La pianista

Resumen del libro: "La pianista" de

La pianista, de Elfriede Jelinek, es una novela que explora la relación entre el arte, la sexualidad y la violencia. La protagonista, Erika Kohut, es una profesora de piano en el Conservatorio de Viena que vive con su madre dominante y opresiva. Erika tiene una vida secreta en la que busca satisfacer sus deseos masoquistas y voyeuristas, al mismo tiempo que reprime su identidad femenina y su capacidad de amar. Su mundo se ve alterado cuando conoce a Walter Klemmer, un alumno que se obsesiona con ella y que intenta seducirla. La relación entre ambos se convierte en un juego perverso de poder y humillación, que termina en una escena de violación y mutilación.

La novela de Jelinek es una obra provocadora y polémica, que cuestiona los roles de género, la cultura patriarcal y la alienación del individuo en la sociedad moderna. La autora utiliza un estilo narrativo frío y distante, que contrasta con la crudeza y el erotismo de las escenas descritas. La pianista es una obra que no deja indiferente al lector, que se enfrenta a una visión desoladora y nihilista de la condición humana.

Libro Impreso EPUB Audiolibro

I

Como un ciclón, la profesora de piano Erika Kohut entra atropelladamente en la casa que comparte con su madre. La madre suele llamar a Erika su pequeño torbellino, porque los movimientos de la niña son a veces de una rapidez extremada. Intenta escabullirse de la madre. Erika se acerca al final de la treintena. Por edad, la madre podría fácilmente ser su abuela. Erika había venido al mundo después de muchos años de duro matrimonio. El padre había cedido de inmediato el bastón de mando a la hija y había desaparecido del escenario. Erika aparece, él desaparece. Hoy, Erika ha llegado a ser hábil por necesidad. Como una multitud de hojas otoñales, entra disparada en la casa e intenta llegar a su habitación sin ser vista. Pero la madre ya está ahí, muy grande delante de Erika, y la enfrenta. Contra la pared y a ver qué ocurre; es inquisidor y pelotón de fusilamiento a la vez, reconocida sin discusión como madre tanto en el Estado como en la familia. La madre inquiere por qué Erika llega a esta hora, tan tarde. Hace ya tres horas que el último estudiante partió a casa, cargando sobre sus espaldas el sarcasmo de Erika. ¿Crees tú, Erika, que no me enteraré de dónde has estado? Una niña ha de responderle a su madre sin que medie insistencia; pero su respuesta no merece crédito porque a la niña le gusta mentir. La madre aún espera, pero solo hasta contar uno, dos, tres.

Cuando ya va por el dos, la hija responde algo muy lejano de la verdad. La madre le arranca de las manos el portadocumentos repleto de partituras y ahí, sin más, descubre la triste respuesta a sus preguntas. Cuatro volúmenes de sonatas de Beethoven comparten indignadas el poco espacio con un vestido nuevo; salta a la vista que ha sido comprado recientemente. La madre estalla furiosa contra el vestido. Antes, en la tienda y colgado de la percha, el traje lucía atractivo, multicolor y suave; ahora yace tirado como un estropajo torpedeado por las miradas de la madre. ¡El dinero del vestido estaba destinado a la cuenta de ahorros! Ha sido malgastado prematuramente. Cuando hubiera querido habría podido solazarse con el vestido en forma de un depósito en la libreta de ahorros de la Caja Austriaca de la Construcción; bastaba con echar un vistazo al cajón de la ropa, donde la libreta de ahorros asomaba detrás de una pila de sábanas. Pero hoy fue sacada de paseo y se hizo un cobro. Ahí está el resultado: cada vez que quiera saber dónde ha quedado el buen dinero, Erika deberá ponerse el vestido. La madre grita: ¡así desperdicias un premio futuro! Habríamos llegado a tener una casa nueva, pero como no has sido capaz de esperar, te quedas con un andrajo que dentro de poco tiempo estará pasado de moda. La madre lo quiere todo para el futuro. Nada para ahora. Pero, eso sí, quiere tener a la niña constantemente al alcance de su mano y siempre quiere saber dónde la puede localizar por si surge una emergencia, en caso de que la madre sienta la amenaza de un infarto. La madre quiere ahorrar ahora para poder disfrutar después. Y a Erika no se le ocurre nada mejor que comprar un vestido; casi más perecible que una pizca de mayonesa en un panecillo con pescado. Este vestido estará pasado de moda no solo el próximo año, sino ya el próximo mes. El dinero, en cambio, nunca pasa de moda.

