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Literatura cubana contemporánea

Narrativa

Monstruos en el Abecedario

“Ya le he dicho que el verdadero mal es muy raro. El materialismo de nuestra época que tanto ha hecho para suprimir la santidad, tal vez ha hecho más aun para suprimir el mal. Encontramos la tierra tan cómoda, que no sentimos deseos de subir ni de bajar. Todo ocurre como si un especialista del Infierno realizase trabajos puramente arqueológicos.” Arthur Machen. Sobre la naturaleza de la maldad

“Ya le he dicho que el verdadero mal es muy raro. El materialismo de nuestra época que tanto ha hecho para suprimir la santidad, tal vez ha hecho más aun para suprimir el mal. Encontramos la tierra tan cómoda, que no sentimos deseos de subir ni de bajar. Todo ocurre como si un especialista del Infierno realizase trabajos puramente arqueológicos.”
Arthur Machen. Sobre la naturaleza de la maldad

A: Que el buen Antídoto se extrae del propio veneno lo demostró Theophrastus Philippus Aureolus Bombastus von Hohenheim, más conocido por su alias: “Paracelso”. Químico y médico, nacido en Einsiedeln alrededor del año 1493, enunció este principio como “lo parejo cura lo parejo” y llegó a él luego de años encerrado en el laboratorio, no detrás de la piedra filosofal, ni de crear homúnculos o convertir el barro en oro como hiciera creer a sus ignorantes contemporáneos, sino en busca de la cura para el terrible mal que sufría. Paracelso consentía en abandonar su gabinete sólo en las noches, cuando le rogaban atender algún moribundo, y entonces, sin acobardarse por los rumores de herejía y el asedio de la Inquisición, pedía que se retiraran todas las cruces de la habitación y le dejaran a solas con el paciente. Los que sobrevivieron a sus visitas contaron que el alquimista descartaba las sangrías con gusanos y aplicaba sobre la yugular del enfermo sus propios labios, asombrosamente diestros en mañas de sanguijuela. Luego sanaba con mercurio y azufre la zona succionada, y a los familiares explicaba que “su terapia consistía en drenar el líquido sinovial donde se alojaba el agente externo que provocó la enfermedad”. Nadie le entendía un carajo; no obstante, mantenía en alza su reputación porque un buen porciento de los tratados por él, milagrosamente, quedaban equipados para resistir la eternidad.

Pero el éxito profesional no alcanzó a rebajar la amargura de este hombre, corrompido por una peste inconfesable desde una noche juvenil de putas y licores, tras la cual despertó con la usual resaca y nula memoria de sus andanzas en la madrugada, ahora acompañadas de una alergia insólita a los ajos, y fotosensibilidad tan grande que los rayos de Apolo le achicharraban la piel y le consumían el elan vital. Transcurridas lunas incontables, en una medianoche a punto ya del desconsuelo y en franco plan suicida, recibió la revelación en la bañera: “¿Y si el enemigo quisiera actuar como mi hermano? ¡Eureka!”. Mandó al sirviente a colocar una ristra de ajos al sol y cuando estuvo bien reseca la trituró en el mortero, macerada con sal y la pimienta de la India que tanto le gustaba. Pronunció un conjuro extraído del manual de arcanos diabólicos y, por intuición, mezcló el polvillo en 3/4 litro de agua extraída de una pila bautismal y 1/4 del jugo rojo de las arterias de una virgen, su alimento favorito por esa fecha. Obtuvo una solución rosada, que probaría en sí mismo al grito de “¡Claridad o muerte!”. La  fórmula demostró poseer una eficacia total, y la dejó registrada bajo el nombre de AAAA (Antídoto a base de Ajos, luz del Astro y Agua bendita) en una libreta de apuntes científicos que al dormir guardaba bajo la almohada y viajaba consigo a todas partes, acomodada entre las ingles. A partir de ese  descubrimiento que decidió mantener en secreto para siempre, Paracelso llevó una vida por completo al aire libre; manifestándose noble y mesurado en las mañanas, y contrariamente, al morir la tarde, arrebatado y cínico.

La súbita transformación del ermitaño asombró a sus coetáneos, y los más lúcidos de entre ellos lamentaron que el genio renunciara a desentrañar los grandes misterios de Dios y la humana existencia. (Esta anécdota, asaz inverosímil y vieja, es el punto de partida que quiere dar a su historia un autor con cada vez  mayores afanes de truculencia y artificiosidad literaria).

B: Antes no se hacía llamar el Blade, sino Cuchillita. Y nunca se coronó Rey de La Habana Vieja, pero tampoco fue un peón de menos: lo probaban sus victorias en el básquetbol callejero y la sangre fría con que blandía la navaja de zapatero delante de cualquiera que se le atravesara. Fue el producto típico de las circunstancias: vestido como atleta de Los Ángeles Lakers, gorrita hacia atrás, calzado Adidas made in Indonesia, hábil en el trapicheo con falsos habanos, en desfalcar carteras a lomo de bicicleta y sonsacar a turistas maricones so pretexto de “estar en la lucha”. Hasta una noche X (de incógnitas para el omnisciente conocimiento del barrio sobre sus habitantes), que fue de luna llena, según recuerda uno de sus ex socios, porque la vio brillar en las pupilas de Cuchillita y como flotando dentro de sus globos oculares, más amarillos que lo usual.

En franco contraste con la lucidez en la mirada, Cuchillita camina desequilibrado de brazos y caderas, fuera de su ritmo cotidiano de rapero; y a la entrada del solar en calle Luz donde comparte el cuartucho con la madre, un ambia le grita “¡Asere, dame de eso mismo que tú fumaste!”, y recibe en respuesta un “¡Vete a fumarte a tu madre!” y la amenaza de un perfilo cortante ilusorio, pues la mano está oscilando vacía en el aire. Nunca más han vuelto a verle la cuchilla; tampoco ha regresado B a los duelos en el aro enganchado al poste eléctrico, ni a la peña beisbolera del Parque Central o el dominó bajo el farol de la bodega. Duerme la longitud del día hasta convertirse en Blade con la luna afuera: pantalones ajustados, pulóver ilustrado con calaveras, chaqueta larga, entero de negro, como un totí. Un antiguo compinche lo persiguió intrigado sobre sus nuevas andanzas, y se le esfumó “como en el aire”, junto a una de las entradas a la Manzana de Gómez. Otro afirma que el Blade  anda empatado con una rubia, yuma y roquera.

