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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Los dioses de Bal-Sagoth

Sobre el autor:

Sobre el libro:

La saga de Turlogh O’Brien, «el Negro», abarca algunas de las mejores piezas que Robert Ervin Howard escribiera jamás. No nos encontramos aquí con piezas menores o de complemento, sino con un Howard en su mejor momento. No cabe duda de que es esta una saga de gran calidad y que, además, presenta a uno de los mejores personajes del autor: Turlogh el irlandés, un personaje histórico, sobrino del rey Brian Boru, que participó en la legendaria batalla de Clontarf. La versión howardiana del personaje combate por igual contra vikingos y monstruos, jura por Crom y protagoniza algunos de sus mejores cuentos, que incluyen dioses oscuros, batallas como solo el texano sabía narrar y una prosa depurada, que no ha perdido un ápice de su fuerza desde que fuera escrita, hace más de ochenta años.

Fragmento

La marcha del dios Gris

Una voz resonó entre las desnudas cumbres de las montañas que se alzaban, escarpadas, a cada lado. En la boca del desfiladero, que se abría ante un abismo colosal, Conn el esclavo se giró, gruñendo como un lobo acorralado. Era un hombre alto y de complexión fornida y feroz, con la fiereza típica de su estirpe manifestándose en sus anchos hombros encorvados, su amplio pecho velludo y sus brazos, largos y musculosos. Sus rasgos no desentonaban con su aspecto corporal: una barbilla recia que denotaba terquedad, una frente baja e inclinada, coronada con una mata de cabello enmarañado, que aumentaba el salvajismo de su aspecto no menos que sus fríos ojos azules. Su único atuendo era un exiguo taparrabos. Su propio vello lupino era protección suficiente contra los elementos, pues era un esclavo en una era en la que incluso los amos vivían vidas tan duras como el férreo entorno que les criaba.

Conn, medio agazapado con la espada lista, profirió un alarido bestial de amenaza con su garganta de toro, cuando, en el desfiladero, vio aparecer a un hombre alto, envuelto en una capa debajo de la cual al esclavo le pareció ver un brillo de acero. El extraño lucía también un sombrero de ala ancha, tan bajo que de sus rasgos solo se veía un ojo, adusto y frío como el mar grisáceo.

—Bien, Conn, esclavo del hijo de Wolfgar Snorri —dijo el extraño con una voz profunda y poderosa—. ¿Adónde huyes, con la sangre de tu señor aún en tus manos?

—No te conozco —gruñó Conn—, ni tampoco sé cómo sabes quién soy. Si deseas acabar conmigo, silba a tus perros y dame muerte. Algunos de ellos saborearán mi acero antes de que yo muera.

—¡Necio! —Había un profundo desprecio en el tono reverberante—. No soy un cazador de siervos huidos. Hay asuntos más importantes en marcha. ¿Qué es lo que hueles en la brisa marina?

Conn se giró hacia el mar, que lamía con su grisura los altos acantilados. Expandió su poderoso pecho y sus fosas nasales se inflaron mientras inspiraba profundamente.

—Huelo la sal de la espuma del mar —contestó.

La voz del extraño fue como el entrechocar de las espadas.

—El aroma de la sangre está en el viento… el hedor de la matanza y los gritos de los moribundos.

Conn sacudió la cabeza, confuso.

—No es sino el viento entre las rocas.

—Hay guerra en tu tierra natal —dijo el extraño, sombrío—. Las lanzas del sur se han alzado contra las espadas del norte, y las hogueras de la muerte iluminan la tierra como el sol del mediodía.

—¿Cómo puedes saber eso? —preguntó el esclavo, incómodo—. Ningún navío ha llegado a Torka en varias semanas. ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Cómo sabes esas cosas?

—¿No oyes acaso el resonar de las gaitas, el estrépito de las hachas? —replicó el alto extranjero—. ¿No hueles el olor a guerra que arrastra el viento?

—No —repuso Conn—. Hay demasiada distancia entre Torka y Erin, y no se escucha sino el viento en los acantilados y las gaviotas chillando en lo alto. Pero si hubiera guerra, yo debería estar entre los guerreros de mi clan, aunque mi vida haya sido entregada a Melaghlin, porque maté a uno de sus hombres en una disputa.

El extraño no respondió, permaneció como una estatua, observando las nebulosas cumbres y las brumosas olas.

—La Muerte abre sus garras —dijo, como alguien que hablara para sí—. Ya se acerca la siega de reyes, y los caudillos caerán como trigo maduro. Gigantescas sombras ciernen sus manos ensangrentadas sobre el mundo y la noche cae en Asgard. Escucho los gritos de los héroes muertos hace largo tiempo, susurrando ahora en el vacío, así como también los gritos de dioses olvidados. Pues cada ser tiene un tiempo asignado, e incluso los dioses deben morir…

Se puso rígido de repente con un gran alarido, mientras extendía los brazos hacia el mar. Unas nubes altas y ondulantes, gigantescas y movidas por el vendaval, taparon el mar. Por entre la niebla sopló un gran viento, y de aquel viento una remolinante masa de nubes. Y Conn gritó. En el interior de las nubes se deslizaban doce figuras sombrías y terroríficas. El esclavo vio, como en una pesadilla, los doce caballos alados con sus jinetes, mujeres con deslumbrantes cotas de malla y yelmos alados, cuyos dorados cabellos flotaban al viento, a sus espaldas, y cuyas gélidas miradas parecían fijas en alguna prodigiosa meta situada más allá de donde alcanzaba la vista.

—¡Las que eligen a los muertos! —tronó el extraño, abriendo los brazos en un gesto terrible—. ¡Cabalgan en el ocaso del norte! ¡Los cascos alados surcan las remolinantes nubes, la telaraña del Hado está trazada, y el huso y el telar se han quebrado! ¡La perdición ruge contra los dioses y la noche cae en Asgard! ¡La noche y las trompetas del Ragnarok!

El viento abrió la capa, revelando la poderosa figura ataviada con cota de malla; el sombrero de ala ancha cayó hacia un lado y las feéricas trenzas volaron al viento. Y Conn se encogió ante la mirada del extraño. Y vio que allí donde debería de haber estado el otro ojo no había sino una cuenca vacía. De manera que el pánico se apoderó de él y, dándose la vuelta, huyó por el desfiladero como los hombres huyen de los demonios. Y, mirando atrás con pavor, contempló al extraño recortándose contra el cielo cubierto de nubes, con los brazos en alto, y al esclavo le pareció como si aquel hombre hubiera crecido hasta alcanzar una estatura monstruosa, cerniéndose colosal por entre las nubes, empequeñeciendo las montañas y el mar, y adoptando de repente una tonalidad gris, como si poseyera una edad vasta y terrible.

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