Los ahorros están destinados a un piso en un bloque de viviendas. El piso de alquiler en el que viven es ya tan viejo que no quedará más remedio que tirarlo. Juntas podrán elegir los armarios empotrados e incluso la distribución de los tabiques, ya que su piso está siendo edificado con un sistema de construcción completamente nuevo. Todo será hecho de acuerdo con los personalísimos gustos de cada uno. La madre, que no cobra más que una pequeña pensión, determina lo que debe pagar Erika. En el flamante piso, construido según el método del futuro, cada una tendrá su propio reino; Erika aquí, la madre ahí, un reino claramente separado del otro. También habrá una sala de estar común para la convivencia. Si se quiere. Pero, de acuerdo con su naturaleza, madre e hija querrán siempre, porque forman una unidad. Ya aquí, en esta pocilga que poco a poco se viene abajo, Erika tiene un propio reino donde es mangoneada a gusto. No es más que un reino provisorio, ya que la madre entra y sale cuando le da la gana. La puerta de Erika no tiene cerrojo y una niña no tiene secretos.

El espacio vital de Erika es su pequeña habitación; ahí puede hacer y deshacer. Nadie se lo impide, porque esa habitación es de su absoluta propiedad. El reino de la madre es todo el resto de la vivienda, porque el ama de casa que se preocupa de todo, ajetrea por todos los rincones, mientras Erika no hace más que disfrutar de las labores domésticas maternas. Erika nunca ha tenido que maltratarse trabajando en la casa, debido a que los detergentes dañan las manos de la pianista. Lo que a veces preocupa a la madre, durante los escasos respiros que se da, son sus múltiples pertenencias. No siempre es posible saber con precisión dónde se encuentra cada objeto. ¿Y dónde está ahora tal o cual huidiza pertenencia? ¿En qué cuarto se oculta sola o acompañada? Erika, igual que el mercurio, esa sustancia escurridiza, quizá se escape detrás de la puerta y haga alguna tontería. Pero la hija se halla cada día puntualmente en el lugar que le corresponde: en casa. Con frecuencia, la inquietud hace presa de la madre, porque todo propietario aprende ya desde un comienzo y con sufrimientos: la confianza es buena, pero ha de haber control. El principal problema de la madre consiste en fijar un lugar, ojalá inamovible, para cada una de sus pertenencias con el fin de que no se escapen. A este propósito sirve la televisión, que lleva a la casa hermosas imágenes, bellas costumbres, todo prefabricado y bien envuelto. Gracias a ella, Erika está casi siempre en casa, y si alguna vez sale, se sabe con certeza dónde anda revoloteando. Ocasionalmente, Erika va a algún concierto por la noche, pero lo hace cada vez menos. Se pasa el tiempo sentada frente al piano y se revuelve en su carrera pianística abandonada definitivamente hace ya mucho tiempo o se deja caer como un espíritu maligno sobre los ejercicios de alguno de sus alumnos. En caso de emergencia se la puede localizar allí. O, para su solaz, Erika se cita con colegas afines para hacer música de cámara y divertirse. También allí es posible llamarla. Erika lucha contra los lazos maternos y pide con insistencia que no la llame, pero la madre es indiferente ya que solo Ella determina los mandamientos. La madre también determina sobre la disponibilidad de la hija, lo cual conduce a que sean cada vez menos los que quieren ver o hablar con la hija. La profesión de Erika es al mismo tiempo su pasión: el poder celestial de la música. La música ocupa completamente el tiempo de Erika. Ahí no hay espacio para nada más. Nada es más grato que una representación musical ofrecida por intérpretes sobresalientes.

Cuando Erika acude a alguna cafetería, una vez al mes, la madre sabe a cuál ha ido y puede llamar. Hace uso indiscriminado de este derecho. Un andamio doméstico para la seguridad y el hábito.

Poco a poco, la existencia de Erika pierde flexibilidad. Se desmorona de inmediato, cada vez que la madre da un manotazo de autoridad. En esos casos, para mofa de los demás, Erika aparece sentada con los restos del cuello ortopédico de su existencia y debe acatar: tengo que irme a casa. A casa. Casi siempre está de camino a casa cuando alguien la encuentra por la calle.

La madre opina: La verdad es que me parece bien mi Erika tal como es. Probablemente no llegue más allá. Si solo yo, su madre, la hubiese tenido a mi cargo, habría podido llegar a ser una pianista que superaría las fronteras regionales, y sin dificultades, considerando sus aptitudes. Pero, contra la voluntad de la madre, una que otra vez, Erika estuvo sometida a la influencia de extraños; pretenciosos amores masculinos amenazaban con distraerla del estudio, superficialidades como el maquillaje y la ropa llamaban la atención de feas cabezotas; y la carrera termina antes de haber comenzado. Pero al menos se tiene algo seguro en la mano: el cargo de profesora de piano en el conservatorio de la ciudad de Viena. Y ni siquiera tuvo que hacer años de prácticas en otras dependencias, en alguna de las escuelas musicales de distrito, donde tantos han dejado su juventud, grisáceos, polvorientos, jorobados: séquito efímero del señor director.