C: “Como tú ibas a nacer en La Habana y Carmilla me sonó muy fino, dejé a tu padre, en paz descanse, ponerte ese nombre que sacó de un libro… Un libro que él se empeñó en que yo también lo leyera, pero la verdad es que hablaba sobre unas mujeres muy extrañas y yo no entendía ni papa”, le contaría su madre, natural de Cauto del Paso, de donde la sacó el padre increíble de C: hombre blanco, instruido, enviado al Oriente a cumplir el Servicio Social como médico, a quien no le importó que ella fuera prieta y madre ya de una niña prieta, fruto de un prieto degenerado que no hizo otra cosa que meter y sacar.

De ahí que C saliera como el personaje de la única novela que ha leído en su vida (y no completa), la Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde: una mulata blanconaza; al contrario que su hermana, de color carbón; aunque idénticas ambas en el tamaño del culo, las tetas y las bembas. C amaba a su padre por ser el responsable del adelanto racial y hasta le daba la razón en sus infidelidades (con blancas). Incluso llegó a especular que el infarto al corazón que se lo arrebató fue por causa del acoso de la madre despechada y las brujerías con que intentaba retenerlo. Por ello nunca entendería C por qué su padre eligió casarse con una mujer tan bruta, la culpable, además, de que ella heredara una inteligencia escasa. Justo al revés de la hermana, vaya  trueque, la hija del negro, que sí salió vivaracha.

A pesar de todo, C adora a la hermana; aunque algo de envidia le tenga, pero no la suficiente como para no alegrarse de que ahora viva “afuera”, como una reina. Además, gracias a las remesas que ella le envía con regularidad, C pudo zafarse de la madre y abandonar el viejo caserón de Buenavista para mudarse a un apartamento en Centro Habana, donde se encuentra a gusto viviendo sola, salvo algún amante ocasional, siempre blanco y con plata suficiente para buenas salidas, como ese lindo vecino suyo recién llegado de Londres. Ella consume sus jornadas frente a la computadora, otro aporte de “la herma”; dedicando par de horas al juego de la ranita que dispara bolas por la boca; otro rato en que simula empeñarse en un curso de inglés bajado de Internet; la mayor parte del tiempo metida en salones de Chat, donde se satisface calentando a viciosos cibernautas con el desparpajo verbal y los filones de carne firme que exhibe ante la webcam. De fijo, entre las 5 y las 6 de la tarde de acá, que es víspera de medianoche allá, intercambia mensajes instantáneos con la hermana. Un día, tras el beso y abrazo mediante los emoticonos, C recibe la petición filial de alojar en el apartamento a un amigo “austriaco” —“¿Y eso es un país o una enfermedad?”, se alarma C— que estará por unos días en La Habana. Aunque a continuación la sister haga una serie de extrañas advertencias sobre los hábitos del futuro huésped, C entiende que sería ingratitud negársele, y encima toma en cuenta que ambas poseen gustos similares en materia de hombres. La hermana adiciona una carnada en el anzuelo: “Te será fácil encontrarlo en el aeropuerto, es igualito a T, el actor americano”. Para la pobre memoria de C el nombre pronunciado solo representa, y vagamente, algún chisme de revista extranjera; pero ella, respetando los conocimientos de la hermana, adivina que es algo positivo.

Se pone el vestido rojo, cortito, descarado, pero en el Panataxi hacia la Terminal Aérea olvida las señas que le dieron. Espera nerviosa junto a la salida de pasajeros; sin embargo, cree reconocerlo enseguida: “Tiene que ser ese, el más blancuso y el más bonito de todos”. Se le acerca quebrando la cintura con alardes de péndulo, le enseña los dientes perfectos: “¿Tú eres… —fuerza el recuerdo— Lester?”. El extranjero la observa, demora en contestar: “Lester, sí… ¿Y tú Carmilla, no?”. Ella asiente y va a besarlo en la mejilla, pero él la toma por los brazos cortándole el impulso, y dirige hacia su cuello una mirada incisiva, escalofriante. C tiembla, y todavía más cuando el hombre la agarra por el dije que le cuelga de la cadena oro 18 y lo sostiene hasta abrirse en una risa hueca, retumbante, pronunciando luego una frase en lengua extraña, que repetirá en castellano como para aliviar el desconcierto de la muchacha: “Ya no queda fe detrás de los crucifijos”. C no lo comprende pero aún así se relaja, piensa: “¡Por suerte mi herma me advirtió que el tipo era austriaco!”. Camino al taxi, se percata de que el hombre anda ligero de equipaje, excepto una caja que va envuelta y apenas puede sujetar bajo el brazo, de tan grande y pesada. Ella es imprudente, no sabe controlar la curiosidad, le pregunta. Él responde que ahí es donde le gusta dormir y que necesitará un lugar de su casa donde dejarla armada. A C le entra lástima por el yuma lindo que viaja con su cama a cuestas. “Terminará en la mía o me dejo de llamar Carmilla”, jura besando la cruz a escondidas.

D: “Dracul no ha muerto”. Esta fe en la reencarnación del espíritu de Tepes “el hijo del  Dragón”, Vlad el Empalador, el Príncipe strigoi, el demonio de Valaquia, el Conde —tantos son los disfraces que lo esconden en la historia, la leyenda y la literatura— es lo que mantiene reunidos hasta hoy a los descendientes, agazapados en la sombra, a la espera de una New Age en que reinen los pupilos de la Oscuridad. Entretanto, y merced a la fórmula que custodian con celo, han podido adaptarse a los tiempos que corren, estos del neón y los rayos catódicos, de practicar deportes bajo el sol y desnudarse a plein air. A Sheridan Le Fanu es a quien deben el favor, pues siendo el irlandés auditor de la Sociedad Histórica de Dublín, halló por casualidad una carpeta —cómo emigró de Suiza a Irlanda sólo el Diablo lo sabe—  que contenía el legado olvidado del alquimista Paracelso. Ya por entonces convertido a la condición que le facilitó escribir esas historias que le valieron entre los mortales el rango de maestro del horror, Le Fanu certificó consigo la calidad del AAAA y lo compartió después con otros amigos escritores, igualmente contagiados en las noches lujuriosas de Londres y París. Fueron ellos los que fundaron en 1888 la Hermetic Order of the  Golden Dawn (“Amanecer Dorado”), una lista de famosos que incluía a William Butler Yeats, Arthur Machen, Bram Stoker —más tarde el traidor, el renegado que en una novela difundió a vox populi las debilidades de los wampyrs— y hasta Oscar Wilde —por poco tiempo, pues su padecimiento era otro, sin solución mediante el antídoto.

