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Monstruos y prodigios

Monstruos y prodigios, un libro de Ambroise Paré

No hay motivos para sorprenderse de que Ambroise Paré (1509-1590), hombre del Renacimiento, autodidacta, cirujano curtido en cien campos de batalla, médico de varios reyes y miembro del Colegio de San Cosme (a pesar de las críticas de sus doctos colegas), aplique su a veces ingenua curiosidad a un campo que no es el suyo en sentido estricto. La edición de 1575 de su libro de monstruos humanos y animales, de falsos mendigos y curiosidades celestes, suscitó la ira de la Facultad de Medicina y una auténtica querella por atentado contra las buenas costumbres. Interesado por temas siempre actuales como el hermafroditismo y lo demoníaco, los misterios de la naturaleza y los del hombre, se enfrenta a ellos con una fascinación que no le impide recordar el objetivo científico de sus análisis, aun bajo la creencia platónica de que lo prodigioso fue antaño lo real.

Libro Impreso

INTRODUCCIÓN

No es un azar que Paré escoja Biarritz como marco descriptivo de la pesca de la ballena evocada en Des Monstres et Prodiges: y no por razones lógicas —la auténtica tradición de pesca de cetáceos en la costa vasca desde el siglo XII, o la efectiva visita de Paré a Bayona—, sino debido a motivos más profundos. Ambroise Paré, afortunadamente a mil millas intelectuales del positivismo decimonónico, adivina, quizá, el futuro prestigio de la elegante playa de los Pirineos Atlánticos; intuye acaso, con olfato avezado de cirujano, la elegancia de Biarritz convertida en corte de la emperatriz Eugenia; imagina a nobles rusos de vacaciones —puede que a la familia Nabokov—, al rey Alfonso XIII y a la aristocracia frecuentando el casino; ve sin duda la belleza marchita de la ciudad en nuestros días, su delicada decadencia invernal. De no ser así, ¿cómo explicar su preferencia por tan bucólico puertecillo, en una obra en que las referencias ciertas de lugar no abundan? Y no obsta a ello el que Ambroise sea parco en los elementos descriptivos: una localización sucinta (las cercanías de Bayona), un attrezzo rudimentario (la torre de atalaya o vigía), un reparto somero (remeros, arponeros) y una acción esquemática (la pesca; el arrastre del cetáceo a la orilla; su despiece y reparto) le bastan para evocar la escena y para hacérnosla imaginar. Junto a ello, ¿qué importancia tienen las denuncias del doctor Delaunay sobre la imprecisión de la iconografía que Paré emplea? Tanto da que en la ilustración correspondiente a la ballena, ésta «se vea gratificada con cuatro pares de mamas ventrales, cuando los cetáceos sólo tienen uno, inguinal»; ni importa que «la figura muy inexacta que Paré toma de Thevet no pueda aplicarse sino con muchas reservas a la yubarta (Megaptera boops, L.), aquel de los grandes cetáceos que con más frecuencia se aventuraba en nuestras costas».

En todo caso, semejantes reproches, formulados desde la posición orgullosa del científico del siglo XX, del desmitificador, del «cuantofrénico» justamente denunciado, no revelan sino incomprensión. Paré es ciego para lo que sea ajeno a su atalaya, su acción de pesca y despiece, como prescinde de lo tocante a las demás características de la región, incluida su lengua. Sería conveniente que los hombres tuvieran solamente un idioma, afirma Paré en otro lugar, pues quien oyera a «un alemán, un bretón de Bretaña, un vasco, un inglés, un polaco o un griego sin verlos, tendría mucha dificultad en juzgar si se trata de hombres o de bestias».

