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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Sherlock Holmes. Novelas

Sobre el autor:

Sobre el libro:

El presente volumen recoge las cuatro novelas protagonizadas por Sherlock Holmes, el emblemático y perspicaz detective del 221 B de Baker Street: Estudio en escarlata (1887), El signo de los cuatro (1890), El perro de los Baskerville (1902) y El valle del miedo (1915). A lo largo de estas páginas, y con la ayuda inestimable del doctor Watson, Holmes recorrerá las calles de un Londres victoriano convertido en un laberinto de pistas falsas, resolverá una intriga originada en la India colonial, desentrañará el misterio oculto tras una antigua maldición familiar en los páramos de Dartmoor y se enfrentará a la organización de Moriarty en uno de sus casos más complejos. Una mezcla explosiva de crimen, suspense y venganza. Esta edición, que se abre con un estudio introductorio de Andreu Jaume, pretende homenajear el empeño editorial de Esther Tusquets, cuyo proyecto de publicar el canon holmesiano quedó interrumpido

Fragmento

1

EL SEÑOR SHERLOCK HOLMES

El año 1878 me doctoré en medicina en la Universidad de Londres y me trasladé a Netley con el fin de asistir al curso obligatorio para cirujanos del ejército. Al terminar mis estudios allí, fui destinado al 5.º de Fusileros de Northumberland como cirujano auxiliar. Por aquel entonces el regimiento estaba destacado en la India, y, antes de que yo pudiera incorporarme, estalló la segunda guerra de Afganistán. Al desembarcar en Bombay, me enteré de que mi unidad había cruzado la frontera y se había adentrado ya en territorio enemigo. Sin embargo, seguí viaje, con otros muchos oficiales que se encontraban en la misma situación, y conseguí llegar sano y salvo a Candar, donde encontré a mi regimiento y me incorporé en el acto a mi nuevo puesto.

La campaña proporcionó honores y ascensos a muchos, pero a mí solo me trajo desdichas y calamidades. Me separaron de mi brigada y me destinaron al regimiento Berkshire, con el que participé en la desastrosa batalla de Maiwand. Allí fui herido en el hombro por una bala jezail, que me destrozó el hueso y me rozó la arteria subclavia. Habría caído en manos de los asesinos gazis a no ser por la lealtad y el valor de que dio muestras Murray, mi ordenanza, que me tendió sobre un caballo de carga y logró llevarme a salvo hasta las líneas británicas.

Consumido por el dolor y debilitado por las prolongadas penalidades, me trasladaron, en un gran convoy de heridos, al hospital de la base Peshawur. Allí me restablecí, y, cuando ya podía pasear por las salas e incluso tomar un poco el sol en la veranda, caí enfermo de tifus, ese flagelo de nuestras posesiones de la India. Durante meses me debatí entre la vida y la muerte, y, cuando por fin reaccioné e inicié la convalecencia, estaba tan débil y extenuado que un consejo médico dictaminó que se me enviara de regreso a Inglaterra sin perder un solo día. Por consiguiente, me embarcaron en el transporte militar Orontes, y un mes más tarde tomaba tierra en el muelle de Portsmouth, con la salud irremediablemente dañada, pero con un permiso del paternal gobierno para intentar recuperarla en los siguientes nueve meses.

Yo no tenía parientes ni amigos en Inglaterra, y era por lo tanto libre como el aire, o todo lo libre que se puede ser con una asignación diaria de once chelines y seis peniques. En tales circunstancias me dirigí, como es lógico, a Londres, gran sumidero al que son arrastrados inevitablemente todos los haraganes y desocupados del Imperio. Durante un tiempo me alojé en un buen hotel del Strand, y llevé una existencia incómoda y sin sentido, gastando el dinero de que disponía con mucha mayor liberalidad de lo que podía permitirme. El estado de mis finanzas llegó a ser tan alarmante que pronto comprendí que, o abandonaba la metrópoli y me iba a languidecer al campo, o tenía que cambiar por completo mi estilo de vida. Elegida la segunda alternativa, mi primera decisión fue abandonar el hotel e instalar mis cuarteles en un alojamiento menos pretencioso y menos caro.

