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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

La Venus de las pieles

Género: EróticoNovelasLibros

Sobre el autor:

Sobre el libro:

En La Venus de las pieles el lector descubrirá en Severino al sujeto que busca una dominadora a la cual esclavizarse, acudiendo inclusive a obligarse formalmente mediante un contrato que consagrará con detalle su deber, voluntariamente consentido, de someterse a las más diversas situaciones humillantes y a las sofisticadas torturas que ofrece la imaginación depravada de los dos firmantes, con el fin de provocarse la ansiada excitación sexual, al tiempo que el sujeto pasivo que recibe el beneficio del sufrimiento es puesto en el centro de un ritual de dolor, humillación y sumisión, de desdeñosa frialdad y de castigos físicos y morales, que entre más insufribles le resulten, le propiciarán el éxtasis buscado. No olvidemos que es Severin quien fuerza a Wanda, contra la voluntad de ella, a adoptar el papel de ama y a aceptarlo a él como esclavo, para lo cual la obliga incluso a firmar un contrato, una de cuyas cláusulas estipula que deberá ir envuelta en pieles tan a menudo como pueda y, en particular, cuando se muestre cruel con su esclavo. Así que ya saben: sumérjanse en la lectura de esta novela que con tanta agudeza profundiza en la imposible igualdad de las relaciones amorosas y quizás hallen aquí esas alegrías verdaderas que la vida tan cruelmente nos niega.

Fragmento

Capítulo único

Me encontraba en amable compañía.

Venus estaba frente a mí, sentada ante una gran chimenea Renacimiento. Esta Venus no era una mujer galante de las que —como Cleopatra— combatieron bajo ese nombre al sexo enemigo. No; era la diosa del amor en persona.

Recostada en una butaca, removía el fuego chispeante que enrojecía la palidez de su rostro y los menudos pies, que acercaba a la llama de vez en cuando.

A pesar de su mirada de estatua, tenía una cabeza admirable, que era cuanto yo veía de ella. Su divino cuerpo marmóreo le cubría un gran abrigo de pieles, en el cual se envolvía como una gata friolera.

—No comprendo, señora —dije—. En realidad no hace frío; hace ya dos semanas que llevamos una encantadora primavera. Estará usted nerviosa, sin duda.

—Buena está la dichosa primavera —contestó con voz opaca, estornudando después de una manera deliciosa—. No puedo apenas sostenerme y comienzo a comprender…

—¿Qué, gracia mía?

—Comienzo a creer en lo inverosímil y a comprender lo incomprensible. Comprendo ahora la virtud de los alemanes y su filosofía, y no me asombra que ustedes, en el Norte, no sepan amar, sin que parezcan dudar siquiera de lo que es el amor.

—Permitidme, señora —repliqué con viveza—. Nunca le he dado a usted ningún motivo.

La divina criatura estornudó por tercera vez y levantó los hombros con una gracia inimitable. Luego dijo:

—Por esto soy siempre graciosa para usted y hasta le busco de tiempo en tiempo, aunque me enfríe cada vez, a pesar de todas mis pieles. ¿Te acuerdas aún de nuestro primer encuentro?

—¿Podré olvidarle? Teníais espesos bucles pardos, ojos negros, boca de coral… Os reconocí en los rasgos de la cara y en la palidez de mármol. Llevabais siempre una chaqueta de terciopelo azul violeta guarnecida de piel de ardilla.

—Sí; ¡qué encaprichado estabas con aquel vestido y cuan dócil eras!

—Vos me enseñasteis lo que es el amor, y el culto divino que os consagraba me transportaba dos mil años atrás.

—¿Y no te guardé fidelidad sin ejemplo? —Ahora se trata de eso.

—¡Ingrato!

—No quiero hacer ningún reproche. Habéis sido una mujer divina, pero siempre mujer, y en amor, cruel como todas.

—Es que tú llamas cruel —replicó con viveza la diosa de amor— lo que constituye precisamente el elemento de la voluptuosidad, el amor puro, la naturaleza misma de la mujer de entregarse a lo que ama y de amar lo que le place.

—¿Qué puede haber más cruel para quien ama que la infidelidad del ser amado?

—¡Ay! —contestó—. Somos fieles en tanto que amamos; pero vosotros exigís que la mujer sea fiel sin amor, que se entregue sin goce. ¿Dónde está ahora la crueldad, en el hombre o en la mujer? Las gentes del Norte concedéis demasiada importancia y seriedad al amor. Habláis de deberes donde no hay otra cosa que placer.

—Sí, señora. Tenemos sobre ese punto sentimientos respetables y recomendables, y, además, sólidas razones.

