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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Memorias de una enana

Sobre el autor:

Sobre el libro:

La que fuera calificada como «única novela surrealista inglesa» constituye una rara joya dentro de la singular obra de un escritor tan particular e inclasificable como Walter de la Mare (1873-1956). Además de un fino talento para la poesía, afín en cierta manera a Thomas Hardy y los mejores vates georgianos, De la Mare fue un excelente narrador, maestro en el campo del relato etéreo y de atmósfera, con clara preferencia por los temas fantásticos y evanescentes, la infancia y el mundo de los sueños. Nacido en Charlton (Kent) en 1873, de padre descendiente de hugonotes y madre escocesa, publicó su primer libro de poemas, «Songs of Childhood» (1902), bajo el seudónimo de Walter Ramal. Dos años más tarde probó fortuna con una primera novela de escaso éxito, «Henry Brocken», a la que años después seguiría «The Return» (1910), que ganó el premio Polignac. Con «Memorias de una enana» (1921), fantasía poética tan lúcida como enigmática, su elegante prosa, evocativa y romántica, alcanza sus cotas más elevadas. Ganadora en su día del premio James Tait Black Memorial, la novela es un apasionante estudio, a veces perverso, de la soledad y la marginación, a través de todo un año de la vida de una singular dama victoriana, guapa y bien formada pero de tamaño reducido (en realidad sólo algo menor que la reina Victoria), angustiada y extraviada en un mundo que no comprende y por el que se siente rechazada.

Fragmento

CAPÍTULO I

Hace pocos años una breve semblanza de mí llegó a publicarse en un par de periódicos de provincias. Me han dicho que después reapareció, más proporcionada, ¡en la Prensa Metropolitana! Por suerte o por desgracia, en esa semblanza había muy poco de verdad. Refería, entre otras cosas, que tengo por costumbre calzar zapatos con suelas de plomo para que no me lleve el viento como un vilano, que de niña estuve a punto de perecer abrasada en una sopera, que uno de mis antepasados procedía de Polonia, que soy experta en pintar miniaturas, que fui cambiada en la cuna y sé hablar el lenguaje de las hadas, etcétera, etcétera.

Creo poder adivinar de dónde tomó esas fábulas mi ingenioso biógrafo. No pretendía causarme ningún perjuicio; era su forma de ganarse la vida; hacía un uso juicioso del «sin duda» y el «cabe suponer», y espero que divirtiese a sus lectores. Pero la mayor parte, con mucho, de su semblanza trataba de meros detalles físicos. Me había mirado con la imaginación a través de unos lentes que serían o no de color de rosa, pero que ciertamente disminuían. No me merezco sus pulgadas ni sus onzas, por muy halagadoras que pudieran ser sus intenciones. Es verdad que mi cuerpo se cuenta entre las obras menores de Dios. Pero yo creo que el escritor prestó a ese hecho una atención un poco excesiva. Pasó por alto hacer mención no sólo de mi alma (de lo cual no me quejo), sino también de mi mente y mi corazón. Tal vez para algunos gustos haya demasiado de las tres cosas en las páginas siguientes, y especialmente, quizá, de la última. No se puede evitar. Finalmente, el anónimo periodista afirmaba que yo había nacido en el Rutlandshire, supongo que por ser el condado más pequeño de Inglaterra.

En eso sí que fue desconsiderado, porque para ceñirnos a la realidad y empezar por el (aparente) principio hay que decir que yo nací en la localidad de Lyndsey, en Kent: el rincón más bonito, en mi opinión, de todo el millón de acres de ese condado. Tal ha seguido siendo hasta el día de hoy, a pesar de que desde mi infancia su iglesita, de piedras desgastadas y vidrieras inmarcesibles del siglo II —¿o del III?— haya sido «restaurada», y de que el señor del lugar haya talado algunos de sus árboles más hermosos, entre ellos un castañar de Bitchett Heath cuyos antepasados vinieron con los romanos. Pero todavía no ha conseguido enrasar el túmulo de Chizzel Hill. Desde mi ventana miraba yo (como ahora mismo estoy mirando) la ondulada cresta de aquel monte amado, más allá de un huerto largo e irregular, y los prados del valle donde pastaban las vacas y vagaban las ovejas, y los sauces sin descopar, doblegados y plateados por la brisa. No me cansaba de mirar al monte, ni me cansaré nunca; y cuando, todavía en mi adolescencia, mi abuelo, enterado de aquel hábito mío de contemplación ociosa, me envió desde Ginebra un telescopio diminuto, mis ensueños diurnos se multiplicaron. Aquel regalo, como dice un viejo dicho de Kent, fue untar de manteca el tocino. Con el telescopio de mi abuelo pegado a un ojo, traía a un pico real picando en un tronco tan cerca como si se estuviera riendo de mí, y no me faltaba más que aspirar el débil y penetrante aroma de las prímulas de prados que no distaban menos de una milla.

