El Librero Semanal

Yolanda, la hija del Corsario Negro

Resumen del libro: Yolanda, la hija del Corsario Negro:

Han pasado varios años desde los acontecimientos narrados en «El Corsario Negro» y «La Reina de los Caribes». Ahora Henry Morgan, lugarteniente del Corsario Negro, se ha convertido en el capitán de «El Rayo» y sigue surcando los mares de las Antillas atacando barcos españoles gracias a la patente de corso concedida por los ingleses. Preocupado por ciertos rumores relativos a la hija de su antiguo señor, manda a los fieles Carmaux y Wan Stiller a Maracaibo donde descubren que Yolanda Ventimiglia, hija del Corsario Negro y la duquesa Honorata Wan Guld, ha sido hecha prisionera por el conde de Medina y Torres, quien pretende apoderarse de la herencia que por derecho de nacimiento le corresponde. Informado de estos hechos, Morgan decide formar una expedición de filibusteros para atacar Maracaibo y rescatar a la hija de su antiguo capitán.

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Fragmento:

Capítulo I. La taberna del Toro

Aquella noche, contra lo acostumbrado, la taberna del Toro hervía de gente, como si algún importante acontecimiento hubiese acaecido o estuviera próximo a ocurrir.

Aunque no era de las mejores de Maracaibo y solía estar concurrida por marineros, obreros del puerto, mestizos e indios caribes, abundaban, la noche de que hablamos —cosa insólita—, personas pertenecientes a la mejor sociedad de aquella rica e importante colonia española: grandes plantadores, propietarios de refinerías de azúcar, armadores de barcos, oficiales de la guarnición, y hasta algunos miembros del Gobierno.

La sala, bastante grande, de ahumados muros y amplios ventanales, mal iluminada por las incómodas y humeantes lámparas usadas al final del siglo decimosexto, no estaba llena.

Nadie bebía y las mesitas adosadas a la pared estaban desiertas.

En cambio, la gran mesa central, de más de diez metros de largo, estaba rodeada por una cuádruple fila de personas que parecían presa de vivísima agitación, y que hacían apuestas que hubieran maravillado hasta a un moderno americano de los Estados de la Unión.

—¡Veinte piastras por Zambo!

—¡Treinta por Valiente!

—¡Valiente recibirá tal espolonazo, que caerá al primer golpe!

—¡Será Zambo quien caiga!…

—¡Veinticinco piastras por Valiente!

—¡Cincuenta por Zambo!

—¿Y vos, don Rafael?

—Yo apostaré por Plata, que es el más robusto de todos y ganará la victoria final.

—¡Canario! ¡Ese Plata es un poltrón!

—Como queráis, don Alonso; pero yo espero su turno.

—¡Basta!

—¡Adelante los combatientes!

—¡No va más!

Un toque de campana anunció que habían terminado las apuestas.

A los ensordecedores clamores de antes sucedió un silencio tal, que se hubiera podido oír volar una mosca.

Dos hombres habían entrado en la sala por distintas puertas y se habían colocado en los dos extremos de la mesa.

Llevaban entre los brazos dos robustos gallos: el uno, todo negro, con plumas de reflejos azulados y dorados; el otro, rojo y con estrías blancas y negras.

Eran dos careadores, o sea criadores de gallos de pelea, profesión aún hoy día muy lucrativa y apreciada en las antiguas colonias españolas de la América meridional.

En aquella época, la pasión por ese bárbaro deporte alcanzaba los límites del fanatismo, y puede decirse que no pasaba un día sin que hubiera riña de gallos.

Como en los pugilatos ingleses, se usaba la esponja mojada en aguardiente para galvanizar a los combatientes, y las balanzas para pesarlos, y no faltaban hasta jueces de campo, cuyos juicios eran inapelables.

Se apostaba con furor, con verdadero frenesí, cruzándose a veces quinientas y hasta mil piastras, y los combatientes estaban reglamentados en evitación de cualquier fraude.