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Literatura cubana contemporánea

Ciencia Ficción

Mi amigo el inventor

El primer invento de Gualterio fue la ballesta que nunca fallaba. Lo inventó una vez que cazábamos gorriones con tirapiedras

Mi amigo Gualterio siempre fue un inventor. Inventor de verdad, no innovador, ni  racionalizador, sin desmerecer a esos compañeros que tienen ideas brillantes para mejorar cosas en sus empresas, que después se engavetan, porque al director le pagan igual si la fábrica produce cien tuercas o ciento diez.

Gualterio fue inventor desde chiquito. Lo conozco desde la secundaria, ambos éramos los dos niños con espejuelos del aula, así que nunca teníamos novia. Por lo general, los niños con espejuelos nunca ligan, a menos que sus padres tengan mucho dinero. Mi papá solo era profesor y mi mamá enfermera, Gualterio vivía con su madre que era secretaria del PCC provincial. Tampoco éramos los más inteligentes de la clase.

El primer invento de Gualterio fue la ballesta que nunca fallaba. Lo inventó una vez que cazábamos gorriones con tirapiedras, los dos teníamos muy mala puntería y no le dábamos a nada. Ya estábamos mayorcitos, pero aún insistíamos en salir de caza a ver si cobrábamos la primera pieza. Ese día Gaulterio arrojó el tirapiedras y simplemente dijo que inventaría algo que nunca fallara. Así lo hizo: una semana después se apareció con un artefacto que más que un tirapiedras parecía una ballesta, como ya mencioné, con un artilugio similar a una mira telescópica. Nos fuimos a probarlo a la salida de la ciudad, en la carretera del aeropuerto. Es verdad que nunca fallaba. Solo había que apuntarlo en dirección al objetivo y ya.

Una hora después unos oficiales del MININT interrumpieron las pruebas de nuestro armamento. Nos llevaron para “todo el mundo canta”, también menos conocido en Santiago de Cuba como “unidad de Versalles”, además de que decomisaron la ballesta y los gorriones derribados. Durante un par de días nos interrogaron tratando de descubrir de dónde habíamos sacado los planos del arco, para qué agencia extranjera trabajábamos y quiénes más estaban involucrados en la peligrosa conjura imperialista. Creo que desde ese día nuestros teléfonos quedaron intervenidos de por vida.

Pero eso no amilanó a Gualterio. A partir de ahí los inventos se sucedieron uno tras otro, y todos funcionaban.

Ambos alcanzamos ingeniería eléctrica, que era lo más que podíamos aspirar con nuestros modestos resultados académicos. Además, Gualterio creía que eso le ayudaría a mejorar sus habilidades. Desgraciadamente, mi amigo no era persona que prosperara en la universidad. No se le daban bien los estudios, a pesar de su mente creativa. Cuando Gualterio necesitaba algo, simplemente se sentaba con un lápiz y una libreta y sacaba cuentas hasta que reinventaba el teorema fundamental del álgebra o el marxismo-leninismo, lo que hiciera falta. Yo le decía que si algún día necesitara que dos más dos no fueran cuatro, el descubriría una forma de conseguirlo.

Así que dejó la universidad y se dedicó a arreglar electrodomésticos. Le fue muy bien, acumulando una gran cantidad de clientes satisfechos. Si tenías algún equipo que todos los demás mecánicos daban por muerto y no querías perder (o no podías reemplazar), ibas con Gualterio. Tenía un historial de salvamentos impecable. Salvo en cierta ocasión en que algunos televisores salieron de su taller captando canales que nunca nadie había visto. Lo cual, dicho sea de paso, dejó complacidos a sus clientes, pero no tanto a los oficiales del MININT, que decidieron hacerle una visita. Creo que buscaban otra conjura imperialista, pero no lograron encontrarla en el taller de Gualterio, así que se llevaron todo para revisarlo con calma. Supongo que aún no terminan, porque todavía no han devuelto las cosas.

Ese día Gualterio me llamó a la casa.

—Pasa por aquí mañana para enseñarte una cosa.

Tratándose de mi amigo, solo podía ser para mostrarme su último invento. Producía dos o tres inventos capitales al año y una serie de inventos menores cada mes.

El día siguiente era sábado. Entre una cosa y otra me cogió el mediodía en el correteo de mercados, así que le caí por su casa sobre las dos de la tarde. Me hizo pasar a la parte de atrás del taller, o mejor dicho, al verdadero taller, porque la parte delantera solo era para sus trabajos con el público. El otro cuarto era secreto, o mejor dicho, Gualterio no tenía más nadie aparte de mí a quien le permitiera entrar allí.

Esta vez, para mi sorpresa, atravesamos el segundo cuarto y salimos, subimos por la escalera de caracol hasta la placa del segundo piso. El tercer piso de la casa de Gualterio no estaba terminado, eran solo paredes sin techo.

Allí me esperaba un raro aparato construido sobre la carrocería de un Lada. El maletero sin tapa albergaba algo que parecía estar compuesto solo por tubos, mientras que la parte del motor parecía un almacén de materias primas, pues vi allí hasta pomos plásticos de refresco.

—Vaya, chamacón, ¿al fin te decidiste a armar un carrito?

—Qué carrito ni carrito compadre, tú sabes que lo mío es bicicleta, que es más saludable.

