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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Orlando

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Novela difícilmente clasificable en la que —como escribió en su día Jorge Luis Borges, traductor de la obra— «colaboran la magia, la amargura y la felicidad», ORLANDO (1928) narra los avatares a lo largo de cerca de trescientos años del que empieza siendo un caballero de la corte isabelina inglesa. Producto en parte de la ambigua pasión de Virginia Woolf (1882-1941) por Vita Sackville-West y antecedente singular del realismo fantástico, la historia de su protagonista, ambientada siempre en sugerentes escenarios e impregnada por la particular obsesión de su autora por el transcurso del tiempo, se desliza como un deslumbrante cuento de hadas ante los fascinados ojos del lector.

Fragmento

Uno

Él —porque no cabía duda sobre su sexo, aunque la moda de la época contribuyera a disfrazarlo— estaba acometiendo la cabeza de un moro que pendía de las vigas. La cabeza era del color de una vieja pelota de football, y más o menos de la misma forma, salvo por las mejillas hundidas y una hebra o dos de pelo seco y ordinario, como el pelo de un coco. El padre de Orlando, o quizá su abuelo, la había cercenado de los hombros de un vasto infiel que de golpe surgió bajo la luna en los campos bárbaros de África; y ahora se hamacaba suave y perpetuamente en la brisa que soplaba incesante por las buhardillas de la gigantesca morada del caballero que la tronchó.

Los padres de Orlando habían cabalgado por campos de asfódelos, y campos de piedra, y campos regados por extraños ríos, y habían cercenado de muchos hombros, muchas cabezas de muchos colores, y las habían traído para colgarlas de las vigas.

Orlando haría lo mismo, se lo juraba. Pero como sólo tenía dieciséis años, y era demasiado joven para cabalgar por tierras de Francia o por tierras de África, solía escaparse de su madre y de los pavos reales en el jardín, y subir hasta su buhardilla para hender, y arremeter y cortar el aire con su acero.

A veces cortaba la cuerda y la cabeza rebotaba en el suelo y tenía que colgarla de nuevo, atándola con cierta hidalguía casi fuera de su alcance, de suerte que su enemigo le hacía muecas triunfales a través de labios contraídos, negros. La cabeza oscilaba de un lado a otro, porque la casa en cuya cumbre vivía era tan vasta que el viento mismo parecía atrapado ahí, soplando por acá, soplando por allá, invierno y verano. La verde tapicería de Arrás con sus cazadores se agitaba perpetuamente. Sus abuelos habían sido nobles desde que empezaron a ser. Habían salido de las nieblas boreales con coronas en las cabezas. Las barras de oscuridad en el cuarto y los charcos amarillos que ajedrezaban el piso, ¿no eran acaso obra del sol que atravesaba el vitral de un vasto escudo de armas en la ventana? Orlando estaba ahora en el centro del cuerpo amarillo de un leopardo heráldico. Al poner la mano en el antepecho de la ventana para abrirla, aquélla se volvió inmediatamente roja, azul y amarilla como un ala de mariposa. Así, los que gustan de los símbolos y tienen habilidad para descifrarlos, podrían observar que aunque las hermosas piernas, el gallardo cuerpo y los hombros bien hechos estaban decorados todos ellos con diversos tintes de luz heráldica, la cara de Orlando, al abrir la ventana, sólo estaba alumbrada por el sol.

Imposible encontrar cara más sombría y más cándida. ¡Dichosa la madre que pare, más dichoso aun el biógrafo que registra la vida de tal hombre! Ni ella tendrá que mortificarse, ni él que invocar el socorro de poetas o novelistas. Irá de gesta en gesta, de gloria en gloria, de cargo en cargo, siempre seguido de su escriba, hasta alcanzar aquel asiento que representa la cumbre de su deseo. Orlando, a primera vista, parecía predestinado a una carrera semejante. El rojo de sus mejillas era aterciopelado como un durazno; el vello sobre el labio era apenas un poco más tupido que el vello sobre las mejillas. Los labios eran cortos y ligeramente replegados sobre dientes de una exquisita blancura de almendra. Nada molestaba el vuelo breve y tenso de la sagitaria nariz; el cabello era oscuro, las orejas pequeñas y bien pegadas a la cabeza. Pero, ¡ay de mí!, estos catálogos de la hermosura juvenil no pueden acabar sin mencionar la frente y los ojos.

¡Ay de mí!, pocas personas nacen desprovistas de esos tres atributos, pues en cuanto miramos a Orlando parado en la ventana, debemos admitir que tenía ojos como violetas empapadas, tan grandes que el agua parecía haber desbordado de ellos ensanchándolos, y una frente como la curva de una cúpula de mármol apretada entre los dos medallones lisos que eran sus sienes. En cuanto echamos una ojeada a la frente y los ojos, nos extraviamos en metáforas. En cuanto echamos una ojeada a la frente y a los ojos, tenemos que admitir mil cosas desagradables de esas que procura eludir todo biógrafo competente. Lo inquietaban los espectáculos como el de su madre, una dama hermosísima de verde, que salía a dar de comer a los pavos reales con Twitchett, su doncella, a la zaga; lo exaltaban los espectáculos —los pájaros y los árboles; y lo hacían enamorarse de la muerte—, el cielo de la tarde, las cornejas que vuelven; y así subiendo la escalera espiral hasta su cerebro —que era espacioso— todos estos espectáculos y también los ruidos del jardín, el martillo que golpea, la madera hachada, empezó ese tumulto y confusión de las emociones y las pasiones que todo biógrafo competente aborrece. Pero prosigamos: Orlando lentamente encogió el cuello, se sentó a la mesa, y con el aire semiconsciente de quien está haciendo lo que hace todos los días de su vida a esa misma hora, sacó un cuaderno rotulado «Adalberto: una tragedia en cinco actos» y sumergió en la tinta una vieja y manchada pluma de ganso.

Pronto cubrió de versos diez y más páginas. Era sin duda un escritor copioso, pero era abstracto.

El Vicio, el Crimen, la Miseria eran los personajes de su drama; había Reyes y Reinas de territorios imposibles; horrendas conspiraciones los costernaban; sentimientos nobles los inundaban; no se decía una palabra como él mismo la hubiera dicho; pero todo estaba enunciado con una fluidez y una dulzura que, considerando su edad —estaba por cumplir los diecisiete— y el hecho de que el siglo dieciséis tenía aún muchos años que andar, era asaz notable. Sin embargo, al fin, hizo alto. Describía, como todos los poetas jóvenes siempre describen, la naturaleza, y para determinar un matiz preciso de verde, miró (y con eso mostró más audacia que muchos) la cosa misma, que era un arbusto de laurel bajo la ventana. Después, naturalmente, dejó de escribir. Una cosa es el verde en la naturaleza y otra en la literatura. La naturaleza y las letras parecen tenerse una natural antipatía; basta juntarlas para que se hagan pedazos. El matiz de verde que ahora veía Orlando estropeó su rima y rompió su metro. Además, la naturaleza tiene sus mañas. Basta mirar por la ventana abejas entre flores, un perro que bosteza, el sol que declina, basta pensar «cuántos soles veré declinar», etc., etc. (el pensamiento es harto conocido para que valga la pena escribirlo), y uno suelta la pluma, toma la capa, sale fuera de la pieza, y se agarra el pie en un arcón pintado. Porque Orlando era un poco torpe.

Cuidó de no encontrarse con alguien. Por el camino venía Tuff, el jardinero. Se escondió tras un árbol hasta que pasó. Se escurrió por una puertita del muro del jardín. Orilló los establos, las perreras, las destilerías, las carpinterías, los lavaderos, los lugares donde fabrican velas de sebo, matan bueyes, funden herraduras, cosen chaquetas —porque la casa era todo un pueblo resonante de hombres que trabajaban en sus varios oficios—, y tomó, sin ser visto, el sendero de helechos que sube por el parque. Tal vez haya una relación consanguínea entre las cualidades; una arrastra a la otra y es lícito que el biógrafo haga notar que esta torpeza corre pareja con el amor de la soledad. Habiendo tropezado con un arcón, Orlando amaba naturalmente los sitios solitarios, las vastas perspectivas, y el sentirse por siempre y por siempre solo.

Así, después de un largo silencio, acabó por murmurar: «Estoy solo», abriendo los labios por primera vez en este relato. Había caminado muy ligero, trepando entre helechos y matas espinosas, espantando ciervos y pájaros silvestres, hasta un lugar coronado por una sola encina.

Estaba muy alto; tan alto que desde ahí se divisaban diecinueve condados ingleses; y en los días claros, treinta o quizá cuarenta, si el aire estaba muy despejado. A veces era posible ver el Canal de la Mancha, cada ola repitiendo la anterior. Se veían ríos y barcos de recreo que los navegaban; y galeones saliendo al mar; y flotas con penachos de humo de las que venía el ruido sordo de cañonazos; y ciudadelas en la costa; y castillos entre los prados; y aquí una atalaya, y allí una fortaleza; y otra vez alguna vasta mansión como la del padre de Orlando, agrupada como un pueblo en el valle circundado de murallas. Al este estaban las agujas de Londres y el humo de la ciudad; y tal vez, justo en la línea del cielo, cuando el viento soplaba del buen lado, la rocosa cumbre y los mellados filos de la misma Snowdon se destacaban montañosos entre las nubes.

