Tadeo, el Grecorromano

Resumen del libro: "Tadeo, el Grecorromano" de

En Tadeo, el Grecorromano, Enrique Jardiel Poncela despliega su humor más ingenioso y disparatado para construir un retrato satírico de personajes, situaciones y costumbres. Aunque la obra se presenta como una antología de piezas breves, textos de viaje y materiales humorísticos, mantiene una sorprendente unidad de tono: la mirada burlona y elegante de un autor que convirtió el absurdo en una forma de inteligencia literaria.
El libro avanza como una conversación chispeante. Tadeo aparece menos como un héroe clásico que como un pretexto para observar el mundo con ironía. Jardiel Poncela juega con referencias grecorromanas, desmonta solemnidades y convierte lo cotidiano en una sucesión de escenas inesperadas. Sus viajes, reales o imaginarios, sirven para multiplicar los contrastes y las situaciones cómicas.
Lejos de la caricatura fácil, el humor de Jardiel conserva una precisión verbal extraordinaria. Cada frase parece calculada para sorprender al lector y desplazar la lógica unos centímetros, justo lo suficiente para revelar la extravagancia escondida en la realidad. Esa capacidad para mezclar cultura, juego y sátira es una de las razones por las que su obra sigue resultando fresca.
Como editor de una revista literaria, destacaría especialmente el equilibrio entre ligereza y oficio. Tadeo, el Grecorromano puede leerse como entretenimiento, pero también como una muestra del talento de Enrique Jardiel Poncela para renovar el humor español del siglo XX. Es un libro que invita a sonreír, a releer y a admirar la precisión con la que el autor convierte el disparate en arte.

Libro Impreso

TEATRO IRREPRESENTABLE

TADEO, EL GRECORROMANO

El comedor de una casa pobre. En el centro hay una mesa que cuando se apoyan en ella los dueños baila la Java; en el lateral derecho, una alacena con platos y cubiertos; sillas; una máquina de coser, de esas que funcionan como los motores de los autos: con explosiones. En las paredes, muchas fotografías, que representan a un mismo individuo desvestido de luchador de grecorromana; programas de luchas, anuncios, etc.

Nos encontramos en casa del luchador profesional «Remy de Largnac», que en realidad se llama Tadeo Fernández.

Se hallan en escena Dolores Robledo, una mujer de unos cuarenta años bastante lucidos, esposa del luchador citado, y Ponciano Menéndez, amigo del matrimonio.

Las dos de la madrugada.

Ponciano.—¿Cómo no habrá venido ya el Tadeo?

Dolores.—No sé. Y me extraña más que un concierto de timbales, porque él, en punto a puntuabilidad, es una fiebre palúdica. En cuanto que se acaba el espectáculo regresa al domicilio como si viniera en un tarsi.

Ponciano.—A ver si le han arreao un zamarrazo y le han privao.

Dolores.—¡Es no conocerle! A ése no le privan de na. Bueno; es que hoy se disputaban «el Cinturón de Madrid», porque mi Tadeo y otro luchador yugoeslavio, que se llama Strakindavo, se han quedao de finalistas y…

Ponciano.—¡Ah, vamos! Entonces, a estas horas aún están revolcándose por la colchoneta. Oiga usté, Dolores: ¿y cómo fue eso de dedicarse su marido a las luchas grecorromanas?

Dolores.—Porque el pobre pesa ciento treinta y seis kilogramos y setecientos.

Ponciano.—Entonces diga usté que pesa ochocientos treinta y seis kilos.

Dolores.—¡Pero si los setecientos son gramos!

Ponciano.—¡Ah, ya! Haber avisao.

Dolores.—Usté comprenderá que un hombre de ese volumen no puede más que luchar en el tapiz o alquilarse pa cerrar baúles rebosantes.

Ponciano.—¡Ciento treinta y seis kilos! ¡Sí que es un peso!

Dolores.—¿Un peso? Diga usté que es una báscula…

Ponciano.—¡Usté siempre chirigotera! Oiga usté…, señá Dolores… ¿Y cómo acierta a vivir con un hombre tan pesao?

