El Librero Semanal

Los crímenes del Obispo

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Los crímenes del «Obispo», cuarta novela de la «serie Philo Vance», apareció en 1928 y fue un auténtico best-seller. El título de esta novela (The Bishop Murder Case) se basa en el doble sentido que en inglés tiene la palabra Bishop, que puede traducirse indistintamente como «obispo» y «alfil» [la pieza de ajedrez]. Por lo tanto hubiera podido titularse perfectamente Los crímenes del «Alfil», o cualquier otra solución intermedia. Hemos preferido llamarla Los crímenes del «Obispo» pues este es el nombre con el que se la conoce en las sucesivas traducciones al castellano. La crítica ha considerado a «Los crímenes del Obispo», entre las doce novelas de Philo Vance, como su obra maestra. Es probable también que esta novela esté llena de personajes «demasiado» inteligentes, lo que sin duda es una consecuencia inevitable de tener que presentar un grupo de «sospechosos» lo bastante amplio. No obstante, creo que el personaje más humano y simpático es la cocinera alemana de los Drukker, Grete Menzel. La novela presenta a partir de la muerte de «Cock Robin» un interesante grupo de geniales sospechosos: el fisicomatemático Bertrand Dillard y sus hijos, la tiradora de arco Belle y Sigurd, también matemático; Adolf Drukker, genial matemático y ajedrecista, y su madre; el estudiante de matemáticas John E. Sprigg y Pardee, el gran jugador de ajedrez. Y hay un agregado: Vance sufre la competencia de otro detective aficionado: Sigurd Dillard. Una novela sutil y sofisticada en la que Van Dine demuestra haber desarrollado las posibilidades de la novela-problema al máximo, prefigurando la aparición del inefable inspector Poirot, de Agatha Christie.

Fragmento:

Capítulo I

¿QUIÉN MATO A COCK ROBIN?
(Sábado 2 de abril, mediodía)

De todos los casos criminales en los que intervino Philo Vance como investigador aficionado, el más siniestro, el más extraño y aparentemente el más incomprensible y, desde luego, el más terrorífico, fue el que siguió al famoso «caso Green». Éste llegó a su pasmoso fin en diciembre, y pasadas las fiestas de Navidad, Vance marchó a Suiza a esquiar. De vuelta a Nueva York a fines de febrero se entregó a un trabajo literario en el que desde hacía largo tiempo estaba interesado: la traducción de los principales fragmentos de Menandro, encontrados en los papiros egipcios a principio de siglo, y durante más de un mes se dedicó asiduamente a tan ardua tarea.

Yo no sé si habría terminado la traducción aunque su trabajo no hubiera sido interrumpido, ya que Vance era un hombre ávido de cultura en quien el espíritu de investigación estaba en pugna constante con el esfuerzo penoso y necesario para la creación escolástica. Recuerdo que el año pasado había empezado a escribir la vida de Jenofonte, como resultado de un entusiasmo que heredó de su vida universitaria al leer por primera vez el Anábasis y la Memorabilia, y perdió todo su interés cuando Jenofonte, en su histórica marcha, conduce otra vez al mar a los «diez mil». No obstante, el caso es que la traducción que estaba llevando a cabo de Menandro, se vio de pronto interrumpida a primeros de abril, y durante varias semanas fue absorbido por el misterioso crimen que puso en conmoción a casi todo el país.

Este nuevo caso de investigación criminal en el que Vance actuó como amicus curiae de John F. X. Markham, fiscal de distrito en Nueva York, se hizo popular en seguida como «Los crímenes del “Obispo”» dado el afán periodístico de titular toda causa célebre; pero erróneamente en este caso, porque en él no intervenía ningún eclesiástico. En este crimen, que obligó a leer a casi toda una comunidad y hasta con pavor las Canciones de Mamá Oca, no existió ningún auténtico obispo; pero, a pesar de todo, la palabra «obispo» era apropiada, por ser el «alias» usado por el criminal para realizar su horrible propósito, y ese «alias» condujo a Vance a convencer la verdad, esclareciendo al fin uno de los más espantosos crímenes que se cuentan en los anales de la policía.

