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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

La mujer fantasma

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Alguien ha estrangulado a su esposa, y él está tranquilo: tiene una perfecta coartada para silenciar a la policía. Una mujer llamativa tocada con un abigarrado sombrerito naranja le ha acompañado durante toda la noche por bares, restaurantes, teatros… pero la legión de testigos no recuerdan ni la mujer, ni el sombrero. Y cuando se evoca a un fantasma para savar el propio cuello, es necesario un milagro para que el fantasma se materialice.

Fragmento

1 – CIENTO CINCUENTA DIAS ANTES DE LA EJECUCIÓN

SEIS DE LA TARDE

El crepúsculo era joven, lo mismo que él. Pero la tarde sonreía y él estaba amargado. Desde lejos se podía descubrir su mirada hosca. Una de esas iras tenaces, irreprimibles, que a veces duran largas horas. En acusado contraste con cuanto le rodeaba; la única nota discordante de toda la escena.

Un atardecer de mayo, a la hora de las citas. La hora en que la mitad de la ciudad por debajo de los treinta años peina cuidadosamente sus cabellos y viste sus mejores prendas para acudir a la cita. Y la otra mitad de la ciudad, también por debajo de los treinta, ha empolvado su nariz y se ha emperifollado para acudir a la misma cita. Desde todos los puntos, ambas mitades de la ciudad se reunían. En cada rincón, en cada restaurante y bar, en las puertas de las tabernas y en los vestíbulos de los hoteles, bajo el reloj de las joyerías, y casi en todas las plazas, nadie podía decir que había sido el primero en llegar.

Y se repetía el mismo diálogo de siempre, tan viejo como las colinas:

—¡Hola! ¿Hace mucho que esperas?

—¡Estás deslumbrante! ¿Adónde vamos?

Así transcurría aquel atardecer. Al Oeste, el cielo vestía de arrebol; se hubiera dicho que estaba engalanado para la misma cita, luciendo un par de estrellas como broches de diamantes que sujetaban el traje de noche. Los letreros luminosos empezaban a centellear a lo largo de la calle, coqueteando con los transeúntes, como todo el mundo aquella noche; las bocinas de los automóviles resonaban y cada cual iba a alguna parte, pero todos con prisa. El aire no era exactamente aire, era champaña hecho aire, levemente perfumado con Coty, que se subía a la cabeza, o tal vez al corazón, de aquel a quien cogía desprevenido.

Y así avanzaba aquel rostro dolorido, desluciendo la escena. La gente le miraba caminar como a zancadas, pensando qué podía ocurrirle a aquel hombre de adusto semblante. No estaba enfermo; cualquiera que hubiese caminado a su mismo paso habría podido apreciar su vigor. No era, pues, su caso. Su vestimenta tenía ese sello inconfundible de la ropa cara. Tampoco era cuestión de edad: si pasaba de los treinta, era en meses, no en años. No habría resultado feo si hubiese permitido a sus rasgos mostrarse apacibles.

Avanzó a grandes pasos, con una particular manera de mirar por encima del hombro y su boca en triste gesto, dibujando una especie de herradura bajo su nariz. Un abrigo ligero colgaba del arco de su brazo, balanceándose al ritmo de su paso. Llevaba el sombrero muy echado hacia atrás y abollado, como si lo hubiera estrujado sin arreglarlo después. Y si sus zapatos no hacían saltar chispas del pavimento se debía, seguramente, a la circunstancia de que sus tacones eran de goma.

No había pretendido entrar donde, por fin, entró. Era posible afirmarlo por la forma brusca en que interrumpió su marcha, girando en redondo. No habría otras palabras para expresar su repentino cambio: fue como si le hubieran cazado con un lazo. Probablemente, ni siquiera se habría dado cuenta del lugar si el intermitente luminoso no hubiese brillado precisamente cuando él pasaba. Anunciaba: «Anselmo’s» en rojo geranio, y tiñó toda la acera, como si alguien hubiera derramado una botella de salsa de tomate.