—Y siempre la curiosidad, eternamente despierta y eternamente insaciada, de las desnudeces del paganismo; pero el amor, que es la mayor alegría, la pureza divina misma, eso no les conviene a ustedes los modernos, hijos de la reflexión. Les sienta mal. En cuanto se hacen ustedes naturales, se ponen groseros. La naturaleza les parece una cosa hostil y hacen de nosotras, rientes genios de los dioses griegos, de mí misma, un demonio. Podéis desterrarme, maldecirme, hasta inmolarme al pie de mi altar en un acceso báquico; pero alguno de vosotros habrá tenido el valor de besar mis labios purpurinos. Vaya, por esto, peregrino a Roma, descalzo, con cilicio, esperando que su bastón florezca, mientras que a mis pies surgen a cada instante rosas, mirtos y violetas que no dan su perfume para ustedes. Quedaos en vuestras nieblas hiperbóreas, entre vuestro incienso cristiano, y dejadnos reposar bajo la lava, no nos desenterréis, no. Pompeya, nuestras villas, nuestros baños, nuestro templo, no se hicieron para ustedes. ¡Ni siquiera necesitáis dioses! ¡Nos helamos en vuestro mundo!

La hermosa dama de mármol tosió y levantó sobre sus hombros la oscura piel de cebellina.

—Gracias por su lección clásica, —contesté—; pero no me negaréis que, así en vuestro mundo lleno de sol como en nuestro brumoso país, el hombre y la mujer son enemigos por naturaleza, con los cuales el amor hace durante cierto tiempo un solo y mismo ser, capaz de una misma concepción, de una misma sensación, de una misma voluntad, para desunirlos luego más, y que —y esto lo sabéis vos mejor que yo— el que no sepa sojuzgar al uno será pronto pisoteado por el otro.

—Y lo que usted sabe mejor que yo —contestó doña Venus con arrogante tono de desprecio— es que el hombre está bajo los pies de la mujer.

—Seguramente, y de aquí no me haga ninguna ilusión.

—Lo que quiere decir que sois siempre mi esclavo sin ilusión, por lo cual no tendré yo misericordia.

—¡Señora!

—¿No me conocéis aún? Sí, soy cruel; ya que tanto te gusta esa palabra. ¿Pero no tengo derecho para serlo? El hombre es el que solicita, la mujer es lo solicitado. Ésta es su ventaja única, pero decisiva. La naturaleza la entrega al hombre por la pasión que le inspira, y la mujer que no hace del hombre su súbdito, su esclavo, ¿qué digo?, su juguete, y que no le traiciona riendo, es una loca.

—¡Buenos principios, hermosa señora! —repliqué indignado.

—Descansan sobre diez siglos de experiencia —dijo ella en tono burlón, mientras en la sombría piel jugaban sus dedos blancos—. Cuanto más fácilmente se entrega la mujer, más frío e imperioso es el hombre. Pero cuanto más cruel e infiel le es, cuanto más juega de una manera criminal, cuanta menos piedad le demuestra, más excita sus deseos, más la ama y la desea. Siempre ha sido así, desde la bella Helena y Dalila, hasta las dos Catalinas y Lola Montes.

—No puedo dejar de convenir —contesté— que nada puede excitar más que la imagen de una déspota bella, voluptuosa y cruel, arrogante favorita, despiadada por capricho.

—Y que además lleve pieles —añadió la diosa.

—¿Por qué recordáis eso?

—Conozco tus gustos.

—¿Sabe usted que desde que no nos vemos se ha hecho usted una magnífica coqueta?

—¿Queréis decirme por qué?

—Porque no puede haber más deliciosa locura que la de envolver vuestro delicado cuerpo en una piel tan sombría.

La diosa sonrió.

—Usted sueña —exclamó—. ¡Despiértese! —con su mano de mármol me cogió por el brazo—. ¡Despierte! —volvió a murmurar rudamente.

Levanté los ojos con pena. Vi la mano que me tocaba, pero la mano era de color de bronce y la voz, áspera, de bebedor de aguardiente, era la de mi antiguo cosaco, que con toda su talla de cerca de seis pies se levantaba ante mí.

—Levántese usted —seguía diciendo el buen hombre—. Es una verdadera vergüenza.

—¿El qué?

—Dormirse vestido con un libro al lado —apagó las bujías casi consumidas y recogió el volumen caído—, con un libro —consultó la cubierta— de Hegel. Además, es hora de ir a casa de don Severino, que nos espera para el té.

—¡Extraño sueño! —dijo Severino cuando acabé—. Descansó el brazo sobre mi rodilla mientras contemplaba sus hermosas manos de delicadas venas y se abismó en una meditación profunda.

Yo sabía que desde hacía mucho no se podía mover, que apenas tenía alientos, habiendo llegado al punto de que su conducta no tenía nada de raro para mí, porque al cabo de tres años mantenía con él relaciones de buena amistad y me había acostumbrado a todas sus originalidades. Nadie podía negar que era extraño, loco casi peligroso, pasando como tal, no sólo entre sus amigos, sino en todo el círculo de Colomea. Para mí, su existencia no sólo era interesante, sino hasta simpática, lo que hacía que yo también pasara para algunos por algo loco.

