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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

La nave abandonada y otros relatos de horror en el mar

Género: RelatosTerrorLibros

Sobre el autor:

Sobre el libro:

William Hope Hodgson (1875-1918) es sin duda uno de los representantes más originales de lo que se ha dado en llamar el «cuento materialista de terror». La asombrosa facilidad de Hodgson para recrear atmósferas angustiosas y oprimentes fascinó a H.P. Lovecraft y los escritores de su círculo. La nave abandonada reúne los mejores relatos de terror que Hodgson dedicó a los misterios de las profundidades del mar. La soledad de los vastos desiertos de las aguas, el horror apenas insinuado, el acecho de entidades que están más allá de la esfera humana, la pesadilla creciente, las embarcaciones abandonadas en la noche profunda de los mares inmóviles, son algunos de los temas recurrentes de la presente selección, descritos con la intensidad y el suspense de un maestro del género.

Fragmento

La nave abandonada

—Es el material… —dijo el anciano médico de a bordo—. El material, más las condiciones y, tal vez —agregó lentamente—, un tercer factor… sí, un tercer factor, aunque habría que ver, habría que ver…

Interrumpió su frase un poco meditabunda y empezó a cargar la pipa.

—Siga, doctor —dijimos, alentándolo, y con algo más que una ligera expectativa. Estábamos en el salón de fumar del Sanalea, viajando por el Atlántico Norte; el doctor era todo un personaje. Terminó de cargar la pipa y la encendió; después se acomodó y empezó a explicarse en detalle:

—El material es inevitablemente —dijo con convicción—, el medio de expresión de la fuerza de la vida… el punto de apoyo, por decirlo así, en cuya ausencia ésta es incapaz de expresarse a sí misma o, en realidad, de expresarse en cualquier forma o modo que sea inteligible o evidente para nosotros. El papel del material en la producción de eso que llamamos Vida es tan poderoso y la fuerza de la vida está tan ansiosa de autoexpresarse que estoy convencido de que, dadas las condiciones correctas, ésta se manifiesta incluso a través de un medio tan poco prometedor como es un pedazo de madera; afirmo, caballeros, que la fuerza de la vida es a un tiempo tan ferozmente apremiante y tan indiscriminada como el fuego… el destructor; sin embargo, hay quienes empiezan a considerar a la esencia misma de la vida como exuberante… Hay aquí una exquisita paradoja aparente —concluyó, hamacando su vieja cabeza gris.

—Sí, doctor —dije—. En resumen, usted argumenta que la vida es una cosa, un estado, un hecho o un elemento, llámela como quiera, que demanda un material a través del cual manifestarse, y que dado el material, más las condiciones, el resultado es la vida. En otras palabras, que la vida es un producto de la evolución, manifiesto a través de la materia y multiplicado a partir de las condiciones… ¿No es cierto?

—Tal como entendemos la palabra —dijo el anciano doctor—. Aunque, fíjese, podría haber un tercer factor. Pero estoy íntimamente convencido de que es una cuestión de química; condiciones y un medio adecuado, pero una vez dadas las condiciones, el animal es tan omnipotente que se aferrará a cualquier cosa en la que pueda manifestarse. Es una fuerza engendrada por las condiciones, pero, con todo, esto no nos acerca ni un milímetro a su explicación, no más que a las explicaciones de la electricidad o del fuego. Pertenecen, los tres, a las fuerzas externas: monstruos del vacío. Nada que esté a nuestro alcance puede crear alguna de ellas; nuestro poder se limita a hacer, suministrando las condiciones, para que cada una de ellas se manifieste a nuestros sentidos físicos. ¿Me explico?

