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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Ocaso y caída de prácticamente todo el mundo

Sobre el autor:

Sobre el libro:

He aquí un libro excéntrico y agudo, una invitación a recorrer una galería de retratos, ordenados cronológica y espacialmente, que nos acerca a personajes que hicieron historia en épocas muy diversas: desde el lejano Egipto hasta la “cercana” época del descubrimiento y conquista de América. Guiados por un autor documentado y escéptico, mundano y terriblemente irónico, veremos cómo la grandeza histórica generalmente atribuida a estos personajes queda hecha añicos. Will Cuppy los somete a un escrutinio que revela las miserias humanas de figuras de la talla de Pericles, Carlomagno o Luis XIV entre otras muchas. Ocaso y caída de prácticamente todo el mundo es una aguda revisión de la historia de Occidente a través de aquellos personajes que la hicieron posible.

Fragmento

INTRODUCCIÓN

por FRED FELDKAMP

Cuando Will Cuppy murió, en septiembre de 1949, llevaba trabajando en este libro, de forma intermitente, dieciséis años. Durante la mayor parte de ese tiempo estuvo ocupado con otros proyectos, claro: una columna semanal de reseñas de libros de misterio para el Herald-Tribune de Nueva York, artículos para diversas revistas y una serie de libros sobre aves, mamíferos, reptiles y peces.

El primero de estos libros de animales, How to Tell Your Friends from the Apes, apareció en 1931 y marcó las pautas que otros seguirían. Cuppy solía quejarse de que la gente no paraba de preguntarle: «¿Nunca escribe nada que no sea un opúsculo sobre animales?». La respuesta es que en todo momento este libro fue el que más le interesaba. A su muerte, casi lo había terminado.

Ocaso y caída de prácticamente todo el mundo contiene capítulos dedicados a todos los personajes históricos que Cuppy quería incluir. (Antes de su muerte había trabajado en todos, algunos al menos de forma esquemática). Faltan algunos capítulos generales; Cuppy tenía intención de escribir sus pensamientos sobre lo que opinaba de Betsy Ross y otras cuestiones diversas que, para él, eran asuntos del momento inmediato. En su lugar, se han añadido sus artículos sobre el humor y los hábitos alimentarios de los grandes.

Quizá sería de interés para los lectores una nota sobre cómo trabajaba Cuppy. En primer lugar, antes de escribir una sola línea sobre cualquier tema —o, incluso, antes de pensar en lo que podría escribir— leía todos los libros y artículos que encontraba sobre ello, incluidos, en muchos casos, libros raros que ya no se hallaban disponibles en Estados Unidos. Éste era el procedimiento normal, ya fuera el asunto en cuestión el perezoso gigante o Catalina la Grande.

Después de empaparse de esta cantidad exhaustiva de material, tomaba notas en pequeñas fichas que luego archivaba en el apartado apropiado de un fichero. Normalmente, reunía centenares de estas fichas en varias cajas antes de empezar a modelar su obra. En algunos casos, leía más de veinticinco gruesos volúmenes antes de escribir un artículo de mil palabras. Cuppy creía que debía conocer el tema lo más profundamente posible antes de empezar a trabajar en él.

A veces, permanecía semanas seguidas en su apartamento de Greenwich Village, al que se hacía enviar la comida cuando la necesitaba. El apartamento rebosaba de libros, que estaban en estanterías que llegaban hasta el techo, colocadas en todas las paredes de la sala de estar, en su dormitorio e, incluso, en la cocina (sobre el frigorífico, sobre la cocina y en los estantes).

Por lo general, iniciaba la jornada a media tarde. Después de tomar varias tazas de café estaba listo para empezar a clasificar fichas o escribir notas para sí mismo. Trabajaba hasta las ocho o las nueve; entonces, se acostaba y dormía hasta medianoche, hora en que cenaba, en general, una hamburguesa, guisantes y café. Mientras disfrutaba de su segunda o tercera tazas de café telefoneaba a sus amigos íntimos, que eran pocos, lo que a menudo resultaba su único contacto con el mundo exterior. Luego, reemprendía el trabajo hasta las cinco, las seis o las siete de la mañana.