Siendo un señor de la Galitzia, propietario, joven, pues apenas pasaba de treinta años, daba pruebas de una singular sobriedad de vida, de cierta severidad y hasta de cierta pedantería. Vivía con una minuciosidad exagerada según un sistema medio filosófico, medio práctico, regular como un reloj, como el termómetro, el barómetro, el anemómetro, el higrómetro, según los preceptos de Hipócrates, Hufeland, Platón, Kant, Knigge y Lord Chesterfield, con lo cual tenía a veces violentos accesos de ímpetu, en medio de los cuales intentaba romperse la cabeza contra el muro si alguien no lo evitara.

Sumido en su mutismo, el fuego crepitaba en el hogar, cantaba el grande y venerable samovar, crujía la butaca ancestral en que yo me balanceaba fumando, cantaba el grillo en los viejos muros y yo dejaba caer mis miradas en el extraño mobiliario: esqueletos de animales, pájaros disecados, escayolas y vaciados amontonados en su despacho, cuando de repente atrajo mi vista un cuadro que había visto con frecuencia, pero que precisamente hoy me produjo un efecto indecible a la luz rojiza del fuego de la chimenea.

Era una pintura al óleo, tratada con la habilidad y potencia de colorido de la escuela belga. Su asunto era muy curioso.

Una hermosa mujer con una risa radiante que la alumbraba el rostro, de opulenta cabellera trenzada en nudos antiguos, en la cual el polvo blanco aparecía como una escarcha ligera, descansaba la cabeza sobre el brazo izquierdo, desnuda entre una oscura pelliza. Su mano derecha jugaba con una fusta, y su pie, desnudo, reposaba descuidado sobre un hombre, tendido ante ella como un esclavo o un perro; y este hombre, de rasgos acentuados, pero de buen dibujo, en los que se leía una profunda tristeza y una devoción apasionada, alzaba hacia ella los ojos de un mártir, exaltado y ardiente. El hombre, taburete vivo bajo los pies de la mujer, no era otro que Severino, pero sin barba, con lo que parecía tener diez años menos.

—¡La Venus de las pieles! —exclamé, señalando el cuadro—. Tal como la vi en sueños.

—Yo también —replicó Severino—. Sólo que yo soñé con los ojos abiertos.

—¿Cómo es eso?

—¡Ay! Es una triste historia.

—Tu cuadro ha dado asunto a mi sueño —continué—. Pero dime de una vez lo que significa; quizá ha desempeñado en tu vida un papel capital. En cuanto a los detalles, los aguardo de ti.

—Examina bien la pareja —replicó mi extraño amigo sin atender a mi pregunta.

La pareja representaba una admirable copia de la Venus del Espejo, del Tiziano, en la galería del Hermitage de San Petersburgo.

—¿Adónde vas a parar?

Severino se levantó y señaló con el dedo la piel en que Tiziano envuelve a su diosa de amor.

—Mira también la Venus de las pieles —dijo con una fina sonrisa—. No creo que el viejo veneciano posara jamás la vista sobre el original. Hizo sencillamente el retrato de una Mesalina de rango, y tuvo la galantería de hacer que el Amor sostuviera el espejo en que examina sus encantos majestuosos con un placer indiferente, tarea que parece ser muy penosa para el niño. Más tarde, un inteligente cualquiera de la época rococó, bautizó a la dama con el nombre de Venus, y la piel en que Tiziano envolvió el lindo modelo, más por temor a un constipado que por pudor, se convirtió en símbolo de la tiranía y crueldad que ocultan a la mujer y su belleza. Sea lo que quiera del cuadro, se revela ante nosotros como la más picante sátira de nuestro amor; en nuestro Norte abstracto, en este mundo cristiano helado, Venus tiene que envolverse en una buena pelliza si no quiere resfriarse.

Severino se echó a reír y encendió otro cigarro.

Entre tanto la puerta se abrió, y una rubita encantadora, de ojos despiertos y simpáticos, vestida de seda negra, entró, trayendo fiambres y huevos para el desayuno. Severino tomó uno y le partió con el cuchillo.

—¿No te tengo dicho que los quiero poco cocidos? —exclamó con tal violencia que hizo temblar a la joven.

—Pero querido Sewtschu —dijo ella con timidez.

—¿Qué Sewtschu? Lo que tienes que hacer es obedecer, —obedecer—. Y descolgó el kantschuck[1] que pendía entre las armas.

La linda figura huyó como una corza, tímida y ligera.

—Espera un poco y te cojo todavía.

—Pero Severino —dije posando mi mano sobre su brazo—, ¿cómo puedes tratar así a una mujer tan encantadora?

—Examina un poco a la mujer —replicó guiñando finamente los ojos—. Si la hubiese acariciado, me estrangularía; pero como la he educado con el látigo, me adora.