Por un instante, Orlando se quedó contando, mirando, reconociendo. Ésa era la casa de su padre, ésa la de su tío. Su tía era la dueña de esos tres grandes torreones entre los árboles. La maleza era de ellos y la selva; el faisán y el ciervo, el zorro, el hurón y la mariposa.

Suspiró profundamente, y se arrojó —había una pasión en sus movimientos que justifica la palabra— en la tierra, al pie de la encina. Le gustaba, bajo toda esta fugacidad del verano, sentir el espinazo de la tierra bajo su cuerpo; porque eso le parecía la dura raíz de la encina; o siguiendo el vaivén de las imágenes, era el lomo de un gran caballo que montaba; o la cubierta de un barco dando tumbos —era, de veras, cualquier cosa, con tal que fuera dura, porque él sentía la necesidad de algo a que amarrar su corazón que le tironeaba el costado; el corazón que parecía henchido de fragantes y amorosas tormentas, a esta hora, todas las tardes, cuando salía.

Lo sujetó a la encina y al descansar ahí, el tumulto a su alrededor se aquietó; las hojitas pendían, el ciervo se detuvo; las pálidas nubes de verano se demoraban; sus miembros pesaban en el suelo; y se quedó tan quieto que el ciervo se fue acercando y las cornejas giraron alrededor y las golondrinas bajaron en círculo y los alguaciles pasaron en un destello tornasolado, como si toda la fertilidad y amorosa actividad de una tarde de verano fuera una red tejida en torno de su cuerpo.

A la hora o algo así —el sol declinaba rápidamente, las nubes blancas fueron rojas, las colinas violeta, los bosques púrpura, los valles negros— resonó una trompeta. Orlando se puso de pie de un salto. El sonido agudo venía del valle. Venía de un lugar oscuro allá abajo; un lugar compacto y dibujado; un laberinto; un pueblo, pero ceñido de muros; venía del corazón de su propia casa grande en el valle, que, antes oscura, perdía su tiniebla y se acribillaba de luces, en el mismo momento que él miraba y que la trompeta se duplicaba y reduplicaba con otros sones estridentes.

Algunas eran lucecitas apresuradas, como llevadas por sirvientes apresurados, que atravesaban los corredores contestando órdenes; otras eran luces altas y brillantes como si ardieran en salones vacíos, listos para recibir invitados que aún no llegaban; y otras bajaban y oscilaban, subiendo y descendiendo como sostenidas por las manos de legiones de servidores, saludando, arrodillándose, levantándose, recibiendo, guardando, y escoltando con toda dignidad una gran princesa al descender de la carroza. En el patio, rodaban y circulaban coches, los caballos sacudían sus penachos. La Reina había llegado.

Orlando no miró más. Se precipitó cuesta abajo. Entró por un portillo. Trepó la escalera de caracol. Llegó a su cuarto. Tiró las medias por un lado, el justillo por otro. Se empapó la cabeza.

Se lavó las manos. Pulió sus uñas. Sin más ayuda que seis pulgadas de espejo y un par de viejas bujías, se metió en bombachas coloradas, cuello de encaje, chaleco de Pekín, y zapatos con escarapelas tan grandes como dalias dobles, en menos de diez minutos por el reloj del establo.

Estaba pronto. Estaba sonrojado. Estaba agitado. Pero estaba en terrible retardo.

Por atajos que conocía, se abrió camino a través del vasto sistema de cuartos y de escaleras al salón del banquete, distante cinco acres del otro lado de la casa. Pero a medio camino, en los departamentos del fondo, habitados por la servidumbre, se detuvo. La puerta del saloncito de Mrs. Stewkley estaba abierta —se había ido, sin duda, con todas sus llaves a atender a su señora.

Pero ahí estaba sentado a la mesa de los sirvientes, con un cangilón a su lado y papel delante, un hombre algo grueso, algo raído, cuya gorguera estaba algo sucia, y cuyo traje era de lana parda.

Tenía una pluma en la mano, pero no estaba escribiendo. Parecía revolver y hacer rodar algún pensamiento para darle ímpetu y forma. Sus ojos, redondos y empañados como una piedra verde de extraña configuración, estaban inmóviles. No vio a Orlando. Con toda su prisa, Orlando se paró. ¿Sería un poeta? ¿Estaría escribiendo versos? «Dígame —hubiera querido decir—, todas las cosas del mundo» —porque tenía las ideas más extravagantes, más locas, más absurdas sobre los poetas y la poesía— pero, ¿cómo hablar a un hombre que no le ve a uno, que está viendo sátiros y ogros, que está viendo tal vez el fondo del mar? Así Orlando se quedó mirando mientras el hombre daba vuelta la pluma en sus dedos, de un lado a otro, y miraba y pensaba; y luego, muy ligero, escribió sus líneas y miró para arriba. Con esto Orlando, lleno de timidez, se fue y llegó a la sala del banquete con el tiempo contado para caer de rodillas, inclinar confundido su cabeza, y ofrecer un aguamanil con agua de rosas a la gran Reina.

Era tan tímido que no vio de ella sino la anillada mano en el agua, pero bastaba. Era una mano memorable; una mano delgada con largos dedos siempre arqueados como alrededor del orbe o del cetro; una mano nerviosa, perversa, enfermiza; una mano autoritaria también; una mano que no tenía más que elevarse para que una cabeza cayera; una mano, adivinó, articulada a un cuerpo viejo que olía como un armario donde se guardan pieles en alcanfor: cuerpo aun recamado de joyas y brocados, y que se mantenía bien erguido aunque con dolores de ciática; y que no flaqueaba aunque lo ceñían mil temores; y los ojos de la Reina eran de un amarillo pálido. Todo esto sintió mientras los grandes anillos centelleaban en el agua y algo le oprimió el pelo —lo que, quizá, fue motivo de que no viera nada más que pudiera interesar a un historiador. Y en realidad, su mente era un cúmulo tal de antagonismos —de la noche y las encendidas velas, del poeta raído y la gran Reina, de los campos silenciosos y el rumor de los servidores— que no pudo ver nada; o sólo una mano.

Del mismo modo, la Reina pudo ver sólo una cabeza. Pero si de una mano se puede derivar todo un cuerpo, con todos los atributos de una gran Reina, su perversidad, su coraje, su fragilidad y su terror, una cabeza puede ser igualmente fértil, mirada de lo alto de un sillón de estado por una dama cuyos ojos estaban siempre, si podemos dar crédito a la figura de cera de la Abadía, bien abiertos. El largo cabello rizado, la oscura cabeza inclinada con tanta sumisión, con tanta inocencia, prometían un par de las más hermosas piernas que jamás sostuvieran a un joven noble; y ojos violetas; y un corazón de oro; y lealtad y viril encanto —todas las cualidades que la vieja adoraba más y más a medida que le fallaban. Porque iba envejeciendo, cansada y encorvada a destiempo. El estampido del cañón estaba siempre en sus oídos. Siempre veía la brillante gota de veneno y el largo estilete. Al sentarse a la mesa estaba escuchando; oía los cañones en el Canal; recelaba, ¿sería un rumor, una maldición, sería un santo y seña? La inocencia, la sencillez, le eran más queridas por ese fondo oscuro que las destacaba. Y, esa misma noche (según lo quiere la tradición), mientras Orlando dormía profundamente, ella hizo entrega formal, poniendo su firma y su sello en el pergamino, de la gran casa monástica que había sido del Arzobispo y luego del Rey, al padre de Orlando.

Orlando durmió toda la noche sin saber nada. Sin saberlo, había sido besado por una reina. Y

quizá, porque los corazones de las mujeres son intrincados, fueron su ignorancia y su sobresalto cuando lo tocaron sus labios, lo que mantuvo la memoria de su joven primo (porque eran de la misma sangre) fresca en su mente. Sea lo que fuere, no habían transcurrido dos años de esa quieta vida de campo, y Orlando no había escrito arriba de veinte tragedias y una decena de historias y una veintena de sonetos cuando llegó la orden de que compareciera ante la Reina en Whitehall.

—Aquí —dijo ella, mirándolo avanzar por el largo corredor—, viene mi inocente. (Había en él una serenidad que se parecía a la inocencia, aunque, técnicamente, la palabra ya no fuera adecuada.)

—Ven —le dijo—. Estaba sentada muy tiesa, junto al fuego. Y lo tuvo a un pie de distancia mirándolo de arriba abajo, ¿Estaba comparando sus especulaciones de la otra noche con la ahora visible realidad? ¿Encontraba justificadas sus conjeturas? Ojos, boca, nariz, pecho, caderas, manos —todo lo recorrió; sus labios se contrajeron visiblemente al mirarlo; pero cuando vio las piernas se rió abiertamente. Era la viva imagen de un caballero. ¿Y por dentro? Le clavó los amarillos ojos de halcón como para atravesarle el alma. El joven sostuvo esa mirada sonrojándose como correspondía.

Fuerza, gracia, arrebato, locura, poesía, juventud —lo leyó como una página. En el acto se arrancó un anillo del dedo (la coyuntura estaba un poco hinchada) y, al ajustárselo, lo nombró su Tesorero y Mayordomo; después le colgó las cadenas de su cargo, y haciéndole doblar la rodilla, le ató en la parte más fina la enjoyada orden de la Jarretera. Después de eso nada le fue negado.

Cuando ella salía en coche, él cabalgaba junto a la portezuela. Lo mandó a Escocia con una triste embajada a la desdichada Reina. Ya estaba por embarcarse a las guerras polacas cuando lo hizo llamar. ¿Cómo aguantar la idea de esa tierna carne desgarrada y de esa crespa cabeza en el polvo? Lo guardó con ella. En la eminencia de su triunfo, cuando los cañones tronaban en la Torre y el aire estaba tan espeso de pólvora que hacía estornudar y los hurras del pueblo retumbaban al pie de las ventanas, lo tumbó entre los almohadones en que sus damas la habían acomodado (estaba tan gastada y tan vieja) y le hizo hundir el rostro en ese sorprendente armazón —hacía un mes que no se había mudado el vestido— que olía exactamente, pensó él, invocando antiguos recuerdos, como uno de los viejos armarios de casa donde las pieles de su madre estaban guardadas. Se levantó medio sofocado con el abrazo.

—Ésta —ella susurró— es mi victoria —mientras un cohete estallaba, tiñendo de escarlata sus mejillas.

Porque la vieja estaba enamorada. Y la Reina, que sabía muy bien lo que era un hombre, aunque dicen que no del modo usual, ideó para él una espléndida y ambiciosa carrera. Le dieron tierras, le asignaron casas. Sería el hijo de su vejez, el sostén de su debilidad; el roble en que apoyaría su degradación. Graznó estas esperanzas y esas curiosas ternuras autoritarias (ahora estaban en Richmond) sentada tiesa en sus duros brocados junto al fuego, que por más alto y cargado que estuviera nunca la podía calentar.

Mientras tanto, los largos meses de invierno se arrastraban. Cada árbol del Parque estaba revestido de escarcha. El río fluía soñoliento. Un día en que la nieve cubría el suelo y los artesonados cuartos oscuros estaban llenos de sombras y los ciervos bramaban en el Parque, ella vio en el espejo, que siempre tenía a su lado por temor a los espías, por la puerta, que siempre estaba abierta por temor a los asesinos, un muchacho —¿sería Orlando?— besando a una muchacha —¿quién demonio sería la desorejada? Agarró la espada de empuñadura de oro y golpeó con fuerza el espejo. El cristal se rompió; acudieron corriendo; la levantaron y la repusieron en el sillón; pero después se quedó resentida y se quejaba mucho, mientras sus días se acercaban al fin, de la falsedad de los hombres.

Era tal vez culpa de Orlando; pero, con todo, ¿culparemos a Orlando? La época era la Época Isabelina, su moralidad no era la nuestra, ni sus poetas, ni su clima, ni siquiera sus legumbres.

Todo era diferente. Hasta el tiempo, el calor y el frío del verano y del invierno, era, bien lo podemos creer, de otro temple. El amoroso día brillante estaba dividido de la noche tan absolutamente como la tierra del agua. Los ocasos eran más rojos y más intensos: el alba era más blanca y más auroral. De nuestras medias luces crepusculares y penumbras morosas nada sabían.

La lluvia caía con vehemencia, o no llovía. Deslumbraba el sol o había oscuridad. Traduciendo esto a regiones espirituales como es su costumbre, los poetas cantaban bellamente la vejez de las rosas y la caída de los pétalos. El momento es breve, cantaban; el momento pasó; hay una larga noche única para que duerman todos. No era de ellos recurrir a los artificios del invernáculo para prolongar o preservar esas frescas rosas y claveles.

Las marchitas complejidades y ambigüedades de nuestro tiempo más dudoso y gradual, les eran desconocidas. La violencia era todo. Se abría la flor y se marchitaba. Se levantaba el sol y se hundía. El enamorado amaba y se iba; los jóvenes traducían en la práctica las rimas de los poetas. Las muchachas eran rosas, y sus estaciones eran breves como las de las flores. Antes de la caída de la noche había que cortarlas; pues el día era breve y el día era todo. Si Orlando oyó las indicaciones del clima, de los poetas, del tiempo mismo, y cortó su flor en el antepecho de la ventana con el suelo nevado y la Reina vigilante en el corredor, no podemos culparlo. Era joven, era aniñado, hizo lo que la naturaleza le mandó hacer. En cuanto a la muchacha, ignoramos su nombre como lo ignoró la Reina Isabel. Pudo haber sido Doris, Cloris, Delia o Diana, porque él dedicaba versos a todas ellas; lo mismo pudo ser una azafata que una dama de la corte. Pues la afición de Orlando era amplia: no sólo le gustaban las flores de jardín: lo silvestre y las hierbas ejercían también su fascinación.

Aquí, en verdad, revelamos rudamente, como lo puede un biógrafo, una curiosa característica suya, explicable tal vez por el hecho de que una de sus abuelas usaba delantal y acarreaba baldes de leche. En su delgada y fina sangre normanda había entremezcladas unas partículas de la tierra de Sussex o de Kent. Sostenía que la mezcla de tierra parda y de sangre azul era buena. Lo cierto es que siempre le agradó la compañía de gente baja, en particular la de hombres de letras cuyo ingenio tan a menudo les impide ascender, como si tuviera con ellos una simpatía de sangre. En esta época de su vida, en que su cabeza desbordaba de rimas y nunca se acostaba sin haber improvisado algún epigrama, la mejilla de la hija de un posadero le parecía más fresca, y el ingenio de la sobrina de un guardabosque más vivo que los de las damas de la Corte. De ahí que empezara de noche a frecuentar Wapping Old Stairs y las cervecerías, embozado en una capa gris para ocultar la estrella en el pecho y la jarretera en la rodilla. Ahí, con un jarro delante, entre los caminos enarenados y las canchas de bochas y toda la sencilla arquitectura de semejantes lugares, escuchaba cuentos de marineros sobre el rigor y los horrores y la crueldad en el Mar Caribe; cómo algunos habían perdido el dedo del pie, otro la nariz —pues el relato oral no era nunca tan redondeado o de color tan primoroso como el escrito. Particularmente le gustaba oírlos vociferar sus canciones de las Azores, mientras los papagayos que habían traído de esas regiones picoteaban los aros de las orejas, golpeaban con duros picos adquisitivos los rubíes de los dedos y juraban tan vilmente como sus dueños. Las mujeres eran apenas menos atrevidas en su discurso y menos libres en sus maneras que los pájaros. Se le sentaban en las rodillas, le echaban los brazos al cuello, y adivinando que algo fuera de lo común se escondía bajo su gruesa capa, estaban no menos ávidas que Orlando de apurar la aventura.

No faltaban oportunidades. El río madrugaba y trasnochaba con barcazas, chalanas y embarcaciones de toda clase. Cada día zarpaba un hermoso barco rumbo a las Indias; de vez en cuando, venía dolorosamente a anclar uno negro y deshecho con hombres peludos y desconocidos a bordo. Nadie echaba de menos a un muchacho o una muchacha si se demoraban un poco a bordo después de la puesta del sol ni se azoraba si las habladurías referían que los habían visto dormir profundamente entre los fardos de oro en brazos uno de otro. Tal, en verdad, fue la aventura de Orlando, Sukey y el Conde de Cumberland. El día era caliente, sus amores habían sido activos; se quedaron dormidos entre los rubíes. En la alta noche el Conde, cuya fortuna estaba comprometida en las impresas españolas, vino solo a verificar el botín con una linterna. Proyectó la luz sobre un barril. Retrocedió con una maldición. Anudados encima del barril dormían dos espíritus. Supersticioso por naturaleza, cargada su conciencia de muchos crímenes, el Conde creyó que la pareja —estaban envueltos en un manto colorado y el pecho de Sukey era casi tan Illanco como las nieves eternas de los versos de Orlando— era una aparición amonestadora surgida de las tumbas de marineros ahogados. Se santiguó. Hizo un voto de arrepentimiento. La hilera de asilos que todavía se pueden ver en el Sheen Road es el fruto perdurable de aquel pánico. Doce viejas menesterosas de la parroquia toman té y agradecen esta noche a su Señoría el techo que las cubre; de modo que un amor clandestino en un barco cargado de tesoro… pero suprimiremos la moral.

Sin embargo, Orlando se cansó pronto, no sólo de la incomodidad de esta vida, y de las escabrosas calles de la vecindad, sino también de las costumbres bárbaras de la gente. Pues cabe recordar que la pobreza y el delito carecían para los isabelinos de la atracción que tienen para nosotros. Los hombres de aquel tiempo nada sabían de nuestra actual vergüenza de haber aprendido algo en un libro: nada de nuestra creencia de que es una bendición ser hijo de un carnicero y una virtud no saber leer; ningún prejuicio de que la «vida» y la «realidad» están ligadas de algún modo a la brutalidad y a la ignorancia; ni siquiera, un sinónimo de esas dos palabras.

Orlando no los frecuentó en busca de «vida» ni los abandonó en pos de la «realidad». Pero al cabo de escuchar muchas veces de qué manera Jakes perdió su nariz y Sukey su honor —y referían las historias admirablemente, debe admitirse— la repetición empezó a fatigarlo ligeramente, pues una nariz sólo puede cortarse de un modo y una virginidad perderse de otro —o así le pareció—, en tanto que las ciencias y las artes poseían una diversidad que le interesaba profundamente. Así, aunque conservándoles feliz recuerdo, dejó de frecuentar las cervecerías y las canchas de bochas, colgó la capa gris en el armario, dejó brillar la estrella en el pecho y la jarretera en la rodilla, y regresó a la Corte del Rey Jaime.