La casa de mi padre, Stonecote, tiene un aspecto poco airoso vista desde el otro lado del valle. Pero es espaciosa y abierta, y casi se podría decir que desafía a los vientos de los equinoccios. Las ventanas principales son miradores de poco saliente. Una de ellas está entre mis primeros recuerdos. Llevo un vestidito de alegres cuadros escoceses; estoy sentada en un tarro de loción —con un retrato en colores del señor Shandy sobre la tapa, si no recuerdo mal—, en medio de los cepillos, los estuches de piel, las chucherías y demás de la mesa de tocador de mi padre. Mi padre está afeitándose, y tiene la barbilla y las mejillas llenas de jabón. Y yo tan pronto le miro a él, tan pronto a su imagen en el gran espejo, y cada vez que ocurre esto él me hace un gesto simpático por encima de las gafas.

Seguramente ese momento particular de mi infancia se me quedó grabado porque, justamente cuando mi padre había alzado la navaja para acometer el labio superior, una grajilla, atraída quizá por los vivos colores de mi vestido, se posó en la parte de fuera del alféizar, y con muchos aspavientos de alas y garras picoteó enérgicamente en el cristal. El ruido y la vista de aquel pájaro de agudos ojos azul-grises, tan próximo y vehemente, me asustaron. Me alcé de un salto, eché a correr por la mesa, tropecé en un cepillo del pelo y me caí de bruces junto al reloj de mi padre. Oigo el tictac, y los silbiditos con que él solía confortar a su hija cada vez que ocurría uno de esos percances. Tendría yo quizá cinco o seis años.

Ese recuerdo es auténtico. Pero cada familia tiene, supongo, sus tradiciones particulares; y una de las nuestras, relativa a aquellos primeros años, tenía que ver con la gata de la cocina, Miau. Había tenido garitos, y contaba la historia que yo me había metido en el cesto bajo donde estaban. La vieja madre, que me figuro que ya estaría harta de que le dieran la lata, fue llevándose los garitos uno por uno a un armario oscuro. Cuando ya había puesto al último a buen recaudo, la encontraron contemplándome absorta, como meditando si sería o no su deber maternal trasladarme a mí también. Y allí estaba yo, mirándola muy sonriente. Así era la historia contada por nuestra cocinera, la señora Ballard. Lo que yo recuerdo es distinto. En la mañana en cuestión yo doblaba la esquina del sombrío pasillo enladrillado que llevaba a la cocina, cuando de ésta salió Miau al trote, llevando en la boca su carga ciega y cabezona. El encuentro nos sorprendió a ambas por igual, y Miau pasó rozándome de modo que casi me tira, al tiempo que me lanzaba una mirada animal rarísima. Así que la verdad, en este caso, no fue tan extraña como la ficción de la señora Ballard.

Mi padre era en aquella época un hombre más bien corpulento, de rostro encendido, con grandes gafas. Tenía libre todo el tiempo, porque las rentas de una participación del cincuenta por ciento en la pequeña fortuna amasada por mi abuelo y un socio en una fábrica de papel nos bastaban para vivir con desahogo. Mi padre podría haber sido más próspero, aunque quizá no hubiera sido más feliz, de haber hecho más cosas y proyectado menos. Pero lo único en que seguía la ocupación hereditaria era emplear grandes cantidades del mejor papel hecho a mano de la casa en la composición de un estudio monográfico, La historia de la fabricación del papel. Ello exigía una vasta acumulación de libros y mucha soledad. Yo tengo para mí, además, que mi padre era de los partidarios de dejar que las ideas se sedimenten.

Dado que al mismo tiempo tenía emprendidas otras compilaciones análogas acerca del Lúpulo y el Cerezo, no se puede decir que hiciera grandes progresos en ninguna de las tres. Sus papeles, desdichadamente, se vendieron después junto con sus libros, así que no sé nada ni de qué fue de ellos ni de su valor. Espero que a su comprador le hayan servido para distinguirse sin esfuerzo. Aquellos trabajos, aunque no encerrasen otra utilidad que la de tener tranquilo y satisfecho al «hombre de la casa», al menos demostraban que mi padre era un Hijo de Kent leal y entusiasta; y yo me he encargado de que un hermoso guindo florezca, fructifique y medre sobre su tumba.

Mi padre tenía también sus puntas de músico, y sabía tocar un pizzicato tan suave en su violín con sordina que no hería ni siquiera mis oídos hipersensibles. El me enseñó a jugar al ajedrez en un tablerito con piezas pigmeas, pero tendía a desinteresarse del juego cuando iba perdiendo; que era, al contrario, cuando nuestro viejo amigo el doctor Grose jugaba con más empeño. Como tenía unas manos un poco toscas, ponía especial cuidado en tratarme con dulzura y delicadeza. Pero incluso recién afeitado sus abrazos tenían más de disciplina que de placer, lo cual quizá explique parcialmente mi falta de efusividad en esa dirección.