—¡Absurdo!

—Exacto. Así es como hay que educar a las mujeres.

—¡Muy bien! Vive como un pacha en tu harén, pero no me hagas teorías sobre…

—¿Por qué no? —exclamó con viveza—. Las palabras de Goethe, «deberás ser yunque o martillo», no tienen mejor aplicación que a las relaciones entre hombre y mujer. Doña Venus te lo dijo también incidentalmente en sueños. En la pasión del hombre reposa el poder de la mujer, y ésta sabrá aprovecharse de su ventaja si aquél no se pone en guardia. Sólo queda escoger: tirano, o esclavo. Apenas se abandone, tendrá la cabeza bajo el yugo y sentirá el látigo.

—¡Singulares máximas!

—No son máximas, sino resultados de la experiencia —añadió bajando la cabeza—. Yo fui seriamente maltratado y curé. ¿Quieres saber cómo?

Se levantó y tomó de un mueble macizo un pequeño manuscrito, que colocó en la mesa ante mí.

—Acabas de pedirme que te explicara el cuadro. Te debo hace tiempo esa explicación. Lee esto.

Severino fue a sentarse cerca del fuego, dándome la espalda, y pareció soñar con los ojos enteramente abiertos. Reinaba nuevamente el silencio en la habitación, el fuego chisporroteaba en el hogar, el samovar y el grillo de los viejos muros cantaban. Abrí el manuscrito y leí:

Confesiones de un ultra-sentimental.

Al frente del manuscrito, unos célebres versos del Fausto servían de epígrafe:

¡Oh, tú, sensual seductor ultra-sentimental! Una
mujer te lleva por la punta de la nariz.

Mefistófeles.

Volví la hoja y leí:

«He sacado lo que sigue de mi diario de entonces, porque es imposible volver sobre lo pasado de una manera imparcial; así es que todas estas páginas poseen la frescura de color de antaño, el sabor de la actualidad».

Gogol, el Molière ruso, dice en algún lugar: «La verdadera musa cómica es aquella cuyas lágrimas corren bajo la máscara».

¡Palabras admirables!

Mi estado de alma es así de extraño mientras escribo estas páginas. El aire me parece lleno de un olor de flores penetrante, queme aturde y hace que me duela la cabeza; el humo de la chimenea oscila, y sus espirales se redondean formando gnomos de barba gris que me señalan con el dedo burlándose, amorcillos mofletudos que cabalgan sobre el respaldo de mi silla y mis rodillas, que me hacen reír en tanto escribo mis aventuras. Y eso que no escribo con tinta ordinaria, sino con la sangre escarlata que destila mi corazón, porque todas las llagas, hace tiempo cicatrizadas, se han vuelto a abrir, y mi corazón palpita y sufre, y acá y allá una lágrima cae sobre el papel.

Los días pasan muy lentos en los bajos Cárpatos. No se ve a nadie, ni nadie lo ve a uno. Difícil sería escribir un idilio. Me proponía organizar aquí una galería de cuadros, un teatro con repertorio nuevo para toda una estación, conciertos virtuosos, dúos, tríos; pero —¿dónde voy a parar?— apenas he llegado a preparar la tela, a encerar el pavimento, a disponer el papel de música, porque, ¡ay!, ¿lo diré? —no tengo, amigo Severino, falsa vergüenza de mentir a nadie, pero no consigue uno engañarse a sí mismo—; no soy, casi, otra cosa que un dilettante en pintura, en poesía, en música y otros pretendidos conocimientos inútiles que proporcionan a los maestros el sueldo de un ministro, ¿qué digo ministros?, pequeños potentados. Pero, ante todo, soy un dilettante en amor.

Hasta ahora he amado lo mismo que he pintado y he hecho versos, lo que quiere decir que no pasé nunca de la impresión, el plan, el primer acto, la primera estrofa. Hay hombres que emprenden una cosa y no la acaban nunca; yo soy de ésos.

¿Pero quién está cantando ahora?

Veamos.

Salgo a mi ventana y encuentro el nido en que me desespero, enteramente poético. ¡Qué vista la de las cimas azules tejidas de oro solar de las montañas, a través de las cuales, como bandas de plata, ruedan los torrentes; y qué claro azul es el cielo, hacia el que se levantan las crestas nevadas; qué verdes y frescas las laderas, los prados en que pacen los rebaños; cómo amarillean más abajo los trigos, entre los cuales se inclinan y se enderezan las figuras de los segadores!

La casa donde vivo está situada en un parque de placer: un bosque, o un desierto, como quiera llamársele; tanto es de solitario.

Vivimos por junto en ella: yo, una viuda de Lemberg, la señora Tartakuska, una ancianita que de día en día envejece y se encoge, un perro viejo y un gato joven que juega constantemente con un ovillo, de propiedad, me figuro, de la guapa viuda.

