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Literatura cubana contemporánea

Narrativa

Lo secular

Existió hace algún tiempo un hombre llamado Jacobo Altman que era cazador de vampiros

Existió hace algún tiempo un hombre llamado Jacobo Altman que era cazador de vampiros. Tenía todas las condiciones para ello, buena memoria y paciencia, virtudes estas que la gente suele confundir con sabiduría. Si alguna ciudad necesitaba librarse de vampiros, el alcalde hacía llamar a Jacobo Altman.

Antes de que llegara, los vampiros más listos solían huir. Los soberbios intentaban desafiarlo, pero a pesar de ser veloces y poderosos, ninguno estaba a la altura de Jacobo Altman.

Empalaba a los espectros, cuidando que las estacas no les interesara el corazón y luego que estaban allí, en la plaza pública, colgando a varios metros del suelo, clamando por una bala de plata en el pecho, de uno de los bolsillos de su sempiterno abrigo gris sacaba una Biblia de carátula negra y los obligaba a escuchar salmos hasta la salida del sol. Impresionaba oír el grito de los vampiros cuando la claridad los iba tornando cenizas, cualquier otro se hubiera conmovido pero no Jacobo Altman.

La continua exposición a la mirada de los aparecidos había terminado por volverlo tenue, impreciso, caminaba y no todos lograban oír sus pasos.

Su principal arma de ataque además del infaltable crucifijo negro y el látigo de tres cuerdas, era la música. Apenas llegaba a un pueblo cautivo se sentaba en el centro de la plaza principal y empezaba a tañer la flauta. Cuando lo oían, vampiros y vampiras no podían dejar de acercarse.

Uno a uno iban siendo empalados los vampiros de sexo masculino.

Con las vampiras Jacobo Altman no era tan directo, a ellas les reservaba un destino especial que incluía zalamerías y no del todo necesarias crueldades.

Jacobo Altman era el único cazador de vampiro que aún quedaba en la tierra.

Más raro aún que el mismo Jacobo Altman era este asunto de los vampiros, que bien mirado era muy difícil precisar en qué consistía, pues como eran invisibles para todos menos para Altman, sólo el cazador podía desentrañar cuando habían sido eliminados o dados de baja los chupasangres, como solía denominar a los vampiros la prensa de aquellos días de a principios del siglo veintiuno, época muy dada a las guerras y a todo aquello que fuera televisado, fotografiado o filmado por una cámara del alta definición.

Los vampiros se dejaban conocer por sus síntomas. Cuando empañaban el buen vivir de una ciudad, todo se volvía más lento, las personas andaban lelas, como en estupor. Al fin y al cabo los vampiros eran un virus.

Su reina se llamaba Java, había conocido al rey Salomón y estaba harta de Jacobo Altman y de su tendencia a empalar espectros y luego evaporarlos con luz solar.

Java se enfurecía pocas veces, más de cinco mil años de existencia le habían enseñado a tomar las cosas con calma, pero el cazador se estaba convirtiendo en un problema y no sólo porque matara vampiros sino por la falta de glamour con que lo hacía, una flauta fabricada en Taiwán, un látigo de utilería y un crucifijo plástico no son utensilios adecuados para tratar a seres como los vampiros. Algunos de tan viejos habían conocido a Keops, el gran faraón.

Cualquiera no se convierte en vampiro.

Jacobo Altman usaba calzoncillos de la marca Calvin Clain, zapatillas Adidas y de vez en cuando, sobre todo cuando estaba muy tenso, oía éxitos de rock sinfónico y algún que otro blues, utilizando para ello uno de esos equipos llamados MP3. En fin, Jacobo Altman era un moderno.

La reina no lograba comprender en qué consistía la capacidad de Jacobo Altman para hechizar a tantas y tantos vampiros.

Nadie lo sabía.

Las Brontë tampoco lo sabían, en realidad después de doscientos años se acordaban de muy poco, apenas de que habían sido hermanas cuando aún vivían y que habían nacido en el septentrión, en Inglaterra para ser exactos, y que una de ellas, antes de haber sido satanizada, había escrito una novela llamada Cumbres borrascosas.

Las hermanas, esbeltas, pelirrojas y de ojos azules de bruja eran perfectas para cazar al cazador, para introducirlo en una trampa de la que sólo lograra salir zombi o convertido en un vampiro. Por eso la reina Java pensó en ellas dos y en Dostoievski, pero el ruso no era una opción, algo había en él que no acababa de convencer a la reina. Por muchas zalamerías que le dedicara Fiodor, Java lo observaba con desconfianza. Este quiere ser zar, pensaba la reina.

Muy temprano en la noche del veintiséis de febrero del 2012, salieron ambas hermanas del cementerio antiguo de Londres.

Cabalgaban cerdos invisibles.

Las hermanas no eran vampiros.

Las hermanas eran demonios. La diferencia entre un vampiro y un demonio es casi tan grande como entre un humano y un vampiro.

Ser vampiro es básicamente una elección.

Uno no escoge ser demonio.

Ser demonio es sobre todo una fatalidad, tienes que estar siempre al servicio de alguien, ya sea un humano de aviesas intenciones como Benvenuto Cellini o una vampira como la reina Java.

