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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

La nave de Ishtar

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Cuando John Kenton descubrió la pequeña nave de piedra que procedía de los lejanos tiempos de Sargón de Akkad, no podía imaginar que estaba abriendo una puerta a través del Espacio y el Tiempo que le llevaría a un mundo de magia y aventura, de amor y amistad, pero también de odio y peligro, en el que conocería y desearía a Sharane, la sensual sacerdotisa de Ishtar, pero también a Klaneth, el Sacerdote Negro del terrible dios Nergal. Dos seres empeñados en una eterna lucha a muerte, que le arrastraría a un torbellino de horror, pasión, brujería y violencia. Considerada por muchos como la obra maestra de Merritt, La Nave de Ishtar pone en juego una epicidad de saga nórdica, violenta y sangrienta, digna del mejor Robert E. Howard, junto a un lirismo trágico y erótico que nos recuerda los relatos crueles de Clark Ashton Smith, a lo que suma su capacidad para evocar terrores cósmicos y arcanos, que nada tiene que envidiar a la del propio genio de Providence, quien le profesó abierta admiración. La Nave de Ishtar (The Ship of Ishtar) es una novela fantástica del escritor norteamericano Abraham Merritt, autor de Los Habitantes del Pozo (The people of the pit), entre otros relatos clásicos de horror. Fue publicada serialmente en la revista Argosy en 1924. Ésta es, indudablemente, una de las joyas narrativas de Abraham Merritt. En la novela se conjuga la épica con el gore de los años veinte (fue publicada en 1924), matizados con la tendencia lírica y estética de los admiradores de H.P. Lovecraft. Para la crítica, Abraham Merritt aparece como un autor de segunda línea dentro de este grupo, varios cuerpos detrás de Clark Ashton Smith. Sin embargo, como lector creo que las distancias entre ellos no son tan claras. Abraham Merritt nos presenta el viaje heroico desde otra perspectiva. Los años nos han amansado con historias mitológicas vacías, tan yermas como las épocas que pretenden evocar. Seamos honestos, Tolkien hubo uno sólo, el resto es apenas una excrecencia informe que ni siquiera merece el calificativo de sombra. De manera que el retorno a la épica previa a la saga del anillo resulta tan inevitable como satisfactoria. Y aquí nos encontramos con una novela como La Nave de Ishtar, llena de vicios pero también plagada de vitalidad, de fuerza narrativa. Sus defectos más evidentes quizás sean los de aferrarse a una estructura que el lector voraz reconoce fácilmente, y que pertenece a la narrativa sangrienta y desbocada de los años veinte. Ahora bien, basar una crítica con esta observación es como pedirle a Voltaire que escriba como Kafka. Un autor es preso de su época y sus preocupaciones. En este caso, Abraham Merritt padece y ennoblece su época con una novela vibrante, alucinada, digna heredera de la épica cruda y aberrante de las sagas nórdicas.

Fragmento

1 – La nave se acerca

Un zarcillo de aquella extraña fragancia ascendió en espiral, saliendo del gran bloque de piedra. Kenton sintió cómo acariciaba su cara, igual que una mano engatusadora.

Había tenido conciencia de la fragancia —un perfume extraño, sutilmente perturbador, evocador de fugaces imágenes desconocidas, de trazos de pensamientos que se habían escapado antes de que la mente pudiera atraparlos—, desde que despojara de sus vestiduras a aquel bulto que Forsyth, el viejo arqueólogo, le había enviado del sepulcro de arena de la Babilonia muerta hacía ya tanto tiempo.

Sus ojos volvieron a medir el bloque: ciento veinte centímetros de largo, un poco más de alto, una pizca menos de ancho. Era de un amarillo desgastado, con los siglos colgándole como un ropaje visible sólo a medias. Por un lado estaba la inscripción, una docena de líneas paralelas de escritura cuneiforme arcaica, tallada, si Forsyth había acertado en sus deducciones, en el reino de Sargón de Akkad, hacía sesenta siglos. La superficie de la piedra estaba arañada y llena de agujeros, y los símbolos en forma de cuña, mutilados y medio borrados. Kenton se inclinó un poco sobre ella, y ya más de cerca, le rodearon aquellas espirales perfumadas, agarrándose como un sinfín de zarcillos, como pequeños dedos anhelantes, suplicantes, rogando…

Rogando por su liberación.

¿Qué tontería era ésa que estaba soñando? Kenton se sobrepuso. Tenía un martillo allí a mano; lo levantó y golpeó el bloque, impaciente.

Y el bloque respondió al golpe.

Murmuró; el murmullo se hizo más alto; más alto todavía, con un débil tono de campana, como el de un lejano carillón de jade. Los murmullos cesaron, ahora no eran más que tañidos altos y suaves; claros, más claros cada vez que sonaban, acercándose, volando por los corredores infinitos del tiempo.

