Icono del sitio ISLIADA: Literatura Contemporánea

Las puertas del tiempo

Las puertas del tiempo

Resumen del libro:

Las puertas del tiempo es una novela de iniciación y de huida, pero también un relato de resistencia íntima frente al dolor y a los límites impuestos por el cuerpo, la memoria y el entorno. Gabriela Guerra Rey construye una historia que avanza más por pulsiones que por acontecimientos, donde el viaje exterior es inseparable del viaje mental y simbólico de su protagonista.

Remedios abandona Cadenas, la isla donde creció, a los dieciséis años. No escapa solo de un lugar físico, sino de una vida marcada por la monotonía, la incomprensión y un sufrimiento que atraviesa lo psicológico y lo corporal. La isla funciona como un espacio de encierro y condena, una geografía que aprisiona y empuja a la protagonista hacia la ruptura.

El despertar sexual de Remedios, descrito sin complacencia, introduce uno de los ejes más incómodos y potentes de la novela. El onanismo aparece como una exploración radical del propio cuerpo, en la frontera entre el placer, el dolor y la supervivencia. A partir de esa experiencia, Remedios inventa —en el sentido más literario del término— el amor y la soledad como formas de sentido.

Las llamadas “puertas del tiempo” no son tanto un recurso fantástico como una metáfora de la imaginación y la memoria. En su mente, Remedios edifica aquello que puede salvarla: una biblioteca prohibida, un barco, el viaje. La cultura, la lectura y la ensoñación se convierten en refugios frente a una realidad hostil, y también en motores de transformación.

La novela se abre entonces al mundo. Remedios recorre distintos lugares con un objetivo tan lúcido como devastador: encontrar un sitio donde morir en paz. El viaje, lejos de ser romántico, está impregnado de cansancio vital y de una búsqueda obstinada de sentido, lo que refuerza el tono existencial del relato.

Cuando llega a los cuarenta años, Remedios alcanza La Eternidad, otra isla que actúa como espejo y contrapunto de Cadenas. Allí descubre algo inesperado: no un lugar para morir, sino un espacio para vivir. El cierre de la novela no es triunfal, pero sí profundamente humano, marcado por una reconciliación posible con el tiempo y con la propia identidad.

Gabriela Guerra Rey demuestra en Las puertas del tiempo una prosa cuidada, introspectiva y valiente, capaz de abordar temas como el dolor físico, la sexualidad femenina, la soledad, la huida y la reconstrucción personal sin concesiones ni sentimentalismo. Su escritura apuesta por lo simbólico y lo psicológico, invitando al lector a una experiencia de lectura intensa y reflexiva.

En conjunto, la novela se inscribe en la narrativa contemporánea que explora la identidad, el viaje interior, la memoria y el cuerpo como territorios narrativos. Las puertas del tiempo es una obra que interpela, incomoda y acompaña, dejando una huella persistente más allá de su última página.

A T. M., sin cuyo amor esta novela no hubiera existido,
yo no estaría donde estoy, no tendría una inspiración
constante, y no sería la mujer feliz que soy.

La invención de la muerte
Y no sé cuántos muertos somos, cuántos seremos,
ni me molesta el calendario de funerales.
Atrás la orgía de los esqueletos, atrás
la ducha escupiendo sangre, atrás evocaciones
tras los cuchillos, los balcones y las ventanas.
Atrás la náusea, atrás el temblor, atrás la pena
de apenarse sin nadie atrás, sin ser descubierto
en los prolegómenos del dolor puro y seco.

No sé si soy un muerto pendiente de morir
o es la muerte lo que invento para despedirme.
El adiós es perpetuo. Atrás, atrás los adioses
también, esté vivo en la vida o muerto en la muerte.
Atrás pensamientos en la frontera del cielo.
Solo ha de haber palabras pegadas a la tierra
para hablar juntos, poesía, a la misma altura.

Toni Montesinos. La muerte escondida.