El mismo día que llegué a esta conclusión, estaba en el Criterion Bar, cuando alguien me dio un golpecito en el hombro y, al volverme, reconocí al joven Stamford, otrora mi ayudante en el hospital. Ver un rostro amigo en el inmenso páramo de Londres es un verdadero placer para un hombre solitario. En el pasado no habíamos sido especialmente amigos, pero ahora lo acogí con entusiasmo, y él, por su parte, pareció encantado de verme. Llevado de mi arrebato de alegría, le invité a almorzar en el Holborn, y hacia allí nos dirigimos en un coche.

—¿Qué ha sido de su vida, Watson? —me preguntó, sin ocultar su asombro, mientras traqueteábamos por las concurridas calles de Londres—. Está tan delgado como un fideo y tan moreno como una nuez.

Le hice un breve resumen de mis aventuras, y apenas había terminado cuando llegamos a nuestro destino.

—¡Pobre amigo! —me dijo él en tono compasivo, tras escuchar mis desdichas—. ¿Y qué hace ahora?

—Busco alojamiento —respondí—. Intento resolver el problema de conseguir habitaciones confortables a un precio razonable.

—Qué curioso —observó mi acompañante—. Es usted la segunda persona que me habla hoy en estos términos.

—¿Y quién ha sido la primera? —pregunté.

—Un colega que trabaja en el laboratorio químico del hospital. Se lamentaba esta mañana de no encontrar a nadie con quien compartir unas bonitas habitaciones que había encontrado, y que eran demasiado caras para su bolsillo.

—¡Por Júpiter! —grité—. ¡Si está buscando de verdad a alguien con quien compartir las habitaciones y los gastos, yo soy su hombre! Prefiero tener un compañero a vivir solo.

El joven Stamford me miró de un modo raro por encima de su vaso de vino.

—Usted no conoce todavía a Sherlock Holmes —dijo—. Tal vez no le guste tenerlo constantemente de compañero.

—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?

—¡Oh, yo no he dicho que tenga nada malo! Alimenta ideas un poco raras, le entusiasman determinadas ramas de la ciencia. Pero, que yo sepa, es un tipo decente.

—Estudia medicina, supongo.

—No. No tengo la menor idea de lo que pretende hacer. Creo que domina la anatomía, y es un químico de primera, pero, que yo sepa, nunca ha seguido cursos sistemáticos de medicina. Sus estudios son poco metódicos y muy excéntricos, pero ha acumulado gran cantidad de conocimientos insólitos que asombrarían a sus profesores.

—¿No le ha preguntado usted nunca a qué piensa dedicarse?

—No, no es hombre que se deje llevar fácilmente a confidencias, aunque puede mostrarse comunicativo cuando le da por ahí.

—Me gustaría conocerlo —dije—. Si he de compartir alojamiento, prefiero a un hombre estudioso y de costumbres tranquilas. No estoy lo bastante fuerte todavía para soportar mucho ruido y barullo. Tuve bastante de ambas cosas en Afganistán para lo que me resta de vida. ¿Cómo podría conocer a ese amigo suyo?

—Seguro que está en el laboratorio —respondió mi compañero—. A veces pasa semanas sin asomarse por allí, y otras veces trabaja allí desde la mañana hasta la noche. Si usted quiere, podemos ir en coche después del almuerzo.

—Claro que sí —contesté.

Y la conversación tomó otros derroteros.

Mientras nos dirigíamos al hospital tras abandonar el Holborn, Stamford me informó de otras peculiaridades del caballero con quien me proponía yo compartir alojamiento.

—No me eche a mí la culpa si no se llevan bien —me dijo—. Solo sé de él lo que he averiguado en nuestros esporádicos encuentros en el laboratorio. Ha sido usted quien ha propuesto este arreglo, de modo que no me haga responsable.

—Si no nos llevamos bien, será fácil separarnos —respondí—. Pero me parece, Stamford —añadí, mirándole fijamente—, que debe tener usted alguna razón concreta para lavarse las manos en este asunto. ¿Tan insoportable es ese individuo? Hable sin rodeos.

—No es fácil explicar lo inexplicable —respondió, riendo—. Holmes es un poco demasiado científico para mi gusto… Raya en la falta de humanidad. Puedo imaginarlo ofreciéndole a un amigo una pizca del más reciente alcaloide vegetal, no por malevolencia, entiéndame, sino simplemente porque su espíritu curioso quiere formarse un idea clara de sus efectos. Para hacerle justicia, creo que ingeriría él mismo la droga con idéntica tranquilidad. Parece sentir pasión por los conocimientos concretos y exactos.

