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La montaña mágica

La montaña mágica, una novela de Thomas Mann

El protagonista de la novela, Hans Castorp, un joven de 22 años, estudiante de ingeniería y de familia adinerada, va a visitar a su primo al hospital de tuberculosos de Davos, en donde su estancia, originariamente planeada para tres semanas, se convierte en una estadía de siete años. Pronto comprende que la lógica que rige en el hospital, situado a 1530 m de altitud, es distinta a la que gobierna el mundo “de los de abajo” –el mundo de los sanos-. El hospital de Davos, reino de la enfermedad y la muerte, pero también de la ociosidad y la seducción, transforman profundamente al protagonista. La montaña mágica es también una descripción de la situación social e intelectual europea, que registra los acontecimientos filosóficos, sociales y políticos de Europa que provocaron la Primera Guerra Mundial.

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La llegada

Un modesto joven se dirigía en pleno verano desde Hamburgo, su ciudad natal, a Davos Platz, en el cantón de los Grisones. Iba allí a hacer una visita de tres semanas.

Pero desde Hamburgo hasta aquellas alturas, el viaje es largo; demasiado largo, en verdad, con relación a la brevedad de la estancia proyectada. Se pasa por diferentes comarcas, subiendo y bajando desde lo alto de la meseta de la Alemania meridional hasta la ribera del mar suabo, y luego, en buque, sobre las olas saltarinas, por encima de abismos que en otro tiempo se consideraban insondables.

Pero el viaje, que durante tanto tiempo transcurre con facilidad y en línea recta, comienza de pronto a complicarse. Hay paradas y contratiempos. En Rorschach, en territorio suizo, se vuelve a tomar el ferrocarril; pero sólo se consigue llegar hasta Landquart, pequeña estación alpina donde hay que cambiar de tren. Es un tren de vía estrecha, que obliga a una espera prolongada a la intemperie, en una comarca bastante desprovista de encantos; y desde el instante en que la máquina, pequeña pero obviamente de una tracción excepcional, se pone en movimiento, comienza la parte realmente arriesgada del viaje, iniciando una subida brusca y ardua que parece no ha de tener fin. Pues Landquart aún se halla situado a una altura relativamente moderada; aquí comienza el verdadero ascenso a la alta montaña, por un camino pedregoso salvaje y amenazador.

Hans Castorp —éste es el nombre del joven— se encontraba solo, con su maletín de piel de cocodrilo, regalo de su tío y tutor, el cónsul Tienappel —para llamar por su nombre ya también a éste—, su capa de invierno, que se balanceaba colgada de un gancho, y su manta de viaje enrollada, en un pequeño departamento tapizado de gris. Estaba sentado junto a la ventanilla abierta y, como en aquella tarde el frío era cada vez más intenso, y él era un joven delicado y consentido, se había subido el cuello de su sobretodo de verano, de corte amplio y forrado de seda, según la moda. Junto a él, sobre el asiento, reposaba un libro encuadernado, titulado: Ocean Steamships, que había abierto de vez en cuando al principio del viaje; ahora, en cambio, estaba ahí abandonado, y el resuello anhelante de la locomotora salpicaba su cubierta de motitas de carbón.

Dos jornadas de viaje alejan al hombre —y con mucha más razón al joven cuyas débiles raíces no han profundizado aún en la existencia— de su universo cotidiano, de todo lo que él consideraba sus deberes, intereses, preocupaciones y esperanzas; le alejan infinitamente más de lo que pudo imaginar en el coche que le conducía a la estación. El espacio que, girando y huyendo, se interpone entre él y su punto de procedencia, desarrolla fuerzas que se cree reservadas al tiempo. Hora tras hora, el espacio crea transformaciones interiores muy semejantes a las que provoca el tiempo, pero que, de alguna manera, superan a éstas.

Al igual que el tiempo, el espacio trae consigo el olvido; aunque lo hace desprendiendo a la persona humana de sus contingencias para transportarla a un estado de libertad originaria; incluso del pedante y el burgués hace, de un solo golpe, una especie de vagabundo. El tiempo, según dicen, es Lete, el olvido; pero también el aire de la distancia es un bebedizo semejante, y si bien su efecto es menos radical, cierto es que es mucho más rápido.

La montaña mágica – Thomas Mann

Thomas Mann. Escritor y ensayista alemán, aunque nacionalizado estadounidense, nació el 6 de Junio de 1875 en Lübeck. Thomas Mann está considerado uno de los más grandes escritores del S.XX, espejo de la turbulenta sociedad de su época. Mann creció en Munich, donde empezó a escribir cuentos y ensayos. Participó en varias revistas, como la Simplizissimus, y probó suerte con antologías de relatos hasta que se hizo un nombre con su primera novela Los Buddenbrock (1901), historia de una familia burguesa venida a menos. Posteriormente publicó Muerte en Venecia (1911) -obra en la que se dejaba entrever su potencial homosexualidad-. La novela logró una gran difusión gracias a la posterior adptación que realizó Visconti para la pantalla grande.

Las clases medias burguesas y la psicología del artista son temas fundamentales en la obra de Mann y también se ven reflejados en la que sería su obra más conocida y traducida, La montaña mágica (1924) en la que el escritor alemán es capaz de diseccionar la sociedad europea del momento.

En 1929 recibe el Premio Nobel de Literatura, gracias sobre todo a su labor como cuentista y por Los Buddenbrock, obra que todavía eclipsaba a La montaña mágica.

La situación en Alemania no era buena para Mann. En 1918 había publicado Consideraciones de un apolítico y su presencia le era incómoda al recién llegado regimen de Hitler. En 1933 decide exiliarse, pero mantiene un discreto silencio sobre la vida política alemana mientras dura el lanzamiento de José y sus hermanos, una tetralogía que empezó a publicar en 1934.

Tras pasar por Suiza, Mann recala en California, donde conseguiría la nacionalidad americana. Durante la Segunda Guerra Mundial participó en programas de la BBC de corte antifascista destinados a los soldados del ejército alemán.

De su época americana destaca quizás Doctor Faustus (1947), donde Mann vuelca su visión del nazismo y de la caída del pueblo alemán. No llegó a acabar su última novela: Confesiones del estafador Félix Krull.

Mann murió en 1955, cerca de Zúrich.

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