Siguiendo su impulso, entró. Se encontró en una sala larga, de techo bajo, a tres o cuatro escalones por debajo del nivel de la calle. No era espaciosa, ni estaba muy concurrida en aquel momento, pero constituía un verdadero descanso para los ojos; la luz ámbar era suave y estaba dirigida hacia el techo. A lo largo de las paredes había pequeños departamentos en hilera, con mesas en el interior.

Las ignoró y fue directamente hacia la barra semicircular situada en la pared del fondo, frente a la entrada. No intentó mirar quién estaba, ni siquiera si había alguien. Arrojó su abrigo sobre el respaldo de uno de los taburetes, puso encima su sombrero y se sentó en el más próximo. Su actitud dejaba entrever que permanecería allí toda la noche. Su vista topó con una chaquetilla blanca y una voz dijo:

—Buenas noches, señor.

—Scotch —contestó él—, y un poco de agua. No maldeciré porque el agua sea escasa.

Ésta permaneció intacta después que el vaso que la acompañaba estuvo vacío. Él había visto, inconscientemente, en el momento de sentarse, un plato de pretzels o algo parecido, a su derecha. Extendió el brazo en esa dirección, sin mirar. Pero no logró alcanzar los retorcidos pretzels; sus dedos habían tropezado con la delicada piel de una mano femenina que se movía suavemente. Volvió la cabeza al mismo tiempo que apartaba su mano de la que le había precedido en el plato de pretzels.

—Lo siento —gruñó—, sírvase usted.

Cabizbajo volvió a sus pensamientos. Pero muy pronto giró de nuevo la cabeza, y siguió mirando sin cesar, aunque de una manera triste y calculada.

Lo desusado en ella era el sombrero. Se parecía a una calabaza, no sólo en la forma y tamaño, sino también en el color. Era de un anaranjado vivo, tan refulgente que casi dañaba la vista. Parecía iluminar todo el bar, como un farolito de jardín colgado muy bajo. Emergiendo exactamente del centro, tenía una pluma larga y erecta como la antena de un insecto. Ni una sola, entre mil mujeres, se habría atrevido a llevar ese color. Ella no sólo se había atrevido, sino que lo ostentaba. El resto del vestido, en el que predominaba el negro, parecía amortiguado, casi invisible bajo el faro de su sombrero. Posiblemente era, en cierto modo, el símbolo de la liberación para ella. Tal vez pensó al elegirlo: «Cuando me lo ponga, ¡cuidado conmigo!»

Mientras mordiscaba un pretzel, se hizo la distraída ante la tenaz observación de que era objeto. De pronto quedó inmóvil como señal de que se había dado cuenta de que él acababa de dejar su asiento y estaba ahora en pie, a su lado.

Ella inclinó ligeramente la cabeza en actitud de escucha, como queriendo decir: «No voy a interrumpirle si trata usted de hablarme. Si lo hago o no después, dependerá de lo que usted me diga».

—¿Tiene usted algo que hacer?

—Sí y no.

Su respuesta fue cortés, pero no alentadora. No sonrió ni se mostró accesible. Se comportó dignamente. Su identidad era desconocida, pero estaba fuera de toda duda que no se trataba de una mujerfácil.

Tampoco él tenía la apariencia de un conquistador. Siguió hablando fríamente:

—Si tiene algún compromiso, dígalo claramente. No intento molestarla.

—Usted no molesta… por ahora.

Ella supo expresar perfectamente su pensamiento: «Mi decisión está aún por tomar».

Los ojos de él se dirigieron al reloj que estaba frente a ambos.

—Mire: son exactamente las seis y diez.

Ella, a su vez miró.

—En efecto —dijo lacónicamente.

Mientras, él había sacado una cartera y extraído de uno de los compartimientos un pequeño sobre alargado. Lo abrió y sacó dos cartoncitos color rosado.