Únicamente esta vanidad. La maldita vanidad. La vanidad de Erika preocupa a la madre y la irrita hasta no poderla soportar. La vanidad es lo único de lo que poco a poco Erika aún debería ser capaz de desprenderse. Mientras antes, mejor, porque en la vejez, que ya está a un paso, la vanidad es una carga muy pesada. ¡Y ya en sí la vejez es suficiente carga! ¡Esta Erika! ¿Acaso las grandes personalidades de la historia de la música fueron vanidosas? No lo fueron. Lo único de lo que Erika aún deberá prescindir es de la vanidad. Si para ello fuera necesario, la madre limará con aspereza todas las superficialidades que Erika conserve.

Por ello, hoy la madre intenta arrebatar el nuevo vestido de las manos agarrotadas de la hija, pero sus dedos están bien entrenados. ¡Suéltalo!, dice la madre, ¡entrégamelo! Tu codicia de exterioridades ha de ser castigada. Hasta ahora la vida te ha castigado ignorándote, ahora también tu madre te castiga ignorándote, aunque te acicalas y pintarrajeas como un payaso. ¡Entrégame el vestido!

De súbito Erika se dirige a su armario. Se apodera de Ella un sombrío recelo que ha visto confirmado en varias ocasiones. Por ejemplo, hoy nuevamente falta algo, el traje gris oscuro para el otoño. ¿Qué ha ocurrido? En el mismo momento en que Erika se percata de que falta algo, sabe quién es la responsable. Es la única persona que pudo hacerlo. ¡Cabrona!, ¡cabrona!; Erika da gritos furiosos a su superiora y se abalanza sobre la madre, agarrándose de su cabellera teñida de rubio oscuro, con raíces grisáceas. También el peluquero es caro y lo mejor es no recurrir a él. Erika le tiñe el pelo a su madre todos los meses con un pincel y Polycolor. Tironea de las greñas que Ella misma ha contribuido a embellecer. Las arranca con furia. La madre llora. Al final, Erika tiene las manos llenas de mechones de pelo y los mira enmudecida y con sorpresa. Como sea, la química ha debilitado la capacidad de resistencia de estos cabellos, pero tampoco la naturaleza habría podido hacer milagros. Por un momento, Erika no sabe qué hacer con ellos. Finalmente va a la cocina y tira a la basura las greñas entre rubias y descoloridas.

Con su cabellera castigada, la madre queda lloriqueando en el salón; es ahí donde Erika suele ofrecer conciertos privados en los que brilla como la mejor porque en este salón nadie jamás ha tocado el piano salvo ella. La madre aún sostiene el vestido nuevo en sus manos temblorosas. Si quiere venderlo, ha de ser pronto, porque esas amapolas del tamaño de una coliflor se llevarán únicamente un año y nunca más. La madre siente la cabeza dolorida precisamente donde le falta el cabello.

La pianista: Elfriede Jelinek

Elfriede Jelinek. Nacida el 20 de octubre de 1946 en Mürzzuschlag, Estiria, se erige como una figura multifacética en el panorama literario austriaco. Su linaje, vinculado al apellido "Jelinek," que significa "cervatillo" en checo, se teje entre la herencia judía checa de su padre y la clase acomodada vienesa de su madre, siendo nieta de Emil Jellinek, ideólogo de la marca de automóviles Mercedes.

Adentrándose en la música desde temprana edad, Jelinek estudió composición en el Conservatorio de Música de Viena y, tras diplomarse en 1964, amplió sus horizontes con cursos de teatro e historia del arte. Su incursión en el Partido Comunista Austriaco (1974-1991) dejó una huella en su obra, anclándola en la sofisticada tradición lingüística de la crítica social.

Aclamada y controvertida, Jelinek transita entre prosa y poesía, destacando con obras como "Las amantes" (1975) y "La pianista" (1983), llevada al cine por Michael Haneke en 2001. Ganadora del Nobel de Literatura en 2004, su escritura es un "flujo musical de voces y contravoces" que cautiva y provoca.

Sus obras, como "Los excluidos" (1980) y "Deseo" (1989), han sacudido a la sociedad austriaca, acusando la hipocresía de la clase pequeño burguesa y señalando la persistencia del pasado nazi. Jelinek, feminista radical, expone la imposibilidad de la mujer de alcanzar plenitud en un mundo saturado de estereotipos. Polémica y apasionada, su defensa de Jack Unterweger generó controversia, siendo acusada de tener las manos manchadas de sangre por las muertes subsecuentes.

Jelinek, a través de su escritura, desafía las convenciones literarias y sociales, dejando un legado que encarna la lucha contra la opresión y la desigualdad. Su Nobel, recibido en 2004, marcó un hito, aunque no exento de críticas, mostrando que su voz, a veces incómoda, resuena con fuerza en el panorama literario internacional.

Cine y Literatura
Película: La pianista

La pianista

Dirección: