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Roma

Roma, una novela de Émile Zola

Roma, una novela de Émile Zola

Resumen del libro:

Roma (1896), segunda entrega de la trilogía Las tres ciudades —precedida por Lourdes y seguida por París—, es una de las obras más ambiciosas y complejas de Émile Zola. El autor francés, maestro del naturalismo, se adentra en el corazón del catolicismo y en los entresijos políticos y morales de la Roma finisecular. La novela se levanta como un vasto fresco de la Italia del siglo XIX, donde religión, poder y decadencia se entrelazan con una lucidez crítica y una mirada casi documental.

El protagonista, Pierre Froment, sacerdote y alter ego del propio Zola, llega a Roma en busca de una renovación espiritual y moral. Su viaje, sin embargo, se convierte en un descenso a los abismos de una ciudad contradictoria: majestuosa y ruinosa, santa y corrupta, eterna y efímera. A través de sus ojos, el lector recorre palacios, basílicas y calles, pero también los pasillos sombríos del Vaticano, donde se mueven las fuerzas del poder y la ambición. Zola contrapone el “mundo blanco” de la fe idealizada y el “mundo negro” de la intriga clerical, dos polos que conviven en una tensión constante y que definen la esencia misma de Roma.

El rigor documental con el que Zola construyó la novela es extraordinario. Durante su estancia en Roma en 1894, el autor tomó centenares de notas y consultó más de trescientos volúmenes sobre Italia y el Papado. Ese esfuerzo se traduce en una narrativa impregnada de autenticidad: cada descripción, cada diálogo y cada reflexión reflejan la voz de un testigo que observa con precisión científica y con sensibilidad de artista.

Zola, uno de los pilares de la literatura realista europea, pone en Roma su talento al servicio de una crítica moral y social de gran alcance. Su estilo combina la densidad del análisis con la belleza de la evocación, y su mirada —racional, pero también profundamente humana— convierte la novela en un testimonio de época y, a la vez, en una meditación sobre la fe, la verdad y el destino de la humanidad moderna.

Roma es, en definitiva, una obra monumental que trasciende su tiempo. Zola convierte la ciudad eterna en un espejo de Europa, en el escenario donde la religión se confunde con la política y donde el ideal se desgasta frente al poder. Una lectura imprescindible para comprender no solo la Roma de su tiempo, sino también las tensiones espirituales y morales que siguen definiendo al ser humano contemporáneo.

I

El tren fue llegando, con retrasos cada vez mayores, a las estaciones que median entre Pisa y Civita-Vecchia. Iban a ser las nueve de la mañana cuando el abate Pierre Froment entró en Roma, tras un fatigoso viaje que había durado veinticinco horas. Saltó con agilidad del vagón, cargado con una maleta, que era todo su equipaje, y se abrió paso entre la muchedumbre, haciendo a un lado a los mozos de cuerda que se ofrecían solícitos. Desde su llegada le devoraba la impaciencia, quería sentirse solo, poder contemplar al fin la ciudad. Apenas salió de la estación, en la piazza dei Cinquecento, subió a uno de los cochecitos descubiertos que estaban en línea a lo largo de la acera, y depositó junto a su asiento la maleta, después de indicar al cochero la siguiente dirección:

—Via Giulia, palazzo Boccanera.

Era lunes, 3 de septiembre, en una mañana de cielo despejado, deliciosamente tibia y suave. El cochero, que se había dado cuenta, por el acento, de que se trataba de un sacerdote francés, esbozó una sonrisa. Era un hombrecito achaparrado, de mirada viva y blanca dentadura. Sacudió el látigo sobre su enjuto caballo y el vehículo arrancó con esa ligereza propia de los coches de alquiler de Roma, tan limpios y tan alegres. Casi enseguida, una vez que hubieron bordeado los jardines de la pequeña plaza cuadrada, y desembocado en la de las Termas, se dio el cochero media vuelta, sonriendo siempre, y le señaló con el látigo unas ruinas.

—Las Termas de Diocleciano —chapurreó en su detestable francés de cochero obsequioso que busca hacerse simpático a los forasteros, a fin de ganárselos como clientes.

El vehículo descendió a trote largo desde las alturas del Viminal, en donde se halla emplazada la estación, cuesta abajo, por la empinada via Nazionale. Y de allí en adelante se repitió sin interrupción la maniobra: el cochero volvía la cabeza frente a todos los monumentos que se cruzaban en su camino, y se los señalaba con idéntico gesto. En aquel trozo, en que la calle tenía gran anchura, no se veían más que edificios nuevos, detrás de los cuales ascendían, en cuesta, verdes plantaciones y jardines de entre los que surgía, en altura, un interminable edificio completamente liso y amarillo, con aspecto de convento o de cuartel.

—El palacio real; el Quirinal —dijo el cochero.

La semana que medió desde que Pierre tomó la resolución de emprender el viaje, se la había pasado estudiando la topografía de Roma con la ayuda de planos y de libros. Aquellas explicaciones no le sorprendían, porque hubiera sido capaz de orientarse por sí mismo, sin preguntar a nadie su camino. Sin embargo, los altibajos repentinos, el continuo surgir de colinas, en las que se escalonaban, formando terraza, algunos barrios, lo tenía desconcertado. Pero el cochero alzó la voz, que parecía disimular una ligera ironía, y extendió su látigo con gesto más amplio al señalar a mano izquierda un edificio enorme, cuyos revoques parecían estar húmedos todavía; una muestra gigantesca de arquitectura de confitería, sobrecargada de esculturas, frontispicios y estatuas.

—La Banca Nazionale.

Continuando el descenso, al desembocar el coche en una plaza triangular, se quedó Pierre absorto al levantar la vista y distinguir al borde de un muro enorme y liso, un jardín colgante que elevaba hacia la transparencia del cielo la línea elegante y enérgica de un pino centenario. Y sintió todo el orgullo y toda la gracia de Roma.

—La villa Aldobrandini.

«Roma» de Émile Zola

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