Era joven, era rico, era hermoso. Nadie fue recibido con más aplauso.

Es indudable que muchas damas estaban listas a concederle su favor. A lo menos tres nombres fueron apareados al suyo —Clorinda, Favila, Euphrosyna: así las llamó en sus sonetos.

Procediendo con orden: Clorinda era una dama de suave modo; Orlando estuvo muy entusiasmado con ella durante seis meses y medio, pero tenía pestañas blancas y no podía soportar la vista de la sangre. Una liebre asada que sirvieron en la mesa de su padre la hizo desvanecer. Los curas la gobernaban y economizaban su ropa interior para socorrer a los pobres.

Quiso alejar a Orlando de sus pecados, lo que lo disgustó de tal modo que éste retrocedió ante el casamiento, y no se lamentó demasiado cuando ella murió de viruela poco después.

Favila, la siguiente, era muy distinta. Era hija de un hidalgo pobre de Somersetshire; y a pura insistencia y juego de ojos, había penetrado en la Corte, donde su buena equitación, sus finos tobillos y su gracia en el baile eran la admiración general. Una vez, sin embargo, tuvo la mala idea de azotar un perro faldero que había desgarrado una de sus medias de seda (y en justicia debemos declarar que Favila tenía muy pocas medias y ésas, en su mayoría, de lana) y de dejarlo medio muerto bajo la ventana de Orlando. Orlando, que tenía pasión por los animales, advirtió entonces que Favila tenía los dientes torcidos, y los dos delanteros hacia atrás; indicio inequívoco, según él, de un carácter cruel y perverso. Esa misma noche rompió para siempre el compromiso.

La tercera, Euphrosyna, fue la más seria de sus pasiones. Era de los Desmond de Irlanda y por consiguiente su árbol genealógico era tan antiguo y tan arraigado como el del misino Orlando.

Era rubia, fresca y algo flemática. Hablaba bien el italiano, y tenía dientes perfectos en el maxilar superior, aunque los inferiores eran algo descoloridos. No estaba nunca sin un perro en las faldas; le daba de comer pan blanco en su propio plato; cantaba con dulzura al clavicordio; y nunca estaba vestida antes del mediodía, por el gran cuidado que tomaba de su persona. En una palabra, hubiera sido la esposa perfecta para un noble como Orlando, y las cosas estaban tan adelantadas que los abogados de las dos partes ya habían redactado los contratos, las escrituras, las donaciones, los convenios, los traspasos de bienes y todo lo necesario para que una gran fortuna contrajera enlace con otra, cuando con la severidad y brusquedad que eran entonces propias del clima inglés, vino la Gran Helada.

La Gran Helada fue, los historiadores lo dicen, la más severa que ha afligido estas islas. Los pájaros se helaban en el aire y se venían al suelo como una piedra. En Norwich una aldeana rozagante quiso cruzar la calle y, al azotarla el viento helado en la esquina, varios testigos presenciales vieron que se hizo polvo y fue aventada sobre los techos. La mortandad de rebaños y de ganados fue enorme. Se congelaban los cadáveres y no los podían arrancar de las sábanas.

No era raro encontrar una piara entera de cerdos, helada en el camino. Los campos estaban llenos de pastores, labradores, yuntas de caballos y muchachos reducidos a espantapájaros paralizados en un acto preciso, uno con los dedos en la nariz, otro con la botella en los labios, un tercero con una piedra levantada para arrojarla a un cuervo que estaba como disecado en un cerco. Era tan extraordinario el rigor de la helada que a veces ocurría una especie de petrificación; y era general suponer que el notable aumento de rocas en determinados puntos de Derbyshire se debía, no a una erupción (porque no la hubo), sino a la solidificación de viandantes infortunados que habían sido convertidos literalmente en piedra. La Iglesia pudo prestar poca ayuda, y aunque algunos propietarios hicieron bendecir esas reliquias, la mayoría las habilitó para mojones, postes para rascarse las ovejas, o, cuando la forma de la piedra lo permitía, bebederos para las vacas, empleo que desempeñan, en general admirablemente, hasta el día de hoy.

Pero mientras el campo sufría una extrema indigencia, y el comercio del país estaba paralizado, Londres gozó de un Carnaval por demás brillante. La Corte estaba en Greenwich; y el nuevo rey aprovechó la oportunidad que su coronación le daba para congraciarse con los ciudadanos. A su costo, hizo barrer y decorar el río (que estaba helado hasta unos veinte pies de profundidad y una anchura de seis o de siete millas), y lo cambió en un parque de diversiones, con glorietas, laberintos, alamedas y barracones de feria. Reservó para él y sus cortesanos un recinto frente a las puertas de Palacio; que, vedado al público por un cordón de seda, fue inmediatamente el centro de la más brillante sociedad de Inglaterra. Grandes hombres de Estado, con sus barbas y sus gorgueras, despachaban asuntos oficiales bajo el toldo carmesí de la Pagoda Real. En glorietas rayadas coronadas de plumas de avestruz, los militares concertaban la conquista del moro y la caída del turco. Los almirantes recorrían de arriba abajo los angostos senderos, telescopio en mano, barriendo el horizonte y refiriendo historias de los hielos boreales de América y de la Gran Armada. Los amantes se demoraban en los divanes tendidos de pieles de marta. Cataratas de rosas escarchadas se desprendían cuando paseaba la Reina con sus damas. En el aire se cernían, inmóviles, globos de colores. Aquí y allá ardían vastas fogatas de madera de cedro y de roble, profusamente salada, para que las llamas fueran de fuego verde, anaranjado, y purpúreo. Ardían ferozmente pero su calor no bastaba a derretir el hielo que, aunque de transparencia singular, tenía la dureza del acero. Era tan límpido que se veían, congelados a una profundidad de varios pies, aquí un puerco marino, allá un lenguado. Cardúmenes de anguilas yacían sin movimiento, y los filósofos perplejos se preguntaban si estaban muertas o si era una simple suspensión de vida que reanimaría el calor.

Cerca del Puente de Londres, donde el río estaba helado hasta unas veinte brazas de profundidad, se veía claramente un bote en el fondo, donde había naufragado el último otoño, cargado de manzanas. La vieja del bote, que traía su fruta al mercado de la ribera de Surrey, estaba sentada entre su guardainfante y sus chales con la falda llena de manzanas, como si fuera a atender a un cliente, aunque cierto tinte azulado de los labios insinuaba la verdad. Era un espectáculo que le agradaba particularmente al Rey Jaime y solía traer a sus cortesanos a que lo contemplaran con él. En una palabra, nada podía superar el brillo y la alegría de la escena durante el día. Pero era por la noche cuando el Carnaval alcanzaba su apogeo. Porque la escarcha seguía intacta; las noches eran de perfecta quietud, la luna y las estrellas ardían con la dura fijeza de los diamantes, y al fino compás de la flauta y de la trompeta bailaban los cortesanos.

Orlando, ciertamente, no era de los que se deslizaban ágiles en el coranto y en la volta; era torpe y un poco distraído. A esos fantásticos compases forasteros prefería los simples bailes de su tierra que había danzado cuando niño. Había concluido, justamente, una cuadrilla o un minuet, a eso de las seis de la tarde del día siete de enero, cuando vio salir del pabellón de la Embajada Moscovita una figura —mujer o mancebo, porque la túnica suelta y las bombachas al modo ruso, equivocaban el sexo— que lo llenó de curiosidad. La persona, cualesquiera que fueran su nombre y su sexo, era de mediana estatura, de forma esbelta, y vestía enteramente de terciopelo color ostra, con bandas de alguna piel verdosa desconocida. Pero esos pormenores estaban oscurecidos por la atracción insólita que la persona entera efundía. Imágenes, metáforas extremas y extravagantes se entrelazaban en su mente. En el espacio de tres segundos la llamó un ananá, un melón, un olivo, una esmeralda, un zorro en la nieve; ignoraba si la había escuchado, si la había gustado, si la había visto, o las tres cosas a la vez. (Pues aunque no debemos interrumpir ni por un momento el relato, hay que apuntar aquí que todas sus imágenes de aquel tiempo querían adecuarse a sus sentidos y estaban derivadas de cosas que le habían gustado cuando era chico. Pero si sus sentidos eran simples, eran también muy fuertes. Inútil detenerse, por consiguiente, y extraer las razones de las cosas…) Una esmeralda, un melón, un zorro en la nieve —así deliraba, así la miraba. Cuando el muchacho —porque, ¡ay de mí!, un muchacho tenía que ser, no había mujer capaz de patinar con esa rapidez y esa fuerza— pasó en un vuelo junto a él, casi en puntas de pie, Orlando estuvo por arrancarse los pelos, al ver que la persona era de su mismo sexo, y que no había posibilidad de un abrazo. Pero el patinador se acercó. Las piernas, las manos, el porte eran los de un muchacho, pero ningún muchacho tuvo jamás esa boca, esos pechos, esos ojos que parecían recién pescados en el fondo del mar. Finalmente se detuvo. Haciendo con suprema gracia una amplia reverencia al Rey, que iba y venía del brazo de algún gentilhombre de cámara, el patinador quedó inmóvil. Estaba al alcance de la mano. Era una mujer. Orlando la miró azorado, tembló; sintió calor, sintió frío; quiso arrojarse al aire del verano; aplastar bellotas bajo los pies; estirar los brazos como las hayas y los robles. De hecho, replegó los labios sobre los dientes blancos, los entreabrió una media pulgada como si fuera a morder; los cerró como si hubiera mordido. Lady Euphrosyna pendía de su brazo.