E: Ernesto ha vuelto a soñar que es Oscar Wilde o Dorian Gray. De nuevo estaban Bram, Florence Balcombe y él, los tres alrededor de una mesa, bebiendo cerveza negra en la taberna dublinense de moda. Florence tiene el rostro de Carmilla y sus mismas curvas arrebatadoras, pero sus ojos de puta no se lo quieren comer a él, como pasaba antes, sino ahora al amigo. Se percata que ya la perdió y por dentro la rabia despunta, aunque tenga, cuestión de honor, que disimularla bajo la pose lánguida del dandy. Deja a esos dos intimando para regresar a su mansión de Grosvenor, donde lidiará a solas con el despecho. No logra aplacarse, y vencido por la sorda furia asciende hasta el desván. Quita la tela que oculta el espantoso retrato y cede su cuerpo a la transformación. Ya poseído por los instintos de fiera, salta a la calle desde una ventana y trota, cuadrúpedo, a la caza de Bram. Lo distingue en el porche de Florence, cuando le ha puesto un beso en ¿la mejilla o los labios? y ha echado a andar, silbando, envanecido. Wilde, o Dorian, aúlla de celos y ve la oportunidad de hincar las garras en la retaguardia indefensa de Bram. Sin embargo, lo refrena un acentuado y turbio sentimiento de amor hacia el amigo…

E despierta en medio de la indecisión, se descubre bañado en sudor, cubierto el torso, la espalda, los brazos y piernas por la hipertricosis que sólo irá cediendo luego, imperceptiblemente, con el transcurso del día.  Observa en el espejo la tez hirsuta, que ha desafiado los afeites de la noche anterior. Olisquea el ambiente hocico arriba, como un animal; lo está atrayendo hacia el pasillo un hedor peculiar. Aún regresado a la fase normal de la vigilia, E presiente tras la puerta de C al sempiterno rival y el desafío que le traerá la siguiente luna de redonda inconsciencia. El yo original de E se defiende, fuerza su memoria a voltearse hacia la vida anterior al viaje a Londres. Cuando era el ambicioso joven y despierto agente de seguros de una empresa cubana, al que elegirán para pasar un adiestramiento en la prestigiosa compañía Lloyds de Inglaterra. Pero, destartalada su conciencia, desprovista del resguardo de un dique poderoso, los recuerdos fluirán hasta la noche fatal. En que camina  por Baker Street bajo la bruma espesa, soñándose Sherlock a la caza del Destripador; ignorando que será él la presa, que un depredador surgirá de la nada —¿gigantesco perro hidrofóbico o lobo extraviado en la ciudad?— para hundirle los caninos en la pantorrilla. Recobra la conciencia desnudo a orillas del Times. Le envían de vuelta a La Habana; los colegas, amigos, familiares y médicos creen que sufre desordenes psicológicos; él es el único en porfiar que el mal se le ha empotrado en la carne.

F: Francis F. fue quien llevó la noticia de la película a los Doce en la Tabla Redonda. Desde la delación de Stoker, y más tarde las indiscreciones de Madame Rice, conjuradas cuando la escritora se recluyó en un convento bajo la amenaza de muerte, la Sociedad no había vuelto a enfrentar un peligro semejante. ¿Y si alguien se tomaba en serio el dibujo animado de J, intuyera la vigencia de la secta y salía a cazarlos a pleno sol, cuando tienen debilitados sus poderes? Peor aún: ¿y si J, evidentemente uno de ellos, pero irresponsable como todo ser tropical, divulgara el secreto a la ligera, provocando la pérdida del contrato exclusivo con la Bayer que sostenía las finanzas de la Orden? Aunque el reconocimiento mundial como cineasta hacía de Francis F. el tipo ideal para acercarse a J, este no podía encargarse personalmente del asunto porque la Oficina de Inmigración estadounidense le denegaba el permiso para entrar a la isla. Tampoco la Orden podía confiar cuestión tan delicada a su reducida filial caribeña, la Cofradía de los Hermanos de la Noche, afincada en Isla Tortuga; y la representación en Cuba había sido desmantelada después de 1959, cuando corrió idéntica suerte que otras religiones y cultos.

La misión deberá encargarse a un europeo, de los miembros más antiguos, uno inteligente y despiadado, y con la capacidad de comunicarse en español; sin embargo, el que cumple todos los requisitos ha desestimado la convocatoria a reunión para salir en un crucero de placer a través del Mediterráneo. De todos modos el Consejo vota por el  ausente: pesa mucho la afortunada coincidencia de que su amante actual sea una cubana.

G: A Guillermina nadie la conoce ya por ese nombre; ahora es simplemente Mina, la estrella de ébano en las noches rutilantes de Niza, Montecarlo, Venecia, El Cairo y Estambul; o Madame de Lioncurt, la dama del gran aristócrata, como suelen registrarla en los encopetados Hilton. También adquirió otro título, este no para darlo a conocer: el de Reina de los Condenados, desde la bacanal romana en que el conde culminó la posesión con un beso profundo sobre su cuello de coral negro.

Recargada con la nueva responsabilidad, tiene que ayudar al amado a cumplir una encomienda trascendental para los que son como ellos. Aún conociendo a fondo a esa hermana suya, que debe tener las pocas neuronas, calenturientas y resbalosas, aferradas a los vellos de la entrepierna, tendrá que dejarlo partir  hacia La Habana. Para aplacar su recelo, él le ofrendó una alianza de diamantes y desde la ventanilla de la limosina le sopló un beso galante por encima de la mano, gritándole: ¡Mina forever!

H: “¿Hockey o Hopkins?” El hotel quedó en tinieblas en ese instante justo y el carpetero no distingue claramente el apellido sobre el pasaporte con el auxilio de la fosforera; aún así lo deja asentado, como le viene en ganas, en el libro de huéspedes del Hotel Plaza. Regresa la corriente eléctrica —han puesto a funcionar la planta de emergencia— y el empleado se divierte escudriñando a este Hannibal o Helsing, con un Van o Von delante, corpulento y de edad madura, que se le antoja muy ambiguo, pues al acercarse con gafas oscuras parecía un serial killer o un matón a sueldo, y ahora sin ellas, mirándole con unos limpios ojos azules, queda transfigurado en un bondadoso psiquiatra o el dócil mayordomo de Mr. K que dice ser. Helsinki o Hoskins solicita una habitación para él y su Señor. “¿Suite doble?”, deduce el empleado. “No”. “¿Habitaciones contiguas?”, interpreta. “No. Una habitación para dos”, aclara Van Hawking o Von Holstein. “¡El Amo y el Criado, juntitos, y no por falta de dinero!”, piensa malicioso el carpeta y hace un guiño al botones. Hannibal o Helsing ordena con un gesto cortante: “Ocúpense de acomodar el equipaje, hemos de movernos right now” y toma luego del brazo a Mr. K. El joven es contradictorio como heleno de la Antigüedad: musculoso y recio por fuera, delicado en el fondo, y de maneras blandas. La singular pareja deja el lobby, sin importarles que afuera arrecia el temporal.