—Sí, doctor, en cierto sentido —dije—. Pero no estoy de acuerdo con usted, aunque creo que lo entiendo. Tanto la electricidad como el fuego son lo que podríamos llamar cosas naturales, pero la vida es algo abstracto… una especie de vigilia que todo lo penetra. Oh, no puedo explicarlo, ¡quien podría! Pero es espiritual; no sólo algo surgido de una condición, como el fuego, según dice usted, o la electricidad. El suyo es un pensamiento horrible. La vida es una especie de misterio espiritual…

—¡Tranquilo, muchacho! —dijo el anciano doctor sonriendo suavemente—. O de lo contrario podría pedirte que demostraras el misterio espiritual de la vida de la lapa o del cangrejo, digamos. —Me dirigió una sonrisa de inefable perversidad— De todos modos —continuó—, supongo que como todos habrán adivinado, tengo para contarles una historia increíble que apoya mi impresión de que la vida no constituye un misterio o un milagro mayor que el fuego o la electricidad. Pero, por favor recuerden, caballeros, que aunque hayamos logrado darles nombre y aprovecharlas, estas dos fuerzas, siguen siendo, en lo fundamental, tan misteriosas como antes. Y, de cualquier manera, lo que voy a contarles no explicará el misterio de la vida; sólo les brindará uno de los pretextos sobre los que descansa mi sensación de que la vida es, como he dicho, una fuerza que se manifiesta a través de condiciones (es decir, la química natural) y que puede tomar para sus propósitos y necesidad la materia más increíble e improbable porque sin materia, no puede existir… no puede manifestarse…

—No estoy de acuerdo con usted, doctor —interrumpí—. Su teoría destruiría toda creencia en una vida posterior a la muerte. Haría que…

—Silencio, hijo —dijo el anciano, con una serena sonrisa de comprensión—. Primero escucha lo que tengo para decir y, de todos modos, ¿qué objeción tienes para la vida material, después de la muerte? Y si rechazas un marco material, aún te haría recordar que estoy hablando de la vida, tal como entendemos la palabra en esta, nuestra vida. Ahora tranquilízate, muchacho, o no terminaré nunca:

«Ocurrió cuando era joven, es decir, hace muchos años, caballeros. Había rendido mis exámenes, pero estaba tan agotado por el exceso de trabajo que se decidió que me vendría bien un viaje por mar. No estaba en buena posición económica y al fin y al cabo me alegró procurarme un módico puesto de médico en un clíper de vela para pasajeros, que se dirigía a China.

»La embarcación se llamaba Bheotpte y poco después de cargar todo mi equipo a bordo desamarró, y nos dejamos caer por el Támesis; al día siguiente nos habíamos alejado ya por el Canal.

»El capitán se llamaba Gannington, un hombre muy honesto aunque bastante iletrado. El primer piloto, el señor Berlies, era un hombre sereno, austero, reservado, muy educado. El segundo piloto, el señor Selvern, era, tal vez por cuna y crianza, el más cultivado socialmente de los tres, pero carecía del vigor y la resolución indomable de los otros dos. Era más bien un sensitivo y en lo emotivo, e incluso en lo mental, el más alerta de los tres.

»Hicimos escala en Madagascar, donde desembarcamos algunos pasajeros, después seguimos en dirección al este, con la intención de hacer otra escala en el Cabo Noroeste, pero a unos cien grados este topamos con un tiempo espantoso, que nos llevó todas las velas y abatió el botalón de bauprés y el mástil del juanete de proa.

»La tormenta nos llevó varios cientos de millas al norte y cuando por fin nos dejó nos encontramos en muy malas condiciones. La embarcación, puesta a prueba había dejado entrar casi un metro de agua a través de las costuras de los tablones; la mastelera mayor se había quebrado, además del botalón de bauprés y el mástil del juanete de proa; habían desaparecido dos botes, como así también una de las jaulas para cerdos (con tres espléndidos ejemplares), que fue arrastrada por el agua apenas media hora antes de que el viento amainara, lo que ocurrió con rapidez; el mar siguió muy picado durante varias horas.

»El viento se calmó justo al anochecer y el amanecer trajo consigo un tiempo espléndido: un mar calmo, apenas ondulado y un sol brillante, sin viento. Nos mostró además que no estábamos solos porque a unas dos millas al oeste había otra embarcación que el señor Selvern, el segundo piloto, me señaló.

»—Es un paquebote bastante singular, doctor —dijo y me tendió el catalejo. Miré por él hacia la otra embarcación y vi lo que quería decir; al menos, creí verlo.

»—Sí, señor Selvern —dije—. Tiene un aspecto bastante anticuado.

»Se rió de mí, con su agradable modo de ser.