La forastera, averiguó, era la Princesa Marusha Stanilovska Dagmar Natasha Iliana Romanovich, y había venido en el séquito del Embajador Moscovita, que era su tío, tal vez, o tal vez su padre, para asistir a la coronación. Muy poco se sabía de los moscovitas. Se los veía sentados casi en silencio con sus grandes barbas y sus sombreros de piel; bebiendo algún líquido negro que escupían de vez en cuando en el hielo. Ninguno hablaba inglés, y el francés, que era familiar a algunos de ellos, se hablaba entonces apenas en la corte inglesa.

Ése fue el motivo de la relación entre Orlando y la Princesa. Estaban enfrente uno de otro en la gran mesa tendida bajo un enorme toldo para el agasajo de los notables. La Princesa estaba entre dos jóvenes señores, uno, Lord Francis Vere, el otro, el joven Conde de Moray. Era cómico el disparadero en que los puso, pues aunque los dos eran a su modo lindos muchachos, sabían tanto francés como un recién nacido. Cuando al principio de la cena la Princesa se volvió al conde y le dijo, con una gracia que le arrebató el corazón:

«Je crois avoir fait la connaissance d’un gentilhomme qui vous était apparenté en Pologne l’été dernier», o «La beauté des dames de la cour d’Angleterre me met dans le ravissement. On ne peut voir une dame plus gracieuse que votre reine, ni une coiffure plus belle que la sienne», Lord Francis y el Conde mostraron la mayor turbación. Uno le sirvió copiosamente salsa de rábano, otro silbó a su perro y le hizo pedir caracú. La Princesa ya no pudo contener la risa, y Orlando, encontrándose con sus ojos por encima de las cabezas de jabalí y de los pavos reales rellenos, se rió también. Se rió, pero la risa se le heló en maravilla. ¿A quién había querido, qué había querido hasta entonces?, se preguntó en un cúmulo de emoción. Una vieja, se contestó, puro hueso y pellejo. Innumerables rameras de vestido colorado. Una monja majadera. Una gastada aventurera de boca cruel. Una masa dormilona de encaje y etiqueta. El amor había sido para él un poco de aserrín y cenizas. Los goces que le había dado parecían infinitamente insípidos. Se asombraba de haberlos soportado sin bostezar. Mirándola se derretía el espesor de su sangre; el hielo se volvía vino en sus venas; oía correr las aguas y cantar los pájaros; brotaba la primavera sobre el duro paisaje invernal; su hombría se despertaba; empuñaba una espada en la mano, cargaba contra un enemigo más audaz que el polaco o el moro; se sumergía en aguas profundas; veía crecer en una grieta la flor del peligro; tendía la mano —en fin, estaba improvisando uno de sus más apasionados sonetos cuando la Princesa le dijo:

—¿Tendría la bondad de pasarme la sal?

Se sonrojó violentamente.

—Con el mayor placer, Madame —contestó, hablando francés con un acento perfecto. Porque, el Cielo sea loado, lo hablaba como su propia lengua; la doncella de su madre se lo había enseñado.

Pero quizá más le habría valido no haber aprendido nunca esa lengua; nunca haber contestado esa voz, nunca haber seguido la luz de esos ojos.

La Princesa prosiguió. ¿Quiénes eran esos palurdos —le preguntó— con los modales de un mozo de cuadra? ¿Qué era esa mezcla nauseabunda que le habían volcado en el plato? ¿Comían los perros en Inglaterra en la misma mesa que los hombres? ¿Era ese figurón en la cabecera de la mesa con el pelo alborotado como una cucaña (comme une grande perche mal fagotée) de veras la Reina? ¿El Rey siempre babeaba así? ¿Y cuál de esos pisaverdes era George Villiers? Aunque esas preguntas desconcertaron al principio a Orlando, estaban hechas con tanta gracia y tal picardía que no pudo menos que reírse; y como las caras inexpresivas de los comensales le indicaban que nadie comprendía una palabra, le respondió con igual libertad, hablando, como ella, en perfecto francés.

Así nació una intimidad que pronto fue el escándalo de la Corte.

Pronto se observó que Orlando rendía a la moscovita mayores atenciones que las exigidas por la mera cortesía. No se alejaba de ella, y su conversación, aunque ininteligible a los otros, era llevada con tal animación, provocaba tales risas y sonrojos que los más tontos podían adivinar el tema. Además el cambio en Orlando era extraordinario. Nadie lo había visto tan animado. De la noche a la mañana se había despojado de su torpeza pueril; de un mocetón huraño, que no podía pisar un estrado sin voltear la mitad de los adornos que había en la mesa, se había convertido en un caballero, lleno de gracia y de varonil cortesía. Verlo poner a la moscovita (como le decían) en su trineo, o extenderle la mano para la danza, o recoger el pañuelo moteado que ella había dejado caer, o desempeñar cualquier otro de esos deberes múltiples que exige la suprema dama y se apresura a anticipar el amante, era un espectáculo capaz de enardecer los apagados ojos de la vejez y de acelerar el vivo pulso de los jóvenes. Pero una nube se cernía sobre todo eso. Los viejos se encogían de hombros. Los jóvenes se sonreían. Todos sabían que Orlando estaba comprometido con otra. Lady Margaret O’Brien O’Dare O’Reilly Tyrconnel (pues tal era el nombre habitual de la Euphrosyna de los sonetos) lucía en el segundo dedo de la mano izquierda el espléndido zafiro de Orlando. Ella tenía el derecho supremo a sus atenciones. Sin embargo podía dejar caer en el hielo todos los pañuelos de su guardarropa (de los que tenía centenares) sin que Orlando se agachara a recogerlos. Podía esperar veinte minutos para que él la condujera al trineo, y al cabo se tenía que conformar con los servicios de un lacayo negro. Cuando patinaba, cosa que hacía con alguna torpeza, nadie estaba a su lado para animarla, y cuando se caía, cosa que hacía con alguna pesadez, nadie la levantaba ni sacudía la nieve de sus faldas. Aunque era de naturaleza flemática, lenta para darse por aludida y poco dispuesta a pensar que una simple extranjera podía suplantarla en el afecto de Orlando, la misma Lady Margaret acabó por sospechar que algo se estaba maquinando contra su paz de espíritu.

Con el andar del tiempo, Orlando se cuidaba menos y menos de ocultar sus sentimientos. Con una u otra excusa dejaba la reunión apenas terminada la cena, o se alejaba de los patinadores, mientras se organizaba una cuadrilla. Acto continuo se advertía que también faltaba la moscovita. Pero lo que indignaba más a la Corte, hiriéndola en su punto más débil, que era su vanidad, era que la pareja se escurría bajo el cordón de seda, que separaba el recinto real de la parte pública del río, y desaparecía entre la multitud de la gente. Porque la Princesa bruscamente golpeaba con el pie y gritaba: «Sácame de aquí. Aborrezco tu chusma inglesa», palabras que en sus labios querían decir la Corte de Inglaterra. Ya no la podía aguantar. Estaba llena de viejas entrometidas (afirmaba ella) que se encaraban con una, y de muchachos presumidos que la pisaban. Olían mal. Los perros correteaban entre sus piernas. Era como estar en una jaula. En Rusia tenían ríos de cuatro leguas de ancho en los que podían galopar todo el día seis caballos de frente sin encontrar un alma.

Además quería ver la Torre, los alabarderos, las cabezas decapitadas en Temple Bar y las joyerías de la ciudad. Y así fue como Orlando la llevó al centro, le mostró los alabarderos y las cabezas de los rebeldes, y le compró todo lo que se le ocurría en la Bolsa Real. Pero no bastaba con eso. Cada uno deseaba con vehemencia la compañía del otro donde nadie los espiara o los molestara. En vez de dirigirse a Londres, tomaban el camino contrario y erraban más allá del gentío por las heladas extensiones del Támesis, donde no daban con un alma viviente, salvo unos pájaros marinos o alguna vieja aldeana hachando el hielo con el vano propósito de sacar una baldada de agua o juntando ramitas y hojas muertas para quemar. Los pobres no salían de sus chozas y los que tenían medios acudían a la ciudad en busca de calor y alboroto.

De ahí que Orlando y Sasha, como él le decía para mayor brevedad y porque era el nombre de un zorro blanco ruso que él había tenido cuando niño —una bestia blanda como la nieve, pero con clientes de acero, que lo mordió con tal ferocidad que su padre lo hizo matar—, de ahí, decimos, que tuvieran el río para ellos solos. Acalorados de patinar y de amor se tiraban en alguna playa solitaria, donde los amarillos mimbrales bordeaban la ribera, y, envuelto en un gran manto de pieles, Orlando la tomaba en sus brazos y conocía por primera vez, murmuraba, los goces del amor. Luego, cumplido el éxtasis y aquietados los dos sobre la nieve, él le contaba de sus otros amores, y cómo, comparados con el de ella, habían sido de madera, de lona y de cenizas. Riendo de su vehemencia, ella volvía de nuevo a sus brazos, y le daba en prueba de amor un abrazo más.

