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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Ulises

Género: FicciónNovelasLibros

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Ulises, una de las novelas mas famosas del siglo XX, se publicó por vez primera en París en 1922, ya que estuvo prohibida por inmoral tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos, países en los que sólo pudo publicarse durante los años treinta. La traducción francesa, en la que intervino el mismo Joyce, es de 1929 y la primera en lengua castellana se publicó en Argentina en 1945. Se trata de un extensísimo relato que transcurre en Dublín en un solo día, el 16 de junio de 1904, y su personaje principal es el judío Leopold Bloom, cuyas andanzas por la ciudad reproducen el esquema argumental de la Odisea homérica; su Penélope —que aquí no tiene nada de fiel— será Molly Bloom, y el hijo de Ulises, Telémaco, es Stephen Dedalus, el protagonista de la anterior novela de Joyce Retrato del artista adolescente, a quien la reciente muerte de su madre ha confirmado en su sensación de orfandad espiritual. La estructura del libro es un alarde de virtuosismo: cada episodio posee un estilo diferente y corresponde, además, a una hora del día, a un color, a un pasaje de la Odisea o a un momento de la misa. Ulises constituye una de las empresas literarias más ambiciosas de nuestro siglo y se ha erigido en una de las obras cumbre de la novela contemporánea.

Fragmento

ULISES

IMPONENTE, el rollizo Buck Mulligan apareció en lo alto de la escalera, con una bacía desbordante de espuma, sobre la cual traía, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana hacía flotar con gracia la bata amarilla desprendida. Levantó la bacía y entonó:

Introibo ad altare Dei.

Se detuvo, miró de soslayo la oscura escalera de caracol y llamó groseramente:

—Acércate, Kinch. Acércate, jesuita miedoso.

Se adelantó con solemnidad y subió a la plataforma de tiro. Dio media vuelta y bendijo tres veces, gravemente, la torre, el campo circundante y las montañas que despertaban. Luego, advirtiendo a Stephen Dedalus, se inclinó hacia él y trazó rápidas cruces en el aire, murmurando entre dientes y moviendo la cabeza. Stephen Dedalus, malhumorado y con sueño, apoyó sus brazos sobre el último escalón y contempló fríamente la gorgoteante y agitada cara que lo bendecía, de proporciones equinas por lo larga, y la cabellera clara, sin tonsurar, parecida por su tinte y sus vetas al roble pálido.

Buck Mulligan espió un instante por debajo del espejo y luego tapó la bacía con toda elegancia.

—¡De vuelta al cuartel! —dijo severamente.

Luego agregó con tono sacerdotal:

—Porque esto, ¡oh amados míos!, es la verdadera Christine: cuerpo y alma y sangre y llagas. Música lenta, por favor. Cierren los ojos, señores. Un momento. Hay cierta dificultad en esos corpúsculos blancos. Silencio, todos.

Lanzó una mirada de reojo, emitió un suave y largo silbido de llamada y se detuvo un momento extasiado, mientras sus dientes blancos y parejos brillaban aquí y allá con destellos de oro. Chrysostomos. Atravesando la calma, respondieron dos silbidos fuertes y agudos.

—Gracias, viejo —gritó animadamente—. Irá bien eso. Corta la corriente, ¿quieres?

Saltó de la plataforma de tiro y miró gravemente a su observador, recogiéndose alrededor de las piernas los pliegues sueltos de su bata. La cara rolliza y sombría, y la quijada ovalada y hosca, recordaban a un prelado protector de las artes en la Edad Media. Una sonrisa agradable se extendió silenciosa sobre sus labios.

—¡Qué burla! —dijo alegremente—. Tu nombre absurdo, griego antiguo.

Lo señaló con el dedo, en amistosa burla, y fue hacia el parapeto, riendo para sí. Stephen Dedalus comenzó a subir. Lo siguió perezosamente hasta mitad de camino y se sentó en el borde de la plataforma de tiro, observándolo tranquilo mientras apoyaba su espejo sobre el parapeto, metía la brocha en la bacía y se enjabonaba las mejillas y el cuello.

La alegre voz de Buck Mulligan siguió:

—Mi nombre también es absurdo. Malachi Mulligan, dos esdrújulos. Pero tiene un sonido helénico, ¿verdad? Ágil y soleado como el mismo gamo. Tenemos que ir a Atenas. ¿Vendrás conmigo si consigo que la tía suelte veinte libras?

Dejó la brocha a un lado y gritó, riendo contento:

—¿Vendrá él? Ese jesuita seco.