La viuda es aún verdaderamente bella, joven todavía —lo más, veinticinco años— y muy rica. Vive en el primer piso; yo vivo en el bajo. Sus verdes persianas siempre están caídas y tiene un balcón adornado de plantas trepadoras; pero yo también tengo mi íntimo nido, en el cual leo, escribo, pinto y canto, como un pájaro en las ramas. Desde él veo el balcón donde, de cuando en cuando, aparece un traje blanco entre las verdes y poéticas mallas de las plantas. En verdad, la bella que vive por encima de mí me interesa muy poco, porque estoy perdido por otra, desesperadamente perdido, más que el caballero Eggenpurg, más que des Grieux en Manon Lescaut. Mi bien amada es una piedra.

En el jardín, en el estrecho retiro solitario hay una riente praderita en que pace tranquila una pareja de corzos domesticados. En esta pradera hay una estatua de Venus, en piedra, cuyo original me parece que se encuentra en Florencia. La tal Venus es la más hermosa mujer que he visto en mi vida.

No quiere esto decir mucho, puesto que he visto pocas mujeres y menos que sean guapas. Además, en amor soy todavía un dilettante que no ha pasado nunca de los preliminares del primer acto.

Dejemos, pues, el superlativo; como si lo que es bello pudiera ser excedido.

La Venus es hermosa y la quiero tan apasionadamente, tan dolorosamente, tan profunda, tan locamente, como se puede amar a una mujer; y ella responde a este amor con una sonrisa eternamente semejante, eternamente tranquila, una sonrisa de piedra. En una palabra: la adoro.

A veces, cuando el sol lanza sus cálidos dardos sobre los bosquecillos, me tiendo a la sombra de una copuda haya, y leo. A menudo, visito de noche a mi fría y cruel bien amada, me arrodillo ante ella, apoyada la cara sobre la fría piedra en que descansan sus pies, y la dirijo plegarias.

El espectáculo es inexpresable cuando la luna —que ahora está llena— sale transparentándose entre los árboles. La pradera se inunda de reflejos argentados, y la diosa parece irradiar la luz dulcísima.

Una vez, al volver a mi cuarto, a través de una de las avenidas que conducen a la casa, vi de repente una forma femenina, tan blanca como la piedra, iluminada por la luna. Tan sólo la separaba de mí la verde muralla. Me pareció que mi bella mujer de mármol tenía lástima de mí y me seguía viva; pero me sobrecogió una agonía sin nombre, mi corazón amenazaba romperse y dejó de latir.

Sí; verdaderamente soy un dilettante que no sabe salir del segundo verso. Pero en lugar de quedar clavado, huí tan de prisa como pude.

¡Vaya una aventura! Un judío, vendedor de fotografías, me ha puesto en las manos el retrato de mi ideal. ¡La Venus del Espejo, del Tiziano! ¡Qué mujer! ¡He de escribir una poesía! Tomo la hoja y escribo al dorso:

La Venus de las pieles.

«Tienes frío, ¡oh, tú, que haces nacer las llamas!
Envuélvete en tu pelliza de déspota, que a nadie conviene mejor que a ti, diosa cruel de amor y de belleza».

Pocos instantes después adopté unos versos de Goethe, que había leído hacía poco en los paralipómenos sobre Fausto:

AL AMOR
Lleva dos alas falsas;
sus flechas son las garras,
su corona ocultas astas;
es, sin disputa,
como todos los dioses griegos
un demonio disfrazado.

Coloqué el retrato ante mí sobre la mesa, descansando en un libro y le contemplé. La fría coquetería con que la gran señora envuelve sus encantos en una oscura piel de cebellina; el vigor y la dureza que reinan en su cara de mármol, me llenaban a la vez de encanto y horror.

Tomé la pluma y escribí:

«Amar, ser amado, ¡qué fortuna! ¡Y con qué resplandor brilla esta dicha comparada con la cruel felicidad de adorar a una mujer que hace de nosotros un juguete, de ser el esclavo de una hermosa!».

Me desayuné bajo la bóveda verde y me puse a leer el libro de Judit, envidiando el furor de Holofernes el Gentil, la real mujer que le decapitó y hasta su hermosa muerte. «Dios le castigó poniéndole en manos de una mujer».

Me choca esta frase.

¡Cuan poco galantes los judíos! Su Dios pudo elegir mejor expresión para el bello sexo.

«Dios le castigó poniéndole en manos de una mujer», me repetía entre tanto. ¿Qué podría hacer yo para que me castigase?

¡A la buena de Dios! He aquí que viene nuestra vieja. Cada día que pasa la reduce más. Arriba, entre el enredijo de los verdes tallos, otra vez flota el traje blanco. ¿Es Venus o la viuda?

Esta vez debe ser la viuda, porque la señora Tartakuska hace una reverencia y me busca en su nombre para que le preste libros. Corro a mi habitación y tomo un par de volúmenes.