Y se maravillaban de que el hielo no se derritiera i on su calor, y se dolían de la pobre vieja que carecía de esos medios naturales para derretirlo y que tenía que hacharla con tina cuchilla de hierro frío. Y después, embozados en sus martas, hablaban de cuanto hay bajo el sol: de vistas y viajes; «le moros y paganos; de la barba de ese hombre y del cutis de esa mujer; de una rata que comía de su mano en la mesa; de las tapicerías de Arrás que se agitaban siempre en la cámara de su casa; de una cara, de una pluma. Nada era demasiado pequeño para ese diálogo, nada demasiado grande.

Y entonces, bruscamente, Orlando caía en una de sus melancolías; la visión de la vieja arrastrándose por el hielo era tal vez la causa, o tal vez ninguna; y se tiraba de bruces en el hielo y miraba las aguas congeladas y pensaba en la muerte. I’orque dice bien el filósofo que asegura que la separación entre la melancolía y la dicha no es más ancha que el filo de un cuchillo, y procede a opinar que una es hermana gemela tic la otra; y concluye de ahí que todos los extremos del sentimiento son afines a la locura, y nos exhorta a buscar refugio en la Iglesia verdadera (en su opinión la Anabaptista), que es el único puerto, ancladero, bahía, etc., para los agitadores en ese mar.

«Todo acaba en la muerte», soba decir Orlando, incorporándose, nublada de tristeza la cara.

(Pues de ese modo trabajaba ahora su mente en vaivenes bruscos de la vida a la muerte, sin demorarse en el camino, de suerte que su biógrafo no debe demorarse tampoco, sino correr con toda la rapidez posible y acompasar el paso a las acciones espontáneas y tontas y a las súbitas palabras extravagantes en que abundaba entonces Orlando.)

«Todo acaba en la muerte», repetía Orlando, incorporándose en el hielo. Pero Sasha, que al fin y al cabo no tenía sangre inglesa en las venas y que venía de Rusia donde los crepúsculos son más largos, las albas menos súbitas, y las frases no se concluyen porque hay la duda de cuál es la mejor conclusión —Sasha se quedaba mirándolo, quizá menospreciándolo, sin decir nada, porque debía parecerse a un niño. Pero al fin el hielo se enfriaba debajo de los dos, lo que era muy desagradable, y ella lo hacía levantarse, y le hablaba con tal encanto, con tal ingenio, con tal discreción (pero por desgracia en francés, que notoriamente pierde el sabor cuando lo traducen), que él se olvidaba de las aguas heladas o de la proximidad de la noche, o de la vieja aldeana o de lo que fuera y trataba de decirle —sumergiéndose y chapoteando entre mil imágenes ya tan gastadas como las mujeres que las inspiraron— a qué se parecía ella. ¿Nieve, crema, cerezas, mármol, alabastro, hilo de oro? Nada de eso. Más bien era como un zorro o como un olivo, como las olas del mar vistas desde una altura; como una esmeralda; como el sol sobre una verde colina que está nublada —como ninguna cosa de las que él había visto o conocido en Inglaterra. Por más que rebuscara el idioma, le faltaban palabras. Necesitaba otro paisaje, otra lengua. El inglés era demasiado abierto, demasiado Cándido, demasiado acaramelado para Sasha. Porque en todo cuanto decía, por franca y voluptuosa que pareciera, había algo escondido; en todo cuanto hacía, por más audaz, algo oculto. Así la verde llama está como escondida en la esmeralda, o el sol aprisionado en la colina. La claridad sólo era exterior, dentro había un fuego errante. Iba y venía; nunca resplandecía con el rayo firme de una inglesa —aquí, sin embargo, recordando a Lady Margaret y sus enaguas, Orlando se enardecía en sus arrebatos y la arrastraba sobre el hielo, más y más rápido, jurando que daría alcance a la llama, que se sumergiría por la joya, y así infinitamente, rotas y entrecortadas sus palabras por la pasión de un poeta a quien el dolor extrae la poesía.

Pero Sasha guardaba silencio. Cuando Orlando se cansaba ile comunicarle que ella era un zorro, un olivo, o la cumbre verde de una montaña, y de contarle toda la historia de su familia —cómo su casa era de las más antiguas del Reino, cómo vinieron de Roma con los Césares y tenían el derecho de palear por el Corso (que es la calle principal de Roma) bajo un palio con borlas, privilegio reservado a los de sangre imperial (pues había en él una soberbia credulidad que era más bien simpática)—, se detenía y la interrogaba: ¿dónde estaba su casa?, ¿qué era su padre?, ¿tenía hermanos?, ¿por qué estaba sola con su tío? Entonces, aunque ella contestaba de buen grado, siempre se interponía entre los dos cierta incomodidad. Él sospechó al principio que su rango no era tan alto como le parecía, o que se abochornaba de los rudos hábitos de su gente, pues había oído que las mujeres de Moscovia usan barba y que los hombres se cubren de piel de la cintura para abajo, y que ambos sexos se untan con sebo para protegerse del frío, desgarran la carne con los dedos y viven en chozas que un caballero inglés vacilaría en destinar a su ganado, de suerte que se abstuvo de insistir. Pero repensándolo bien, determinó que no era ése el motivo de su silencio: ella no tenía un pelo en el mentón, se vestía con perlas y terciopelo, y sus modales no eran los de una mujer criada en un establo.

¿Qué le ocultaba entonces? Bajo la tremenda fuerza de sus sentimientos la duda era como una arena movediza bajo un monumento, una arena que se desplaza de golpe y lo hace temblar.

Súbitamente esa agonía lo arrebataba. Ardía, entonces, en tal cólera que ella no atinaba a aplacarlo. Quizá no quería aplacarlo, quizá sus rabias le hacían gracia y las provocaba a propósito —tal es la curiosa perversidad del temperamento moscovita.

Para seguir el cuento —patinando ese día más lejos de lo acostumbrado, alcanzaron esa parte del río donde habían andado los barcos y habían quedado detenidos en la helada corriente. Entre ellos estaba el barco de la embajada moscovita con la negra águila bicéfala flameando en el palo mayor, del que pendían largos carámbanos de variados colores. Sasha había dejado a bordo algunas de sus ropas, y creyendo que el barco estaba vacío, subieron al puente a buscarlas.

Recordando ciertos pasajes de su propio pasado, a Orlando no le habría maravillado que algunos buenos ciudadanos hubieran solicitado ese refugio antes que ellos; y así fue en efecto. No habían andado lejos cuando un hermoso joven apareció detrás de unos cables, diciendo, al parecer, porque hablaba ruso, que pertenecía a la tripulación y ayudaría a la Princesa a encontrar lo que necesitaba, encendió un cabo de vela, y desapareció con ella en las partes inferiores del barco.

Pasó el tiempo, y Orlando, absorto en sus sueños, pensaba en los placeres de la vida: en su joya, en su preciosidad, en medios de hacerla suya, irrevocable e indisolublemente. Había obstáculos que vencer y dificultades. Ella estaba resuelta a vivir en Rusia, donde había ríos helados y caballos salvajes y hombres, decía, que se abrían la garganta a cuchilladas. Lo cierto es que un paisaje de pino y nieve y hábitos de lujuria y de matanza no lo atraía. Tampoco le halagaba interrumpir su cómoda rutina rural de sport y plantar árboles; renunciar a su cargo; arruinar su carrera; cazar el reno en vez de la liebre; beber vodka en lugar de vino de Canarias y usar un cuchillo en la manga —quién sabe para qué. Sin embargo, estaba dispuesto a todo eso y a más que todo eso. En cuanto a su boda con Lady Margaret, aunque estaba fijada para la semana próxima, la cosa era tan ridicula que ni pensaba en ella. Sus parientes le reprocharían el haber desertado una gran dama; sus amigos, la ruina de la carrera más brillante del mundo por una mujer cosaca y un desierto de nieve —nada de eso era real al lado de Sasha. Huirían en la primera noche oscura. Zarparían para Rusia. Eso reflexionaba, eso urdía, al caminar por la cubierta de arriba abajo.

