El Librero Semanal

Yo, robot

Resumen del libro:

Una investigación llevada a cabo por un periodista acerca de la trayectoria de la robopsicóloga Susan Calvin da pie a los nueve relatos que componen esta novela. Publicada cuando la electrónica digital estaba en su infancia, «Yo, robot» resultó ciertamente visionaria. Aquí formuló Isaac Asimv por primera vez las tres leyes fundamentales de la robótica, que rigen el comportamiento en los diferentes conflictos que se presentan entre humanos y robots, que se convertirían en una de las piedras angulares de la ciencia ficción. La modernidad y éxito de este libro se explica por la audacia en la composición y por la aplastante lógica en sus reflexiones, que se adentran en el campo de la ética y de la psicología. «Yo, robot» es uno de los pocos títulos de ciencia ficción que han superado con amplitud el círculo de lectores especialmente aficionados, entre los que a menudo se considera una obra cumbre. Su influencia y la de las tres leyes de la robótica en ella enunciadas es muy notable y ha servido de inspiración para incontables novelas, cómics y películas.

  • Comprar Libro:
  • Comprar Ebook:

Película sobre el libro:

Título: Yo, robot

Dirección:

Fragmento:

INTRODUCCIÓN

He revisado mis notas y no me gustan. He pasado tres días en la U. S. Robots y lo mismo hubiera podido pasarlos en casa con la Enciclopedia Telúrica.

Susan Calvin había nacido en 1982, dicen, por lo cual tendrá ahora setenta y cinco años. Esto lo sabe todo el mundo. Con bastante aproximación, la «U. S. Robots & Mechanical Men, Inc.» tiene también setenta y cinco años, ya que fue el año del nacimiento de la doctora Calvin cuando Lawrence Robertson sentó las bases de lo que tenía que llegar a ser la más extraña y gigantesca industria en la historia del hombre. Bien, esto lo sabe también todo el mundo.

A la edad de veinte años, Susan Calvin formó parte de la comisión investigadora psicomatemática ante la cual el Dr. Alfred Lanning, de la U. S. Robots, presentó el primer robot móvil equipado con voz. Era un robot grande, rústico, sin la menor belleza, que olía a aceite de máquina y destinado a las proyectadas minas de Mercurio. Pero podía hablar y razonar.

Susan no dijo nada en aquella ocasión; no tomó tampoco parte en las apasionadas polémicas que siguieron. Era una muchacha fría, sencilla e incolora, que se defendía contra un mundo que le desagradaba con una expresión de máscara y una hipertrofia del intelecto. Pero mientras observaba y escuchaba, sentía la tensión de un frío entusiasmo.

Se graduó en la Universidad de Columbia en el año 2003, y empezó a dedicarse a la Cibernética.

Todo lo que se había hecho durante la segunda mitad del siglo veinte en materia de «máquinas calculadoras» había sido anulado por Robertson y sus cerebros positrónicos. Las millas de cables y fotocélulas habían dado paso al globo esponjoso de platino-indio del tamaño aproximado de un cerebro humano.

Aprendió a calcular los parámetros necesarios para establecer las posibles variantes del «cerebro positrónico»; a construir «cerebros» sobre el papel, de una clase en que las respuestas a estímulos determinados podían producirse muy aproximadamente.

En 2008, se doctoró en Filosofía e ingresó en la U. S. Robots como «robopsicóloga», convirtiéndose en la primera gran practicante de esta nueva ciencia. Lawrence Robertson era todavía presidente de la corporación; Alfred Lanning había sido nombrado director de investigaciones.

Durante quince años vio cómo cambiaba la dirección del progreso humano, y avanzaba vertiginosamente.

Ahora se retiraba…, hasta donde podía. Por lo menos, permitía que la puerta de su despacho ostentase el nombre de otra persona.

Esto, sencillamente, fue lo que supe. Tenía una larga lista de sus publicaciones, de las patentes a su nombre; conocía los detalles cronológicos de sus promociones, en una palabra, tenía su «vida» profesional con todo detalle.

Pero todo esto no era lo que yo quería.

Necesitaba algo más para mis artículos con destino a la Prensa Interplanetaria. Mucho más. Y así se lo dije.

—Doctora Calvin —le dije tan amablemente como pude—, según la opinión general, la U. S. Robots y usted son equivalentes. Su retirada pondrá fin a una Era que…

—¿Quiere usted el punto de vista del interés humano? —dijo sin sonreír. No creo que nunca sonriese. Pero sus ojos eran penetrantes, aunque no agresivos. Sentí que su mirada me atravesaba y salía por el occipucio y supe que era para ella de una transparencia inusitada; que todo el mundo lo era.

—Exacto —dije.

—¿El interés humano…, de los robots? Esto es una contradicción.

—No, doctora, de usted.

—También me han llamado robot. Con seguridad le habrán dicho a usted que no soy humana.

Me lo habían dicho, en efecto, pero no ganaba nada con confesarlo.

Se levantó de la silla. No era alta y parecía frágil. La seguí hasta la ventana y nos asomamos a ella.

Las oficinas y talleres de la U. S. Robots formaban una pequeña ciudad, espaciosa y bien planeada. Todo era achatado como una fotografía aérea.

—Cuando vine aquí por primera vez —dijo— vivía en una pequeña habitación, allá a la derecha, donde está hoy el retén de bomberos. Fue derribada antes que usted naciese. Compartía la habitación con tres personas. Tenía media mesa. Construíamos nuestros robots en un solo edificio. Producción: tres a la semana. Ahora fíjese.

—Cincuenta años —aventuré—, es mucho tiempo.

—No cuando una mira hacia atrás. Una se pregunta cómo han pasado tan aprisa.

Volvió a su mesa y se sentó. No necesitaba expresión alguna en su rostro para parecer triste.

—¿Qué edad tiene usted? —quiso saber.

—Treinta y dos años —respondí.

—Entonces, no puede recordar los tiempos en que no había robots. La humanidad tenía que enfrentarse con el universo sola, sin amigos. Ahora tiene seres que la ayudan; seres más fuertes que ella, más útiles, más fieles, y de una devoción absoluta. ¿Ha pensado usted en ello bajo este aspecto?

—Temo que no. ¿Puedo citar sus palabras?

Sobre el autor: