La navaja suiza

Resumen del libro: "La navaja suiza" de

La navaja suiza, de Juan Gómez-Jurado, es una pieza clave para quienes han seguido de cerca el fenómeno literario que supone el Universo Reina Roja. En esta entrega, el autor nos invita a descorrer el velo sobre uno de los personajes más enigmáticos y perturbadores de su saga: el Señor White. Más que una novela independiente, este título funciona como un espejo oscuro que nos devuelve reflejos inquietantes del pasado y las motivaciones de este personaje, tan presente como esquivo en la trilogía principal.

Con su estilo inconfundible, marcado por un ritmo vertiginoso y un talento innato para el suspense, Gómez-Jurado construye una narración que se mueve entre el thriller psicológico y la novela de acción. La navaja suiza es una historia de sombras, de decisiones extremas y de un pasado que no perdona. No es solo un complemento del universo Reina Roja: es una pieza que lo enriquece y lo expande, dando forma a una dimensión más oscura y humana de su narrativa.

El Señor White, figura casi mítica para los seguidores de la serie, cobra aquí una densidad nueva. No estamos ante el villano plano de muchos thrillers, sino ante un personaje con capas, contradicciones y un magnetismo inquietante. Este enfoque hace que la novela se convierta en una lectura obligada tanto para los fans como para los que buscan una historia que combine tensión, inteligencia y emoción.

Juan Gómez-Jurado se ha consolidado como uno de los grandes nombres del thriller contemporáneo en español. Autor de bestsellers internacionales como Reina Roja, Loba Negra y Rey Blanco, su obra ha sido traducida a más de cuarenta idiomas y ha vendido millones de ejemplares. Su capacidad para atrapar al lector desde la primera página, su dominio del ritmo narrativo y su habilidad para construir personajes complejos lo convierten en una referencia indiscutida del género. Con La navaja suiza, confirma una vez más que su talento no tiene techo.

El lector que se adentre en estas páginas encontrará un thriller tan adictivo como perturbador, escrito con oficio, inteligencia y un toque muy personal de ironía. Una novela imprescindible para quienes disfrutan del suspense bien tejido, las tramas psicológicas y los personajes que dejan huella. La navaja suiza no solo responde preguntas: plantea muchas más. Y ahí radica buena parte de su poder.

EPUB

Enero, 1999
Isla Kume, Japón

1

Mawashi geri

Treinta y siete centésimas de segundo. Es lo que tarda el pie en volar del suelo a un rostro que se libra de comerse más de doscientos julios de energía por un pelo. Si la patada giratoria hubiera impactado, el suelo estaría salpicado de babas sanguinolentas. Un suelo formado por tierra, yerbajos y hojas podridas por la humedad. No están sobre un tatami, oliendo a sudor a pesar del aire acondicionado del dojo. Están en el claro de un bosque de Okinawa, y la única refrigeración procede de las aguas de un arroyo cercano.

Los dos combatientes son jóvenes, pero el japonés lleva matando desde los doce años. El otro, el occidental, algo menos. Sifu, también conocido como el Campesino, estudia al que ha sido su alumno durante los últimos doce meses. No es malo, pero al señor White —que así se hace llamar el occidental, un nombre demasiado pomposo para alguien que ronda los veinticinco— le falta mucho para dominar las artes marciales.

Kin geri.

La palma de White aparta el pie de Sifu a la vez que da un paso atrás para escapar de su radio de acción. Desvía de milagro un yoko keague que le habría empotrado la nariz en la cara. White aprovecha el instante e improvisa un mawashi zuki que busca el mentón del Campesino. Demasiado lento, el puño pierde su fuerza en el aire. La melena del maestro parece la cola de un dragón cuando lo esquiva.

Se produce un intercambio de golpes que se asemejan más a una danza que a una pelea. El rostro del maestro, impasible. El del alumno muestra unos dientes apretados que ocultan un misterio insondable que Sifu ha sido incapaz de descifrar después de un año. Apenas ha rascado la superficie de esa alma oscura, y lo que intuye no le gusta. Hay algo muy oscuro detrás de los ojos de White. Puede que no sea el mejor peleando, pero su mente es más letal que el veneno de una cobra.

Sifu se harta de jugar. Con un tate zuki —el puñetazo más básico, el jaque mate pastor del karate— termina la pelea.

—Levanta, gaijin —le dice a White, que está sentado en el suelo, con las manos en el pecho, tratando de aspirar algo de aire. El Campesino no ha dejado de llamarlo gaijin desde que llegó, y al otro le sienta como un tiro—. Vamos a tomar un sake.

White se incorpora y clava una mirada rencorosa en la espalda del que ha sido su maestro durante un año. Un año duro, encajando golpes que espera canjear algún día por victorias. El arduo camino del guerrero. A golpe limpio por las mañanas, toxicología aplicada a la muerte por las tardes, un par de sakes, y a dormir hasta el día siguiente.

El Campesino presume de ser un asesino 3.0. Su abuelo, Sifu, fue el primer Campesino. Transmitió el nombre y la leyenda a su hijo, y ahora es el nieto quien hace gala de ser tan mortífero como el Sifu original. Y es ese 3.0 el que abre la puerta de la choza en la que vive —a pesar de tener dinero en el banco para enterrar a media isla de Kume— y se sienta frente a una mesa de madera que parece haber sobrevivido a Hiroshima.

—Siéntate —ordena Sifu, que descorcha una botella de barro cocido sin etiqueta y llena dos pequeños tazones. Empuja uno de ellos hacia White con una mezcla de desdén y prepotencia—. Te lo dije cuando llegaste, un año es poco tiempo. Sigues estando muy verde. Deberías quedarte hasta completar tu entrenamiento.

El joven señor White ocupa la silla libre. Esta parece fabricada en Nagasaki, el día antes de que le tocara el Gordo. Aun le duele el pecho. El puño de Sifu parece hecho de hierro forjado.

—He aprendido lo suficiente —asegura White, jugueteando con el tazón de sake; se promete que invertirá unos cientos de dólares en algún destilado que merezca la pena en cuanto pise la civilización—. Me marcho mañana.

El Campesino lo mira con ojos entrecerrados a través de un mechón de pelo que le cubre media cara, alza el sake y le da un sorbo. Tiene el rostro invadido por esa mierda de pelusilla que algunos orientales llaman barba y se queda en un intento que afea más que adorna.

—Suficiente nunca es suficiente —comenta Sifu, más para sí mismo que para su alumno—. En las artes marciales, no basta con ser bueno. Hay que ser excelente, gaijin.

White saca del bolsillo una navaja suiza de un rojo insultante para el gris tristeza y marrón miseria que imperan en el interior de la cabaña. Una Victorinox Huntsman de once usos. Sifu invierte un segundo en contemplar la herramienta multiusos y luego clava un interrogante en los ojos de su alumno.

—Yo soy como esta navaja —comienza a decir White, que abre la hoja más grande antes de depositar la Victorinox sobre la mesa. Después, señala el cuchillo japonés que hay colgado en la pared, junto a una katana y un wakizashi a juego—. Tú, en cambio, eres como ese tantō. Para un enfrentamiento frontal sin duda elegiría el tantō, pero jamás lo usaría para descorchar una botella, atornillar una estantería, sacarme una espina o abrir una lata. Menos aún para llevarlo oculto.

Sifu deja escapar una risa por la nariz.

—Un año en Okinawa y te marchas hecho un filósofo, señor White —pronuncia las dos últimas palabras con ironía.

Es la primera vez que lo llama por su nombre.

—Lo que intento decirte es que haré uso de los conocimientos que me has transmitido solo cuando sea necesario, pero tengo muchos más recursos, y el último será siempre un enfrentamiento frontal. Ese solo lo aplicaré cuando sea estrictamente imprescindible. Y en ese caso, la hoja grande de la navaja suiza bastará para sacarme del apuro.

El Campesino alza las cejas y se zumba su sake de un trago.

—No estoy de acuerdo contigo, pero allá tú. Recuerda esto que voy a decirte: en la vida real, Johnny Lawrence habría hecho pedazos a Daniel LaRusso.

El joven señor White no puede reprimir una carcajada.

—No me jodas… ¿Has visto The Karate Kid?

—Es mi película favorita —confiesa Sifu, con un guiño.

Los dos se echan a reír. El Campesino se da cuenta de que es la primera vez que lo hacen desde que el señor White lo encontró bebiendo en la puerta de su cabaña.

—Doce meses…

—Trescientos cuarenta y ocho días, para ser exactos —corrige White.

«La navaja suiza» de Juan Gómez-Jurado

Juan Gómez-Jurado. Escritor español, estudió Ciencias de la Información en el CEU San Pablo de Valencia, tras lo que inició una interesante carrera en medios de comunicación como Canal Plus, TVE, La voz de Galicia o la Cadena COPE, actividad que compaginó con la escritura de sus primeros textos. En 2006 publicó Espía de Dios, novela con la que logró un gran éxito de ventas tanto en España como a nivel internacional.

Gómez-Jurado se dedica casi en exclusiva a la literatura, aunque sigue colaborando con varios diarios y revistas como Qué Leer o Jot Down, así como en programas de radio como Julia en la onda.

Gómez-Jurado, además de Espía de Dios, ha publicado dos novelas más que han seguido el mismo camino de éxito que su primer libro, Contrato con Dios (2007) y El emblema del traidor (2008), ambos también novelas con una gran carga de intriga, suspense y elementos religiosos. En 2007, Gómez-Jurado publicó su único ensayo conocido, La masacre de Virginia Tech.

En sus últimas novelas, Gómez-Jurado ha saltado desde la intriga histórica de La leyenda del ladrón —ambientada en la Sevilla del siglo XVI— al thriller al más puro estilo americano con El paciente. También destacan sus impactantes thrillers Cicatriz, Reina Roja y su continuación Loba negra.

Además de suspense, el autor también ha escrito series infantiles como Alex Colt o Rexcatadores, esta última coescrita junto a la psicóloga infantil Bárbara Montes.

Entre otros premios, Juan Gómez-Jurado ha recibido galardones como el Premio de Bibliotecas de la Comunidad de Madrid, el concedido a la Mejor Primera Novela de la International Thrillers Writers Association o el VII Premio Internacional de Novela Ciudad de Torrevieja en 2008.