Lo restituyó a la realidad el espectáculo del sol, suspendido como una naranja en la cruz de San Pablo. Era de un rojo sangre y se hundía rápidamente. Era casi de noche. Una hora y más de una hora que Sasha se había ido. Conmovido inmediatamente por esos presentimientos oscuros que ensombrecían sus más ufanas esperanzas, bajó la escalera por donde habían desaparecido los dos hacia la bodega del barco; y luego de tropezar en la oscuridad con barriles y cajones, supo que estaban sentados ahí, por una vislumbre pálida en un rincón. Por un segundo tuvo una visión de los dos; vio a Sasha en las rodillas del marinero; la vio inclinarse hacia él; los vio abrazarse antes que se borrara la luz en la nube roja de su rabia. Prorrumpió en un aullido tan angustioso que el barco entero retumbó. Sasha se arrojó entre los dos o el marinero hubiera sido estrangulado antes de poder sacar su machete. Entonces un desmayo mortal se apoderó de Orlando, y tuvieron que acostarlo en el suelo y darle aguardiente para reanimarlo. Y después, cuando volvió en sí y se sentó sobre un montón de bolsas en la cubierta, Sasha se inclinó sobre él, pasando suave, insinuosamente ante sus ojos aturdidos, como el zorro que lo mordió, ya mimándolo, ya apostrofándolo, de modo que llegó a dudar de lo que había visto. ¿No se había corrido la vela; no se habían movido las sombras? El baúl era pesado, dijo ella; el hombre la estaba ayudando a moverlo. Orlando le reía un momento —¿pues quién puede estar bien seguro de que su rabia no ha pintado lo más terrible?— y luego se encolerizaba con sus embustes. Entonces la misma Sasha palidecia; golpeaba el suelo con el pie —y juraba que se iría esa noche, y rogaba a sus dioses que la fulminaran si ella, una Romanovich, había consentido el abrazo de un vulgar marinero, sin efecto, viéndolos juntos (cosa a que apenas se animaba), Orlando se abochornó de su perversa imaginación capaz de concebir a esa fina criatura en las garras de ese peludo monstruo marino. El hombre era descomunal; descalzo tenía más de seis pies de estatura; llevaba en las orejas aros ordinarios de alambre; y parecía un caballo de carro en el que se hubiera posado un gorrión. Cedió, le creyó, le pidió perdón. Pero al bajar amorosamente del barco, Sasha se detuvo con la mano en la baranda de la escalera y dirigió a su bestia curtida, de cara anchota, una andanada de bromas, adioses o ternezas en ruso, de las que Orlando no entendió una palabra.

Pero había algo en su tono (quizá las consonantes rusas tenían la culpa) que le hizo recordar una escena de hacía dos o tres noches, cuando la sorprendió en un rincón, royendo un cabo de vela que había recogido del suelo. Es verdad que era rosa, que era dorado, que era de la mesa del rey; pero era de sebo, y ella lo roía. ¿No había, pensó, conduciéndola al hielo, algo ordinario en ella, algo rancio, algo de campesina? Y se la imaginaba a los cuarenta, ya pesada, aunque ahora era esbelta como un junco; y se la imaginaba aletargada, aunque ahora era alegre como una alondra.

Pero al patinar de nuevo hacia Londres, se le desvanecieron esas sospechas y sintió como si un enorme pez lo hubiera enganchado por la nariz y lo arrebatara sin querer por las aguas, pero con su propio consentimiento.

Era una tarde de asombrosa belleza. Al declinar el sol, todas las cúpulas, agujas, torrecillas y pináculos de Londres, se erguían negros como tinta contra las furiosas nubes coloradas del poniente. Aquí estaba la cruz griega de Charing; ahí la cúpula de San Pablo, ahí el cubo macizo de los edificios de la Torre; ahí, como un grupo de árboles despojados de todas sus hojas, salvo un nudo en la punta, estaban las cabezas en las picas de Temple Bar. Ahora las ventanas de Westminster se iluminaban y ardían como un escudo celestial de muchos colores (en la imaginación de Orlando), ahora todo el ocaso parecía una ventana de oro con tropas de ángeles (en la imaginación de Orlando otra vez) ascendiendo y bajando infinitamente las escaleras celestiales. Todo ese tiempo parecía que patinaban sobre insondables abismos de aire, tan azul era el hielo; y tan vidrioso era y tan liso que resbalaban hacia la ciudad más y más ligero, con las gaviotas blancas girando alrededor y cortando en el aire con las alas las mismas curvas que ellos cortaban en el hielo con los patines.

Sasha, como para darle seguridad, estaba más cariñosa que de costumbre y aún más deliciosa.

Pocas veces hablaba de su vida pasada, pero ahora le contó cómo en invierno, en Rusia, ella oía el aullido de los lobos, a través de la estepa, y tres veces, para que él se lo imaginara, aulló como un lobo.

Él le habló entonces de los ciervos que andaban por la nieve, y cómo se metían en la gran sala en busca de calor, y un viejo les daba avena cocida en un balde. Ella lo alabó entonces: por su amor a los animales; por su hidalguía; por sus piernas. Encantado con sus lisonjas y avergonzado de pensar que la había calumniado imaginándola en las rodillas de un vulgar marinero y aletargada y gorda a los cuarenta años, le dijo que no encontraba palabras para elogiarla; pero instantáneamente pensó que era como la primavera, y el verde césped, y las aguas que corren, y apretándola con más fuerza la hizo virar con él en una media luna, de suerte que las gaviotas y los corvejones viraron también. Y al detenerse al fin, sin aliento, ella le dijo, un poco anhelante, que él era como un árbol de Navidad con un millón de velas (como los que hay en Rusia), adornado de globos amarillos; incandescente; capaz de iluminar una calle entera (así podríamos traducirlo), porque con sus mejillas resplandecientes, sus rizos oscuros, su capa negra y carmesí, parecía irradiar una luz propia, desde una lámpara interior encendida.

Todo el color, salvo el rojo de las mejillas de Orlando, se desvaneció. Vino la noche. Al desaparecer la anaranjada luz del poniente la sucedió el asombroso brillo blanco de las antorchas, fogatas, faroles, y otros inventos que alumbraban el río y que operaron la más extraña transformación. De algunas iglesias y palacios, cuyos frentes eran de piedra blanca, no se veían más que rayas y manchas oscilando en el aire. De San Pablo, en particular, sólo quedaba una cruz de oro. La Abadía era como el esqueleto gris de una hoja. Todo sufría extenuación y transformación. Al acercarse al Carnaval, oyeron una nota profunda como la que vibra en un diapasón, que creció más y más hasta ensordecer. De vez en cuando un vasto grito seguía a un cohete en el aire. Gradualmente pudieron distinguir figuritas desprendiéndose de la muchedumbre y circulando como insectos sobre la superficie del río. Encima y alrededor de este claro círculo pesaba como un tazón de oscuridad la honda negrura de una noche de invierno. En esta oscuridad se fueron elevando con pausas, que mantenían alerta la expectativa y las bocas abiertas, cohetes como flores, medias lunas, serpientes, una corona. En un instante los bosques y las lejanas colinas eran verdes como en un día de verano; en otro, todo era negrura e invierno.

Ya Orlando y la Princesa estaban cerca del recinto del Rey, y les estorbó el camino una turba, que se agolpaba todo lo posible junto al cordón de seda. Reacios a salir de su intimidad y afrontar las miradas penetrantes que los vigilaban, la pareja se demoró ahí, codeándose con aprendices; sastres; vendedores de pescado; chalanes; tahúres; estudiantes hambrientos; doncellas de delantal; muchachas con naranjas; mozos de cuadra; honestos ciudadanos; borrachos desbocados; y una turba de chicos de la calle de esos que siempre merodean en los bordes de una multitud, gritando y tropezando entre las piernas de la gente —toda la escoria de las calles de Londres estaba ahí, bromeando y estrujándose, tirando aquí los dados, diciendo la buenaventura, empujándose, haciéndose cosquillas y pellizcándose; por acá barulleros, por allá silenciosos; algunos con la boca abierta de par en par; otros tan poco respetuosos como cornejas en la azotea; todos encasquetados y trajeados de acuerdo con su bolsillo o su posición; unos de pieles y de paño, otros en jirones, con un trapo de cocina en los pies para defenderlos del hielo.

La mayoría, al parecer, estaba frente a una barraca o tablado, parecido a un teatro de títeres, donde se efectuaba una especie de representación. Un negro se agitaba y vociferaba. Había una mujer de blanco tendida en una cama. Aunque el escenario era tosco, y los actores tenían que subir y bajar por un par de escalones y a veces tropezaban, y el público pateaba y silbaba, o cuando se aburría arrojaba al hielo una cáscara de naranja que algún perro quería agarrar, la estupenda y sinuosa melodía de las palabras conmovió a Orlando como una música. Dichas con extrema rapidez y una audaz agilidad de lengua que le recordaba el canto de los marineros en las cervecerías de Wapping, las palabras aún sin sentido eran un vino para él. Una y otra vez le llegaba sobre el hielo una frase suelta que parecía arrancada de la profundidad de su corazón. El frenesí del moro era su propio frenesí, y cuando el moro estranguló a la mujer, la mujer estrangulada era Sasha.

Al fin concluyó el drama. Todo quedó a oscuras. Lágrimas le rodaban por la cara. Mirando al cielo vio negrura también. Ruina y muerte, reflexionó, lo cubren todo. La vida del hombre acaba en la tumba. Los gusanos nos devoran.

Methinks it should be now a huge eclipse

Of suri and moon, and that the affrighted globe

Should yawn…

Al decir esto una estrella de alguna palidez surgió en su memoria. La noche era oscura, era tenebrosa; pero era una noche como ésa la que ellos aguardaban; era una noche como ésa la que ellos necesitaban para la huida. Recordó todo. Había llegado el momento. En un arranque de pasión atrajo a Sasha, y le gritó al oído: «Jour de ma vie!». Era la señal convenida. A medianoche se encontrarían en un mesón cerca de Blackfriars. Había caballos apostados. Todo estaba listo para la fuga. Así se despidieron, ella a su tienda, él a la suya. Faltaba todavía una hora.