Se produjo un agudo crujido. El bloque se partió. Del golpe surgió un resplandor como de perlas rosadas, y con él, una oleada tras otra de aquella fragancia que ya no buscaba, que ya no anhelaba ni suplicaba.

Ahora era jubilosa, triunfante.

Había algo dentro del bloque. Algo que había estado allí, escondido desde los tiempos de Sargón de Akkad, hacia seis mil años.

Los carillones de jade volvieron a sonar. Repiquetearon agudos, y luego se volvieron hacia atrás por los corredores infinitos por los que habían llegado. Se extinguieron; y al morir, el bloque se derrumbó; se desintegró; se convirtió en un remolino de polvo chispeante que se asentaba con lentitud.

La nube giró en remolino, una vorágine de niebla brillante. Se desvaneció como una cortina que se arranca de un tirón.

Y donde había estado el bloque… ¡un barco! Flotaba sobre un lecho de olas redondeadas, cortadas en lapislázuli y cuya espuma estaba formada por cristales de roca lechosos. Su casco era de cristal, cremoso y débilmente luminoso. Tenía la proa en forma de esbelta cimitarra, curvada hacia atrás. Bajo la punta curvada había un camerino cuyos lados, que daban al mar, estaban formados, como los de un galeón, por la proa, que se elevaba hacia arriba. Allí donde el casco formaba este camerino, un débil cristal, sonrosado y cremoso, se hacía más profundo a medida que los lados se alzaban; al final resplandecían con un brillo que tornaba el camerino en una joya rosada.

En el centro de la nave, ocupando un tercio de su longitud, había un foso; desde la proa hasta su borde, rematado por una barandilla, bajaba una cubierta de marfil. Allí había otro camarote, más largo que el de proa, pero rechoncho, y hecho de ébano. Ambas cubiertas se prolongaban en amplias plataformas, a cada lado del foso. Hacia el centro de la nave, la cubierta de marfil y la negra se encontraban en una extraña sugerencia de fuerzas contendientes. No se fundían la una en la otra. Acababan allí abruptamente, borde con borde, hostiles.

Del foso despuntaba un altísimo mástil, alargado y verde, como el corazón de una inmensa esmeralda. De sus crucetas surgía una amplísima vela, resplandeciente como seda tejida con ópalos de fuego; del mástil y las vergas caían unos estays de oro entrelazado. De cada costado del barco sobresalía una fila de siete grandes remos, con sus palas escarlata hundiéndose en la profundidad de la cresta de perlas de unas olas de lapislázuli.

Y toda aquella riqueza de joyas estaba hecha por el hombre. ¿Cómo podía ser, se preguntaba Kenton, que no hubiera visto antes aquellas figuritas?

Era como si hubieran surgido de la cubierta… Una mujer salió por la puerta del camarote rosado, el brazo todavía extendido en ademán de cerrarla… y había otras siluetas de mujer sobre la cubierta de marfil, tres de ellas agachadas, con la cabeza inclinada; dos sostenían un arpa, y la tercera una flauta doble.

Figuras pequeñas, de no más de cinco centímetros de altura.

¡Eran juguetes!

Era extraño que no pudiera distinguir sus rostros, ni los detalles de sus vestidos. Los rostros eran indefinidos, borrosos, como si los cubriese un velo. Kenton se dijo que aquella neblina era algo que había en sus ojos, y los cerró por un momento.

Al abrirlos miró hacia abajo, examinó el camerino negro y fijó los ojos perplejo. La cubierta negra estaba vacía cuando vio la nave por primera vez, eso podía jurarlo.

Ahora había allí cuatro figuras, junto al borde del foso.

Y la desconcertante neblina que rodeaba los juguetes era más densa. Desde luego, debían ser sus ojos: ¿qué otra cosa podía ser? Se acostaría un rato y así descansaría. Se dio la vuelta, reacio, y se dirigió lentamente hacia la puerta. Allí se detuvo, dubitativo, y se volvió para mirar aquel misterio brillante.

La parte de la habitación que quedaba detrás de la nave estaba cubierta por la niebla. Kenton sintió un estruendo como de batalla o tormenta; un rugido de tempestades infinitas; un caos de agudos alaridos, como si cayeran sobre él poderosos vientos en cascada. La habitación se partió en mil pedazos, se disolvió. En medio del clamor se oyó claramente el sonido de una campana: una dos, tres…

Conocía aquella campana. Era su reloj, que daba las seis. La tercera nota se quedó cortada a la mitad.

El suelo, sólido, sobre el que estaba de pie, se derritió. Se sintió suspendido en el espacio, un espacio lleno de neblinas de plata.

La neblina se deshizo.

Kenton vio un océano azul inmenso, lleno de olas, y la cubierta de un barco, relampagueando unos doce pies por debajo de él. Sintió un choque repentino que le adormeció, un golpe sobre la sien derecha. Relámpagos resquebrajados como venas de la negrura que cubrieron la visión del mar y el barco.

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