—Lo cual está muy bien.

—Sí, pero puede alcanzar extremos excesivos. Si llega hasta el punto de golpear con un palo los cadáveres de la sala de disección, toma una forma ciertamente chocante.

—¡Golpear los cadáveres!

—Sí, para verificar qué magulladuras se pueden producir en un cuerpo después de la muerte. Se lo vi hacer con mis propios ojos.

—¿Y dice usted que no estudia medicina?

—No. Sabe Dios cuál será el objetivo de sus estudios. Pero ya hemos llegado, y usted podrá formarse su propia opinión.

Mientras él hablaba, doblamos por un estrecho callejón y traspusimos una puertecilla lateral, que daba a un ala del gran hospital. El terreno me era familiar, y no necesité guía para subir la lúgubre escalera de piedra y recorrer el largo pasillo de paredes encaladas y puertas color pardusco. Casi al final se abría un bajo pasadizo abovedado que llevaba al laboratorio de química.

Era una sala muy alta de techo, con hileras de frascos por todas partes. Sobre varias mesas, bajas y anchas, se agolpaban retortas, tubos de ensayo y pequeños mecheros Bunsen de vacilantes llamas azules. En la habitación solo había un estudiante, que se inclinaba sobre una mesa apartada, absorto en su trabajo. Al oír el sonido de nuestros pasos, dio media vuelta y se levantó de un salto con una exclamación de alegría.

—¡Lo he encontrado! ¡Lo he encontrado! —le gritó a mi compañero, corriendo hacia nosotros con un tubo de ensayo en la mano—. He encontrado un reactivo que se precipita con la hemoglobina y solo con la hemoglobina.

Si hubiese descubierto una mina de oro, su rostro no hubiera reflejado mayor satisfacción.

—El doctor Watson, el señor Sherlock Holmes —nos presentó Stamford.

—¿Cómo está usted? —me dijo Holmes cordialmente, estrechándome la mano con una fuerza que yo habría estado lejos de atribuirle—. Veo que ha estado en Afganistán.

—¿Cómo diablos lo sabe? —pregunté atónito.

—Carece de importancia —dijo, sonriendo para sí mismo—. Ahora se trata de la hemoglobina. Sin duda usted percibe la importancia de mi descubrimiento, ¿verdad?

—Es interesante desde el punto de vista de la química, claro está —respondí—, pero desde el punto de vista práctico…

—Pero, hombre, ¡es el descubrimiento más práctico de la medicina forense de los últimos años! ¿No ve que nos proporciona una prueba infalible para las manchas de sangre? ¡Venga conmigo!

En su impaciencia, me agarró por la manga de la chaqueta y me arrastró hasta la mesa donde había estado trabajando.

—Tomemos un poco de sangre fresca —dijo, clavándose en el dedo una gruesa aguja y dejando caer en una probeta la gota de sangre—. Y ahora añado esta pequeña cantidad de sangre a un litro de agua. La proporción de sangre es como mucho de una millonésima parte. Y estoy seguro, no obstante, de que podremos obtener la reacción característica.

Mientras hablaba, echó unos cristales blancos en el recipiente, y después agregó unas gotas de un líquido transparente. Al instante, el contenido adquirió un apagado color caoba y un polvillo pardusco se precipitó en el fondo del recipiente de cristal.

—¡Ajá! —exclamó, batiendo palmas, tan contento como un niño con zapatos nuevos—. ¿Qué me dice de esto?

—Parece una prueba muy delicada —observé.

—¡Magnífico! ¡Es magnífico! La vieja prueba del guayaco resultaba muy burda e insegura. Lo mismo ocurre con el examen microscópico de los corpúsculos de sangre. Ese último carece de valor si las manchas tienen unas horas. Pues bien, mi prueba funciona por igual con sangre nueva y con sangre vieja. De haberse inventado antes, cientos de personas que ahora andan sueltas por ahí habrían pagado hace tiempo sus crímenes.

—Ah, ¿sí? —murmuré.

—Las causas criminales giran constantemente alrededor de este punto. Meses después de haberse cometido un crimen, las sospechas recaen en un individuo. Se examinan sus trajes y su ropa interior, y se descubren unas manchas pardas. ¿Son manchas de sangre, o manchas de barro, o manchas de óxido, o manchas de fruta, o qué son? Es una cuestión que ha desconcertado a muchos expertos, y ¿por qué? Porque no existía un análisis fiable. Ahora tenemos la prueba de Sherlock Holmes y ya no habrá problemas.

