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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Los cuarenta y siete ronin

Género: DramaHistóricoLibros

Sobre el autor:

Sobre el libro:

En esta novela del escritor japonés Tamenaga Sunshui (1790-1843) se narra la aventura épica más conocida del País del Sol Naciente: la venganza de los 47 Ronin, «samurais sin señor», sobre el malvado Kirá «Maestro de Ceremonias del Shogun», para lavar el honor de su señor. Una historia acaecida en 1702 y que de inmediato se convirtió en la predilecta del corazón japonés.

Fragmento

I

DESENVAINANDO LA ESPADA

N el mes de noviembre de 1698, durante el dominio del Shogun Iyetsuna, se informó oficialmente al presidente del Roju de Yedo sobre la próxima llegada de tres embajadores, enviados por la corte Imperial en Kioto. Al mismo tiempo se le ordenaba que nombrara a dos Daimyo para recibirlos. Escogió al Señor Asano Naganori y al Señor Date de Yoshida, ambos del mismo rango, quienes deberían recibir instrucciones de Kirá, gran maestro de ceremonias del Shogun.

Kirá no era un Daimyo, y por ello ignoraba los verdaderos principios de la nobleza. En el ejercicio de sus funciones, se mostraba siempre codicioso, venal e insolente.

Recibió despreciativo los presentes que, según la costumbre, le llevaron los dos Señores, y les trató con altivez mal disimulada. Los dos Señores, al principio, soportaron su conducta con serena dignidad, pero poco a poco el comportamiento del Señor Kirá fue haciéndose tan intolerable que decidieron vengarse de él y hasta pensaron matarle.

El señor Taira, Primer Consejero del Señor Date de Yoshida, al enterarse de las vejaciones que sufría su Señor, se entrevistó secretamente con Kirá y a fuerza de obsequios conquistó su buena voluntad, haciéndole creer con diplomacia que se los enviaba directamente su Señor.

El Señor Ooishi Kuranosuke, Primer Consejero del Señor Asano Naganori, no tuvo la misma fortuna. Al enterarse de que su Señor había sido designado para recibir a los embajadores, se inquietó, pues conocía la fama del insolente Kirá. Pero como era el gobernador del castillo de Akó, en la provincia de Harima, a unos quinientos kilómetros de Yedo, no podía abandonar su puesto para conquistar, en persona, la gracia del Gran Maestro de Ceremonias para su Señor.

Después de meditar sobre la noticia, mandó llamar a un samurai del clan Akó y le dijo:

—Deseo que salgáis inmediatamente para Yedo. Se trata de un asunto muy importante. ¿Estáis dispuesto?

—Sí, Señor, sí —respondió el samurai—. Estoy siempre a vuestra disposición, en todo momento del día y la noche.

—¡Muy bien! —dijo el Señor Ooishi Kuranosuke, y añadió en voz baja—: Toma esta carta y el dinero que deseo entregues rápidamente a los consejeros de nuestro Señor, los samurais Yahaboku y Wisteriako. La carta contiene instrucciones para que celebren una entrevista privada con Kirá y le obsequien con este oro, doscientos rios, como si viniera de parte de nuestro Señor. Les exhorto a que no se retrasen bajo ningún pretexto, pues si lo hicieran, expondrían a nuestro Señor a los peores contratiempos.

Después de entregarle un rollo más pequeño que contenía quince rios, continuó:

—Esta cantidad será suficiente para cubrir los gastos del viaje. Estoy seguro de que no perderéis ni un minuto en cumplir esta importante misión.

El samurai se inclinó respetuosamente, y tras recibir la carta y el dinero contestó:

—Me satisface que me hayáis escogido para una misión de tanta importancia. Recibid mi agradecimiento. Me esforzaré al máximo para corresponder a tan gran honor.

El samurai partió antes de ponerse el sol, marchando día y noche hasta finalizar su viaje.

Desgraciadamente para el Señor Asano Naganori, sus consejeros, los samurais Yahaboku y Wisteriako, eran poco inteligentes, cortos de ideas e ineptos en el cumplimiento de sus obligaciones. Al recibir la carta del Señor Ooishi Kuranosuke, vacilaron en cumplir sus órdenes pensando que el dinero empleado del modo que se les ordenaba, sería tan mal gastado como tirarlo al río. De modo que cuando su Señor se presentó de nuevo ante Kirá, éste apenas le miró y le trató con abierto desprecio, acogiendo en cambio al señor Date de Yoshida con lisonjera obsequiosidad, iniciándole con esmero en los deberes de su cargo.

Al amanecer del día en que debían llegar los embajadores, los dos Señores fueron al castillo de Yedo para recibir las últimas instrucciones.

Tras presentar sus respetos al Señor Date de Yoshida, Kirá se volvió hacia su compañero y le dijo:

—Mirad, Señor Asano Naganori, el lazo de mi tabi se ha deshecho. Atadlo de nuevo.

La paciencia del Señor se había agotado. Se sometió a esa orden insolente, pues consideraba un imperioso deber la obediencia al representante del Shogun, pero decidió, al mismo tiempo, ir más tarde a pedirle una reparación.

Al cabo, el gran maestro de ceremonias despidió al Señor Date de Yoshida y le permitió ir a la sala de recepción y dirigiéndose al otro Señor, con más desprecio que antes, le dijo:

—¡Qué torpe estáis hoy! Parecéis un campesino que nada sabe de las maneras de Yedo.

Ante tal provocación, el Señor Asano Naganori se levantó y con la mano en la empuñadura de su wakizashi exclamó:

—¡Defendeos, Señor Kirá! No soportaré por más tiempo vuestro injusto tratamiento.

En vez de desenvainar su espada y responder a la acometida, Kirá se puso a temblar e intentó huir. Pero el noble le dio un mandoble que, de no ser por el eboshi que llevaba, le hubiera partido la cabeza en dos. Kirá, sintiéndose herido, profirió grandes gritos, y con la espada en la mano, echó a correr pidiendo socorro. El Señor Asano Naganori le perseguía muy de cerca. Intentó asestar un nuevo golpe a su víctima mientras huía, pero su wakizashi se hundió en el pilar tras el que se había refugiado el gran maestro de ceremonias. Arrastrado por la ira aún le perseguía, cuando llegó un oficial que, acercándose desde atrás, le sujetó por el cuello, dando tiempo a Kirá para escapar.

Una hora más tarde el Señor Asano Naganori recibió orden de retirarse a su residencia y considerarse arrestado.

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