Su voz era, si acaso, poco fuerte para su tamaño, salvo cuando discutía de política con el doctor Grose, de religión o sobre la educación de los niños con mi madrina, la señorita Fenne, o por asuntos de dinero con mi madre. En aquellos momentos, el ruido que hacía —con la cara enrojecida, gesticulando— afectaba a una de sus oyentes, toda afanada en recoger las migajas, más de lo que nunca la afectara el trueno, que está en las nubes. La única otra cosa de su compañía que me molestaba era su costumbre de tomar rapé. Aquella fetidez casi me asfixiaba, y no acababa él de dar con la uña en la tapa de la cajita cuando ya salía yo corriendo como una liebre para ponerme a salvo.

Procedía de una antigua familia inglesa, aunque sin duda con las mezclas de rigor. Mi madre había nacido de madre francesa, apellidada Daundelyon. A veces la sangre de ese «dulce enemigo» le ardía en las mejillas como una bandera, y mi padre tenía que echar mano de sus cañones de mayor calibre cuando soplaban vientos de tormenta y hacían ondear esos colores. En tales momentos yo prefería oír la batalla de lejos, no tanto (una vez más) porque la mera discordia me hiciera sufrir, cuanto por huir del estrépito. Pero lo normal, y más después de aquellas pequeñas exhibiciones, era que estuvieran como dos tortolitas, y yo, dentro de mis menguados recursos, hacía lo posible por entonar el reclamo.

Mi padre pasaba de los cuarenta cuando se casó con mi madre. Ella tenía unos quince años menos; era un ser esbelto, ágil y cautivador, capaz de darle varias vueltas en lo material y en lo mental antes de que él se decidiera a abrir la boca. Siete años después llegué yo. Las amistades, como hacen siempre, declararon que nos parecíamos. Y, si se hubiera podido empequeñecer a mi madre hasta dejarla de mi estatura y figura, quizá hubieran tenido razón.

Pero en el pelo y en el cutis, y posiblemente también en el modo de ser, yo salía a una tía suya, la tía Kitilda, que había muerto tuberculosa a los veintipocos años. Me encantaba oír las historias de la tía abuela Kitilda. Cantaba como un ruiseñor, por dos veces se escapó del colegio de monjas, y era tan aficionada al agua que un señor mayor (amigo del señor Landor, el poeta) que se enamoró de ella la llamaba «la Náyade».

De joven, en Tunbridge Wells, mi madre había estado considerada como «una belleza», y había tenido muchos admiradores; por lo menos eso le decía la señora Ballard, la cocinera, a Pollie: «Sí, y ya sabemos quién podría haber salido de otra manera si las cosas no hubieran sido como fueron» fue un comentario críptico que hizo un día, y que llenó dos «cantaritos» a rebosar. Entre esos admiradores se contaba un tal señor Wagginhorne, que en esta época residía en Maidstone. Había echado el cierre a su pasión, pero no a su admiración; y, siendo artista en el mismo sentido en que mi padre era escritor, nos había retratado al óleo a mi madre y a mí, con una maceta de azaleas. ¡Qué bien me acuerdo de aquellas sesiones interminables, con el vetusto caballero pintarrajeando, soltando sus chistes predilectos y chascando avellanas al mismo tiempo! Siempre que venía a vernos se sacaba aquel retrato de un armario y se colgaba en el comedor en sustitución de otro cuadro. Nunca pude averiguar qué fue de él cuando el señor Wagginhorne se murió. Mi madre se echaba a reír cada vez que se lo preguntaba, y miraba con picardía a mi padre. ¡Lo que sí estaba claro era que el escritor no tenía celos del artista!

Mi madre me trataba con dulzura, qué remedio; y yo era más feliz en su compañía de lo que cabe imaginar en un mundo en el que todo es tan efímero. Me sentaba al lado de su costurero, y ella me hablaba en voz baja, y me daba lecciones y me enseñaba versitos; mis impulsos e instintos propios me enseñaron a cantar y bailar. ¡Qué horas tan alegres compartimos! La costura fue difícil al principio, porque en aquella época no se pudieron conseguir agujas proporcionadas para mí, y no me gustaba nada limitarme a remendar labores bastas. Pero mi madre me ponía a hacer trabajillos infantiles, como ordenar los hilos de seda o clasificar los abalorios, y me dormía acunándome con un dedo al compás de un runrún tan suave que podría haber sido el de una abeja lejana.

De todos modos, no dejó de haber sombras antes de la oscuridad. Yo, que no era más que una niña, a veces veía extenderse sobre su rostro una especie de aire ausente, como si estuviera soñando con algo que no sabía nombrar, una esperanza o un deseo que ya no se realizaría nunca. Entonces yo me intranquilizaba y enmudecía, pensando si no la habría disgustado; mientras que ella, a juzgar por su expresión, era como si ni siquiera me viera.

Otras veces se ponía traviesa y burlona. Entonces me trataba como a un mero juguete frívolo, y sólo me decía niñerías, como si en nuestro alfabeto no hubiera otra cosa que «la o chica», una letra por la que yo siempre sentí una especie de lástima, pero escaso cariño. Esa costumbre entristeció los días de mi niñez, y en ocasiones me enfurecía lo indecible. Yo siempre fui de talante serio, quizá hasta un poco redicha; y la experiencia ya me había enseñado que era más fácil para mí compartir los pensamientos y sentimientos de mi madre que para ella compartir los míos.

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