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Un asunto de honor

«Era la más linda Cenicienta que vi nunca. Tenía dieciséis años, un libro de piratas bajo la almohada y, como en los cuentos, una hermanastra mala que había vendido su virginidad al portugués Almeida, quien a su vez pretendía revendérsela a don Máximo Larreta, propietario de construcciones Larreta y de la funeraria Hasta Luego. —Un día veré el mar —decía la niña, también como en los cuentos, mientras pasaba la fregona por el suelo del puticlub. Y soñaba con un cocinero cojo y una isla, y un loro que gritaba no sé qué murga sobre piezas de a ocho. —Y te llevará un príncipe azul en su yate —se le choteaba la Nati, que tenía muy mala leche—. No te jode.» Relato corto, cuento breve, Un asunto de honor es una moderna historia de hadas y piratas, de buenos y malos, escrita con una acción trepidante y un humor agridulce y desesperado.

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1. El puticlub del Portugués

Era la más linda Cenicienta que vi nunca. Tenía dieciséis años, un libro de piratas bajo la almohada y, como en los cuentos, una hermanastra mala que había vendido su virginidad al portugués Almeida, quien a su vez pretendía revendérsela a don Máximo Larreta, propietario de Construcciones Larreta y de la funeraria Hasta Luego.

—Un día veré el mar —decía la niña, también como en los cuentos, mientras pasaba la fregona por el suelo del puticlub. Y soñaba con un cocinero cojo y una isla, y un loro que gritaba no sé qué murga sobre piezas de a ocho.

—Y te llevará un príncipe azul en su yate —se le choteaba la Nati, que tenía muy mala leche—. No te jode.

El príncipe azul era yo, pero ninguno de nosotros lo sabía, aún. Y el yate era el Volvo 800 Magnum de cuarenta toneladas que a esas horas conducía el que suscribe por la Nacional 435, a la altura de Jerez de los Caballeros.

Permitan que me presente: Manolo Jarales Campos, veintisiete años, la mili en Regulares de Ceuta y año y medio de talego por dejarme liar bajando al moro y subir con lo que no debía. De servir a la patria me queda un diente desportillado que me partió un sargento de una hostia, y de El Puerto de Santa María el tabique desviado y dos tatuajes: uno en el brazo derecho, con un corazón y la palabra Trocito, y otro en el izquierdo que pone: Nací para haserte sufrir. La s del haserte se la debo a mi tronco Paco Seisdedos, que cuando el tatuaje estaba con un colocón tremendo, y claro. Por lo demás, el día de autos yo había cumplido tres meses de libertad y aquel del Volvo era mi primer curro desde que estaba en bola. Y conducía tan campante, oyendo a los Chunguitos en el radiocassette y pensando en echar un polvo donde el portugués Almeida, o sea, a la Nati, sin saber la que estaba a punto de caerme encima.

El caso es que aquella tarde, día de la Virgen de Fátima —me acuerdo porque el portugués Almeida era muy devoto y tenía un azulejo con farolillo a la entrada del puticlub—, aparqué la máquina, metí un paquete de Winston en la manga de la camiseta, y salté de la cabina en busca de un alivio y una cerveza.

—Hola, guapo —me dijo la Nati.

Siempre le decía hola guapo a todo cristo, así que no vayan ustedes a creer. La Nati sí que estaba tremenda, y los camioneros nos la recomendábamos unos a otros por el VHF, la radio que sirve para sentirnos menos solos en ruta y echarnos una mano unos a otros. Había otras chicas en el local, tres o cuatro dominicanas y una polaca, pero siempre que la veía libre, yo me iba con ella. Quien la tenía al punto era el portugués Almeida, que la quitó de la calle para convertirla en su mujer de confianza. La Nati llevaba la caja y el gobierno del puticlub y todo eso, pero seguía trabajando porque era muy golfa. Y al portugués Almeida los celos se le quitaban contando billetes, el hijoputa.

—Te voy a dar un revolcón, Nati. Si no es molestia.

—Contigo nunca es molestia, guapo. Lo que son es cinco mil.