I: En un rapto de Inspiración, el que urde los entresijos de este relato ha decidido que por varias letras se dispersen los sucesos de una única noche: Importante como ninguna otra para los protagonistas, Inolvidable para los lectores. Se frota las manos, satisfecho… aunque todavía le falta presentar algunos personajes claves.

J: Juan se crió con el abuelo Josep, un catalán, anciano ya en su recuerdo más antiguo y del que nunca sabría la edad precisa. Ante la pregunta, respondía invariable: “Soy más viejo que Matusalem”. Era tan ágil, sin embargo, que podía trepar al tejado en la oscuridad “para admirar la luna llena”, según le explicara. Una noche, después de hacer beber a J la medicina antes de dormir cómo era la costumbre, ya no bajó, y el niño descubriría el cadáver a la mañana siguiente, encajado sobre la verja del jardín, una saeta de hierro traspasándole el corazón. Aparecieron unas supuestas tías, hermanas de la madre, con las que terminó de crecer. De su padre solo estaba enterado de que fue trompetista y conocido por Pepito en bares y cantinas. Hasta que alcanzó la mayoría de edad y, siendo el único heredero, recibió los trastos y papeles que pertenecieron al abuelo.

Halló una carta destinada para que él la leyera y supiera en detalles la historia de la familia; pero el relato era tan fantástico que J lo interpretó como el delirio de una mente senil.  Terminaba con una advertencia: “¡Recuerda no dejar de tomar la medicina!”. Que fue la única cosa a la que prestó atención, no en gratitud a la memoria del abuelo sino, más bien, por la certidumbre arraigada desde antaño en el subconsciente de que el baúl repleto de frascos contenía la salvaguarda de su vida.

Muchos años después, habiendo escogido dedicarse al cine de animación, Juan planeó filmar la narración disparatada de Josep; modificando ciertos hechos, incorporando otros, hasta dejar listo el guión más hilarante. No tardó en suceder que los cientos de miles de espectadores a su película de muñequitos para adultos dieran a J renombre universal.

K: Mr. Keaton era el heredero de una portentosa fortuna que estaba malgastando sobre divanes de codiciosos psicoanalistas, poco interesados en ir más allá de localizar la causa de sus traumas. Habíanla detectado ya en un episodio de la infancia: Tempranamente huérfano de madre, el chico quedó al cuidado de papá, uno que su vez malgastaba la acumulación capitalista del abuelo en las fruslerías de un Humboldt aficionado. El día que cumplía ocho años, Keaton the Third rogó al padre como regalo que lo dejara acompañarle en la colecta de especímenes en el terreno. Keaton II, distraído en lanzar el jamo a las mariposas, no se percató de que se apartaba demasiado del hijo.  Empero, el pequeño no se acobardó estando solo y hasta se sintió atraído hacia la boca de una cueva (el útero materno, de acuerdo a la docta jerga del psiquiatra). Una vez dentro de la gruta, cercado por la oscuridad (el misterio que rodeaba la muerte de su progenitora), sí le entró miedo, y llegó al límite extremo del horror cuando fue azocado por una bandada de murciélagos (sustitutos inconscientes del mal que precipitó el fin de la madre: un cáncer en los ovarios, según llegaron a contarle años después). Hallado sin sentido, padeció varios meses una parálisis nerviosa; y aunque con el tiempo llegara la aparente recuperación, un rosario de síntomas incómodos brotó con la adolescencia. Además del pánico desmesurado a las tinieblas y los quirópteros, sufría claustrofobia, pesadillas recurrentes, ataques nocturnos de ansiedad, y lo peor: su miembro viril se doblegaba, impotente, ante el umbral del sexo profundo de la mujer (símbolo de la cueva del incidente para su psiquis lastimada —Freud dixit).

Las cosas solo comenzaron a cambiar en K después de contratar a un sirviente para que se ocupara del padre postrado en el lecho de muerte. De enfermero doméstico a empleado multioficio en el Chateau, transitando por el rol de consejero o amigo, y de ahí al de compañía inseparable por los días y las noches, H terminó ejerciendo también de terapeuta salvador que inoculara en K un sentido de la vida. Esto aconteció cuando el hombre mayor enteró al joven de que existían murciélagos de apariencia humana, ávidos de sangre, y este habría infartado del susto si la facundia de H no le hubiera metido en la cabeza que su enfermedad iba a desaparecer de golpe justo el día en que exterminara al último de esos seres malignos. Además, le aseguró que no le abandonaría en la cruzada, puesto que él mismo los combatía desde décadas  atrás y bien conocía cómo hacerlo. H entrenó a K en esos ardides, le fortaleció físicamente, y hasta le indicó el método perfecto para vencer sus miedos internos: “Disfrázate del enemigo y vencerás”. A partir de ese instante nació Batman, el doppelgänger en la personalidad de Mr. Keaton.

Con suerte arrancó el dúo, pues desde el primer operativo atraparon ya a un peje gordo de la Orden y, en el momento de la ejecución, la sabandija implora que le perdonen la vida (él dijo “su no-muerte”) a cambio de revelar el paradero actual del más antiguo y poderoso entre todos los no-muertos que quedan en el mundo. Quien ahora mismo está en La Habana, aislado por completo del resto de sus pariguales y nunca se les dará una oportunidad mejor para aniquilarlo.

L: A “Lester” no le parece necesario aclarar que su nombre real es L-E-S-T-A-T y se planta autoritario en el apartamento. Este cuenta con un solo dormitorio y desde ahí arrastra hasta la sala la cama de la muchacha, y demanda la llave: “A partir de ahora sólo yo puedo entrar in the bedroom”. L precisa: “No me hagas comida, con esto me basta”; saca del maletín de mano dos bolsas de nylon: una es de color rosado, la otra es roja, y guarda ambas en el refrigerador bajo el imperativo de “K…k, no tocar”. C no hace resistencia, sólo lo escucha y persigue su mirada hipnótica, que la deja hundida en un abismo sin horizonte preciso entre la fascinación y el espanto. De pronto L va hacia la puerta y recorre la madera con las ventanas de la nariz abiertas. Luce nervioso cuando se vuelve y recorre con la vista la habitación entera, cómo buscando desesperadamente algo en especial, hasta que encuentra encima de la repisa el candelabro de plata (lo único de valor que la muchacha sustrajo de la casa de la madre al partir). “Perfecto”, piensa L en voz alta después de un suspiro de alivio, y acto seguido pregunta: “¿Conoces algún experto en balística?”; C que no, pero él se alumbra: “¿Un joyero de confianza?”; ella que sí, y L la hala del brazo para que lo conduzca chez le orfèvre.