Ya es tarde cuando recuerdo que el retrato de Venus va entre uno de ellos. La dama blanca se enterará de mis expansiones.

¿Qué será lo que diga?

La oigo reír.

¿De mí, acaso?

¡Plenilunio! El astro aparece ya sobre la cima de los abetos que bordean el parque; un vapor argentado envuelve la terraza, los grupos de árboles, todo el paisaje, hasta perderse de vista en la distancia como una onda palpitante.

No puedo resistir; todo esto me atrae y me llama tan extrañamente, que vuelvo a vestirme y recorro el jardín.

Me dirijo hacia la pradera, la suya, de mi diosa, la bien amada.

La noche es fresca. Me estremezco. El aire está cargado de aroma de flores y maderas. Embalsama.

¡Qué calma! ¡Qué música alrededor! Un ruiseñor se queja. Las estrellas palpitan dulcemente con un brillo azul pálido. La pradera parece un espejo, la capa helada de un estanque.

Augusta y radiante se levanta la imagen de Venus.

¿Pero qué es esto?

De las espaldas marmóreas de la diosa desciende hasta sus pies una gran capa oscura de pieles. Quedo estupefacto al pie de ella; de nuevo se apodera de mí un temor indescriptible a esta mujer, e intento emprender la fuga.

Apresuro el paso. Observo entonces que me he equivocado de avenida, y al volver lateralmente por una senda, me encuentro cara a cara con Venus; la hermosa mujer de piedra, ¡no!; la verdadera diosa de amor, cuya sangre es caliente, cuyo pulso late, erguida ante mí en un banco de piedra. Sí, sin duda ya me ama, como aquella otra estatua que se animó para su autor. Ya la primera sorpresa ha desaparecido. La blanca cabellera de la diosa parece de piedra todavía; su blanco vestido brilla como la luna —a no ser un efecto de la seda— y cae de sus espaldas la piel sombría. Pero sus labios son rojos, sus mejillas están coloreadas, caen de sus ojos dos rayos verdes, diabólicos, sobre mí, y ríe.

Su risa es extraña; nadie, ¡ay!, podría describirla; me quita la respiración, huyo de nuevo, a cada instante me veo obligado a detenerme para respirar, y su risa burlona me persigue siempre a través de los sombríos senderos, en la pradera alumbrada, en la fronda oscura, donde sólo penetran algunos rayos de luna. He perdido el camino, me extravío cada vez más, y gruesas gotas de sudor forman perlas en mi frente.

Me paro, por último, y me entrego a un corto monólogo.

Siempre uno es consigo mismo o muy amable o muy grosero.

Soy un asno, me digo.

Esta palabra ejerce una gran influencia, posee casi una acción mágica que me hace volver en mí.

En un guiñar de ojos me tranquilizo.

Vuelvo a repetirme alegre: ¡asno!

Entonces todo aparece para mí claro y distinto: aquí está la fuente, allí los matorrales, más allá la casa, en que entro lentamente.

De nuevo, burlona todavía, bajo el verdor a través del cual brilla la luna, como sobre el muro bordado de plata, la forma blanca, la hermosa mujer de piedra a quien adoro y temo, ante la que huyo.

En dos zancadas me he puesto en la casa. Respiro y reflexiono:

¿Qué es lo que soy, en realidad, ahora? ¿Un pequeño dilettante o un gran asno?

La mañana es sofocante, el aire lleno de excitantes aromas. Me siento de nuevo bajo mi dosel de madreselvas, y leo en la Odisea la historia de la encantadora que transformó a su adorador en bestia. ¡Deliciosa imagen del amor antiguo!

Un dulce estremecimiento pasa en las ramas y en los ramos; las hojas de mi libro se levantan y se escucha un frú-frú en la terraza.

Es un vestido de mujer.

He aquí a Venus sin las pieles; no, esta vez es la viuda, y sin embargo, Venus también. ¡Oh, qué mujer!

¡Cuan bien le sienta su blanco y ligero peinador, cómo levanta sus ojos hacia mí, qué poéticas y preciosas parecen ser sus nobles formas! No es alta ni baja; su cabeza es más tentadora, más picante —en el gusto del tiempo de las marquesas francesas— que estrictamente bella, pero de todos modos arrebatadora. ¡Qué dulzura, qué preciosa travesura se lee en toda ella, hasta en su pequeña boca! Su piel es tan fina, que es fácil distinguir las venas azules, incluso a través de la muselina que cubre sus brazos y su garganta. ¡Cómo cae su cabellera roja en ricos bucles, ni rubios ni dorados, jugando los rizos sobre su nuca, diabólicos, pero adorables! Sus ojos me lanzan verdes destellos; porque son verdes sus ojos, de dulce potencia indescriptible, verdes como piedras preciosas, como los profundos lagos de las montañas.

Ella nota la confusión que me hace tan descortés —sentado y cubierto como permanezco— y sonríe maliciosamente.