Primera puerta

La huida o la invención del dolor

Cadenas

Camino la isla, devenida ciudad, pueblo, berenjenal, cochiquera, calles sin semáforos, canales de aguas albañales, placas de hormigón sobre las esquinas, escombros sobre las esquinas, perros flacos y sarnosos en las esquinas buscando, entre los escombros y la basura, que ya por desidia se tira ahí mismo, algo de comer, algo para resistir el embate de siete cachorros, naciendo como si el mundo fuera un gran lugar para nacer. Algo por lo que pelean en las madrugadas ratas, gatos, perros y águilas necrófagas, que se comen lo que encuentren, esté vivo o muerto.

Los postes están doblados como juncos por el viento, unos se resisten a la caída, tal como hacen los juncos. Otros franquean las magras calles por las cuales el gobierno no se ha tomado el trabajo de pasar a recoger los destrozos de un huracán de hace varios meses. Cuánto han de llenarse la bolsa estos políticos que no les alcanza ni para reponer los semáforos. Los peatones nos lanzamos en carrera suicida en cada esquina donde aún está la cebra que nadie respeta y donde una vez hubo luces rojas, verdes y amarillas, ordenando a las almas desordenadas sobre sus rutas y veredas con palmas sin penachos, edificios sin balcones, rascacielos sin cielos, aceras por las que SinRemedios camina hacia el mar, buscando aire puro.

Las sierras chirrían, los martillos neumáticos taladran, los hombres se gritan unos a otros, como si algo invisible impidiera que se escucharan a pesar de estar a distancias registrables en centímetros. Todos los ruidos son truenos. Los truenos son música. Huyo del escándalo hogareño, pero debo atravesar aún el escándalo ajeno, uno que ni siquiera me pertenece, no es mío, no parece ser de nadie, simplemente de Cadenas. Voy enclaustrada en este silencio perpetuo. No se me ocurre nada que pueda decirle a nadie. No canto, como hacen las señoras de las tortillas, ni vocifero en medio de los callejones, como hacen los niños. No ladro como los perros ni chillo como las gaviotas. No veo más que la podredumbre, el desastre, la abolición de humanidades constantes, de mi propia deshumanizada existencia.

Llego al mar. Sale el sol. Los correcaminos apresuran las multitudinarias patitas sobre la espuma, van cuando la ola regresa, vuelven aprisa delante de ella. Una bahía rodeada de montañas, con viejos y miserables barcos pesqueros y algún millonario en yate, buscando redención sin hacer nada para merecerla, más que aislarse en la isla, las playas y la ciudad, destruidas para siempre por huracanes memorables y recurrentes, luchando perpetuamente por recomponerse a sí mismas.

Una isla excesivamente tropical, de ocasos desesperados, donde las gaviotas plateadas atiborran la arena dorada. Orillas plagadas de lanchas cocidas, ansiosas de sacar unos pesos de los bolsillos extranjeros. Lanchas sobre las que descansan los cuerpos de los pelícanos con espinazos de pescados atravesados en el cuello, que volarán hasta el boquete de mar abierto cuando intuyan que son, por ejemplo, las 5 de la mañana, y llegarán los pescadores con ricos manjares para compartir con sus picos hambrientos. Pelícanos domésticos de las orillas de una playa solitaria en invierno y harta en verano de inescrupulosas multitudes.

Una isla que soy y que, temí toda la vida, solo dejaré de ser con la misma muerte con que dejaría de ser un fenómeno sin patrimonios ni rehabilitación.

Los correcaminos huyen de la espuma de mis márgenes, como yo, aunque no puedan, porque de esa misma orilla se alimentan. El ojo negro avisa, despierto, por si algo salta, ellos pican. El otro ojo me vigila, aunque me ha visto caminar por allí todas sus vidas, que serán más largas que la mía. Cada suplicio tiene su tiempo. El mío es imperecedero.

Me duelen la espalda y los pezones. La espalda desde la última vértebra hasta la primera. Deshecha la columna por horas de lecturas impenitentes que salven a la que no tiene remedio de este infierno que es la isla al mediodía. Treinta y ocho grados de mar derritiendo cantidades de tiempo.

«Las puertas del tiempo» de Gabriela Guerra Rey

Sobre el autor:

Salir de la versión móvil