El Librero Semanal

Nido de nobles

Resumen del libro: Nido de nobles

Lavretski, el héroe de esta novela, la segunda de Turguénev uno de sus mayores éxitos y la que quizá incorpore más rasgos autobiográficos, ha tenido una educación singular: su padre, un noble terrateniente que se fugó y casó con una sirvienta, y luego la dejó en Rusia para vivir «la vida alegre» de Europa, quiso hacer de él «no solo un hombre, sino un espartano». Vestido a la escocesa, despertado con jarros de agua fría a las cuatro de la mañana y aleccionado con principios voltaireanos, el muchacho no acababa de entender cómo se conciliaba todo eso con el desprecio por la tierra y la vida de los campesinos. Ya mayor, y después de una «boda por amor» y del correspondiente periplo europeo, vuelve a Rusia cabizbajo, separado de su mujer (que le engañaba) y expuesto al ridículo; pero con la firme convicción de emprender reformas y cuidar la tierra. Sin embargo, la «sed de felicidad» se interpone en sus buenos propósitos como una maldición implacable: Liza, la joven hija de una prima suya, despierta en él sensaciones que creía perdidas y «Nido de nobles» (1859) es una hermosa y melancólica novela sobre la persistencia del deseo, testimonio de una generación perdida en la Rusia del momento, una generación que solo podía levantarse «en medio de la oscuridad».

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Fragmento:

Capítulo 1

El día radiante de primavera daba paso al atardecer; en lo alto del cielo luminoso pequeñas nubes rosadas, más que pasar flotando, parecían perderse en la profundidad azul.

Ante la ventana abierta de una bonita casa, en una calle periférica de la capital de la provincia de O. (la acción transcurre en 1842), había dos mujeres sentadas: una señora de unos cincuenta años y una vieja dama de unos setenta.

La primera se llamaba Maria Dmítrevna Kalítina. Su marido —antiguo procurador de la provincia, conocido hombre de negocios en su tiempo, de carácter enérgico y decidido, colérico y obstinado— había muerto hacía diez años. Había recibido una buena educación y estudiado en la universidad, pero al ser de procedencia humilde, pronto comprendió la necesidad de abrirse camino y hacer fortuna. Maria Dmítrevna se casó con él por amor: era bastante atractivo, listo y, cuando quería, muy amable. Maria Dmítrevna (de soltera Pestova) quedó huérfana en su más tierna infancia, pasó varios años en un pensionado de Moscú y, al regresar de allí, se instaló en Pokróvskoie, la aldea que pertenecía a su familia, a cincuenta verstas de O., con su tía y con su hermano mayor. Éste pronto se trasladó a Moscú para servir como funcionario y trató despóticamente a su tía y a su hermana hasta el momento de su muerte repentina, que puso fin a aquella penosa situación. Maria Dmítrevna heredó Pokróvskoie, pero no vivió mucho tiempo allí: al segundo año de haberse casado con Kalitin, que en pocos días había logrado conquistar su corazón, Pokróvskoie fue intercambiado por otra hacienda mucho más rentable, pero nada bonita y desprovista de casa señorial; asimismo, Kalitin compró una casa en la ciudad de O., donde se instaló con su mujer a vivir definitivamente. La casa tenía un gran jardín; uno de sus lados daba directamente al campo, fuera de la ciudad. Kalitin, nada amante de la tranquilidad de la vida campestre, había decidido: «Así no tendremos que ir yendo y viniendo del campo». Maria Dmítrevna más de una vez añoró en su corazón su querido Pokróvskoie, con su alegre riachuelo, sus anchos prados y verdes boscajes; pero jamás contradecía a su marido y reverenciaba su inteligencia y conocimiento del mundo. Y cuando él murió tras un matrimonio de quince años, dejándole un hijo y dos hijas, Maria Dmítrevna se había acostumbrado de tal modo a su casa y a la vida en la ciudad, que ya no quiso marcharse de O.