Mucho antes de la medianoche Orlando esperaba. La noche era tan negra que un hombre se podía venir encima antes que uno lo viera —lo cual era más bien conveniente—, pero también era tan solemne y tan quieta que el casco de un caballo, o el llanto de un niño, se podían oír a media milla de distancia. Más de una vez Orlando, midiendo con sus pasos el patiecito, suspendió el latido de su corazón al oír una jaca pausada sobre las piedras, o el crujido de un traje de mujer. Pero era sólo un comerciante que regresaba con atraso al hogar, o alguna mujer del barrio cuya misión era menos inocente. Pasaban, y la calle quedaba más quieta que antes.

Entonces esas luces que ardían en los pisos bajos de las viviendas apretadas que habitaban los pobres de la ciudad, subían a las bohardillas, y una por una, se apagaban. Los faroles de la calle eran pocos en esos arrabales; y la negligencia del sereno solía tolerar que se apagaran antes del alba. La oscuridad era entonces aún más profunda. Orlando revisó la mecha de su linterna, examinó las cinchas de las monturas; cebó sus pistolas; examinó las fundas; y repitió esos actos a lo menos media docena de veces, hasta que no encontró nada más que requiriera su atención.

Aunque faltaban unos veinte minutos para la medianoche, no se resolvió a entrar en la sala de la posada, donde la patraña seguía sirviendo vino seco y vino de Canarias barato a unos cuantos hombres de mar, que se instalaban ahí entonando sus coros y contando sus cuentos de Drake, Hawkins y Grenville, hasta que se caían de los bancos y rodaban dormidos en la arena del piso.

La oscuridad se apiadaba más de su henchido y violento corazón. Escuchaba cada paso; especulaba sobre cada sonido. Cada grito de borracho y cada gemido de infeliz, tirado en la paja o movido por cualquier pena, le lastimaba el corazón en carne viva, como si presagiara el mal a su empresa. Sin embargo, no temía por Sasha. La aventura era nada para su coraje. Vendría sola, con su capa y sus pantalones, con botas como un hombre. Era tan leve su pisada, que apenas se oiría, aun en este silencio.

Ahí esperaba en la oscuridad. De súbito le golpearon la cara, blanda pero pesadamente, en el lado de la mejilla. Tan tensa era su expectativa que se sobresaltó y llevó la mano a la espada. El golpe se repitió una docena de veces en su frente y en su mejilla. La helada había durado tanto que necesitó un minuto para entender que eran gotas de lluvia: los golpes eran gotas de la lluvia.

Al principio caían lentamente, deliberadamente, una por una. Pero pronto las seis gotas fueron sesenta, luego seiscientas, después cayeron juntas en un chorro firme de agua. Era como si el duro cielo consolidado se viniera abajo en una sola fuente profusa. En el término de cinco minutos Orlando se empapó hasta los huesos.

Apresuradamente puso a cubierto los caballos, y buscó amparo bajo el dintel de la puerta desde la que podía observar el patio. El aire estaba ahora más pesado que nunca, y era tal el zumbido y el vapor que se elevaba del aguacero, que hubiera resultado imposible oír la pisada de un hombre o de un animal. Los caminos cribados de grandes baches estarían anegados y quizás impracticables. Apenas concedió un pensamiento a esa traba puesta a su fuga. Todos sus sentidos se concentraban en el acecho del sendero empedrado —brillando a la luz del farol— por donde vendría Sasha. A veces, en la oscuridad, le parecía verla regada por la lluvia. Pero el fantasma no duraba. De pronto, con una voz ominosa y terrible, una voz llena de horror y alarma que hizo parar cada angustioso pelo en el alma de Orlando, sonó en San Pablo la primera campanada de la medianoche. Sonó cuatro veces más, implacable. Con la superstición de un enamorado, Orlando había resuelto que a la sexta campanada Sasha vendría. Pero la sexta campanada murió y la séptima vino y la octava, y para su temerosa mente eran notas que primero anunciaban y luego proclamaban muerte y desastre. Cuando sonó la última, comprendió que estaba echada su suerte.

En vano su parte de razón razonaba: «Sasha puede estar en retardo, puede haber tenido un inconveniente, puede haberse perdido». El corazón apasionado y sensible sabía la verdad. Otros relojes dieron la hora, en una confusión de toques sucesivos. El universo parecía aturdirse con las noticias de su irrisión y de la mentira de Sasha. Las antiguas sospechas subterráneas que estaban trabajándolo salieron abiertamente de su escondite. Lo picó un enjambre de víboras, cada una más venenosa que la anterior. Se quedó inmóvil en la puerta, bajo la enorme lluvia. Al pasar los minutos, se le aflojaron un poco las rodillas. El aguacero proseguía. En lo más fuerte parecían oírse grandes cañones. Se oían vastos ruidos como de robles arrancados de raíz y postrados.

Había también gritos salvajes y rugidos que no eran humanos. Pero Orlando se quedó inmóvil hasta que el reloj de San Pablo marcó las dos, y entonces, vociferando con una horrible ironía, y mostrando todos sus dientes, «Jour de ma vie!», estrelló contra el suelo la linterna, saltó a caballo y partió al galope sin saber dónde.

Algún instinto ciego, porque ya era incapaz de razonar, debió inducirlo a tomar la margen del río en dirección al mar. Porque al romper el alba, lo que sucedió con inusitada rapidez, cuando el cielo era de un amarillo pálido y casi había cesado la lluvia, se encontró en las orillas del Támesis más allá de Wapping. Un espectáculo extraordinario se ofreció a sus ojos. Ahí, donde por tres meses y más hubo hielo tan sólido y tan macizo que parecía permanente como piedra, y toda una alegre ciudad se edificó sobre él, corría ahora un turbulento torrente de aguas amarillas.

En una sola noche el río había recuperado su libertad. Era como si una fuente de azufre (opinión que favorecieron muchos filósofos) hubiera brotado de las regiones volcánicas inferiores y hubiera reventado el hielo con tal vehemencia que barría y apartaba furiosamente los fragmentos enormes. Daba vértigo la sola vista del agua. Todo era caos y confusión. El río estaba sembrado de témpanos. Algunos eran amplios como una cancha y altos como una casa; otros no eran mayores que un sombrero de hombre, pero fantásticamente retorcidos. Ora descendía todo un convoy de bloques de hielo hundiendo cuanto le estorbaba el camino. Ora, arremolinándose y retorciéndose como una serpiente torturada, el río parecía lastimarse entre los fragmentos, y los empujaba de orilla a orilla, hasta deshacerlos contra los arcos y los pilares. Pero, lo más horrendo era el espectáculo de los hombres atrapados de noche, que ahora recorrían sus islas zigzagueantes y precarias en la última angustia. Que se arrojaran al torrente o se quedaran en el hielo, su destino era inevitable. A veces un montón de esos pobres seres desfilaban juntos, algunos de rodillas, otros amamantando a sus hijos. Un anciano parecía leer en voz alta un libro sagrado. Otras veces, y su suerte quizás era la más terrible, un desdichado recorría su estrecho alojamiento sin compañero. Al ser barridos mar afuera, algunos vanamente pedían socorro, jurando locas promesas de enmienda, confesando sus pecados y ofreciendo altares y bienes si Dios oía sus ruegos. Otros estaban tan aterrados que permanecían quietos y mudos mirando fijamente ante sí. Una cuadrilla de aguateros o postillones, a juzgar por sus uniformes, vociferaban en coro los más obscenos cantos de taberna, como un desafío, y se estrellaron contra un árbol y se hundieron con blasfemias en los labios. Un viejo noble —como lo proclamaban su traje con pieles y su cadena de oro— se hundió no lejos del lugar donde estaba Orlando, invocando venganza sobre los rebeldes irlandeses, quienes, dijo con su último aliento, habían tramado esa satánica maldad. Muchos perecieron apretando un jarro de plata contra su pecho o algún otro tesoro; y no menos de una docena de pobres diablos se ahogaron por su propia codicia, arrojándose a la corriente para no perder una copa de oro o permitir la desaparición de un abrigo de pieles. Porque los témpanos arrastraban muebles, valores, objetos de todas clases.

Entre esos espectáculos extraños se vio una gata amamantando su cría; una mesa puesta suntuosamente para veinte cubiertos; una pareja en cama; y una extraordinaria cantidad de utensilios de cocina.

Aterrado y atónito, Orlando no pudo hacer otra cosa que mirar las aguas que se desencadenaban a sus pies. Al fin, como recobrándose, espoleó su caballo y corrió a lo largo del río en dirección al mar. Doblando una curva llegó al sitio donde hacía menos de dos días los buques de los Embajadores parecían anclados para siempre. Los contó con apuro: el francés, el español, el austríaco, el turco. Todos estaban a flote, aunque el navio francés había roto sus amarras, y el turco tenía un gran rumbo en el costado y estaba llenándose de agua. Pero el buque ruso no se veía por ninguna parte. Por un instante Orlando creyó que había naufragado; pero elevándose en los estribos y sombreando sus ojos, que tenían la vista del halcón, alcanzó a distinguir en el horizonte la forma de un navio. Las águilas negras volaban en el palo mayor. El barco de la Embajada Moscovita salía mar afuera.

Se arrojó enfurecido del caballo, como para acometer el torrente. Con el agua hasta las rodillas, descargó contra la infiel todas las injurias que se han destinado siempre a su sexo. Perjura, voluble, inconstante, dijo; demonio, adúltera, felona, y el remolino recibió sus palabras y dejó a sus pies una vasija rota y una pajita.

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