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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

La novela de la lujuria

Género: EróticoNovelasLibros

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Esta es la historia de la intrépida vida erótica del célebre Charlie, quien empezó a los 14 años con una mujer recién casada, amiga de su madre y su huésped durante la luna de miel. Poco después —avispado aprendiz— practicó con su atractiva institutriz. Insaciable, pronto consiguió que sus propias hermanas le entregaran su virginidad. Nueva institutriz, y, naturalmente, otra oportunidad de ampliar sus conocimientos. En fin, ¿para qué seguir aquí con la enumeración laboriosa de las más variadas experiencias de Charli Roberts cuyo itinerario no es sino una desenfrenada y exitosa secuencia de seducciones a las que se lanza llevado exclusivamente por la lúbrica curiosidad del sexo? Charlie lo ha probado todo, desde la flagelación, el voyeurismo, el incesto, la pederastia hasta las más sofisticadas orgías. El lector sigue así minuciosamente todo el recorrido de la «educación sentimental» de este adolescente precoz hasta que se introduce en los más oscuros secretos de los ritos eróticos. Nadie puede afirmar hoy si La novela de la lujuria (1863-1866), una de las pocas obras eróticas consideradas clásicas de la época victoriana, es la autobiografía auténtica de alguien que consiguió mantener hasta nuestros días su anonimato o si es producto de la febril imaginación de algún escritor o algún personaje conocido en la Inglaterra de la segunda mitad del siglo diecinueve. En todo caso, si es la verdadera historia de Charlie Roberts, puede perfectamente alinearse al lado de la ya célebre Mi vida secreta y, si es un producto literario del género, responde a la perfección a las exigencias de éste durante aquel período histórico en el que imperaba la rigidez moral y la prohibición. Entre otras, las más notorias son, primero, la de haberse publicado por entregas y, segundo, la de ceñirse obsesiva y exclusivamente a la actividad erótica de los personajes, movidos todos por la insaciable curiosidad de quienes padecen la privación impuesta de algo tan vitalmente necesario como es el sexo.

Fragmento

El novato

Mrs. Evelyn – Abombamietos frecuentes – Miss Evelyn – El castigo de Mary – El misterio desvelado – Sueños de día – El castigo de Charlie – Un divertido viaje

Éramos tres: Mary, Eliza y yo. Yo iba a cumplir quince años, Mary era aproximadamente un año menor, y Eliza tenía doce años y medio. Mamá nos trataba a los tres como a niños, ciega al hecho de que yo había dejado de ser el de antes. Lo cierto es que, pese a no ser alto para mi edad y a no tener un aspecto precisamente viril, mis deseos empezaban por entonces a despuntar, y el aspecto de mi sexo, ya de por sí bastante llamativo, aumentaba considerablemente de tamaño cada vez que se veía sometido al influjo de los encantos femeninos.

Sin embargo, carecía de toda noción acerca de los usos de los distintos órganos sexuales. Mis hermanas y yo dormíamos en la misma habitación. Ellas juntas en una cama, yo solo en otra. En más de una ocasión, estando a solas, nos habíamos examinado las distintas configuraciones de nuestros sexos.

Descubrimos así que tocándonos mutuamente obteníamos cierto placer; más tarde mi hermana mayor descubrió que cada vez que subía y bajaba mi cacharrito, como ella lo llamaba, entonces éste se erguía automáticamente y se ponía tan duro como un palo. Ella también experimentaba gozo cuando yo le acariciaba su rosada rajita, aunque bastaba que intentara introducirle un dedo para provocarle un dolor inmenso. Era tan poco lo que habíamos avanzado en tales attouchements, que aún no podíamos ni siquiera vislumbrar las posibilidades de ese camino recién descubierto. A mí me habían comenzado a crecer unos rizos como de musgo en torno a la base de la polla; luego, y para nuestra sorpresa, en Mary se manifestó una tendencia similar. Mientras tanto, Eliza seguía siendo tan lampiña como la palma de una mano, pero ambas estaban magníficamente constituidas, con dos macizos y abultados montes de Venus. No teníamos ninguna malicia y estábamos acostumbrados a contemplar nuestros cuerpos desnudos sin el menor recelo; cuando jugábamos en el jardín y alguno quería aliviar su vejiga, los tres nos poníamos inmediatamente en cuclillas y entrecruzábamos aguas, compitiendo para ver quién orinaba más rápido. Aparte de estos síntomas de deseo en momentos de excitación, cuando estaba sosegado podía pasar perfectamente por un chico de diez u once años.

Mi padre nos había dejado una renta más bien módica, y mi madre, en su afán de llevar una vida holgada, había preferido darme clases en casa, junto a mis hermanas, en vez de enviarme al colegio. Sin embargo, cuando su salud comenzó a desmejorar puso un anuncio en el Times solicitando una institutriz. Luego, de entre un elevado número de aspirantes, eligió al fin a una joven llamada Evelyn. Al cabo de diez días llegó a casa, y pronto se convirtió en una más de la familia.

La primera noche apenas pudimos verla, pero a la mañana siguiente, después del desayuno, mamá la condujo al salón que hacía las veces de aula y dijo: «Bien, hijos míos, os dejo desde ahora al cuidado de Miss Evelyn. Debéis obedecerla en todo. Ella va a encargarse de vuestras clases, porque yo ya no estoy en condiciones de seguir ocupándome de ellas». Luego, volviéndose hacia nuestra nueva institutriz, añadió: «Temo que puedan parecerle algo consentidos y malcriados. Pero le recuerdo que tenemos un potro, y que Susan sabrá hacerle excelentes varas cuando las precise. Si no les azota usted el trasero cuando se lo merezcan, le aseguro que me enfadaré con usted seriamente». Mientras mamá hablaba, pude notar que los ojos de Miss Evelyn se dilataban con cierto gozo, de lo que deduje que si mamá ya había sido severa con los azotes, Miss Evelyn nos azotaría todavía con más severidad cada vez que nos lo mereciéramos. Parecía una persona realmente amable, tenía veintidós años, un rostro en verdad hermoso, un cuerpo perfecto e imponente, y vestía siempre con la pulcritud más estudiada. Era, sin lugar a dudas, una criatura encantadora, que me cautivó nada más verla. Pese a ello, la dureza de su expresión y la dignidad de su porte nos infundió en seguida a todos respeto y temor. Naturalmente, al principio todo marchó sobre ruedas; además, en cuanto Miss Evelyn notó que mi madre me trataba exactamente igual que a mis hermanas, a sus ojos ya no fui más que un niño. Luego supo que tenía que compartir el dormitorio con mis hermanas y conmigo. Imagino que esa primera noche a Miss Evelyn no le gustó tal arreglo, pero lo cierto es que no tardó en hacerse a la idea, hasta que aparentemente dejó de preocuparle.

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