En su juventud Maria Dmítrevna había sido considerada una rubia con cierta gracia, y a los cincuenta años sus rasgos mantenían su encanto, aunque se habían abultado un poco y desdibujado. Era más sensible que buena, y a su edad madura conservaba aún sus costumbres de colegiala: era caprichosa, se irritaba con facilidad y rompía a llorar si alguien contrariaba sus hábitos. No obstante, era muy cariñosa y amable cuando se cumplían todos sus deseos y nadie la contradecía. Su casa se contaba entre las más agradables de la ciudad. Poseía una fortuna considerable que procedía no tanto de su herencia como de las ganancias de su marido. Sus dos hijas vivían con ella, mientras que el hijo estudiaba en una de las mejores instituciones de San Petersburgo.

La vieja dama sentada junto a Maria Dmítrevna frente a la ventana era esa misma tía, hermana de su padre, con la que había compartido algunos años de vida solitaria en Pokróvskoie. Se llamaba Marfa Timoféievna Pestova. Tenía fama de ser extravagante, poseía un carácter independiente, soltaba a todo el mundo las verdades a la cara y, aunque disponía de unos recursos muy escasos, se administraba de tal modo que parecía que tuviera una fortuna. No soportaba al difunto Kalitin y, en cuanto su sobrina se casó con él, se retiró a su pequeña aldea, donde vivió diez años enteros en una casa de campesinos: una isba sin chimenea. Maria Dmítrevna le tenía un poco de miedo. De cabello negro y ojos vivos incluso en su vejez, menuda y de nariz afilada, Marfa Timoféievna caminaba con vivacidad, seguía yendo erguida y hablaba de un modo rápido y claro, con vocecita fina y sonora. Llevaba siempre una cofia blanca y una blusa también blanca.

—¿Qué te pasa? —le preguntó de repente a Maria Dmítrevna—. ¿Por qué suspiras, hija mía?

—Por nada —dijo su sobrina—. ¡Qué nubes tan maravillosas!

—¿Es que sientes lástima por ellas?

Maria Dmítrevna no respondió.

—¿Y Guedeónovski? ¿Cómo es que no viene? —dijo Marfa Timoféievna, moviendo ágilmente las agujas de coser (estaba tejiendo una bufanda grande de lana)—. Podría suspirar contigo o soltar alguna mentira.

—¡Qué dura es usted siempre con él! Serguéi Petróvich es un hombre respetable.

—¡Respetable! —repitió en tono de reproche la vieja dama.

—Y ¡qué leal era a mi difunto marido! —dijo Maria Dmítrevna—. Incluso ahora no puede recordarlo sin emocionarse.

—¡Por supuesto! Porque lo agarró por las orejas y lo sacó del fango —gruñó Marfa Timoféievna, e hizo mover las agujas entre sus manos aún con más rapidez—. Parece un mojigato —continuó diciendo—, con el cabello todo cano, pero es abrir la boca y soltar alguna mentira o algún chisme. ¡Y eso que es consejero de Estado! Pero qué se puede esperar del hijo de un pope…

—¿Quién está libre de pecado, tía? Es cierto, tiene ese defecto: Serguéi Petróvich no recibió una buena educación y no habla francés; pero reconozca que es un hombre agradable.

—Sí, no deja de besuquearte las manos. ¿No habla francés? Pues ¡vaya una desgracia! A mí misma no se me da demasiado bien el «dialecto» francés. Lo mejor sería que él no hablara ningún idioma, así no podría mentir. Helo aquí, hablando del rey de Roma… —añadió Marfa Timoféievna tras mirar por la ventana—. Ahí va tu hombre agradable. Pero ¡qué largo es, parece una cigüeña!

Maria Dmítrevna se arregló los rizos y Marfa Timoféievna la miró con una sonrisa maliciosa.

—¿Qué es lo que veo, hija mía? ¿Una cana? Deberías regañar a Palashka, ¿en qué estará pensando?

—¡Ah, tía, usted siempre…! —farfulló irritada Maria Dmítrevna y empezó a repicar con los dedos en el brazo de su poltrona.

—¡Serguéi Petróvich Guedeónovski! —anunció con voz fina un joven criado de mejillas coloradas y vestido de cosaco que apareció por la puerta.