»—Es fácil advertir que usted no es marino, doctor —observó—. Hay una docena de cosas singulares en él. Es una nave abandonada y ha estado flotando, por lo que se ve, durante unos cuantos años. Mire la forma de la bovedilla, y la proa, y el tajamar. Es tan vieja como las colinas, podríamos decir, y tendría que haberse ido a reunir con Davy Jones hace un buen tiempo. Mire las excrecencias que tiene y el espesor de los aparejos fijos; calculo que todo eso son incrustaciones de sal, ¿nota el color blanco? Ha sido una barca pequeña: fíjese que apenas si le queda un metro de arboladura superior. No queda nada en las eslingas; todo está podrido; me pregunto si los aparejos fijos no habrán desaparecido también. Me gustaría que el viejo nos permitiera ir en bote a darle un vistazo; podría valer la pena.

»Sin embargo, parecía poco probable que esto ocurriera porque se necesitaban todos los tripulantes y éstos estuvieron ocupados todo el día reparando mástiles y aparejos, lo que como pueden imaginar, llevó un largo tiempo. Durante un rato les di una mano, haciendo girar un cabestrante de cubierta; el ejercicio me hacía bien para el hígado. El viejo capitán Gannington dio su consentimiento y lo convencí de que se uniera a mí y probara la misma medicina, cosa que hizo; mientras trabajábamos fuimos intimando.

»Hablamos del navío abandonado y señaló lo afortunados que habíamos sido al no dar de lleno con él en la oscuridad ya que estaba en línea recta a sotavento de nosotros, tomando como base la dirección en que nos había hecho derivar la tormenta. Además, opinaba que tenía un aspecto extraño y que era bastante viejo, pero era evidente que en este último punto conocía mucho menos que el segundo piloto porque, como he dicho, era un hombre iletrado y no sabía nada sobre barcos de mar, aparte de lo que la experiencia le había enseñado. Carecía del conocimiento libresco que tenía el segundo piloto sobre embarcaciones anteriores a su época, a las que pertenecía evidentemente la nave abandonada.

»—Es una de las viejas, doctor —fueron todas sus observaciones al respecto.

»Sin embargo, cuando le mencioné que sería interesante abordarla y recorrerla, asintió con un movimiento de cabeza, como si la idea ya hubiese estado en su mente y se ajustara a sus propias inclinaciones.

»—Cuando terminemos el trabajo, doctor —dijo—. Usted bien sabe que no puedo desperdiciar hombres ahora. Debemos tener todo listo tan pronto como podamos. Pero tomaremos mi falúa y saldremos en la segunda guardia. El barómetro está firme y será como un paseo para nosotros.

»Esa tarde, después del té, el capitán ordenó que prepararan la falúa y la pasaran por encima de la borda. El segundo piloto iba a venir con nosotros y el patrón de a bordo le indicó que pusiera dos o tres lámparas en el bote porque pronto caería la noche. Poco después remábamos a través del mar en calma, con una tripulación de seis remos y a muy buena velocidad.

»Bien, caballeros, les he detallado con gran exactitud todos los hechos, tanto los mayores como los menores, de modo que puedan seguir paso a paso cada incidente de este asunto extraordinario; quiero que ahora presten la más cuidadosa atención.

»Yo iba sentado a popa con el segundo piloto y el capitán, que se encargaba del timón; cuando nos acercamos más a la nave extraña, la estudié con atención creciente, cosa que también hacían el capitán Gannington y el segundo piloto. Estaba, como saben, en dirección oeste con respecto a nosotros y el crepúsculo desplegaba tras ella una gran llama de luz roja, de modo que el contorno era borroso y vago, a causa del halo de la luz, que casi derrotaba cualquier intento de la mirada por ver los mástiles y los aparejos fijos, sumergidos como estaban en la ígnea gloria del crepúsculo.

»Fue por este efecto del crepúsculo que nos habíamos acercado bastante, en comparación, al navío abandonado, antes de que viéramos que estaba rodeado por completo por una especie de curiosa película de materia, sobre cuyo color era difícil decidirse debido a la luz roja de la atmósfera, aunque más tarde descubrimos que era marrón. Esta película rodeaba la nave en una extensión de varios centenares de metros, formando un parche enorme, irregular, del que se desprendía hacia el este, por sobre nuestro costado de estribor, a unas veinte brazas de distancia, un poderoso hedor.

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