Partieron sabiendo lo que tenían que hacer, directas como globos aerostáticos, listas a identificar a Jacobo Altman entre los siete mil millones de personas que poblaban el planeta.

La identidad de Jacobo Altman permanecía secreta hasta el momento en que ya era demasiado tarde para los vampiros.

Lo único que se sabía de él era su página web.

www.huntersvampire.com

Jacobo Altman asistía todos los días al delfinario de Cienfuegos a limpiarse ojos y alma, observando esos seres felices, los delfines. Le gustaba alimentarlos, pero no con tilapia, claria o cualquier tipo de morralla marina. Jacobo Altman gastaba sus ahorros en atún para los delfines. El loco, por ese apelativo lo conocían los empleados del delfinario cuando lo veían abrir las latas, derramar el aceite y luego tirar el pescado al mar.

Las hermanas Brontë empezaron por la Siberia, se dirigieron a un pueblo llamado Tucsa y principiaron a comportarse como vampiros endrogados, armaron tal gresca que al otro día en la página web de Altman apareció una palabra en inglés: help, seguida de tres signos de admiración, abajo en duros caracteres cirílicos había todo un párrafo donde el alcalde de Tucsa se explayaba detallándole a Jacobo Altman que la aldea estaba hechizada, los acordeones tocaban solos, las escobas de abedul intentaban levantar vuelo, los osos despreciaban la miel, los lobos cantaba interminables serenatas y las jóvenes en edad de merecer despreciaban el frío invierno siberiano, vistiendo ropas tan ligeras que ni siquiera para el trópico eran apropiadas y lo peor, la estatua del héroe local, un honesto veterano de la guerra patria condecorado dos veces, había guiñado un ojo. Todo eso eran claros signos de vampirismo, pero como hasta Jacobo Altman tenía sus prioridades, lo pensó dos veces antes de dirigirse a una agencia y sacar un pasaje que lo llevara a la Federación Rusa, fingió no entender el eslavo, le escribió unas líneas tan evasivas al alcalde de Tucsa que cuando cayeron en manos de las hermanas Brontë comprendieron que el cazador de vampiro pertenecía a otra latitud. Tal vez sea francés, se ilusionaron imaginándolo un habitante del barrio latino.

Antes de irse tomaron al alcalde de Tucsa, un tal Boris Stuvchenko y lo colgaron cabeza debajo del campanario de la iglesia ortodoxa. Esta vez eligieron un limpiecísimo pueblo belga, repleto de muchachos al parecer felices que iban a todas partes en bicicletas. Desde que llegaron, el cementerio del pueblo, antiguo y bien cuidado, les fascinó. Tres años pasaron las hermanas Brontë acostadas en la hierba, disfrutando, en una laptop robada de una tienda de productos usados, de Cumbres borrascosas en su adaptación norteamericana y conectándose de vez en cuando a Internet para comprobar que el tal Altman seguía siendo una piedra en el zapato de los vampiros habidos y por haber. Después de ese tiempo fue que empezaron a preparar la trampa en la que Altman caería, pues descubrieron algo: Jacobo Altman escribía ficciones. Eso lo tornaba vulnerable, propenso a pensar que en el mundo había una especie de bondad intrínseca. Las hermanas Brontë, que aún después de muertas conservaban su mente despejada, ya avezadas en los secretos de la computación, crearon su propia página web: www.ghostwriter.com y organizaron un evento de cuentos breves con todos los gastos pagos, incluyendo el precio del pasaje para dirigirse al pueblecito belga y hospedarse en el California, único hotel del lugar.

Participaron cien escritores. Ellas le bebieron la sangre a sesenta, le arrancaron el corazón a veinte y a los demás los enterraron vivos para que convertidos en detectives zombi clamaran por Jacobo Altman. Él leyendo el Granma digital se enteró de lo que le había pasado a sus colegas y aunque el periódico se extendía tratando de darle una vuelta realista a lo sucedido, Altman sabía que el más allá estaba implicado, así que muy temprano en la mañana partió primero para La Habana y luego para el aeropuerto.

Al otro día desembarcaba en Bruselas. Allí lo confundieron con un miembro de Alcaeda y lo arrestaron. Uno de los detectives zombi que había logrado penetrar las filas de INTERPOL les informó a los demonios que alguien muy raro, de ojos centelleantes y melena blanca, estaba probando la comodidad de las ergástulas europeas, un hombre que portaba una flauta barata. Eso era lo que ellas esperaban. Eso era lo que esperaba Jacobo Altman.

Lo demás es historia. Basta decir que al otro año salió en Alfaguara la segunda parte de Cumbres borrascosas, la primera novela escrita a tres manos, y que la reina Java fue destronada por Dostoievski.

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Sobre el autor

  • Marcial Gala

    . La Habana, 1963. Narrador. Es autor de los libros de cuento Enemigo de los ángeles (1991); El juego que no cesa (1993); Dios y los locos (1995) y Es muy temprano (Editorial Letras Cubanas, 2010), así como de la novela Sentada en su verde limón (Letras Cubanas, 2004).