Por fin me levanto y la saludo. Se aproxima y se echa a reír como un niño.

Yo balbuceo, como sólo puede balbucear un pequeño dilettante o un asno grande.

Así fue como nos conocimos.

La diosa me pregunta mi nombre y declina el suyo.

Se llama Wanda de Dunaiew.

Es verdaderamente mi Venus.

—Pero, señora, ¿cómo se os ocurrió aquello?

—Gracias a la estampa de vuestro libro.

—No me acordaba ya…

—Aquellas cosas extrañas del reverso…

—¿Extrañas, por qué?

Me miró.

—Siempre me ha gustado conocer lo extravagante, por capricho, y usted me parece uno de los mayores extravagantes del mundo.

—En ese caso, señora mía…

Nuevamente se apoderó de mí la fatal idiótica tartamudez, y un rubor excusable en un adolescente de dieciséis años, pero no en quien tiene diez años más.

—Esta noche tuvo usted miedo de mí.

—Es verdad, no lo niego. Pero ¿no quiere usted sentarse?

Se sentó, saboreando mi agonía, porque yo tenía más miedo ahora en pleno día. Su labio superior bosquejaba una sonrisa provocativa y burlona.

—Usted ve el amor, y ante todo, la mujer —comenzó a decir— como algo hostil, algo contra lo que uno se defiende inútilmente, pero cuyo poder se siente como un dulce tormento, como una crueldad penetrante.

—¿No es usted de la misma opinión?

—No —respondió viva y categóricamente, sacudiendo la cabeza de manera que sus bucles se agitaron como llamas—. El goce sin dolor, la serena sensualidad griega es el ideal que procuro realizar en mi vida, y no creo en el amor que predican al espíritu el Cristianismo, los modernos, las almas caballerescas. Sí, miradme una vez más; soy más que un hereje, soy una pagana. «¿Crees tú que la diosa del amor haya resplandecido nunca como cuando quiso resplandecer para su Anquises en el bosque sagrado del monte Ida?». Estos versos de la elegía romana de Goetheme chocaron siempre mucho. En la naturaleza sólo se encuentra el amor de los tiempos heroicos, «cuando los dioses y las diosas se amaban». Entonces «el apetito seguía a la mirada, el goce al apetito». Todo lo demás es amanerado, afectado, falseado. En el Cristianismo, la cruz, el emblema de la cruz, para mí espantable, tiene algo de extraño, de enemigo dela naturaleza y sus inocentes impulsiones. La lucha del alma contra el mundo sensual es el evangelio del mundo moderno. No quiero saber de ello.

—Sí, señora; su puesto de usted está en el Olimpio —repliqué—. Pero nosotros, los modernos, no podemos soportar la antigua pureza, por lo menos, en amor. La idea de poseer conjuntamente con otros a una mujer, así sea una Aspasia, nos indigna. Somos celosos como nuestro Dios. Así es como el nombre de la admirable Friné se ha convertido para nosotros en una injuria. Nosotros buscamos una pobre y pálida jovencita, a lo Holbein, que sólo sea para nosotros, y no una Venus antigua, por muy hermosa que pueda ser, que hoy ame a Anquises, mañana a París, al siguiente a Adonis; y si la naturaleza triunfa en nosotros, si nos entregamos en un acceso de pasión a semejante mujer, su alegría de vivir nos parece satanismo, crueldad, y vemos en nuestra delicia un pecado que debemos expiar.

—Así es como sueñan ustedes la mujer moderna, mujercitas histéricas que en su camino de sonámbulas hacia un hombre ideal soñado no llegan a estimar al hombre mejor, y que, en medio de sus lágrimas y sus luchas, faltan diariamente a sus deberes cristianos, hoy engañadas y engañadoras mañana, siempre buscadas y eligiendo y siempre fracasadas en la elección de su amor. Esas mujeres ni son nunca dichosas ni dan la felicidad, acusando a la fatalidad siempre, en tanto que yo, para estar tranquila, quiero amar y vivir como Helena y Aspasia vivieron. La naturaleza no ha hecho durables las relaciones del hombre y la mujer.

—Señora mía…

—Déjeme concluir. Sólo es el egoísmo del hombre, que quiere enterrar a la mujer como un tesoro. Toda tentativa para asegurar el amor, mediante ceremonias santas, juramentos y pactos durables en el cambio constante de la existencia humana, constituye un desastre. ¿Me negará usted que nuestro mundo cristiano ha entrado en la putrefacción?