Ya de regreso, palpando los proyectiles recién confeccionados y recobrada un tanto la calma, L exige a C: “Ahora tienes que conseguirme una pistola, pagaré lo que sea”. Recordando la debilidad mental de la muchacha, L especifica sobre un papel: “Calibre 45”.

Ll: Llueve. Truena. Relampaguea. La tormenta ha cortocircuitado el vetusto sistema eléctrico y el apagón se extiende por toda la ciudad. La gente común está refugiada en sus moradas y tal vez alguno, frente al precario fulgor de las velas, recuerde cuentos espeluznantes de monstruos y aparecidos.  Solamente los seres turbios, las alimañas y aberraciones de la naturaleza permanecen a la intemperie en una noche como aquella. Es la atmósfera perfecta para que los jinetes de la Muerte se adueñen de las calles.

M: Los Muertos van de prisa está escrito en rojo sobre la pared y P se rasca la cabeza, deduce que esto tiene que ser obra de uno de esos desquiciados que trabajan en el cine. El fotógrafo del Departamento quisiera que el tipo de los muñequitos se quedara quieto para la instantánea, pero no consigue que el cadáver deje de oscilar en equilibrio precario con el buró de tres patas que tiene debajo. P halla la cuarta ensartada profundamente en el corazón de J. El tremendo reguero de sangre le suscita náuseas y ya está maldiciendo por lo bajo el nuevo nombramiento. Aunque mucho le falte todavía por ver en ese día y este Muerto sea apenas el primero.

N: Por fin el Narrador se siente seguro. Ya cree manejar con mayor destreza los hilos del destino de sus personajes-marionetas, y reconoce que el asunto es tal y como se lo describieron en el Taller Literario: pura y simple arte de pesquería, halar el cordel o soltar pita según las conveniencias del relato. Encima, está usando los recursos aprendidos, como salpicar detalles para provocar la “suspensión de la incredulidad” y despertar el interés revelando de a poco.  ¡Oh! Ahhh. ¿Eh?: N goza ya la reacción de futuros lectores, pendientes de él desde la A hasta la Z.

Ñ: El Ñato está en su negocio, como cada mañana. Pero esta entrega es especial: le encanta la tipa y saca su mejor sonrisa. Porta el pomo de leche en una mano, golpea la puerta con la otra. La hoja cede, ninguna cabeza sale detrás, se ha abierto sola y Ñ adelanta unos pasos tímidos dentro del apartamento, vociferando el nombre de la muchacha sin obtener respuesta. Ve que la entrada al cuarto también está abierta y valora las alternativas: o C ha salido demasiado apresurada, o llegó muy tarde, de seguro ebria, y ahora duerme profundamente. Vota por la dos, la opción más promisoria; coloca el litro sobre la meseta cuidando no hacer ruido y avanza con sigilo hacia la puerta entornada del dormitorio. “¡Coñó, qué es esto!”, grita horrorizado pues no ha visto las masas desnudas de la mulata como imaginó, sino un hombre en rigor mortis y con la fea despigmentación cadavérica, tendido sobre un ataúd. Ñ huye, trastabillando, hablando solo, diciéndose que está “cagao de aura”, que por dondequiera que pasa salta un muerto.

O: “Opositivo… O… positivo… El líquido rougered… rojo”, implora el extranjero pasándose la lengua por los labios resecos, como un beduino moribundo. Nebulosamente, C comprende y se descabalga con dificultad del cajón para ir al refrigerador. Todavía “Más… sangre”, demanda el sediento, aunque hayan terminado de vaciarle la bolsa en la boca. “¿¡Y yo qué puedo hacer ahora!?”, se crispa C, temiendo que el hombre recién conquistado se le muera entre los brazos. De contra se ve a sí misma atolondrada, en el trance de tener que inventarle un cuento a su hermana la lista, ¡porque no va a confesarle a Mina que se templó al yumaustriaco y lo dejó patitieso! “Mi amiguita del policlínico”, cae en cuenta, y sale como loca del apartamento para localizar a Z.

P: Un periodista que a primera hora dejó en Carpeta la denuncia de que ¡un gran actor americano le robó la grabadora y una cámara digital! Un extranjero con disfraz de película que apareció espachurrado delante del Hotel Inglaterra. En las cercanías del Parque Central fue hallado un hombre peludo como un demonio, masacrado, según el forense, con balas de plata. “¡La tormenta de anoche trastornó a la gente o qué!”. Pedrito hojea asombrado los informes que le fueron acumulando sobre el escritorio mientras él atendía el homicidio de J en el ICAIC. El resto de los agentes ha partido con el pretexto de la custodia del desfile. ¡Cómo lamenta la promoción a la Dirección Provincial de la Policía, con todo y los honores incluidos! Y nada más que por resolver el casito de Alamar, en que entregó a un babalawo como asesino del tal Manolo. “¿Es que acaso nadie aquí resuelve los crímenes?”. ¡Tener que estar en el Departamento un Primero de Mayo, investigando actos violentos, mientras sus compatriotas marchan a paso redoblado delante de la Tribuna, contentos de irse después a sus casas a beber ron y ver televisión!

Toma la última carpeta: un viejo, extranjero también, encontrado en el boulevard de San Rafael con una estaca de madera encajada en el pecho; y en el suelo al lado suyo, escrito a dedo con sangre, Los Muertos van de prisa. “¡Coño, no puede ser casualidad! El mismo modum operandi en dos asesinatos… Y si…”: algo le dice a Pedrito que todos los casos podrían estar relacionados y decide concentrarse en el ramificado enigma. “¡Porque si resuelvo esto tendrán que hacerme el Policía en Jefe, y por seguro tengan los demás que los voy a poner a doblar el lomo!”

Q: ¿Qué hechos abominables sucedieron en las calles de La Habana en vísperas del Primero de Mayo? ¿Quiénes fueron las siniestras criaturas que intervinieron en ellos? Es hora de que el N empiece a soltar prenda sobre lo que ocurrió aquella noche…

R: Desde que su informante en el ICAIC le avisara, Rafael ya se imaginó el titular: “Entrevista con el vampiro en La Habana”. Estuvo varias horas vigilando la salida del star hollywoodense en la acera de enfrente, sentado en el café Fresa y Chocolate ante la single lata de cerveza que alcanzó a comprar juntando un menudeo. Había oscurecido y caía una fina llovizna cuando optó por abandonar el acecho. Echa a andar, desconcertado, por la calle 23. No entiende cómo pudo escapársele el actor sin que él lo viera, y va tan cabizbajo que no asiste a la metamorfosis de T unos metros delante suyo. Alcanza a distinguirlo sólo cuando la precaución le hace atender en ambas direcciones para cruzar la avenida. Corre hacia T, exaltado, trata de explicarle su propósito en un inglés que le brota distorsionado por la angustia.  El hombre se le rehúsa en varias lenguas, empezando por el español; pero él insiste: “Sólo unas palabras please” y le pega la grabadora en la boca.  T cambia al punto su actitud: “¿Dónde?” El periodista lo conduce hasta el parque más cercano; “Ah, Lennon”, distingue T la figura en el banco. “¿Una foto?”, pide R y el otro exhibe su sonrisa. “Parece un vampiro de verdad”, se asombra R y barrunta que T se pegó esos incisivos largos y puntiagudos para impresionarlo o gastarle la broma. “¡Así es ideal!”, reconoce R y acomoda la digital; más su suerte ha vuelto a ennegrecerse: nada aparece en la pantalla, y arguye que se le descargaron las baterías de la cámara. “Ya conseguiré una foto”, se da ánimos, “seguramente que alguien del ICAIC…” R no va a renunciar a la entrevista de su vida, se dispone a lanzar la primera pregunta y, cual el diestro encuestador que es, enfila los ojos hacia la mirada de T…

S: “¡Por San Stoker!”. Fue escuchar el grito de guerra de los renegados lo que puso en alerta a un Lestat no repuesto por completo de los conflictos anteriores de esa noche. Entonces fue que vio al vampiro converso proyectándose desde el cielo estaca en mano y se cubrió con los brazos. Su fortaleza superior permitió a L aguantar de pie el encontronazo y arrancar al otro (que era el Helsing o Hopkins) el palo afilado para asestarle un golpe definitivo en el corazón. Estaba dejando en el suelo su peculiar graffiti de sangre cuando sus agudos tímpanos de quiróptero discriminaron que alguien llegaba a la carrera.  

T: ¡Síííí! ¡Es Tom Cruise! El hombre se ha sacado los espejuelos oscuros y ya no deja dudas a la recepcionista boquiabierta, babeante, derretida; ni a los que estaban entrando o saliendo del inmueble que alberga al Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), ni a los transeúntes que le escoltaron un tramo y quedaron varados junto a él, delante de las puertas de cristal; tampoco al vigilante, quien desde el primer momento tuvo la impresión de haber visto antes ese rostro y ahora cae en que sería en la tanda fílmica del sábado en la TV. Sin embargo, la celebridad no traspone el umbral y espera a que la recepcionista le invite a pasar al vestíbulo. —¡Fucking day!… emmmm… disculpe… buenos días —arregla el saludo en buen castellano el hombre de la jeta linda, aunque más paliducha de cómo se le ve en las películas, mientras hace el ademán de secarse el sudor, en verdad inexistente. —¿El señor J se encuentra, por favor…? —¡Misión imposible! —responde la mujer detrás del buró. —¿Cómo… No está el señor? —la frustración descompone el caché del famoso. —¡Nooo… digo… sííííí… está! ¡Me refería a su película! —aclara nerviosa la empleada, que apenas lleva unos días en el puesto y estuvo a punto ya de meter la pata del siglo. T recupera enseguida el charme hollywoodense y solicita pasar a verle. —Sí, sí, claro. En el elevador le indicarán dónde queda la oficina… —la cuarentona enseña el costado de su sonrisa al que no falta pieza alguna, hincha el busto de madonna romana que el Señor le dio y piensa que si la muerte viniera a buscarla ahora mismo se iría en paz, luego de haber conocido en persona a Top Gun, el Samurai, el macho de su vida, y por culpa del desarreglo en sus hormonas olvida que debió pedirle el carnet de identidad (en este caso el pasaporte), como rigurosamente dicta la regla. Y aunque eso sí no se lo exija ninguna norma, se presenta: —¡Laudelina, para servirle siempre!; pero tarde, porque ya T le dio la espalda. En un santiamén, Laudelina y la vieja del elevador sueltan la bola a rodar por las nueve plantas del edificio.

Ante el despacho de J se atrinchera el pelotón entero de las féminas, el piquete de los gays desprejuiciados; la escuadra de los que se dicen heteros pero everybody sospecha que ocultan la Bayamesa; y hasta varios elementos aislados, de hombría sin tachaduras, desafiantes, tan sólo para ver qué tiene él que no tenga yo. El pasillo se repleta, y el murmullo es tan compacto que no deja escuchar lo que ocurre adentro a quienes pelearon por un espacio mínimo en la madera donde pegar la oreja.  Nadie hace caso cuando se demanda silencio; la masa rumora: “Va a hacer una película en Cuba con J… Están discutiendo, debe ser un proyecto muy ambicioso… Será una coproducción chino-cubano-española-norteamericana… Eso no puede ser, está el Bloqueo”. Y dan la una y las dos y las tres… Empiezan a desertar algunos porque hay jefes celosos que llaman a capítulo. Los teléfonos han estado chillando sin que nadie los atienda. Abajo hay un chofer que suena el claxon, la guagua hace rato espera que bajen los designados para la conferencia de prensa de la Muestra Audiovisual. Se retiran los del Sindicato, la Juventud y el Partido, no sin antes exigir a sus compañeros el cumplimiento de la jornada laboral. Y dan las cuatro y las cinco y las seis… La mayoría, decepcionada, ha debido marcharse para recoger a los hijos en la escuela; malhumorada, para ir a hacer los deberes del hogar. Los que persisten están desconcertados, especulan: “¿Ven acá, si T es de carne y hueso, qué podría hacer con un cineasta que sólo filma muñequitos?”. Alguien tiene una buena respuesta: “Seguro querrá ser el productor en la tercera parte de la saga de los vampiros”. La vendedora de películas en el kiosco del ICAIC confirma esta hipótesis cuando relata que ayer un hombre idéntico a T compró los dos casetes de la serie, pero ella entonces no creyó que en verdad fuera el gran actor; hasta ahora, porque tantas miradas no pueden estar equivocadas… A las siete se marchan los últimos: un par que se siente identificado con los dos que siguen encerrados en el despacho. “Ves, tenía razón yo, lo de Nicole Kidman y Penélope Cruz era pura fachada. Confirmada la regla: hombre hombre no lo hay en esta vida”.