Dolores.—Parque se acostumbra una a to. Además, él ha engordado con disimulo. Cuando nos casamos estaba tan delgao, que si salía a la calle en días de viento tenía que echarse al bolsillo dos tomos de Rocambole. Un día que no lo hizo se lo llevó el aire, y tuvimos que recogerle del reló de Gobernación, donde a poco la diña abrazao a la bola.

Ponciano.—¡Qué barbaridá!

Dolores.—Fue una aventura de las que dan la hora. ¿Eh? Escuchando. Ya está aquí.

Ponciano.—¿Le conoce usté en las pisás?

Dolores.—¿Cómo no voy a conocerle, si cada vez que sube hunde seis peldaños?

Ponciano.—Pues el día que le dé una bofetá a un amigo lo traslada a la isla de Madera a aserrar tablones.

Dolores.—No me hable usté de tablones, señor Ponciano, que los sábados coge algunos de cazalla que le tengo que llevar al tálamo con una grúa ad hoque.

Tadeo.—Apareciendo. ¡Hola! En efecto, Tadeo es un hombre gordísimo. Viste un traje que le hace pliegues por todos lados y se toca con una boina. Es rubio y tiene cara de diván.

Dolores.—¡Hola, hijo!

Tadeo.—¿Qué tal, Ponciano?

Ponciano.—Pues ya lo ves, arrastrando el volquete de la vida.

Tadeo.—¡Bueno, hombre! Me alegra el que sigas tirando con salú.

Ponciano.—¿Y esas luchas?

Tadeo.—No me hables, que vengo más quemao que un kilo de herraj.

Dolores.—Pero ¿es que no te han dado el «Cinturón»?

Tadeo.—No me han dado el «Cinturón», porque las cosas se han puesto muy tirantes.

Dolores.—¿Será posible que te haya zurrao el yugoeslavio?

Tadeo.—Como lo estás oyendo.

Dolores.—¡Ay, qué tío asesino!

Ponciano.—Bueno, narra el caso, que me tienes con una impaciencia de pescador de caña.

Tadeo.—Ha sido una cosa que le ocurre a don Ramiro el Monje y abandona el claustro. Figuraos que salimos: nos presenta mesié Leonard así como él acostumbra, sin que se le entienda lo que dice, y por fin nos ponemos frente a frente el Strakindavo ese y un servidor. Nos palpa el árbitro, da un pitido y comienza el combate. El circo, así de gente. Y el público, siguiendo la lucha con un interés casi usurario.

«Tadeo, el Grecorromano» de Enrique Jardiel Poncela

Enrique Jardiel Poncela. Fue un dramaturgo y escritor español nacido el 15 de octubre de 1901 en Madrid. Hijo de un escritor y periodista, Jardiel Poncela estudió en el Instituto de San Isidro y posteriormente en la Escuela de Arquitectura de Madrid, aunque nunca llegó a ejercer como arquitecto.

En su juventud, Jardiel Poncela se interesó por el teatro y comenzó a escribir obras cómicas y satíricas. En 1927, estrenó su primera obra, "La Tournée de Dios", que fue un éxito de crítica y público. A partir de ese momento, Jardiel Poncela se convirtió en uno de los dramaturgos más importantes de la época, con obras como "Eloísa está debajo de un almendro" y "Cuatro corazones con freno y marcha atrás".

Jardiel Poncela fue un autor innovador y vanguardista, que experimentó con el lenguaje y las convenciones teatrales de su época. Sus obras se caracterizan por un humor absurdo y surrealista, que desafía las expectativas del público y provoca la risa y el desconcierto.

Durante la Guerra Civil española, Jardiel Poncela vivió exiliado en Argentina, donde continuó escribiendo y estrenando obras. En 1949, regresó a España, pero su estilo vanguardista y provocador ya no era tan bien recibido por el público y la crítica. A pesar de ello, Jardiel Poncela siguió escribiendo y publicando obras hasta su fallecimiento en Madrid el 18 de febrero de 1952.

Hoy en día, Enrique Jardiel Poncela es considerado uno de los grandes innovadores de la literatura española del siglo XX, cuyo trabajo ha influenciado a generaciones de escritores y artistas. Sus obras siguen siendo representadas y leídas en todo el mundo, y su legado literario continúa siendo objeto de estudio y admiración.