Deteniéndose, empezó a afeitarse concienzudamente.

—Dime, Mulligan —dijo Stephen quedamente.

—¿Qué, amor mío?

—¿Cuánto tiempo se quedará Haines en esta torre?

Buck Mulligan mostró una mejilla afeitada por encima de su hombro derecho:

—¡Dios! ¿No es espantoso? —dijo francamente—. Es un sajón pesado. Cree que no eres un caballero. Por Dios, estos cochinos ingleses. Revientan de dinero y de indigestión. Porque viene de Oxford. Sabes, Dedalus, tú tienes los verdaderos modales de Oxford. No te puede entender. ¡Oh!, yo tengo para ti el mejor nombre: Kinch, hoja de cuchillo.

Se afeitó cuidadosamente el mentón.

—Toda la noche se la pasó desvariando acerca de una pantera negra —dijo Stephen—. ¿Dónde está la cartuchera de su revólver?

—Es un lunático temible —dijo Mulligan—. ¿Tenías miedo?

—Sí —exclamó Stephen con energía y renovado temor—. Estar ahí en la oscuridad con un hombre a quien no conozco y que delira y gime por una pantera negra que quiere matar. Tú salvaste a algunos hombres que se ahogaban. Pero yo no soy un héroe. Si él se queda, yo me voy.

Buck Mulligan le arrugó el entrecejo a la espuma de su navaja. Descendió de su sitio y empezó a buscar afanosamente en los bolsillos de sus pantalones.

—¡Demonio! —dijo ásperamente.

Se dirigió a la plataforma, y metiendo una mano en el bolsillo de Stephen, dijo:

—Haznos el obsequio de tu limpiamocos para enjugar mi navaja.

Stephen aguantó que sacara y exhibiera, sosteniéndolo de una punta, un pañuelo arrugado y sucio. Buck Mulligan limpió la navaja cuidadosamente. Después, mirando sobre el pañuelo, dijo:

—El trapo de nariz del bardo. Un nuevo color artístico para nuestros poetas irlandeses: verde moco. Casi puedes sentirle el gusto, ¿no es cierto?

Montó otra vez en el parapeto y contempló la bahía de Dublín, mientras su cabello claro, de roble pálido, se agitaba suavemente.

—Dios —musitó—. ¿No es verdad que el mar es, como dice Algy, una dulce madre gris? El mar verde moco. El mar escrotogalvanizador. Epi oinopa ponton. ¡Ah, Dedalus, los griegos! Tengo que enseñarte. Tienes que leerlos en el original. ¡Thalatta! ¡Thalatta!. Ella es nuestra grande y dulce madre. Ven y mira.

Stephen se irguió y se dirigió al parapeto. Apoyándose en él miró abajo, al agua y al barco correo que franqueaba la boca del puerto de Kingstown.

—Nuestra poderosa madre —dijo Buck Mulligan.

Desvió bruscamente del mar sus grandes ojos escudriñadores y los fijó en la cara de Stephen:

—La tía piensa que mataste a tu madre —dijo—. Por eso no quiere que me vea contigo.

—Alguien la mató —murmuró Stephen lúgubremente.

—¡Maldita sea! Podrías haberte arrodillado cuando tu madre moribunda te lo pidió, Kinch —dijo Buck Mulligan—. Soy tan hiperbóreo como tú. Pero pensar que tu madre moribunda, con su último aliento, te pidió que te arrodillaras y rezaras por ella. Y te negaste. Hay algo siniestro en ti…

Se interrumpió y volvió a cubrir de espuma, suavemente, su otra mejilla. Sus labios se curvaron en una sonrisa de condescendencia.

—Pero una máscara preciosa —murmuró para sí—, Kinch, la máscara más preciosa de todas.

Se afeitaba con soltura y cuidado, en silencio, serio.

Stephen, con un codo apoyado sobre el granito mellado, y la palma de la mano contra la frente, consideró el borde gastado de la manga de su chaqueta, negra y lustrosa. Una pena, que todavía no era la pena del amor, corroía su corazón. Silenciosamente, en sueños, ella vino después de muerta, su cuerpo consumido dentro de la floja mortaja parda, exhalando perfume de cera y palo de rosa, mientras su aliento, cerniéndose sobre él, mudo y reprensor, era como un desmayado olor a cenizas húmedas. A través del puño deshilachado vio el mar que la voz robusta acababa de alabar a su lado como a una madre grande y querida. El círculo formado por la bahía y el horizonte cerraban una masa opaca de líquido verdoso. Al lado de su lecho de muerte había una taza de porcelana blanca, conteniendo la espesa bilis verdosa que ella había arrancado a su hígado putrefacto entre estertores, vómitos y gemidos.