Al hablar le brillaban los ojos; se llevó una mano al corazón y se inclinó, como si correspondiera a los aplausos de un público imaginario.

—Sin duda hay que felicitarlo por ello —observé, bastante sorprendido ante su entusiasmo.

—El año pasado tuvo lugar en Frankfurt la causa contra Von Bischoff. No cabe duda de que le hubieran ahorcado si hubiera existido esta prueba. Y los casos de Mason en Bradford, y el famoso de Muller y Lefevre en Montpellier, y de Samson en Nueva Orleans. Podría citar una veintena de casos en los que mi prueba habría sido decisiva.

—Parece usted un almanaque viviente de delitos —dijo Stamford con una sonrisa—. Podría iniciar una publicación en esta línea y llamarla «Noticias policiales de antaño».

—Pues su lectura sería muy interesante —comentó Sherlock Holmes, aplicándose un pequeño parche en el pinchazo del dedo—. Debo andar con cuidado —añadió, volviéndose hacia mí con una sonrisa—, porque manejo venenos con mucha frecuencia.

Extendió la mano mientras hablaba, y vi que estaba salpicada de pedacitos de parche similares, y descolorida por los ácidos corrosivos.

—Hemos venido para tratar un asunto —dijo Stamford, sentándose en un alto taburete de tres patas y empujando otro con el pie hacia mí—. Mi amigo anda buscando alojamiento, y, como usted se lamentó de no encontrar a nadie con quien compartir un alquiler, pensé que lo mejor sería ponerlos en contacto.

A Sherlock Holmes pareció encantarle la idea de compartir su alojamiento conmigo.

—Tengo echado el ojo a unas habitaciones de Baker Street que nos vendrían que ni pintadas. Espero que no le moleste el olor del tabaco fuerte.

—Yo mismo fumo siempre tabaco de la marina —respondí.

—Vamos bien. Suelo llevar conmigo sustancias químicas y a veces hago experimentos. ¿Le molestará esto?

—En absoluto.

—Veamos qué otros defectos tengo. A veces me deprimo y no abro la boca durante días. Cuando esto ocurra, no debe pensar que estoy enfadado. Déjeme solo y pronto se me pasará. Y ahora, ¿qué tiene que confesarme usted a mí? Es conveniente que dos individuos conozcan lo peor del otro antes de vivir juntos.

Este interrogatorio de segundo grado me arrancó una sonrisa.

—Tengo un cachorrillo —dije—, y me molesta el barullo porque tengo los nervios deshechos, además me levanto a las horas más intempestivas y soy extremadamente perezoso. Tengo un surtido de vicios distintos cuando me encuentro bien de salud, pero en el presente estos son los principales.

—¿Incluye usted el violín en la categoría de barullo? —me preguntó con ansiedad.

—Depende de quién lo toque —respondí—. Cuando el violín se toca bien, es un placer de dioses; cuando se toca mal…

—De acuerdo, pues —exclamó, con una alegre sonrisa—. Creo que podemos considerar zanjado el asunto. Si las habitaciones le gustan, claro.

—¿Cuándo las veremos?

—Venga a recogerme mañana a las doce del mediodía. Iremos juntos y cerraremos el trato —me respondió.

—De acuerdo, a las doce en punto —le dije, estrechándole la mano.

Le dejamos trabajando con sus productos químicos y regresamos caminando a mi hotel.

—Por cierto —pregunté de repente, parándome y dirigiéndome a Stamford—, ¿cómo demonios supo que vengo de Afganistán?

Mi compañero sonrió con una enigmática sonrisa.

—Esta es precisamente su pequeña peculiaridad —dijo—. Mucha gente se ha preguntado cómo descubre ese tipo de cosas.

—Vaya, ¿se trata de un misterio? —exclamé, frotándome las manos—. Es muy emocionante. Le estoy reconocido por habernos puesto en contacto. «El más apropiado tema de estudio para la humanidad es el hombre», usted ya sabe.

—Entonces estudie a Holmes —dijo Stamford, al despedirse de mí—. Me parece que le va a resultar un problema peliagudo. Apuesto a que él averiguará más cosas de usted que usted de él. Adiós.

—Adiós —le respondí.

Y seguí caminando hacia mi hotel, muy intrigado por el individuo al que acababa de conocer.

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