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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Los pilotos de altura

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Los pilotos de altura narra las aventuras de un marino sin escrúpulos, dediicado al tráfico de esclavos, al que suceden en sus viajes como negrero toda suerte de peripecias: tempestades, naufragios, persecuciones, rebeliones, ataques piratas… Rara vez aparecen en la literatura española novelas cuya trama principas sean las aventuras y más si estas suceden en el mar. Pío Baroja nos ofrece aquí una excepcional novela al estilo de la más pura tradición narrativa inglesa.

Fragmento

EL MANUSCRITO

EN TIEMPO DE LA GUERRA ÚLTIMA, algunos pequeños puertos vascos, que durante siglos no habían botado en sus astilleros más que lanchones, gabarras y balandras, se lanzaron a construir embarcaciones de alto bordo. Uno de estos pueblos fue Elguea. En la ría de Elguea, Azurmendi, Shempelar y Compañía plantaron un astillero e hicieron un gran pailebote de quinientas toneladas, que constituyó su gran esfuerzo.

Fuimos a presenciar la botadura de este barco tres amigos.

De los tres amigos, el uno era bibliófilo; el otro, genealogista, y el tercero, yo, más o menos conocido como fabricante de novelas.

El bibliófilo poseía un hermoso automóvil y consideraba toda ocasión propicia para la rebusca de libros raros; el genealogista andaba a la caza de genealogías y de ejecutorias; yo me desplazaba sin un objetivo tan claro y determinado.

Después de presenciar el momento solemne en que el barco construido, lleno de gallardetes a proa y popa, entraba en la ría, pensamos dejar el pueblo e ir a visitar una pequeña tienda de antigüedades, donde solían verse cosas curiosas, auténticas y falsificadas; sobre todo falsificadas.

El dueño, un buen vasco, de cara inocente y cándida, solía decir, señalando un arcón, construido y tallado hacía dos o tres semanas: «Esta arca del monte la hemos traído de un caserío antiguo. Doscientos o trescientos años ya tendrá».

Como no se encontró nada en casa del anticuario, nuestro bibliófilo dijo:

—Debíamos ir al pueblo próximo, a casa de Cincúnegui, el autor de los Recuerdos históricos de Lúzaro. Quizá quede allí algo.

—Bueno, vamos.

El automóvil de nuestro bibliófilo salió por el dédalo de callejuelas de Elguea, tomó deprisa por la carretera de la costa, y en poco más de un cuarto de hora estábamos delante de Lúzaro, iluminado por el sol de un día de octubre. Preguntamos a un alpargatero que fabricaba alpargatas a la puerta de su tienda por la casa de Cincúnegui, y nos la mostró. Estaba enfrente de un portal, que tenía a un lado una carnicería y a otro una confitería.

La casa, una casa gris, negruzca, de dos pisos, con entramado de madera y ventanas con persianas verdes, daba por su fachada a un callejón enrevesado, en cuesta y en zigzag, de los muchos de aquella villa pescadora. El portal era lóbrego y húmedo. A un lado se abría una tienda, de esas tiendas de pueblo medio bazares por la universalidad de su género, en las que se vende de todo: clavos, pelotas, chorizos y sardinas en banasta; al otro lado de la puerta de entrada se veían varias barricas y bancos de una sidrería negra y sin luz.

En los muros de la escalera parecía haberse reconcentrado y detenido un olor antiguo a humedad, a sardinas fritas y a sidra. La escalera, con una bola vede de cristal al comienzo, tenía unos escalones torcidos, desgastados, y un pasamanos resbaladizo.

En el segundo piso había vivido don Domingo Cincúnegui, nuestro historiador, y seguía viviendo su hermana. La puerta era pequeña, con una aldabilla en medio, y encima una estampa de la Virgen de Icíar y un letrero donde se indicaban los días de indulgencia conseguidos si se decía «Ave María Purísima» y se recitaba una oración.

Llamamos y nos abrieron.

Al entrar se pasaba a un corredor blanqueado, no muy claro. La hermana de Cincúnegui apareció: una mujer vieja, seca, de aire un poco suspicaz y al mismo tiempo atento. Nos hizo pasar y nos enseñó la casa. El corredor la cruzaba de un lado a otro. En la parte de la calle se veía una sala de pueblo, con unas cortinas blancas, planchadas, con bordados y puntillas, como de sacristía. En medio, una alfombra raída, un brasero, un velador negro, dos sillones y seis sillas, ya desteñidas, puestas cerca de las paredes.

Por el lado contrario a la calle, la casa se asomaba por encima de un hermoso parque, a medias jardín, a la ría y al puerto. El parque medio jardín era de una familia rica bilbaína.

Hacia el jardín se hallaba la biblioteca de Cincúnegui, ya abandonada desde la muerte de su propietario. En la biblioteca olía mal, a húmedo, a cerrado, y el olor se unía con el de un sumidero próximo, sin duda atrancado. Era aquella una habitación grande, con una galería de cristales, empapelada con un papel amarillento; el suelo, de roble, oscuro, con las maderas torcidas, carcomidas y alabeadas, sujetas por unos clavos de hierro, gruesos y negros.

A lo largo del cuarto había armarios embutidos en la pared con puertas de cristales rotos, tapadas por cortinas verdes, ya polvorientas y descoloridas.

El bibliófilo registró inmediatamente los armarios; se hallaban vacíos. Algún trapero, en su rebusca, se llevó lo que pudo.

Quedaban tomos incompletos del Diccionario de Madoz, del Semanario Pintoresco Español y de la Ilustración Francesa; páginas sueltas del Derrotero de Tofiño, del poema de Ciscar, de las Conversaciones de Ulloa, láminas de la Francia marítima y números de El Correo de Lúzaro.