Buck Mulligan limpió la hoja de su navaja.

—¡Ah, pobre cuerpo de perro! —dijo con voz enternecida—. Tengo que darte una camisa y unos cuantos pañuelos. ¿Qué tal los pantalones de segunda mano?

—Quedan bastante bien —contestó Stephen.

Buck Mulligan atacó el hueco debajo de su labio inferior.

—Lo ridículo —agregó alegremente— es que hayan sido usados. Dios sabe qué apestado los dejó. Tengo un par muy hermoso, con rayas del ancho de un cabello, grises. Quedarías formidable con ellos. No bromeo, Kinch. Quedas condenadamente bien cuando estás arreglado.

—Gracias —dijo Stephen—, no puedo usarlos si son grises.

—¡No puede usarlos! —dijo Buck a su cara en el espejo—. La etiqueta es la etiqueta. Mata a su madre, pero no puede llevar pantalones grises.

Cerró cuidadosamente la navaja y con unos golpecitos de los dedos palpó la suavidad de la piel.

Stephen apartó su mirada del mar y la fijó en la cara rolliza, de ojos movedizos, azul de humo.

—El tipo con quien estuve en el Ship anoche —dijo Buck Mulligan— dice que tienes p.g.l. Está en Dottyville con Connolly Norman. Paresia general de los locos.

Describió un semicírculo en el aire con el espejo para comunicar las nuevas al exterior luminoso ahora de sol sobre el mar. Rieron sus labios curvos, recién afeitados, y los bordes de sus dientes blancos y relucientes. La risa se apoderó de todo su tronco fornido y macizo.

—Mírate —le dijo—, bardo horroroso.

Stephen se inclinó y se contempló en el espejo que le ofrecían, agrietado por una rajadura torcida, con los cabellos en punta. Como él y otros me ven. ¿Quién me eligió esta cara? Este cuerpo de perro necesitado de desinfección. También me lo pregunta a mí.

—Lo robé del cuarto de la fregona —declaró Buck Mulligan—. Se lo merece. En obsequio a Malachi, la tía siempre elige criadas feas. No le tientes. Y su nombre es Úrsula.

Riendo otra vez, apartó el espejo de los ojos atentos de Stephen.

—¡Qué rabia tendría Calibán al no ver su imagen en un espejo! —exclamó—. Si Wilde estuviera vivo para verte…

Echándose para atrás y señalando, Stephen dijo con amargura:

—Es un símbolo del arte irlandés. El espejo agrietado de un sirviente.

Buck Mulligan enlazó su brazo de repente con el de Stephen, y caminó con él alrededor de la torre, la navaja y el espejo sacudiéndose en el bolsillo donde los había metido.

—No es justo burlarse de ti de esta manera, Kinch, ¿no es verdad? —agregó con cariño—. Dios sabe que tienes más espíritu que cualquiera de ellos.

Defendiéndose de nuevo. Teme la lanceta de mi arte como yo temo la suya. La fría pluma de acero.

—El espejo agrietado de un sirviente. Dile eso al sajón de abajo y trata de sacarle una guinea. Está podrido de dinero y cree que no eres un caballero. Su viejo hizo fortuna vendiendo jalapa a zulúes o a algún otro maldito estafador. Por Dios, Kinch, si tú y yo pudiéramos tan sólo trabajar juntos podríamos hacer algo por la isla. Helenizarla.

El brazo de Cranly. Su brazo.

—Y pensar que tú tienes que estar pidiendo limosna a estos cochinos. Yo soy el único que sabe lo que vales. ¿Por qué no me tienes más confianza? ¿Qué es lo que tienes sobre la nariz en mi contra? ¿Es por Haines? Como se ponga a incordiar haré venir a Seymour y le vamos a dar más para el pelo que a Clive Kempthorpe.

Gritos jóvenes de voces adineradas en las habitaciones de Clive Kempthorpe. Caras pálidas: se desternillan de la risa, abrazándose unos a otros. ¡Oh, me muero! ¡Díselo a ella poco a poco, Aubrey! ¡Me muero! Salta y cojea alrededor de la mesa, los faldones de su camisa hechos jirones azotando el aire, los pantalones en los tobillos perseguido por Ades de Magdalen con las tijeras del sastre. Una cara asustada de ternero, lustrosa de mermelada. ¡No quiero que me den de tajos! ¡No me mareéis!