La serie de hechos misteriosos y aparatosamente irreales que constituyen los crímenes del «Obispo» y que hicieron que olvidara Vance la traducción de Menandro, empezó la mañana del día 2 de abril, unos cinco meses después del doble crimen de Julia y Ada Greene. Era uno de esos cálidos y magníficos días que la primavera brinda alguna vez a Nueva York durante ese mes y Vance estaba tomando su desayuno en la terraza del piso que ocupaba en la calle Treinta y ocho Este. Era cerca de mediodía, ya que Vance se levantaba tarde pues trabajaba y leía hasta bien entrada la noche, y el sol vertíase a raudales desde el cielo azul, sumiendo en un profundo letargo a la ciudad. Vance estaba cómodamente recostado en su butaca, su desayuno en una mesita colocada a su lado, y contemplaba con sarcasmo y pesadumbre las copas de los árboles del jardín.

Yo sé lo que pensaba. Tenía la costumbre todas las primaveras de ir a Francia, y llevaba un rato pensando que París y mayo eran uno solo. Pero la gran cantidad de «nuevos ricos» americanos que iban a París desde la posguerra le habían quitado el gusto para su anual peregrinación, y el día antes había dicho que nos quedábamos en Nueva York durante todo el verano.

Durante muchos años había sido yo el amigo íntimo de Vance y una especie de consejero y administrador, renunciando la plaza que me habían ofrecido en la oficina de mi padre, Van Dine, Davis & Van Dine, para dedicarme por entero a sus asuntos, cosa que encontré mucho más interesante que ser un simple jefe de sección.

Aunque mi piso de soltero estaba en la parte oeste de la ciudad, pasaba casi todos mis días en la casa de Vance.

Había llegado bastante temprano aquella mañana, mucho antes de que Vance se levantase, y después de examinar el balance del mes me senté a su lado y me puse a fumar tranquilamente mi pipa mientras él desayunaba.

—Ya sé, Van —me dijo—, que la perspectiva de pasar la primavera y el verano en Nueva York no es nada divertida y va a ser un fastidio, pero menos enojoso que viajar por Europa encontrando tropeles de turistas en cada esquina… Es verdaderamente desesperante.

Poco sospechaba lo que el destino había de depararle las próximas semanas. Aunque lo hubiera sabido, no creo que ni siquiera la visión de una primavera en París le hubiese hecho marchar, ya que para su insaciable imaginación nada podía seducirle más que un intrincado problema. Parece como si, mientras hablaba aquella mañana, los dioses que presiden su destino estuvieran preparando para él un fascinador enigma que iba oponer en conmoción a todo el país y añadir un nuevo y terrible capítulo a los anales del crimen.

Acababa de servirse su segunda taza de café cuando Currie, su viejo ayuda de cámara inglés, apareció en el balcón con el teléfono portátil en la mano.

—Es el señor Markham, señor —dijo el criado con tono de excusa—; parecía urgente y me tomé la libertad de decirle que el señor estaba en casa.

Conectó el teléfono y lo colocó sobre la mesita del desayuno.

—Está bien, Currie —dijo Vance cogiendo el auricular—; cualquier cosa es oportuna para romper esta monotonía —y se puso a hablar con Markham—: ¡Hola! ¿Es que no duerme usted nunca? Yo estoy comiendo una tortilla aux fines herbes. ¿Quiere acompañarme? ¿O simplemente quiere oír el tono de mi voz?

Cambió de pronto y se disipó su burlona mirada. Vance era un tipo netamente nórdico de cara larga y agudamente cincelada, ojos grisáceos, nariz aguileña y barbilla ovalada y recta. Su boca era firme y bien dibujada, pero tenía una apariencia de cínica crueldad que era más mediterránea que nórdica. Su rostro, aunque atractivo, no podía llamarse hermoso: era la cara de un pensador y de un recluso y su misma severidad actuaba a modo de barrera entre él y sus semejantes.