—Tengo dos localidades muy buenas en el Casino. Fila doble A, en el centro. ¿Le interesaría ir?

—No pierde usted el tiempo…

Los ojos de ella pasaron de las entradas al rostro del hombre.

—No puedo expresarme de otro modo —dijo.

Continuaba ceñudo, y su mirada apenada no se fijaba en ella, sino en las entradas.

—Si tiene algún compromiso, dígalo; así trataré de encontrar a alguien que quiera compartirlas conmigo.

Una chispa de interés asomó a los ojos de ella.

—¿Es que esas localidades han de ser utilizadas a toda costa?

—Es una cuestión de principios —respondió él.

—Esto podría considerarse como un torpe intento de entablar relación —dijo ella—. Y si no lo creo así, es porque todo esto es tan burdo, tan deslucido, que no podría ser más que lo que usted dice.

—Y no lo es —contestó el individuo, cuyo semblante tenía una expresión inexorable.

Ella giró ligeramente hacia él en su taburete, ahora próximo. Su aceptación expresaba: «Siempre he querido hacer algo parecido a esto, y es mejor que lo haga ahora. Podría no presentárseme otra ocasión en mucho tiempo, por lo menos de un modo tan auténtico».

Él la alentó:

—¿Hacemos un convenio antes de partir? Podría facilitar las cosas después, cuando termine el espectáculo.

—Depende de lo que sea.

—Seremos, simplemente, compañeros durante algunas horas. Dos personas que cenan juntas y asisten juntas a una función. Ni nombres, ni direcciones, ni referencias personales impertinentes. Sólo…

Ella agregó:

—Dos personas que asisten juntas a una función, acompañantes durante algunas horas. Me parece lógico, y, en realidad, necesario, comprensible. Por tanto, atengámonos a ello. Eso anula cualquier reparo que pudiera haber y tal vez hasta alguna mentira…

Le tendió la mano y estrechó la de él brevemente, sonriendo por primera vez. Era una sonrisa con ciertas reservas y muy poco expresiva.

Él llamó al camarero y trató de pagar lo que ambos habían consumido.

—Yo pagué lo mío antes de que usted entrara —dijo ella—. Precisamente acababa de hacerlo cuando llegó usted.

El camarero sacó un pequeño talonario del bolsillo de su chaqueta y escribió: «Un scotch 60»; arrancó la hoja y se la presentó. Advirtió que estaba numerada y que en el borde superior había impreso un «13» grande y destacado. Hizo una mueca, pagó y se volvió hacia ella. Pero su acompañante ya le había precedido, en dirección a la salida.

Una joven, que se hallaba en un reservado con su acompañante, se inclinó ligeramente hacia afuera, para mirar el llamativo sombrero que pasaba.

Ya en la calle, ella se volvió hacia él diciéndole:

—Estoy en sus manos.

Henderson hizo señas a un taxi que había estacionado no muy lejos de allí. Otro, que pasaba en ese momento, y a quien no iba dirigida la llamada, trató de adelantarse, cosa que impidió el primero pasando delante, no sin algunos deterioros en el guardabarros y cierta vehemencia en las exasperadas réplicas. Al poco cesó la competencia. El chófer estaba ya lo bastante apaciguado como para prestar atención a sus clientes. Ella se había acomodado en el interior del vehículo y su acompañante se detuvo un momento junto al asiento del conductor, para indicarle la dirección:

—Maison Blanche —dijo, y ocupó su lugar dentro del coche.

La luz estaba encendida y así la dejaron. Posiblemente, porque apagarla hubiera podido interpretarse como una sugerencia de intimidad, y ninguno de ellos lo consideraba oportuno.

En el acto la oyó reír suavemente, como agradecida; siguiendo la dirección de su mirada acompañó su risa con un leve gesto.