Gritos desde la ventana abierta, que estremecen la tarde en el patio. Un jardinero sordo, con delantal, enmascarado con la cara de Matthew Arnold, empuja su segadora sobre el césped sombrío, observando atentamente las briznas danzarinas de pasto seco.

Para nosotros mismos… nuevo paganismo… omphalos.

—Que se quede —dijo Stephen—. No tiene nada de malo excepto de noche.

—Y entonces ¿de qué se trata? —le preguntó Buck Mulligan con impaciencia—. Vomítalo. Soy completamente franco contigo. ¿Qué tienes ahora contra mí?

Hicieron un alto, mirando hacia el cabo romo de Bray Head, que asomaba en el agua como el morro de una ballena dormida. Stephen liberó su brazo en silencio.

—¿Quieres que te lo diga? —le preguntó.

—Sí, ¿de qué se trata? —respondió Buck Mulligan—. No me acuerdo de nada.

Hablaba mirando la cara de Stephen. Una brisa leve le pasó por la frente, abanicando con suavidad sus claros cabellos despeinados y despertando plateados puntos de ansiedad en sus ojos.

Stephen, deprimido por su propia voz, dijo:

—¿Recuerdas el primer día que fui a tu casa después de la muerte de mi madre?

Buck Mulligan arrugó bruscamente la frente y contestó:

—¿Qué? ¿Dónde? No recuerdo nada. Sólo ideas y sensaciones. ¿Por qué? En nombre de Dios, ¿qué pasó?

—Estabas preparando té —dijo Stephen— y yo crucé el rellano para ir a buscar más agua caliente. Tu madre y algún visitante salieron de la sala. Ella te preguntó quién estaba en tu cuarto.

—¿Sí? —dijo Buck Mulligan—. ¿Qué dije yo? No recuerdo.

—Dijiste —contestó Stephen—: ¡Oh!, es tan sólo Dedalus, cuya madre ha muerto bestialmente.

Un rubor que lo hizo parecer más joven y atrayente cubrió las mejillas de Buck Mulligan.

—¿Eso dije? —preguntó—. Bueno, ¿qué hay de malo?

Nerviosamente, trató de quitar importancia a su embarazo.

—¿Y qué es la muerte? —siguió—. ¿La de tu madre o la tuya o la mía propia? Tú solamente viste morir a tu madre. Yo los veo reventar todos los días en el Mater y en el Richmond, y cómo los destripan en la sala de autopsia. Es una cosa bestial y nada más. Simplemente no tiene importancia. No quisiste arrodillarte a rezar por tu madre en el lecho de muerte cuando te lo pidió. ¿Por qué? Porque llevas dentro la maldita marca de los jesuitas, sólo que inyectada al revés. Para mí todo es burla y bestialidad. Sus lóbulos cerebrales no funcionan. Ella llama al doctor sir Peter Teazle y recoge ranúnculos en la colcha. Se trata de seguirle la corriente hasta el fin. Contrariaste su último deseo cuando iba a morir y sin embargo te fastidias conmigo porque no berreo como alguna llorona alquilada de Lalouette. ¡Absurdo! Supongo que lo dije. No quise ofender la memoria de tu madre.

Hablaba sólo para envalentonarse. Stephen, ocultando las heridas que las palabras habían dejado abiertas en su corazón, dijo muy fríamente:

—No estoy pensando en la ofensa a mi madre.

—¿En qué, entonces? —preguntó Buck Mulligan.

—En la ofensa a mí —contestó Stephen.

Buck Mulligan giró sobre sus talones.

—¡Oh, persona imposible! —exclamó.

Se alejó rápidamente por el parapeto. Stephen se quedó en su sitio, mirando el mar hacia la punta de tierra. El mar y la punta de tierra iban oscureciéndose ahora. El pulso le sacudía en los ojos, velándole la vista, y sintió fiebre de sus mejillas.

Alguien llamó a voces desde el interior de la torre.

—¿Estás ahí, Mulligan?

—Ya voy —contestó Buck Mulligan.

Se volvió hacia Stephen y dijo:

—Mira el mar. ¿Qué le importan a él las ofensas? Olvídate de Loyola, Kinch, y baja. El sajón reclama su jamón matutino.