Aunque permanecía inmóvil, como hombre habituado a reprimir sus emociones, noté que mientras escuchaba a Markham no podía ocultar el gran interés que le producía lo que estaba oyendo. Una pequeña arruga surcaba su frente y sus ojos reflejaban asombro. De vez en cuando se le oía decir «extraño», o «no es posible», o «¡qué extraordinario!», sus favoritas expresiones, y cuando al fin Markham le dejó hablar, lo hizo con un tono de gran excitación.

—De todos modos no me pierdo esto por todas las comedias de Menandro. Parece una locura… Me visto inmediatamente… Au revoir —colgó el receptor y llamó a Currie—. Mi traje gris —ordenó—, una corbata oscura y mi sombrero negro —con aspecto preocupado siguió comiendo su tortilla, y después de unos instantes me miró con ojos burlones y dijo—: ¿Qué sabe usted del tiro con arco, Van?

Nada sabía, salvo que consistía en disparar unas flechas con un arco a un blanco fijo, y así se lo dije.

—Verdaderamente no es usted una lumbrera —replicó, encendiendo indolentemente uno de sus cigarrillos Régie—. Yo tampoco soy una autoridad en la materia aunque practiqué algo el arco cuando estuve en Oxford. No es un pasatiempo muy apasionante; es más pesado que el golf, aunque no tan complicado —y siguió fumando pensativo—. Van, sea buen chico y tráigame de la biblioteca el libro de Elmer sobre tiro con arco.

Le llevé el libro y se enfrascó en su lectura cerca de una media hora, repasando capítulos sobre sociedades, torneos, competiciones y estudiando las largas listas de los mejores arqueros norteamericanos. Finalmente se acomodó en su butaca y no había duda de que algo había encontrado que le disgustaba y obligaba a su mente a trabajar.

—Es casi una locura, Van —observó, mirando vagamente al espacio—. ¡Una tragedia medieval en Nueva York! No llevamos borceguíes ni justillos y, sin embargo… ¡Por Júpiter! —repentinamente se puso de pie—. ¡No, no! Es absurdo. Me estoy dejando llevar por las insensateces que me acaba de decir Markham.

Tomó un nuevo sorbo de café, pero dio la impresión de que no se podía librar de la idea que se había apoderado de él.

—Otro favor más, Van —dijo seguidamente—: tráigame mi diccionario alemán y el libro de versos de Burton E. Stevenson.

Cuando tuvo ambos volúmenes, buscó una palabra en el diccionario y lo dejó sobre la mesa.

—Eso es, desgraciadamente, lo que me figuraba desde un principio.

Luego se enfrascó en la gigantesca antología de Stevenson, donde figuraban todas las fábulas, canciones y cuentos infantiles. Minutos después cerró también el libro y, reclinándose en su butaca, lanzó una columna de humo al cielo.

—No puede ser cierto —dijo—, es demasiado fantástico y diabólico, demasiado perverso. Un cuento de hadas en términos sangrientos; un mundo en anamorfosis; una perversión de todo lo racional… Es inimaginable, sin sentido, absurdo, como la magia negra, la brujería y la taumaturgia.

Miró su reloj, se levantó y entró en las habitaciones, dejándome cavilando sobre su rara preocupación. Un tratado de tiro con arco, un diccionario alemán, una colección de poemas infantiles y las incomprensibles palabras de Vance sobre demencia y fantasía. ¿Qué relación podría haber entre todas estas cosas? Traté de buscar, por lo menos, un denominador común, pero sin el menor éxito, y no me extrañaba nada que fracasara, pues hasta la verdad, cuando se descubrió unas semanas después, apoyada en indudable evidencia, parecía increíble y demasiado perversa para ser aceptada por una mente normal.

Vance interrumpió mis inútiles pensamientos. Llevaba traje de calle y parecía impaciente por el retraso de Markham.

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