Muchas de las páginas faltas y otras de papeles del archivo fueron, probablemente, a parar a la tienda del piso bajo, a la carnicería y a la confitería de enfrente para envolver clavos, chuletas, bollos y dulces en una época menos preocupada de la higiene que la actual. Quizá algunas de las hojas las emplearon las vecinas en hacer papillotes. La hermana de Cincúnegui aseguró que muchos papeles habían ido a la buhardilla y se los comían las ratas.

En la biblioteca, en medio, sobre una mesa cubierta con una gutapercha negra, entre una carpeta y una escribanía de cobre, se veía un saco de habichuelas, y al lado, en un sillón de terciopelo verde, ya raído, una cesta de tomates.

Se notaba que el erudito historiador, pobre de medios, quiso disfrazar alguna de las fallas de su biblioteca; un trozo de mármol de la chimenea, roto, se hallaba sustituido por un pedazo de madera pintado; un vano entre la chimenea y la pared se hallaba cubierto por un biombo empapelado; en aquel momento las fallas quedaban más en evidencia.

El pobre erudito del pueblo pensó y soñó en aquel rincón. Probablemente, para él, su biblioteca fue un sitio ameno, un lugar de delicias. Allí trabajó en sus recuerdos históricos, tomó datos de la historia de Lúzaro, cosa que no interesaba en una época ya exclusivamente positivista y deportiva.

El historiador local buscó datos sobre los marinos nacidos en la villa y en sus contornos, y creyó llamar la atención de la gente con estas cosas. Para Cincúnegui su cuarto de trabajo tuvo sus días de esplendor: allí le visitaron algunos eruditos vascófilos, entre ellos dos franceses y un alemán; allí se albergó la redacción de El Correo de Lúzaro, que duró seis meses. Ahora, ya en la decadencia, y desaparecido el espíritu vital animador de todo aquello, en la biblioteca se tendía la ropa los días de lluvia, se guardaban tiestos y se ponían a secar las habichuelas y las manzanas.

Desde la galería de cristales seguía contemplándose el parque medio jardín de la familia rica bilbaína. Abrimos una ventana. El parque estaba magnífico, soñoliento; los troncos de los árboles y las paredes aparecían llenos de musgos. Las hojas de los tilos y de los álamos caían despacio en el aire, claro y transparente.

En la parte del jardín, los magnolios mostraban su follaje, oscuro y barnizado; los naranjos, de fruta pequeña y roja, brillaban con el sol dorado de otoño. Un estanque redondo con un cisne blanco echaba un surtidor por el pico en el agua de cristal; en el cenador rústico, envuelto por enredaderas mustias, revoloteaban los gorriones. Los pájaros de colores piaban suavemente. En los senderos brillaba la hojarasca amarilla y rojiza de los árboles, que al sol desprendía un olor de humedad y de otoño. Por encima de la tapia del jardín se veía la ría, y más lejos, el puerto y las colinas, en donde el helecho iba enrojeciendo, cortadas por los rectángulos verdes de las praderas y por los bosquecillos amarillentos. Dos pailebotes, cargados de cal hidráulica, se preparaban a salir, y volvía una trainera de pesca. La magia de la tarde atraía con su luz y con su encanto. Sentía uno esa tristeza, esa comprensión de la inanidad de la vida que traen los primeros años de vejez. Al retirarnos de la ventana pensamos de nuevo en la decadencia de la biblioteca del erudito. En pocos años, el tiempo dispersaba su trabajo, reduciéndolo a la nada.

En uno de aquellos armarios, sirviendo como de sostén a un aparador, se veía un tomo grueso, grande. Lo abrimos. Era un manuscrito con letra de Cincúnegui. Probablemente habría tardado en escribirlo varios años.

—Me gustaría leerlo —le dije yo al bibliófilo.

—Pues lléveselo usted. Esta señora le dejará a usted llevárselo.

—Sí, sí; puede usted llevárselo, si quiere. ¿Para qué sirve? —contestó la vieja con su voz seca.

Tomé el tomo grueso en la mano, y salimos los tres de la casa a buscar el automóvil.

—¡Qué terrible desdén por esta clase de trabajos tiene nuestra gente! —dije yo.

—Es natural, no le interesan —repuso el bibliófilo—. Ya no interesan más que los boxeadores, los corredores, el cine y el automóvil.

—Mal porvenir para los aficionados a los libros.

—Lo mismo nos pasará a nosotros —indicó el bibliófilo—. Nuestras bibliotecas se dispersarán; nuestros papeles se los comerán los ratones.

El genealogista y yo dijimos, convencidos:

—No hay ninguna duda.

—Realmente, en España —añadí yo—, el público no necesita escritores. Con que haya cafés y cinematógrafos les basta. Con el tiempo se podría hacer desaparecer definitivamente a los autores. Una buena medida sería, por ejemplo, comenzar metiendo en la cárcel a todo el que escribiera un libro.

Fuimos a cenar a Elguea, al hotel de la Marina, en donde seguía la algazara por la botadura del barco. El comedor del hotel estaba lleno de marinos, demasiado alegres. De cuando en cuando cogían a uno de los constructores, lo ponían en hombros y salían a la calle gritando: «¡Viva Shempelar! ¡Viva Joshé Mari!». Llevaban al agasajado por las calles y lo volvían al hotel. Después, un cura, pequeñito y redondo como un huevo, con una cara como otro huevo y dos ojos como dos huevos, cantó canciones vascas, apoyándose con las dos manos en un paraguas.

Había un ambiente demasiado espirituoso allí para eruditos como nosotros, y nos fuimos a acostar de miedo de que nos sacaran a la calle también en andas.

Al día siguiente comencé yo a leer el grueso tomo de Cincúnegui. Esta obra es la suya, un poco abreviada.

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