Malos presagios

Malos presagios - Günter Grass

Una parábola urdida con gusto por el detalle, contada con ironía suave y agudeza satírica, una historia de amor serena y melancólica: una gran novela llena de ternura y de pasión por la vida.

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El azar puso al viudo junto a la viuda. ¿O no intervino ningún azar, porque su historia empezó el Día de los Fieles Difuntos? En cualquier caso, la viuda estaba ya allí cuando el viudo tropezó, dando un traspié pero sin llegar a caerse.

Él se situó a su lado. Zapatos del 43 junto a zapatos del 37. Ante el puesto de una aldeana que ofrecía setas, amontonadas en un cesto y extendidas sobre papel de periódico, y además, en tres cubos, flores, el viudo y la viuda se encontraron. La aldeana estaba acurrucada a un lado del mercado cubierto, entre otras aldeanas y el producto de sus huertecillos: apio, colinabos del tamaño de una cabeza de niño, puerros y remolacha.

El diario de él confirma lo del Día de los Fieles Difuntos y revela el número de los zapatos. Dice que lo hizo tropezar el reborde de la acera. Pero la palabra azar no aparece. «Tal vez fuera la Providencia la que ese día, a esa hora —al dar las diez— nos reunió…». Sus esfuerzos por dar vida a la tercera persona, mediadora muda, resultan vagos, lo mismo que su intento de precisar, varias veces, el pañuelo que ella llevaba en la cabeza: «No exactamente tierra de sombra, y más pardo de tierra que negro de turba…». Tiene más éxito con la obra de ladrillo de los muros del monasterio: «Cubiertos de costras…». El resto tengo que imaginármelo.

Quedaban sólo pocas clases de flores en los cubos: dalias, asteres, crisantemos. Los boletos bayos llenaban los cestos. Cuatro o cinco setas de Burdeos, apenas marcadas por mordiscos de caracoles, se alineaban sobre una primera plana, pasada de fecha, del diario local Głos Wybreża y, a su lado, un manojo de perejil y papel de envolver. Las flores no valían gran cosa.

«No es de extrañar —escribe el viudo— que los puestos cercanos al mercado de Santo Domingo estuvieran tan pobremente surtidos; al fin y al cabo, el Día de los Fieles Difuntos las flores están muy solicitadas. Ya el día anterior, el de Todos los Santos, la demanda supera con frecuencia a la oferta…».

Aunque las dalias y los crisantemos tenían mejor aspecto, la viuda se decidió por los asteres. El viudo permaneció indeciso: «Aunque quizá fueran las setas de Burdeos y los boletos pardos, sorprendentemente tardíos, los que me atrajeron a ese puesto concreto, tras un breve sobresalto —¿serían las campanadas?— me dejé llevar por una seducción especial, no, por una atracción…».

Günter Grass. Escritor alemán, fue uno de los autores en lengua germana más destacados del siglo XX, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1999 y conocido por su gran actividad tanto en el mundo de las letras y el arte como a nivel político y de compromiso social. Nacido en Danzig de familia polaca, Grass pasó a la Alemania Federal como exiliado al final de la Segunda Guerra Mundial, tras un polémico paso por las Waffen SS cuando apenas contaba con 17 años. Tras la guerra trabajó como minero y cantero, comenzando de ese modo su pasión por la escultura, campo que estudió en Düsseldorf y Berlín.

La obra más conocida de Grass fue también la primera: El tambor de hojalata (1959), libro que fue llevado al cine en 1979 por Volker Schlöndorf, con el que comienza su Trilogía de Danzig en la que habla de su ciudad natal, la guerra y el nazismo.

En la obra de Grass también estuvo presente el ensayo político y el compromiso, como en Malos presagios (1992) o Discurso de la pérdida (1993). Grass, junto a otros autores alemanes, formó parte de un movimiento comprometido socialmente y de gran importancia como eco de los movimientos de 1968.

Como poeta, Grass publicó en 1991 Madera Muerta y en 2009, Payaso de agosto, aunque sus obras como narrador, El rodaballo (1977) o La caja de los deseos (2009), entre otras, fueron fundamentales en la narrativa alemana.

En 2007 publicó Pelando la cebolla, autobiografía en la que dio a conocer su implicación con el movimiento nazi, provocando una fuerte polémica en Alemania.

Con posterioridad, Grass publicó varios de sus diarios en los que se aprecia todavía mejor el proceso de creación y pensamiento de este genial autor alemán.