Vaya por delante que de putero tengo lo justo. Pero la carretera es dura, y solitaria. Y a los veintisiete tacos es muy difícil olvidar año y medio de ayuno en el talego. Tampoco es que a uno le sobre la viruta, así que, bueno, ya me entienden. Una alegría cada dos o tres semanas viene bien para relajar el pulso y olvidarse de los domingueros, de las carreteras en obras y de los picoletos de la Guardia Civil, que en cuanto metes la gamba te putean de mala manera, que si la documentación y que si el manifiesto de carga y que si la madre que los parió, en vez de estar deteniendo violadores, banqueros y presentadores de televisión. Que desde mi punto de vista son los que más daño hacen a la sociedad.

Pero a lo que iba. El caso es que pasé a los reservados a ocuparme con la Nati, le llené el depósito y salí a tomarme otra cerveza antes de subirme otra vez al camión. Yo iba bien, aliviado y a gusto, metiéndome el faldón de la camiseta en los tejanos. Y entonces la vi.

Lo malo —o lo bueno— que tienen los momentos importantes de tu vida es que casi nunca te enteras de que lo son. Así que no vayan a pensar ustedes que sonaron campanas o música como en el cine. Vi unos ojos oscuros, enormes, que me miraban desde una puerta medio abierta, y una cara preciosa, de ángel jovencito, que desentonaba en el ambiente del puticlub como a un cristo pueden desentonarle un rifle y dos pistolas. Aquella chiquilla ni era puta ni lo sería nunca, me dije mientras seguía andando por el pasillo hacia el bar. Aún me volví a mirarla otra vez y seguía allí, tras la puerta medio entornada.

—Hola —dije, parándome.

Arturo Pérez-Reverte. Nace en Cartagena, España, el 25 de noviembre de 1951. Escritor y licenciado en Periodismo, cursó también tres años de Ciencias Políticas. Actualmente se dedica en exclusiva a la literatura con especial atención a la novela histórica.

Miembro de la Real Academia Española desde 2003, reportero de prensa, radio y televisión durante 21 años (1973-1994), cubriendo conflictos internacionales. Trabajó durante doce años en el diario Pueblo como reportero y nueve en Televisión Española cubriendo los servicios informativos relacionados con conflictos armados.

Entre los conflictos más destacados que ha cubierto el escritor se encuentran la guerra de Chipre, fases de la guerra del Líbano, la guerra de Eritrea, la guerra del Sahara, las Malvinas, El Salvador, Nicaragua, Chad, Libia, Sudán, Mozambique, Angola, el Golfo Pérsico, Croacia y Bosnia. La guerra que más le marcó fue la Guerra de Eritrea de 1977, la cual cita en algunos de sus artículos y en su novela Territorio Comanche, en la que estuvo desaparecido durante varios meses y a la que consiguió sobrevivir.

Escribe desde 1991 en una página de opinión de XL Semanal, un suplemento del grupo Vocento. Dicha sección es una de las más leídas de la prensa española y supera los 4.500.000 lectores. La primera novela que publicó fue El húsar (1986), seguida de El maestro de esgrima (1988), La tabla de Flandes (1900), El Club Dumas (1993), La sombra del águila (1993), Territorio Comanche (1994), Un asunto de honor (1995), Obra Breve (1995), La piel del tambor (1995), Patente de corso (1998), La carta esférica (2000), Con ánimo de ofender (2001), La Reina del Sur (2002), Cabo Trafalgar (2004), No me cogeréis vivo (2005), Un día de cólera (2007), Ojos azules (2009), Cuando éramos honrados mercenarios (2009), El Asedio (2010). El tango de la Guardia Vieja (2012), El francotirador paciente (2013), Perros e hijos de perra (2014) y La guerra civil contada a los jóvenes (2015). Obras internacionales galardonadas y traducidas en más de 40 idiomas.

También es autor de una de las series de mayor éxito de las últimas décadas en el mercado español: Las aventuras del capitán Alatriste (1996). Alatriste encarna a un capitán español de los tercios de Flandes y la novela está minuciosamente situada geográfica e históricamente.

Miembro de la Real Academia Española desde el 12 de junio de 2003, día en que leyó un discurso titulado El habla de un bravo del siglo XVII. Arturo Pérez-Reverte también fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad Politécnica de Cartagena, el primero otorgado por la Universidad, el 18 de febrero de 2004.

A lo largo de su carrera ha recibido numerosos premios y galardones, de entre los que habría que destacar algunos tan importantes como el Goya, el Grand Prix de Literatura Policiaca de Francia, el Ondas, la Orden Nacional del Mérito, el Jean Monnet o el Palle Rosenkranz, por mencionar solo algunos.

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