—Pero…

—Usted querrá decir que el individuo que se levante contra la organización social será expulsado, marcado con un hierro candente, lapidado. Muy bien. Yo me burlo de ello, mis máximas son paganas, quiero seguir mi vida. Renuncio a vuestro hipócrita respeto, y marcho adelante para ser feliz. Los inventores del matrimonio cristiano tuvieron razón desde este punto de vista, lo mismo que cuando inventaron la inmortalidad. Sin embargo, no por ello pienso vivir eternamente, y cuando, con mi último suspiro, todo haya acabado acá abajo para Wanda Dunaiew, ¿qué ventaja sacaré de que mi espíritu cante en un coro de ángeles o de que mis cenizas tomen una nueva existencia? De uno u otro modo, yo no renaceré tal como soy, de modo que he de renunciar a aquella consideración. ¿Pertenecer a un hombre a quien no amo, sólo por la razón de que le amé alguna vez? No, no renunciaré; amo a quien me place y le hago dichoso. ¿Acaso es repugnante esto? No; por lo menos es mucho más hermoso que si me regocijara del tormento cruel que provocan mis encantos, y me desviara, virtuosa, del desgraciado que se consume por mí. Soy joven, rica y bella, y vivo sólo para el goce y el placer.

En tanto que ella hablaba, bollándola los ojos maliciosamente, yo había cogido sus manos sin saber qué hacer de ellas, y como un verdadero dilettante, pronto acabé, dejándolas libres.

—Me encanta vuestra lealtad —dije— y sólo…

De nuevo maldito dilettantismo ahogaba mis palabras.

—¿Qué quiere usted decir?

—¿Qué quiero? Sí, quería…, disculpadme, señora, si os he interrumpido.

—¿Cómo eso?

Hubo una larga pausa, durante la cual ella discurrió un monólogo que, traducido a mi idioma, se resumía en esta palabra: «¡asno!».

—Si me permite usted, señora —continué al fin—, ¿cómo ha llegado usted a esas ideas?

—Muy sencillamente. Mi padre era un hombre muy sensato. Desde la cuna me he visto rodeada de esculturas antiguas. A los diez años leía yo Gil Blas; a los doce, La Pucelle. Como otros, durante su infancia, hablan del Pulgarcito, de Barba Azul, de la Cenicienta, yo nombraba a Venus y Apolo, Hércules y Laocoonte, como amigos míos. Mi marido era una naturaleza pura y animada; la incurable enfermedad que pesó sobre él poco después de nuestro matrimonio, jamás pudo velar su frente una sola vez de una manera duradera. La víspera de su muerte me tomó aún en su lecho, y durante los muchos meses en que se extinguió sobre un sillón de ruedas, me decía a menudo, bromeando: «¿Tienes ya un adorador?». Yo enrojecía de vergüenza. «No me engañes», añadió una vez. «Eso es repugnante; pero busca un buen mozo, o mejor, muchos. Eres una buena mujer; pero, como una niña, necesitas juguetes». No será necesario decirle a usted que, mientras él vivió, no hubo adorador; pero así hizo de mí lo que soy: una griega.

—Una diosa —interrumpí.

Sonrió.

—¿Cuál, por ventura? —Venus.

Me amenazó con el dedo y frunció las cejas.

—La Venus de las pieles. Aguardad, tengo una pelliza enorme con la que puedo taparos enteramente y en la que os cogeré como en una red.

—¿Cree usted —repliqué con viveza, al ocurrírseme lo que tomé por un buen pensamiento, siendo, en realidad, trivial y absurdo—; cree usted que sus ideas puedan realizarse en nuestra época y que Venus se atreva impunemente a pasear su belleza y su pureza sin velos en ferrocarriles y telégrafos?

—No; velada, ciertamente, no; pero entre pieles —exclamó riendo—. ¿Quiere usted ver las mías?

—¿Y luego?

—¿Cómo luego?

—Hombres hermosos, puros y felices, como lo fueron los griegos, no son posibles hoy sino teniendo esclavos que hagan para ellos la poco poética tarea de la vida diaria y que, ante todo, trabajen para ellos.

—Sin duda alguna —replicó con malicia—; pero ante todo, una diosa olímpica como yo necesita un ejército de esclavos. ¡Cuidado!

—¿De qué?

Yo mismo me asusté del atrevimiento con que lo dije; pero no ella, que entreabrió un poco los labios, dejando ver la blanca dentadura, y dijo con un tono ligero, como una cosa sin importancia:

—¿Queréis ser mi esclavo?

—En amor —repliqué yo con solemne sinceridad— no hay yuxtaposición, y si se me deja optar entre mandar o ser mandado, me parece muy irritante ser el esclavo de una bella mujer. ¿Dónde encontraría yo la mujer que, sin ejercer su influencia mediante mezquinas querellas, dominase absoluta, pero tranquilamente, guardando conciencia de sí misma?

—Sin embargo, no sería difícil.

—Usted cree…

—Yo… por ejemplo —dijo riendo y echándose hacia atrás—, tengo disposiciones de déspota… también poseo la pelliza indispensable… Pero ¿de veras? ¿Tuvisteis sinceramente esta noche miedo de mí?

—Sinceramente.

—¿Y ahora?

—Ahora, sinceramente, sigo teniéndole.

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