Las fotos de los registros de conductores no suelen ser retratos artísticos, pero la que se veía colgada en el parabrisas era, con sus orejas en pantalla, su mentón huidizo y sus ojos saltones, una verdadera caricatura. El nombre que la identificaba era singularmente breve: «Al Alp».

Tomó nota de ello mentalmente; después pensó en otra cosa.

La Maison Blanche era un restaurante de ambiente acogedor, famoso por la excelencia de su cocina. Era uno de esos lugares en que sólo reina un murmullo de satisfacción, aun en las horas de mayor concurrencia. Ni música ni distracción alguna que interfiera el único propósito de su clientela: comer.

En el vestíbulo, ella se separó de él.

—¿Quiere disculparme un instante, mientras me arreglo un poco? Entre, siéntese y espéreme. En seguida estaré con usted.

Cuando la puerta del tocador se abrió ante ella, la vio dirigir su mano al sombrero, como para quitárselo; pero la puerta se cerró antes de que completara el movimiento. Pensó que la causa de ello era un momentáneo desfallecimiento de su valor, y que estaba a punto de quitarse el sombrero para poder luego entrar en el comedor sola, sin atraer demasiado la atención.

Un camarero le saludó al penetrar en la sala.

—¿Un asiento, señor?

—No, ya tengo reservados dos —y entonces dio el nombre—: Scott Henderson.

El camarero recorrió la lista.

—¡Oh, sí! —miró sobre el hombro del cliente—. ¿Viene usted solo, señor?

—No —contestó lacónicamente.

Era la única mesa vacante que había a la vista. Instalada en un hueco de la pared, quedaba aislada. Sus ocupantes sólo podían ser vistos de frente, pues por los costados estaban separados del resto de los comensales mediante un biombo.

Cuando ella apareció sin sombrero en la entrada del comedor, él se sorprendió de lo mucho que aquél hacía en su favor. Su aspecto tenía ahora algo de insulso; la luz se apagaba; el impacto de su personalidad era débil. Se trataba de una mujer vestida de negro, de cabello castaño oscuro, nada más. Ni familiar, ni bonita, ni distinguida, ni ordinaria; nada de eso. Absolutamente lisa y descolorida, el común denominador de todas las figuras femeninas. Una cifra, un conjunto.

Nadie que se volviera para mirarla permanecería haciéndolo un segundo más de lo necesario, ni se volvería nuevamente, ni recordaría después haberla visto.

El camarero estaba ocupado momentáneamente en aderezar una ensalada y no podía atenderla. Henderson se puso en pie para que ella viera dónde estaba y advertirle que no cruzara por el centro del salón, sino por uno de los pasillos laterales, menos obstruido. El camino era más largo, pero menos visible.

Cuando llegó, colocó el sombrero, que llevaba en la mano, en una silla, tapándolo al sentarse con un extremo del mantel, sin duda para preservarlo de cualquier mancha.

—¿Viene usted aquí con frecuencia? —le preguntó.

Él no contestó.

—Lo siento —continuó ella—. No me incumbe.

El camarero que se acercó tenía un lunar en el mentón. Henderson no pudo evitar observarlo. Pidió para ambos, sin consultarla. Ella escuchó atentamente y, cuando hubo terminado, le dirigió una mirada de aprobación.

Fue tarea difícil entablar conversación. Los temas eran forzosamente triviales y ella tenía un modo pertinaz de discutir. Caballerosamente dejó que ella iniciara la conversación e hizo muy poco para mantenerla hasta el fin. Aunque aparentaba escucharla, sus pensamientos estaban, evidentemente, en otra parte. Quería retenerlos, realizando un esfuerzo casi físico. Sólo cuando su abstracción amenazaba convertirse en descortesía, reaccionó.

—¿No se quita los guantes? —le preguntó.

Como toda su vestimenta, excepto el sombrero, eran negros. No la molestaron durante el aperitivo y el puré, pero con el lenguado llegó una rodaja de limón que ella trató inútilmente de exprimir con su tenedor.