El guarda de día los despide con mala cara a la salida del edificio, y antes de ceder el puesto al sereno de la noche, azuza a un murciélago que bajó —¡cosa más rara, primera vez!— por el hueco de la escalera.

U: El licántropo ya le daba alcance a L, quien necesitaba una pausa en la carrera para concentrarse en adquirir la morfología del vampiro. Con un último brinco le habrían atrapado si, al cabo, el hombre lobo no se frena, igual a cómo le ocurría a E en los sueños. Ya estaba anticipando L la sensación de unas uñas filosas enterrándosele por detrás, cuando escuchó los ladridos dóciles, improbables. Se volteó con celeridad, desenfundando la pistola; y él sí no se permitió un segundo de duda ante la vista del enemigo, echado sorpresivamente en el suelo cual indefensa mascota.

Más hubo un testigo para la escena: Úrsula, la de pupila insomne, sentada tras la puerta entreabierta de su casa, que vio cómo cosían al perrote a balazos. “¡Degenerao!”, gritó la miembro insignia de la Sociedad Protectora de Animales y salió a la húmeda intemperie sin cuidar por su salud, y sin temer tampoco a las represalias del asesino del can. Aún cuando exigió el máximo a sus piernas cansadas, U llegó al lugar después que huyera el maldito criminal y ni en la distancia alcanzó a visualizarlo. Se arrodilló al lado de lo que creyó un ejemplar de pastor Manto Negro de gran talla, y le pasaba la mano por el lomo ensangrentado y rezaba padresnuestros y avemarías, dispuesta a aguardar hasta el último gruñido del animal. U lloró al llegar el final, y elucubraba sobre cómo ingeniárselas para dar santa sepultura al fiel amigo cuando, delante de sus ojos atónitos, comenzó la transformación del lobo en hombre.

V: “¡Vampiro de Verdad!”. Acaba de descubrir los agujeros simétricos en su cuello y la racionalidad del periodista se derrite ante la evidencia. “¡No estuve con Tom Cruise, era el auténtico Lestat!”. Rafael alcanza el paroxismo del terror cuando sus rasgos faciales empiezan a borrarse del espejo. Un escozor repentino y ardiente le ataca la espalda; se vuelve y el rayo de sol le apuñala los ojos. La piel se le va desprendiendo en finas tiras, como de papel periódico. A punto de desmayarse por el espanto y el dolor, intenta en vano cerrar la ventana. Mártir de su profesión, R está regresando al polvo al mismo tiempo que en las calles una multitud compacta hace coro: ¡Viva el Día de los Trabajadores!

W: Walpurgis Nacht! La noche del 30 de abril al 1 de mayo, la más odiada por los mortales, aquella en que los inquilinos del Mal emergen de los infiernos para montar sus aquelarres y festines de flesh and blood.

“Me han estropeado la noche favorita”, farfulla L recostado en un banco del parque, tratando de aquietar el pulso tembloroso. Para colmo se ha extraviado, embrollado con tantas persecuciones, y ya no sabe cuál rumbo tomar. “Esta ciudad es un caos. Que Mina no me lo pida más, a La Habana no vuelvo… Never more”, afirma L. Tiene que decidirse pronto: está padeciendo sed y sus poderes comenzarán a amainar; además, el alba se acerca y corre peligro por no llevar encima ni una gota de AAAA. Decide subir por el boulevard que desfila junto a un hotel de estilo europeo demodé. ¡Cuánta saudade siente el vampiro por su Viejito Continente! Y eso que ni sospechas tiene de todas las cruzadas que aún esta noche le reserva…

X: Está escampando y una luna como moneda de a dólar emerge entre el velo de las nubes. “Hora de empezar la fiesta”, fanfarronea B y abandona la protección de los portales de la calle Prado. Tararea un reguetón, y le cambia adrede la letra —“Pobre diablo”— cuando descubre, una cuadra adelante, a un hombre con el típico andar indeciso del perdido en tierra extraña. Mira a todos lados: le preocupa la infantería policial emigrada del Oriente, pero como “no hay palestinos en la costa”, saborea que le toca hacer el pan. Aprieta el paso, alcanza al desamparado y le muestra la fiaca de ablandar víctimas. Pero no le dan tiempo a más: el forastero se defiende como el mismísimo demonio, y en un segundo lo desarma y lo traba con sus brazos largos. Por primera vez en su vida percibe el aliento de un contrario mojándole la nuca, vencedor; siente una punción honda en el cuello y de inmediato las fuerzas principian a fugársele, como en el día aquel de su única donación voluntaria de sangre para el CDR. Súbitamente, el captor le hace dar un giro en el aire cual si fuera un muñeco de tela, y lo empuja hacia una forma inmensa y peluda que ha salido de la nada, pegando un salto enorme. El engendro de película le cae encima, emite un aullido ronco y le aplica en el hombro una mordida, aunque negligente, pues lo suelta enseguida y sale en cuatro patas detrás del extranjero.

El ladrón frustrado no se interesa en saber cómo terminará ese episodio espeluznante; tan solo se alegra de no ser la presa elegida por el monstruo y quiere alejarse al instante de ahí. Sin embargo, no logra poner los pies en polvorosa: débil y aturdido por el pánico, recorre cientos de metros tomando impulso a merced de las columnatas. Aún en medio de la confusión mental, presiente que algo raro está pasando dentro de su cuerpo, como si estuviera dejando de ser el mismo Cuchillita de toda la vida. Lo que no llega a adivinar es que en el interior de su sangre están batallando entre sí, y mezclándose, los compuestos anómalos del hombre lobo y el vampiro. Que al amanecer ya no seguirá siendo humano y habrá mutado en la criatura más insólita nunca existida: un híbrido de dos seres diabólicos que han sido contrincantes desde el inicio de los tiempos. Por tal, va a odiar el sol como vampiro consecuente; a la vez que repudiará la costumbre de alimentarse a costa de personas. Sorberá la sangre de animales domésticos y de cría; reprochándose al mismo tiempo vicio tal, de grosera bestialidad. Hasta que llegue la noche en que hastiado de la doblez de su carácter, se erigirá en el castigador despiadado de quienes le engendraron, en el Blade Runner de sus semejantes… (Y no se diga más, que los detalles de esa historia N se los quiere reservar para otro cuento).