Este cirujano viajero —no mucho, pues no parece haber ido más allá de Francia y el norte de Italia— había nacido, como el aduanero Henri Rousseau, en Bourg-Hersent, cerca de Laval, hacia 1509. La profesión paterna de cofrero no debió de atraerle, pues lo vemos colocado, en plena adolescencia, con un barbero de su pueblo, donde aprenderá no solamente a afeitar y a rizar pelucas, sino igualmente a practicar sangrías, y, como correspondía en la época a las gentes de su oficio, a efectuar las curas de urgencias más requeridas. Laval, con su castillo viejo, su catedral, sus templos de Notre-Dame-D’Avénières, San Venerando, y Notre-Dame-des-Cordeliers, no debe bastar para colmar las exigencias del joven aprendiz trasladado a Angers, sigue practicando su humilde oficio, a la vez que se instruye en el arte más difícil de reducir fracturas y preparar ungüentos. Hacia 1532, se instala en París, en la calle de la Huchette; el ser barbero le permite subsistir, pero sus previas lecturas de autodidacta le impulsan a querer emular a los grandes maestros. A Partir de entonces, la historia de su vida es la de una ascensión social irresistible impulsada por el propio esfuerzo, a la manera del heroico self made man anglosajón. Asiste a clases en la calle de la Bûcherie, y ha de soportar el desprecio de los estudiantes de medicina bacía los barberos aspirantes a cirujano; empleado en el hospital como cirujano-barbero —ha obtenido el título de «maître» en 1536—, adquiere una experiencia que le llevará a enrolarse en la campaña de Italia, al servicio del regimiento del mariscal de Montejan. Lo aprendido sobre el terreno le haría escribir más tarde que «de nada sirve hojear libros, charlar y cacarear en la cátedra de cirugía, si la mano no actúa como lo ordena la razón». Sus campañas —Piamonte, Perpignan, Landrecies, Bolonia, Lorena, Luxemburgo— le enseñaron a proscribir la cauterización para curar los muñones, reemplazándola por la aplicación de «un suave emplasto digestivo hecho de yema de huevo, aceite de rosas y trementina»; a localizar y extraer proyectiles, en las heridas causadas por armas de fuego (Método para tratar las heridas producidas por arcabuces, 1545), basándose en la trayectoria probable de la bala; a practicar sistemáticamente la ligadura de arterias como forma de cortar hemorragias, de resultas de una amputación practicada durante el sitio de Metz, asediada sin éxito por Carlos V. Isabel de Albret lo recomendó al rey de Navarra, con lo que Paré se convirtió en cirujano real, al servicio sucesivamente de Enrique II, Francisco II, Carlos IX y Enrique III. En 1554, es nombrado miembro del Colegio de San Cosme, a pesar de la resistencia ejercida por los profesores de la Sorbona, que no podían tolerar que fuese elevado a tal dignidad quien ni siquiera hablaba latín; es presumible que los doctos oficiales no tendrían una elevada opinión del edicto de Villers-Cotterêts, de 1539, por el que el francés había reemplzado al latín como lengua administrativa. Delaunay, malévolo, al subrayar la indigencia de la cultura clásica de Paré, recuerda «el trabajo que le costó a este barbero farfullar unos rudimentos de latín para obtener el título de maestro en cirugía», y Céard ha demostrado con suficiente detalle la amplitud y gravedad de la ignorancia de Paré, cuando se ve en el compromiso de traducir una fuente latina aún no vertida al francés. En toado caso, el poco docto Paré publicó en 1573 dos célebres tratados de cirugía, y un Discours de la Licorne en 1582 —a él irían a parar una serie de animales con cuerno procedentes de nuestro Des Monstres et Prodiges—, en el que declara, contra la opinión extendida, que los polvos de momia y de unicornio están lejos de constituir un medicamento eficaz. La edición de 1575 de Des Monstres suscitó la ira de la Facultad de Medicina, y una auténtica querella por atentado contra las buenas costumbres, que acabó ante el Parlamento. Ignoramos cuál fue el fallo del tribunal; si el libro fue puesto a la venta, es sin duda porque hubo veredicto exculpatorio, empujado, quizá, por una intervención del rey, como sugiere Céard. Se trata de un episodio más de la rivalidad entre médicos y cirujanos en el siglo XVI; adviértase cómo, en el propio Des Monstres, Paré se autoexhibe como último remedio cuando nada pueden ya los galenos. Éstos, indignados ante la osadía de un cirujano escritor —y desconocedor del latín—, debieron reprocharle el haber expresado en francés lo que sólo el latín podía vehicular sin escándalo.

En 1590, cuando Enrique IV el Bearnés concluye un asedio a la capital, muere Ambroise Paré y es inhumado en Saint-André-des-Arts.

Monstruos y prodigios – Ambroise Paré

Ambroise Paré. 1510 -1590. Es considerado la principal figura quirúrgica del siglo XVI, el más grande cirujano del Renacimiento, y el padre de la cirugía francesa. No tuvo formación académica sino que surgió de entre las filas de los barberos. Por estos tiempos, quienes se dedicaban al arte de curar estaban separados en Francia en tres estratos: Los médicos (miembros de la Facultad de Medicina), los cirujanos (pertenecientes a la Cofradía de Saint Côme) y los barberos-cirujanos (que eran los últimos en categoría).