Su cabeza se detuvo otra vez por un momento al extremo de la escalera, al nivel del techo:

—No te quedes atontado todo el día pensando en eso —dijo—. Yo soy inconsecuente. Abandona las cavilaciones taciturnas.

Su cabeza desapareció, pero el zumbido de su voz que descendía retumbó fuera de la escalera:

Y no más arrinconarse y cavilar
sobre el amargo misterio del amor,
porque Fergus maneja los carros de bronce.

Sombras vegetales flotaban silenciosamente en la paz de la mañana, desde la escalera hacia el mar que él contemplaba. En la orilla y más allá el espejo del agua blanqueaba, acicateado por fugaces pies luminosos. Blanco seno del deslustrado mar. Los golpes enlazados, de dos en dos. Una mano pulsando las cuerdas de un arpa fundiendo acordes gemelos. Palabras enlazadas, blancas como olas, rielando sobre la deslustrada marea.

Una nube empezó a cubrir el sol, lentamente, oscureciendo la bahía con un verde más profundo. Estaba detrás de él, un cántaro de aguas amargas. La canción de Fergus: la canté solo en la casa, sosteniendo los acordes largos y tristes. La puerta de ella estaba abierta: quería escuchar mi música. Con una mezcla de temor, respeto y lástima me acerqué silenciosamente a su lecho. Lloraba en su cama miserable. Por esas palabras, Stephen: amargo misterio del amor.

¿Ahora dónde?

Sus secretos: viejos abanicos de plumas, tarjetas de baile, borlas espolvoreadas de almizcle, un adorno de cuentas de ámbar en su cajón cerrado con llave. Cuando era niña, en una ventana soleada de su casa pendía una jaula. Escuchó cantar al viejo Royce en la pantomima de Turco el terrible y rió con los demás cuando él cantaba:

Soy el muchacho
que goza
de la invisibilidad.

Júbilos reliquiaduendeperdidos: almizcleviejoperfumados.

Y no más arrinconarse y cavilar.

Duendeperdidos en la memoria de la naturaleza con sus juguetes. Los recuerdos acosan su mente cavilosa. Su vaso lleno de agua de la cocina, cuando hubo comulgado. Una manzana rellena de azúcar negra, asándose para ella en el hogar en un oscuro atardecer de otoño. Sus uñas bien formadas enrojecidas por la sangre de los piojos aplastados en las camisas de los chicos.

Ella apareció en un sueño, silenciosamente, avanzando hacia él, su cuerpo consumido dentro de la floja mortaja parda, exhalando perfume de cera y palo de rosa, su aliento cerniéndose sobre él, con palabras mudas y secretas, un desmayado olor a cenizas húmedas.

Sus ojos vítreos, mirando desde la muerte, para sacudir y doblegar mi alma. Sobre mí solo. El cirio de las ánimas para alumbrar su agonía. Luz espectral sobre el rostro torturado. Su respiración ronca ruidosa rechinando de horror, mientras todos rezaban arrodillados. Sus ojos sobre mí para hacerme sucumbir: Liliata rutilantium te confessorum turma circumdet: iubilantium te virginum chorus excipiat.

¡Vampiro! ¡Rumiante de cadáveres!

No, madre. Déjame ser y déjame vivir.

—¡Kinch, eh!

La voz de Buck Mulligan resonó desde la torre. Llamó otra vez desde más cerca de la escalera. Stephen, temblando todavía por el grito de su alma, oyó la escurridiza y cálida luz del sol, y en el aire a su espalda palabras cordiales.

—Dedalus, baja, no seas malo. El desayuno está listo. Haines está pidiendo disculpas por habernos despertado anoche. Todo está bien.

—Ya voy —dijo Stephen volviéndose.

—Ven, por Jesús —dijo Buck Mulligan—, por mí y por todos nosotros.

Su cabeza desapareció y reapareció.

—Le hablé de tu símbolo del arte irlandés. Dice que es muy ingenioso. Pídele una libra, ¿quieres? O mejor: una guinea.

—Me pagan esta mañana —dijo Stephen.

—¿En la puerca escuela? —dijo Buck Mulligan—. ¿Cuánto? ¿Cuatro libras? Préstanos una.

—Si la quieres —dijo Stephen.

—¡Cuatro brillantes soberanos! —gritó Buck Mulligan con deleite—. Vamos a coger una gloriosa borrachera, para asombrar a los druidosos druidas. Cuatro soberanos omnipotentes.

Levantó la mano y descendió a saltos por la escalera de piedra, cantando una tonada con acento cockney:

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