Entonces se quitó el guante de la mano derecha. Sólo después de un momento hizo lo propio con el de la izquierda, haciendo un leve gesto de desconfianza.

Él evitó con todo cuidado mirar su anillo de mujer casada, desviando la vista y haciéndola vagar en otra dirección. Estaba seguro, sin embargo, de que ella lo había notado.

Era buena conversadora, sin hacer alarde de ello, e igualmente diestra para escuchar lo evidente, lo intrascendente, lo insulso: el tiempo, los titulares de los diarios, los platos del menú.

—Esa alocada sudamericana del espectáculo que vamos a ver esta noche, la Mendoza, cuando la escuché hace aproximadamente un año, no tenía el más leve acento extranjero. Ahora, a cada nueva actuación, parece olvidar más el inglés y adquirir un acento más marcado. Una temporada más y habrá vuelto al español puro —dijo, esbozando una sonrisa.

Era culta, podía afirmarlo. Sólo una persona culta podía salir bien parada, sin echarlo todo a perder en un sentido o en otro. Se mantenía en equilibrio entre la corrección y la ligereza, y, sin embargo, si se hubiese inclinado un poco más en uno u otro sentido, habría resultado más notable, más positiva. Si hubiese sido un poco menos educada, habría tenido la vivacidad de la ingenua. Si lo hubiese sido un poco más, habría resultado brillante, y, por tanto, podría recordársela. Pero como estaba en el término medio, tenía poco relieve.

Hacia el final, la sorprendió estudiando su corbata. Él hizo lo mismo e insinuó a modo de asentimiento:

—Feo color, ¿verdad?.

Era lisa, sin ningún dibujo.

—No muy acertado —se apresuró a asegurar ella—; desentona con el color del traje. Pero, créame, no es mi propósito criticar —terminó diciendo.

Él miró su corbata por segunda vez, con una especie de indiferente curiosidad, como si sólo en ese momento advirtiera que la llevaba puesta. Atenuó un poco el contraste que ella había señalado, hundiendo en su bolsillo el borde del pañuelo, que sobresalía.

Mientras les duraba el coñac fumaron. Luego, se pusieron en pie.

En el vestíbulo, ante un gran espejo, ella se colocó el sombrero. Y otra vez volvió a resplandecer; de nuevo volvía a ser alguien,

«Es asombroso —pensó él— lo que ese sombrero la favorece. Es como si se encendiera una lámpara…»

Al llegar al teatro, un gigantesco portero, que muy bien podía medir un metro noventa y cinco centímetros, les abrió la portezuela del taxi. Cuando el sombrero pasó exactamente debajo de sus ojos, éstos se abrieron desmesuradamente, cómicamente. Tenía unos bigotes blancos, de foca, muy parecidos a los de las figuras del New Yorker. Henderson observó la expresión de sus ojos, pero la olvidó poco después.

El vestíbulo del teatro estaba desierto, señal evidente de que habían llegado tardísimo. El control había abandonado ya su puesto. Al entrar en la sala, un acomodador se les acercó, revisó sus entradas con una linterna y los condujo después a sus asientos, arrastrando un óvalo de luz a lo largo del piso, para guiar sus pasos.

Los situó en la primera fila, tal vez demasiado cerca. Hasta que sus ojos se acostumbraron, el escenario fue sólo una gran mancha anaranjada. Luego, contemplaron todos los detalles de la revista, escena tras escena. Ella, de cuando en cuando, reía alegremente. Él, lo más que pudo hacer fue esbozar una forzada sonrisa. Tras unos instantes en que el ruido y el color fueron in crescendo, se corrieron las cortinas, dando fin a la primera parte del espectáculo.

Las luces de la sala se encendieron y hubo un revuelo alrededor de ellos, producido por los que se levantaban para salir.