Descubrió que éstas eran las horas más tranquilas en el apartamento del Village en el que residió los últimos veinte años de su vida. Cuppy detestaba el ruido en todas sus formas y, durante esos veinte años, fue torturado a diario por los ruidos que procedían del patio de un colegio contiguo al edificio en el que vivía. Desde su pequeña terraza también se veía sometido a los lloros de numerosos niños de pecho que vivían en los edificios próximos. Sin embargo, no pensaba en mudarse. Su única medida enérgica contra estos jóvenes adversarios fue comprar un matasuegras, ese artefacto que se desenrosca bruscamente cuando soplas en él. Cuando no podía soportar más los llantos, sacaba su matasuegras y lo hacía sonar varias veces en dirección al niño que lloraba. Entonces se sentía mejor.

Cuando se irritaba con los adultos con los que tenía que tratar con motivo de sus escritos, redactaba cartas devastadoras a los ofensores, escribía la dirección en el sobre, pegaba los sellos y dejaba las cartas sobre la mesa que tenía cerca de la puerta para enviarlas por correo. Al día siguiente, las rompía.

Bajo una apariencia brusca que solía simular, Cuppy era un ser humano enormemente generoso y bondadoso. Fingía odiar a la gente y, en realidad, le inquietaba de verdad conocer a gente nueva; tenía miedo de no caerles bien o de que le ocuparan mucho tiempo. Sin embargo, sus amigos recibían constantemente regalitos divertidos, desde caleidoscopios hasta saleros de cristal en forma de gallina. Enviaba sus tarjetas navideñas hacia el 4 de julio; sus buenos deseos se referían a la Navidad anterior o a la siguiente, según decidieran considerarlo sus amigos.

Sus dos lugares favoritos sobre la tierra eran el zoo del Bronx, donde se sentía realmente relajado, y su cabaña, Chez Cuppy (o Tottering-on-the-Brink, «Tambaleándose en el borde»), en Jones’s Island, unos kilómetros al este de Jones Beach. Allí Cuppy volvía a sus días de ermitaño, a veces durante varias semanas seguidas. El viaje era demasiado complicado para un solo fin de semana, ya que Cuppy tenía que llevar, en grandes maletas, una cantidad considerable de latas de comida, libros y ficheros.

Cuppy tiene muchos devotos seguidores en todo el mundo, pero estaba convencido de que nadie había oído hablar nunca de él. Cualquier prueba que le indicara lo contrario le complacía mucho. En una ocasión señaló que el punto culminante de su vida había sido el momento en que iba paseando por Park Avenue con Gene Tunney, a la sazón campeón mundial de pesos pesados, y alguien que pasó junto a él dijo a su acompañante: «Mira, es Will Cuppy».

Pero Cuppy a menudo también era objeto de una falta de reconocimiento. Sé que le habría encantado el error que cometió el periódico en el que había trabajado durante veinte años en las primeras ediciones del día siguiente a su muerte. La fotografía con el pie «Will Cuppy» que acompañaba la esquela pertenecía a otra persona.

A la muerte de Cuppy, heredé la tarea de reunir su material para publicarlo. Salvo durante los años de la guerra, había estado en contacto con Cuppy casi a diario por teléfono desde que empezó la redacción de este libro en el verano de 1933. Estas conversaciones siempre se referían a lo que le ocupara entonces.

A veces, antes de terminar la llamada, hacíamos alguna breve referencia a algún suceso del día. Pero a Cuppy realmente no le interesaban las primeras páginas de los diarios. Cualquier cosa ocurrida después del siglo XVIII le dejaba indiferente. En realidad, cuanto más se remontaba en la historia, más crecía su entusiasmo.

Ojalá hubiera podido disponer de este libro en la clase de historia cuando, de niño, empecé a estudiar estos famosos personajes desde una perspectiva diferente y mucho menos esclarecedora. Los historiadores cuyas obras me vi obligado a leer parecían perder de vista el hecho de que sus lectores eran seres humanos. Cuppy jamás lo perdió de vista ni por un minuto.

Quisiera concluir expresando mi agradecimiento a mi esposa, Phyllis, que pasó muchas noches y fines de semana revisando docenas de ficheros de doscientas fichas de Cuppy y descifrando su escritura, y a Alan Rosenblum, abogado de Cuppy, cuya ayuda hizo posible que el material se publicara tan pronto.

F. F.

Nueva York, N. Y.

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