano entrelazó sus manos hasta que de pronto se abrió violentamente la puerta del carruaje y saltó al interior un hombre joven.

—¿Cómo está usted, tío? Le he reconocido por la fotografía que me envió. Quería verle lo antes posible, pero todo es tan extraño para mí que no sabía qué hacer Sin embargo, aquí estoy. Me alegra conocerlo, señor. He soñado con este momento de felicidad durante miles de millas y ahora advierto que la realidad supera todos mis sueños —y mientras hablaban, el anciano y el joven se estrecharon cordialmente las manos.

El encuentro, que comenzó de manera tan auspiciosa, prosiguió todavía mejor. Adam, dándose cuenta de que el anciano estaba interesado en la novedad del barco, le sugirió pasar la noche a bordo, asegurándole estar dispuesto a partir a cualquier hora y en la dirección que el otro propusiera. Esta afectuosa complacencia en ajustarse a sus planes conmovió profundamente al anciano. Aceptó calurosamente la invitación, y en seguida se pusieron a conversar, no como parientes lejanos, sino más bien como viejos amigos. El corazón del anciano, vacío de afectos durante tanto tiempo, encontró un nuevo deleite. En cuanto al joven, la acogida que había recibido al desembarcar en este viejo país armonizaba del todo con los sueños habidos en sus vagabundeos en solitario, y le prometía una nueva vida plena de aventuras. Al poco tiempo el anciano aceptó plenamente la estrecha relación llamándole por su nombre de pila. Tras una larga conversación sobre temas de interés común, se retiraron ambos al camarote que iban a compartir. Richard Salton colocó afectuosamente sus manos sobre los hombros del muchacho; aunque Adam tenía veintisiete años, para su tío abuelo era, y seguiría siéndolo para siempre, un muchacho.

—Estoy muy contento de haberlo encontrado tal como es, mi querido muchacho, como el joven que siempre deseé tener por hijo en los días en que todavía alimentaba semejantes esperanzas. Sin embargo, todo eso pertenece ya al pasado. Pues, gracias a Dios, aquí comienza una nueva vida para los dos. Para usted será mucho más larga, pero todavía hay tiempo para que una parte la compartamos en común. Esperaba verle para decirle esto, porque pensaba que sería mejor no ligar su joven vida a la mía hasta haberle conocido lo suficiente como para justificar semejante aventura. Ahora puedo, en lo que a mí respecta, hablar con toda libertad, ya que desde el momento mismo en que mis ojos se posaron en usted le vi como a mi propio hijo, tal como habría sido si la voluntad de Dios hubiera elegido ese camino.

—Por supuesto que lo soy, señor, ¡de todo corazón!

—Gracias por esto, Adam —los ojos del anciano se llenaron de lágrimas y su voz tembló. Entonces, después de un prolongado silencio entre ellos, prosiguió diciendo:

—Cuando me enteré de que vendría hice mi testamento. Era normal que garantizara sus intereses desde ese momento. Aquí está la escritura; guárdela, Adam. Todo lo que tengo le pertenecerá; y si el amor y los buenos deseos, o su recuerdo, pueden hacer la vida más dulce, la suya será francamente dichosa. Ahora, mi querido muchacho, recojámonos. Partiremos por la mañana temprano y tenemos por delante un largo viaje. Espero que no le importe viajar en coche. He dispuesto el antiguo carruaje de cuatro ruedas en el que mi abuelo, y tatarabuelo suyo, se trasladaba a la Corte cuando era rey Guillermo IV. Se encuentra en perfecto estado —en aquella época se construía bien— y se ha mantenido regularmente en uso. Pero creo haber hecho algo mejor: he enviado el carruaje en el que yo mismo viajo. Los caballos los crío yo mismo y tendremos relevos dispuestos a lo largo de toda la ruta. Espero que le gusten los caballos. Han sido siempre una de las mayores aficiones de mi vida.

—Adoro los caballos, señor, y me complace poder decirle que poseo algunos. Al cumplir dieciocho años mi padre me regaló una granja para criar caballos. Me dediqué personalmente a ella y la he sacado adelante. Antes de partir, mi administrador me entregó un memorándum en el que me informaba de que tenemos más de un millar de caballos, casi todos en inmejorables condiciones.

—Me alegra mucho, hijo mío. Es otro lazo entre nosotros.

—Imagine, señor, el inmenso placer que será para mí ver Inglaterra de ese modo. ¡Y con usted!

—Gracias de nuevo, hijo mío. Por el camino le contaré todo lo relativo a su futuro hogar y sus alrededores. Como le digo, viajaremos a la antigua usanza. Mi abuelo siempre condujo un tiro con cuatro caballos y lo mismo haremos nosotros.

—Oh, gracias, señor, gracias. ¿Me permitirá tomar las riendas de vez en cuando?

—Siempre que lo desee, Adam. El tiro es suyo. Todos los caballos que utilicemos hoy, serán suyos.

—Es usted excesivamente generoso, tío.

—En absoluto. Es solamente el placer egoísta de un viejo. No ocurre todos los días que el heredero regrese a la antigua mansión de los antepasados. Y, a propósito… No, haríamos mejor en acostarnos. Le contaré el resto por la mañana.

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