—¿Quiere usted fumar? —preguntó él.

—Quedémonos aquí. No hemos estado sentados tanto tiempo como los demás.

Se ciñó el cuello del abrigo. El teatro estaba lleno, y, sin duda, ella quería ocultar su rostro lo más posible.

—¿Qué está haciendo con el programa? —preguntó ella con una sonrisa.

Él bajó los ojos y observó sus dedos ocupados en doblar el extremo derecho de las hojas de su programa. Todas las hojas aparecían con las puntas plegadas formando pequeños triángulos superpuestos.

—Siempre hago lo mismo. Es una vieja costumbre, tal vez una manía. Lo hago sin darme cuenta.

Bajo el escenario, una puerta se abrió para dar paso a los músicos. Iba a dar comienzo la segunda parte. El que tocaba la batería estaba situado frente a ellos, al otro lado de la barandilla. Parecía un roedor, como si hiciese diez años que no veía la luz del sol. La piel se estiraba sobre sus pómulos, y llevaba el cabello tan aplastado y brillante, que parecía una gorra de baño mojada, con su costura divisoria. Bajo la nariz un tiznajo, el bigote.

Al principio no miró hacia ellos, ocupado en hacer algunos arreglos en su tambor. Después se sentó de cara a los espectadores, se volvió distraídamente y, casi en seguida, comenzó a fijarse en ella y en su sombrero. Éste parecía molestarle. Su insulso y estúpido semblante se heló por una casi hipnótica fascinación. Abrió la boca ligeramente, como un pez. Hubiese querido no mirarla; pero apenas lograba apartar los ojos, los volvía nuevamente hacia ella.

Henderson le observó durante algunos instantes con una especie de disimulada y humorística curiosidad. Después, viendo que el juego comenzaba a resultar incómodo para ella, dirigió al músico tan iracunda mirada, que éste volvió definitivamente a fijar sus ojos en el atril. Pero por la rigidez de su nuca se adivinaba que debía de hacer un gran esfuerzo para no volverse otra vez.

—Se diría que he producido un cierto impacto —dijo ella, riendo entre dientes.

—Así es. Ese pobre batería ha quedado aturdido para toda la noche —asintió él.

A su alrededor, los asientos habían vuelto a ocuparse. Se apagaron las luces, los pies se aquietaron y comenzó el segundo acto. Él continuaba malhumorado, plegando y desplegando los bordes de su programa.

Hacia la mitad del segundo acto hubo un crescendo; luego, la orquesta americana dejó su lugar a otra. Un exótico son de tambores y de instrumentos parecidos a calabazas anunciaron el principal atractivo del espectáculo. Poco después apareció Estela Mendoza, la sensación sudamericana.

Antes de que tuviera tiempo de advertirlo por sí mismo, un brusco movimiento de su acompañante le hizo reaccionar. La miró sin comprender, y luego volvió su mirada al escenario. Las dos mujeres, la del escenario y la que estaba a su lado, se habían dado cuenta de un hecho fatal, que su lenta comprensión masculina tardaba en captar. Un murmullo misterioso llegó hasta él.

—¡Mírele la cara! Me alegro de que haya candilejas entre ella y yo. Podría matarme.

Había, por encima de su sonrisa, un claro destello de animosidad en los expresivos ojos de aquella joven del escenario cuando se posaron en la copia exacta de su sombrero, allí en la primera fila, donde nadie podía dejar de verlo.

—¡Ahora comprendo de dónde sacaron la inspiración para esta creación exclusiva!… —murmuró ella tristemente.

—Pero ¿por qué molestarse por eso? Creo que la Mendoza debiera sentirse más bien halagada.

—Es natural que un hombre no comprenda. Que nos roben las alhajas y hasta el oro de los dientes, pero no nuestro sombrero. Y en este caso particular es parte integrante de su número; casi como la canción misma que está cantando. Lo considera, probablemente, un acto de piratería. Dudo que haya dado su permiso para…

—Supongo que es una forma de plagio —observó él con manifiesto interés, pero sin echar en olvido su preocupación.

