Los vencejos

Los vencejos - Fernando Aramburu

Toni, un profesor de instituto enfadado con el mundo, decide poner fin a su vida. Meticuloso y sereno, tiene elegida la fecha: dentro de un año. Hasta entonces cada noche redactará, en el piso que comparte con su perra Pepa y una biblioteca de la que se va desprendiendo, una crónica personal, dura y descreída, pero no menos tierna y humorística. Con ella espera descubrir las razones de su radical decisión, desvelar hasta la última partícula de su intimidad, contar su pasado y los muchos asuntos cotidianos de una España políticamente convulsa. Aparecerán, diseccionados con implacable bisturí, sus padres, un hermano al que no soporta, su exmujer Amalia, de la que no logra desconectarse, y su problemático hijo Nikita; pero también su cáustico amigo Patachula. Y una inesperada Águeda. Y en la sucesión de episodios amorosos y familiares de esta adictiva constelación humana, Toni, hombre desorientado empeñado en hacer recuento de sus ruinas, insufla, paradójicamente, una inolvidable lección de vida.

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Llega un día en que uno, por muy torpe que sea, empieza a comprender ciertas cosas. A mí me ocurrió mediada la adolescencia, quizá un poco más tarde, pues fui un muchacho de desarrollo lento y, según Amalia, incompleto.

A la extrañeza inicial siguió la decepción y luego ya todo ha sido un arrastrarse por los suelos de la vida. Hubo épocas en que me identificaba con las babosas. No lo digo por lo feo y viscoso ni porque hoy tenga yo un mal día, sino por la manera como estos bichos se desplazan y por la existencia que llevan, dominada por la lentitud y la monotonía.

No voy a durar mucho. Un año. ¿Por qué un año? Ni idea. Pero ese es mi último límite. Amalia, en el apogeo de su odio, solía reprocharme que nunca he madurado. Las mujeres poseídas por el rencor suelen escupir este tipo de improperios. Mi madre también odiaba a mi padre y esto yo lo comprendo. Él también se odiaba a sí mismo, de ahí su propensión a la violencia. ¡Vaya ejemplo nos dieron a mi hermano y a mí! Nos educan de puta pena, nos rompen por dentro y después esperan que seamos cabales, agradecidos, cariñosos, y que prosperemos.

No me gusta la vida. La vida será todo lo bella que afirman algunos cantantes y poetas, pero a mí no me gusta. Que no me venga nadie con alabanzas al cielo del ocaso, a la música y a las rayas de los tigres. A la mierda toda esa decoración. La vida me parece un invento perverso, mal concebido y peor ejecutado. A mí me gustaría que Dios existiera para pedirle cuentas. Para decirle a la cara lo que es: un chapucero. Dios debe de ser un viejo verde que se dedica desde las alturas cósmicas a contemplar cómo las especies se aparean y rivalizan y se devoran las unas a las otras. La única disculpa de Dios es que no existe. Y aun así yo le niego la absolución.

De niño me gustaba la vida. Me gustaba mucho, aunque no me daba cuenta de ello. Por las noches, nada más acostarme, mamá me besaba en los párpados antes de apagar la lámpara. Lo que más me gustaba de mi madre era su olor. Mi padre olía mal. No mal en el sentido de la pestilencia, sino que se desprendía de él, incluso cuando se echaba perfume, un olor que me producía un rechazo instintivo. Mi padre (tendría yo siete u ocho años), un día, en la cocina, con mi madre en la cama por una de sus migrañas, como yo me negara a hincarle el diente a un filete de hígado y me vinieran arcadas con sólo mirarlo, se sacó, enfurecido, su pene enorme y me dijo: «Para tenerlo así algún día tienes que comerte este hígado y muchos más». Yo no sé si a mi hermano alguna vez le hizo lo mismo. A mi hermano, en casa, lo mimaban más que a mí. Se conoce que mis padres lo veían frágil. Él opina lo contrario y considera que yo era el favorecido.

De joven, la vida empezó a gustarme menos, pero todavía me gustaba. Ahora no me gusta nada y no pienso delegar en la Naturaleza la decisión sobre la hora en que habré de devolverle los átomos prestados. He previsto suicidarme dentro de un año. Hasta tengo ya prevista la fecha: 31 de julio, miércoles, por la noche. Es el plazo que me concedo para poner en orden mis asuntos y para averiguar por qué no quiero seguir en la vida. Espero que mi determinación sea firme. De momento lo es.

Hubo épocas en que quise ser un hombre al servicio de un ideal, sin conseguirlo. Tampoco me ha sido dado conocer el amor verdadero. Lo fingí con habilidad, a veces por compasión, a veces por la recompensa de unas palabras amables, de un poco de compañía o de un orgasmo, como me parece que hacían y hacen los demás. Puede que durante la escena del hígado mi padre me estuviera mostrando amor. El problema es que hay cosas que uno no comprende porque tampoco las percibe, aunque estén ahí delante, y porque, además, a mí el amor a la fuerza no me va. ¿Soy un pobre hombre, como repetía Amalia? ¿Y quién no lo es? Lo que pasa es que no me acepto como soy. No me va a dar pena dejar este mundo. Sigo teniendo un rostro agraciado, a pesar de mis cincuenta y cuatro años, y unas cuantas virtudes de las que no he sabido obtener provecho. Gozo de salud, gano lo suficiente, tengo fácil acceso a la serenidad. A lo mejor me ha faltado una guerra, lo mismo que a papá. Papá se resarcía del deseo incumplido de entrar en batalla practicando la violencia con los suyos, con todo lo que perturbara su ritmo vital y consigo mismo. Otro pobre hombre.

Los vencejos – Fernando Aramburu

Fernando Aramburu. (San Sebastián, 1959) Escritor, ensayista y poeta. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza (1982). En sus primeros trabajos impulsó la cultura desde revistas literarias hasta que en 1985 se trasladó a Lippstadt (Alemania) para enseñar español a hijos de inmigrantes. En 2009 abandona la docencia y decide dedicarse exclusivamente a la literatura. Actualmente reside en Hannover y es colaborador habitual en diarios y revistas.

Su primera novela con la que se dio a conocer Fuegos con limón fue galardonada en 1997 con el Premio Ramón Gómez de la Serna. En cuanto a sus libros de poesía, Ave sombra/Itzal hegazti (1981) y Bruma y conciencia/Lambroa eta kontzientzia (1977-1990) (1993) han sido publicados tanto en español como en euskera.

Los peces de la amargura, le valió de reconocimiento por parte de la crítica, llegando a ser galardonado con el Premio Dulce Chacón de Narrativa Breve y el Premio Real Academia Española. En 2012 por Años lentos recibió el Premio Tusquets de Novela.

Es considerado uno de los narradores más destacados de su generación, destacando otros títulos de su obra como: No ser no duele (1997), Los ojos vacíos (2000), El trompetista del Utopía (2003) o Vida de un piojo llamado Matías (2004).

En 2016 alcanzó el éxito y deslumbró con la publicación de Patria, con la que ha obtenido el Premio Nacional de la Crítica y el Nacional de Narrativa 2017 del Ministerio de Educación y Cultura.