Y: Vuela hasta el techo del hotel y observa desde ahí la escena que transcurre a nivel del suelo. Alguien ha llegado para socorrer al renegado, más debajo de esa máscara ridícula con orejas en punta y la larga capa, Lestat discierne que solo debe haber un humano ordinario, quizás recién salido de una fiesta de disfraces. Se cree a salvo allá arriba y regresa a la apariencia humana: exhausto tras el último combate, alucina con tomarse otro breve descanso. Aunque es infrecuente que lo haga en medio de la noche, cierra los ojos: tiene los nervios destrozados.

Sus exquisitos oídos le auxilian de nuevo y percibe cuando el garfio queda enganchado en la cornisa; se asoma y ve al espantajo sin alas ascendiendo rápidamente por una cuerda. Prueba a cortarla con los colmillos; pero es dura en exceso y va a mellarle los preciados incisivos; entonces recuerda que guardó en la cintura la hoja de metal birlada al ladronzuelo. Conquista su propósito tras el tercer tajazo, oye el “Ahhh…” del que se despeña, y a seguidas el ¡crash! del enmascarado al romperse contra el pavimento. L necesita cerciorarse de la muerte del tipejo (no otro que Keaton III, el Mr. K ataviado en onda Batman) y desde un puesto en la cornisa constata que dejó de moverse. Yaciente, con las piernas unidas, asemeja un espantapájaros; aunque por caer con los brazos bien extendidos hacia atrás ha cobrado la forma de una Y perfecta. La comprobación alivia a L solo un instante, pues el picor que afecta sus brazos le alerta que la aurora se aproxima. Involucra la menguante cuota de sus energías en el acto de hacerse el murciélago, y planea angustiado sobre la ciudad maldita, temeroso de no descubrir el edificio donde tiene residencia temporal.

Con sus poderes casi angostados y el astro perfilando ya hacia el cielo sus lanzas de luz, al cabo encuentra su refugio. Atraviesa el apartamento a rastras, la muchacha parece dormida profundamente, cree que al fin encontrará la paz del sepulcro… Pero en su atolondramiento olvida clausurar con llave el dormitorio.

Z: “50 fulas”, le pide Zuleyxis, “que tengo que negociar el plasma con la gente del Banco de Sangre… ¿Y tú para qué quieres eso, mi amiga?”. “Mi mamá se está muriendo”, contesta C, paladeando en su mente obtusa el sabor de una venganza imaginaria.

¿FIN DE LA HISTORIA? El anticuado Larousse del Narrador (Edición Revolucionaria, Instituto del Libro, La Habana, 1968) contempla todavía a la Ch, como “cuarta letra del abecedario y tercera consonante”.  Por lo cual este ha decidido que:

Ch: “¡Changó divino!”, exclama la muchacha, que se levantó para espiar al huésped perturbador a través del hueco de la puerta abierta; y ha divisado al falo de Austria en trámites de erección, reprimida la intentona por la tela del pantalón, cual flamígera espada arrestada en la vaina. Carmilla no soporta pajearse otra noche más ni le encuentra sentido a seguir aguantando las majaderías del extranjero a cambio de nada. Le cabe el derecho de “coger cajita” y arrecha se cuela en el cajón de muerto, le zafa la portañuela al “Lester este” y se incrusta la estaca durísima en las entrañas. “Mina, Mina”, balbucea el cara pálida. “¿Así que amigo, no?”, descubre la mulata. Que está galopando sabroso y no va a renunciar a su montura por lo que acaba de enterarse. El hombre que sueña ha levantado los brazos, como queriendo tomar a C por la nuca y acercarla hasta sus labios; pero está muy extenuado, el pobre, y hoy, aquí y ahora, va a mandar ella, que le trinca las manos y se las restriega contra sus pechos descubiertos. C lo goza hasta el final, hasta que él le explota dentro,  y ella a continuación. De seguro que L en ningún momento tuvo conciencia de lo que pasó, pero eso “a Carmilla de Centro Habana le importa un carajo”; porque va a quedársele arriba, incómoda y todo, hasta que salga el sol y por donde salga, hasta que él se despierte y se percate de lo que hizo.  El baño de leche en los ovarios le ha dado coraje hasta para enfrentar a la divina Mina.

¡Y más valor tendría si supiera lo que empieza a gestarse por su interior en tinieblas, dentro de órganos con formas y nombres monstruosos, como Útero y Trompas de Falopio! ¡¡Que ella será la madre de un Conde!! Drácula, el señor de los no-muertos, ya viene llegando…

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Sobre el autor

  • Rafael Grillo

    . (La Habana, 1970). Escritor y periodista.. Jefe de Redacción de la revista El Caimán Barbudo y fundador de la web Isliada. Ha publicado Ecos en el laberinto (ensayo, Editorial Extramuros, La Habana, 2005), Las armas y el oficio (periodismo literario, Editorial Capiro, Santa Clara, 2009), Asesinos ilustrados (novela, Editorial Extramuros, 2010), Historias del ABECEDARIO (novela, Editora Abril, 2010) y La revancha de Sísifo (ensayo, Editorial Unicornio, 2010). Como antologador ha publicado el volumen de cuentos Isla en negro. Historias de crimen y enigma (Editora Abril, 2015), El martillo y la hoz y otros cuentos (Ediciones Reina del Mar, 2015) e Isla en rojo. Historias cubanas de vampiros y otras criaturas letales (Editora Abril, 2016); así como estuvo encargado de la sección cubana en [email protected] [email protected] caníbales Volumen 3. Antología del microcuento del Caribe hispano (Editoriales Isla Negra, Puerto Rico; Búho, R. Dominicana; y Unión, Cuba). Incluido también en numerosos libros colectivos, como Los rostros de Padura (Edit. Extramuros, 2015) y Confesiones. El nuevo cuento policial cubano (cuentos, Ediciones UNIÓN, 2011), entre otros. Ha obtenido: Premio de Ensayo José Antonio Echeverría 2004; Premio de Poesía Luisa Pérez de Zambrana 2004; Premio Jorge Ricardo Massetti de Periodismo Internacional en 2006 y 2007; Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2008 en Periodismo Literario; Premio de novela Luis Rogelio Nogueras 2009. Por la web Isliada recibió en 2013 el Premio Cubarte al Mejor Portal de Cultura. Miembro de la UNEAC y de la UPEC. Imparte clases a alumnos de Periodismo en la Universidad de La Habana. Cursa la Maestría en Comunicación Social.