El arte de la Mendoza era muy sencillo. Como lo es el verdadero arte. Cantó en español, pero aun en esa lengua resultaba de una simplicidad extrema. Algo parecido a esto:

Chica, chica boom boom;

chica, chica boom boom…,

Estrofa que repetía una y otra vez. Mientras movía y ponía los ojos en blanco, meneaba a cada paso las caderas y arrojaba a las espectadoras pequeños ramilletes, que sacaba de una cesta colgada de su cintura.

Cuando llevaba cantadas dos estrofas, ya todas las mujeres de las tres primeras filas poseían su ramillete. Con la sola y particular excepción de la compañera de Henderson.

—Me descartó deliberadamente, a causa del sombrero —murmuró.

Y, en efecto, cada vez que aquella picante figura del escenario pasaba, bailando y taconeando, delante de ellos, sus ojos lanzaban un ominoso destello, algo así como un rayo.

—Mire lo que le hago —dijo suspirando.

Unió las dos manos bajo su mentón, en un gesto de burla que fue deliberadamente ignorado por la otra. Entonces extendió las manos para hacerlo más visible.

Los ojos de la actriz relampaguearon durante un instante; después se dirigieron a otra parte, ya calmados.

De pronto, la compañera de Henderson hizo chasquear los dedos; un chasquido lo bastante agudo como para ser oído a pesar de la música. Los ojos volvieron a mirar iracundos a la ofensora. Otra flor fue arrojada; revoloteó un instante, pero no fue para ella.

—No me daré por vencida —la oyó murmurar furiosamente Henderson.

Antes de que él comprendiera lo que ella había querido decir, la vio ponerse en pie, sonriendo beatíficamente y reclamando su ramillete. Un breve y profundo silencio se produjo entre ambas. Pero la lucha era demasiado desigual. La actriz, que estaba obligada a agradar al público, quedaba a merced de ella.

El hecho de que la acompañante de Henderson permaneciese levantada iba a producir un efecto imprevisto. Cuando la bailarina volvió a pasar lentamente por el mismo lugar, el haz de luz cayó verticalmente sobre la figura en pie frente a la orquesta. La similitud entre los dos sombreros se reveló de modo detonante. Un murmullo centrífugo de comentarios se expandió como cuando se arroja una piedra al agua. La actriz capituló rápidamente para poner fin a aquella odiosa comparación.

Una flor extraída de su cesto cayó cerca de las candilejas, tras describir una graciosa curva. Ella disimuló la omisión con una ligera mueca de pesar, como diciéndole: «¿La omití a usted? Perdóneme. No fue ésa mi intención.»

En el fondo, sin embargo, podía notarse la subcutánea palidez de una ira tropical.

La compañera de Henderson tomó hábilmente la flor y se hundió en su asiento de nuevo, con un gracioso movimiento de los labios. Sólo él advirtió el insulto que le lanzó:

—Gracias, ¡piojosa!

Él murmuró algo entre dientes.

La derrotada artista corrió hacia el lateral del escenario con pequeños taconeos espasmódicos, mientras la música se extinguía como el ruido de un tren alejándose de la estación. Entre bastidores, ellos vieron, durante un instante, un cuadro altamente revelador, cuando el público estaba aún aplaudiendo calurosamente. Un par de brazos arremangados, seguramente los del director de escena, trataban, con todas su fuerzas, de impedir que la actriz se precipitara nuevamente en el escenario, evidentemente con un propósito bien distinto que el de agradecer los aplausos.

Los brazos de ella pegados a sus costados, apretados por la velluda tenaza, y sus manos, cerradas y crispadas, con gesto amenazador. En aquel momento se apagaron las luces y comenzó otro número.

