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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Vathek

Género: NovelasTerrorLibros

Sobre el autor:

Sobre el libro:

La tierra se abre; con terror y con esperanza, Vathek baja hasta el fondo del mundo. Una silenciosa y pálida muchedumbre de personas que no se miran erra por las soberbias galerías del palacio infinito. El Alcázar del Fuego Subterráneo abunda en esplendores y talismanes, pero también es el Infierno. Saintsbury y Andrew Lang declaran o sugieren que la invención del Alcázar del Fuego Subterráneo es la mayor gloria de Beckford. Yo afirmo que se trata del primer Infierno realmente atroz de la literatura.

Fragmento

Vathek

Vathek, noveno Califa de la estirpe de los Abásidas, hijo de Motassem y nieto de Haroun Al-Rachid, subió al trono en la flor de la edad. Las considerables cualidades que ya entonces poseía hacían esperar a sus súbditos un reinado largo y feliz. Su aspecto era agradable y majestuoso; mas cuando montaba en cólera uno de sus ojos se volvía tan terrible que no podían soportarse sus miradas: el desdichado sobre quien lo fijaba caía de espaldas y a veces expiraba al momento. Así que, temeroso de despoblar sus estados y convertir en desierto su palacio, el príncipe se encolerizaba sólo muy de tarde en tarde.

Era muy dado a las mujeres y los placeres de la mesa. De generosidad sin límites y libertinaje sin moderación. No creía, como Omar Ben Abdalaziz, que fuera preciso hacerse un infierno de este mundo para ganar en el otro un paraíso.

Excedió en magnificencia a todos sus antecesores. El palacio de Alkorremi, construido por su padre Motassem en la Colina de los Caballos Píos dominando toda la ciudad de Samarah, no le pareció lo suficientemente amplio. Le añadió cinco alas, o mejor dicho otros cinco palacios, cada uno de ellos destinado a la satisfacción de uno de los sentidos.

En el primero, las mesas estaban siempre repletas de los más exquisitos manjares. Se los renovaba día y noche, a medida que se iban enfriando. Los vinos más suaves y los mejores licores manaban en grandes chorros de cien fuentes nunca agotadas. Tal palacio se llamaba El Eterno Festín o el Insaciable.

El segundo tenía por nombres Templo de la Melodía y Néctar del Alma. Alojaba a los más destacados músicos y poetas del momento. Después de haber ejercido allí su talento se desbandaban haciendo resonar el entorno con sus cantos.

El palacio llamado Delicias de la Mirada o Sustento de la Memoria era un ininterrumpido deleite. Toda suerte de rarezas, procedentes de todos los rincones de la tierra, se reunían allí, dispuestas en ordenada profusión. Se contemplaba una galería de pinturas del célebre Mani y estatuas que parecían animadas. Allá una perspectiva bien conseguida encantaba la vista; acá la magia de la óptica la confundía agradablemente; más lejos se acumulaban todos los tesoros de la Naturaleza. En una palabra, Vathek, el más curioso de los hombres, no había omitido en aquel palacio nada que pudiese satisfacer la curiosidad del visitante.

El palacio de los Perfumes, llamado también Acicate de la Voluptuosidad, se subdividía en varias salas. Ardían allí, aun en pleno día, antorchas y pebeteros. Para disipar la dulce embriaguez que producía el lugar, podía descenderse a un amplio jardín donde la reunión de todas las flores hacía respirar un aire suave y reconfortante.

En el quinto palacio, que tenía por nombre Reducto de la Alegría o El Peligroso, se encontraban muchas cuadrillas de muchachas, bellas y obsequiosas como Huríes, que nunca dejaban de acoger a aquellos que el Califa quería darles por compañía.

Vathek no era menos amado por sus súbditos por sumergirse en tanta voluptuosidad. Creíase que un soberano entregado al placer es, por lo menos, tan apto para gobernar como el que se declara su enemigo. En vida de su padre había estudiado tanto para no aburrirse que sabía en exceso: quiso finalmente conocerlo todo, hasta las ciencias que no lo son. Se complacía en disputar con los sabios; pero era preciso que no llevasen la contradicción demasiado lejos. A unos tapaba la boca con regalos; aquellos cuya obstinación resistía a su liberalidad eran enviados a prisión, para calmarles los ímpetus, remedio este que a menudo tenía éxito.

Vathek quiso también mezclarse en disputas teológicas, y no fue por la opinión considerada generalmente como ortodoxa por lo que tomó partido. Se ganó la animadversión de todos los devotos y entonces los persiguió, ya que quería, a toda costa, tener siempre razón.

El gran Profeta Mahoma, cuyos Vicarios son los Califas, se indignaba en el séptimo cielo por la irreligiosa conducta de uno de sus sucesores.

Dejémoslo hacer —decía a los genios que siempre están prestos a cumplir sus órdenes—, veamos dónde llegarán su impiedad y locura; si se extralimita, ya sabremos castigarlo. Ayudadle a construir esa torre que ha empezado a alzar a imitación de Nemrod, no para salvarse de un nuevo Diluvio como el gran guerrero, sino por insolente curiosidad de desentrañar los arcanos celestes. ¡Por más que haga nunca adivinará la suerte que le espera!

Los genios obedecieron, y si los obreros alzaban un codo durante el día, ellos le añadían dos durante la noche. La celeridad con que avanzaba la construcción halagaba el orgullo de Vathek. Creía que hasta la materia inanimada se prestaba a sus designios. El príncipe no tenía en cuenta, a pesar de toda su ciencia, que los éxitos del insensato y el perverso son su primer castigo.

Su orgullo llegó al culmen cuando, tras haber subido los once mil escalones de su torre, miró hacia abajo. Los hombres parecían hormigas, las montañas conchas y las ciudades panales.

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