Por supuesto, la bici de mi socio no era común. Todos los tipos con dinero tienen bicicletas de 18 velocidades, pero apuesto la cabeza a que Gualterio tenía la única bicicleta con cambios automáticos de Santiago de Cuba. Qué digo Santiago, del mundo entero.

—Papa, ¿entonces qué coño es esto? ¿Una lavadora solar?

—Es una nave espacial.

Aún viniendo de Gualterio aquello me pareció excesivo.

—Ah, no jodas compadre.

Pero mi amigo hablaba en serio, aunque sonreía.

—Desde hace tiempo que vengo trabajando en esto. Es la primera nave a velocidad superlumínica del mundo, gracias a que el motor crea una distorsión que permite modificar las constantes físicas del universo.

Se explayó en una explicación que como siempre, resbaló por  mi cerebro sin dejar marca de conocimiento.

—Si todo sale según mis cálculos, debería avanzar un poco en el sistema solar y regresar en unos minutos.

Me dio un rollo de papeles.

—Estos son los planos. Está todo bien detallado, aunque he aplicado conceptos un poco innovadores. En cuanto lo pruebe iré a patentarlo, nunca he patentado nada, pero creo que esto sí vale la pena.

—¿Crees que vas a forrarte con esto?

—Pues no tanto, pienso venderlo barato a todo el mundo, lo que quiero es que nadie se robe la idea y se forre sin ningún esfuerzo.

Coincidí con él en que un tareco más rápido que la luz era un paso muy importante para la humanidad.

Mi amigo se montó en el Lada y tocó algunos botones en el panel. Yo, por si acaso, me aparté un poco.

Hubo un puff y después Gualterio ya no estaba ahí, ni la carrocería de Lada tampoco. Eché un vistazo a los planos, para matar el tiempo mientras esperaba, pero eso me tomó solo cinco segundos. Aquello no había dios que lo entendiera y menos yo con mi ingeniería eléctrica. Bajé al taller y puse a hacer un café para cuando Gualterio regresara de su viaje espacial. Me tomé todo el café, me cogió la noche y aún mi amigo no había vuelto.

Me di una vuelta por la oficina de patentes, donde observaron los planos sin ningún interés y luego me observaron a mí con muchísimo interés cuando les dije que era una nave espacial más rápida que la luz. Escucharon la historia de Gualterio, me devolvieron los planos y me indicaron amablemente que volviera otro día. Ese otro día me pidieron que volviera la semana siguiente. La tercera vez me percaté que me estaban peloteando.

Decidí que era mi deber salir a buscar a Gualterio. Tal vez se había quedado sin gasolina por el camino o se le rompió el Lada. Ya sabemos que esos carros rusos han rendido más de la cuenta y que no conviene forzarlos mucho.

Con los planos bajo el brazo visité varios profesores universitarios. Primero de Mecánica, después de la Facultad Eléctrica, al final acudí con uno de Física, ya  que nadie podía explicarme cómo funcionaba aquello, mucho menos hablar de construir otro.

El profesor de Física me remitió con otro, más viejo, al que todos llamaban “Profesor Méndez”. Nada de Méndez a secas. Estaba completamente calvo y usaba unos espejuelos de cristal antibalas. El viejo, mejor dicho, el Profesor Méndez, observó los planos unos minutos más que los demás.

—¿Y dices que es una nave espacial superlumínica? ¿No ha intentado patentar esto?

—Hmm… no. Digamos que eso es un proceso bastante dilatado, aunque no tiene nada que ver con ginecología.

El profesor no captó el chiste plagiado. Probablemente su único roce con una vagina fue al nacer (¿mencioné que los niños con espejuelos nunca ligan?).

—Es imposible que esto vuele -afirmó categóricamente-, de hecho, es imposible que esto haga algo. Es como decir que dos mas dos son cinco.

No dije más nada. Agarré mis papeles, o mejor dicho, los papeles de Gualterio, y me largué. No insistí más, dejé los planos en el armario y me olvidé de ellos. Di a mi amigo por perdido, otro nombre más en la lista de héroes de la cosmonáutica.

Hasta que hace unos días recibí una llamada del profesor Méndez.

—Verá… es acerca del invento de su amigo. Han estado saliendo a la luz algunas anomalías en las sumas de números naturales y…

—Profe, vaya al grano, ¿qué significa eso?

—Es que hay un par de matemáticos chinos que dicen que en ciertas circunstancias, es posible que dos más dos no sea igual a cuatro. Es un fenómeno nuevo que no sucedía antes…

Ignoré el resto. Educadamente, le colgué en cuanto pude.

Ahora estoy seguro de que mi amigo no volverá pronto. No sé por qué se me ocurrió pensar que necesitaba mi ayuda. Estoy seguro de que su invento sí voló y distorsionó el universo (tal vez más de la cuenta), que no es un héroe de la cosmonáutica, que ahora está visitando a alguna raza más inteligente que la nuestra, que sí aprecia sus creaciones y allí está mejor que aquí, inventando cosas que son útiles a todos y recibiendo el aprecio que merece.

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Sobre el autor

  • Roger Durañona Vargas

    . Guantánamo, 1975. Narrador. Narrador. Actualmente radicado en Santiago de Cuba. Aficionado a la Ciencia Ficción y la Fantasía, se dedica al desarrollo de videojuegos y escribe sobre temática fantástica con ingredientes de humor. Tiene una novela lista para publicarse.