Al final, cuando bajó el telón y se levantaron para irse, él arrojó el programa sobre el asiento que había abandonado. Con sorpresa suya, ella lo cogió y lo unió al suyo propio, que conservaba.

—Sólo como recuerdo —arguyó.

—No creía que fuera usted sentimental —dijo él, mientras la seguía por el pasillo.

—Sentimental, estrictamente hablando, no; pero me agrada deleitarme a veces con mis propios impulsos, y ocasiones como ésta me sirven para ello.

¿Impulsiva? Tal vez por eso ella había aceptado acompañarle aquella noche, siendo la primera vez que se veían, supuso él. Luego, se encogió de hombros.

Cuando intentaban abrirse paso entre la multitud en busca de un coche, ocurrió un extraño incidente. Ya habían conseguido un taxi y estaban a punto de ocuparlo, cuando un mendigo ciego se acercó y agitó ante ella, en muda petición, una escudilla con la que le tocó el codo. Este movimiento hizo que el cigarrillo encendido que ella llevaba entre los dedos se le escurriera, cayendo dentro de la escudilla.

Henderson advirtió lo sucedido, pero ella no, y antes de que pudiera evitarlo, el confiado mendigo había introducido los dedos en la escudilla, para retirarlos en seguida lanzando una exclamación de dolor.

Rápidamente, Henderson le puso un billete de un dólar en la mano, a modo de compensación por el accidente.

—Lo siento, amigo, no ha sido intencionado —murmuró.

Y viendo que el mendigo aún se soplaba los dedos lamentándose, agregó al primero un segundo billete, pues el incidente podía ser atribuido con facilidad a una intención aviesa. Sin embargo, le bastó mirarla para convencerse de su inocencia.

Entraron en el taxi y éste partió.

—Patético, ¿verdad? —fue todo lo que ella dijo.

Él aún no había dado al conductor dirección alguna.

—¿Qué hora es? —inquirió ella.

—Las doce menos cuarto.

—¿Qué le parece si regresamos al Anselmo’s? Beberemos un trago, y después, cada uno por su lado. Usted seguirá su camino y yo el mío. Me agrada cerrar las circunferencias.

«Las circunferencias suelen estar vacías», pensó decir él pero le pareció que no sería galante y se lo calló.

El bar estaba considerablemente más concurrido que a las seis, cuando se encontraron. Sin embargo, él se las arregló para reservarle un taburete en el extremo de la barra, contra la pared. Él se colocó cerca.

—Bien —dijo ella, sosteniendo su espejo un centímetro por encima del mostrador y mirándole pensativamente—. Salud y felicidad. Encantada de haberle conocido.

—Es muy amable por su parte decir eso.

Bebieron: él hasta la última gota; ella, algunos sorbos.

—Yo me quedaré aquí un poco más —dijo ella a modo de despedida, tendiéndole la mano.

Él la estrechó brevemente, como pueden hacerlo los accidentales compañeros de una velada.

Cuando estaba a punto de irse, ella le lanzó una mirada de reproche:

—Ahora que se ha desahogado usted, ¿por qué no vuelve al lado de ella y hacen las paces?

Él no pudo disimular y dejó escapar una leve sonrisa.

—Me lo figuré desde el principio —dijo ella tranquilamente.

Con estas palabras se separaron.

Él se dirigió hacia la puerta y ella volvió a su vaso. El episodio había terminado. Cuando llegó a la puerta, Henderson se volvió y pudo verla todavía sentada contra la pared, en el extremo del curvo mostrador, mirando hacia abajo pensativamente, jugueteando acaso con su espejo. El deslumbrante sombrero color naranja formaba ángulo con la línea de sus hombros.

Eso fue lo último que vio de ella: el anaranjado brillante de su sombrero semivelado, allá en el fondo, por el humo de los cigarrillos y las sombras; como un sueño, como una escena que no tenía realidad, que nunca la había tenido.

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