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Literatura cubana contemporánea

Narrativa

Naturaleza muerta en re menor

Quisiera decirlo, contar la historia múltiple de mi familia, a ver si nos vamos conociendo los cubanos de acá y los de allá

Quisiera decirlo, contar la historia múltiple de mi familia, a ver si nos vamos conociendo los cubanos de acá y los de allá, a ver si por fin empezamos a creer en nosotros mismos y nos sacamos las victrolas y discotecas de la cabeza y aprendemos a recorrer nuestras calles, a leer en nosotros mismos la historia múltiple de nuestra familia. No quiero murmurarlo más, decir, por ejemplo: en alguna parte del tiempo estoy viviendo, aquí, sola, en la calle Oficios, cuando la marea de turistas salpica los pies de Céspedes y permanece abierto el postigo de la Catedral ante una plaza de jineteo y una tropiorquesta de música tradicional. Aquí, sola, en el barco que llevó a Lu Suzheng, mi tatarabuelo, a Francia, junto a Francisco García, cuando la revolución taiping ya estaba sofocada y las calles de París, en ruinas, volverían al recuerdo años más tarde, concluida la guerra que nos violó Estados Unidos. Aquí, ahora, sin trono ni reino, en el yate en que se fue mi padre cuando la frontera, como vuelve a demostrarse, no estuvo sólo en el Mariel, y te recuerdo, Janine: ¿Por qué en Cuba, cuando la gente habla así de política, todavía lo hace en voz baja mirando a los lados? Si mi padre hubiera estado allí también habría perseguido al tuyo, y vuelves a sorprenderte al descubrir un país tan semejante al que te describe Daisy, la estudiante de Ingeniería Electrónica que se quedó en Gander, y recuerdas la pregunta de Clarice: Mami, ¿por qué los cubanos de aquí son tan distintos?

Hoy, que pudo ser otro cumpleaños de François y sólo estoy recostada a la puerta de tu habitación, Clarice, sittin’ on the stile, porque creí que me llamabas y sólo hablo a la ciudad dormida, la ciudad despierta, endrogada, violada, dividida por el bilingüismo, toda la esperanza de cada inmigrante que viene a este extremo de América y me parece oír de nuevo los rostros cubanos de Miami, yo, de regreso en la ciudad de mi infancia. Aquí, mientras te observo, en una de las antiguas calles más elegantes de Quebec, bajo el saludo inmóvil de Champlain, de los padres jesuitas, yo convertida en la Dufferin Terrace, where we sat side by side, Janine Terrace mirándote a través del silencio, de la memoria donde dijo Papi: El puente con nuestra Prehistoria lo hallaron los niños de Lascaux, y Nyla —¿por qué nunca he podido llamar a mi madre de otra forma sin sentirme extraña?— detuvo su mano y levantó los párpados. Tenía ocho años y estaba consciente de que afuera, en las calles del viejo Quebec, en cada antiguo muro, todo permanecía igual. Estaba, también entonces, inmóvil en la puerta, de manera que sólo nosotros tres sabíamos si yo salía o entraba. Eso vi, además, en tu perfil dormido, y a Blanca, yo en el balcón del Museo cuatro años atrás, cuando por fin viajamos a Cuba, la utopía, la verdadera, no la calle Ocho, no los sadi-sex de Miami, y salí yo una tarde, sola, a recorrer la ciudad de las flotas, a cada instante abordada por una corte de jineteros y niños en busca de cualquier fetiche, casi respirando la cadena con que intentaron evitar la entrada de los ingleses a una bahía en torno a la que se aglomeran hoy los fragmentos del mosaico, todo el asombro que me produce una sociedad fragmentada entre la risa y la angustia, el punto y el rap, el turismo y la sociedad posmoderna y quería llorar, por mi utopía triste, cuando la vi a ella, con igual soledad en el rostro y una reproducción de Francisco García en la mano, vuelta sobre sí misma como los ojos de Nelligan.

Miraba el Museo de la Revolución desde las formas surrealistas del balcón y pensaba en el yate en que se fue mi padre, las veces que dijo: ¡Yo lo que quisiera es volar!, para salir luego de uniforme a poner multas. Pensaba en su soledad sin trono ni reina, en su victrola más oculta, los mandarriazos con que ayudó a derrumbar la Plaza del Mercado, el buen edificio que sustituyó a la obsoleta vendumia colonial y en cuya construcción participó mi bisabuelo Matías. Las veces que mi abuelo Luciano dijo las cosas que quizás no debí oír: ¡A ti Playa Girón nunca te importó, ni la banda de Tony Alfonso, te fuiste de teniente a una UMAP para quitarte de arriba a tu primera mujer, yo vivo en esta casa con orgullo pero todo eso que trajiste de Recuperación de Valores fue algo que nunca debí permitírtelo, como tampoco te perdonaré nunca a ese hijo tuyo que mataron en Angola! Había salido al balcón de Bellas Artes con toda mi soledad de universitaria, mi escalinata pintorreteada; miraba el Cristo y la Magdalena desnudos que pintó Francisco García a su regreso a Francia en 1913, poco antes de ir a Cristianía invitado por Munch, donde permaneció hasta los primeros años de la Gran Depresión, la apertura del pensamiento surrealista, la otra dimensión del ojo humano, entonces que empezaba a redescubrirse el romanticismo de Friedrich, entonces que impresionismo era grandeza y pasado, ahora que tengo acceso a la mayor documentación escrita del propio Francisco y temo a la hidra que hará de su angustia otra mercancía cultural.

Cada persona me lleva a mí misma, a mi propia soledad, and my heart will travel back again, aquí, junto a mis padres, en la misma casa donde creció la niña asustada que llevo dentro, a donde he regresado después que Julio ya no está y las calles de Miami sólo me parecen un diario carnaval en el que ya no había espacio para nosotras, Clarice, o tal vez sólo para mí. Patria tal vez sea el lugar donde uno nace y vive; siento que yo misma te despojé de lo que pudo ser la tuya, y que ya serás una americana-canadiense en busca de tu infancia que está con los cubano-americanos, los puertorriqueños de tu aula, cada latino que recordarás en tus casetes y en el asombro de que sepas hablar mejor inglés que español. Pero ¿qué podía hacer? Patria son para mí estas calles, las aguas pardas del San Lorenzo en otoño, mojarme bajo las hojas de arce que siempre me acompañaron en mi recorrido por el Museo de Arte Cubano de Miami, el parque de Cayo Hueso donde los emigrados cubanos pusieron una estatua de Martí. Este aire del norte no modeló tu infancia, no acarició tus sueños, y te he traído a esta ciudad del desarraigo, sólo porque quiero vivir entre los míos, que no son los tuyos. Tal vez por eso te vi en Blanca, aquella tarde que prefirieron quedarse en el hotel, pero también me vi en ella, cuando tenía ocho años y leía a mi abuela Simone sus libros de historia preferidos, o la autobiografía de mi bisabuelo Bartholomew Atkin. Crecí en la memoria familiar. Back again, vitre de givre. Crecí en el nomadismo de nuestros nombres, del macartismo, de la Gran Hambruna, de los emigrados decembristas a la recién inaugurada república americana, de los emigrados cubanos a las amplias calles de Filadelfia, de Nueva York, al otro lado del río, donde no pudieron habitar y de regreso a los barrios bajos, las suciedades de Brooklyn, los inviernos de Tampa, Nueva Orleans, la nostalgia ante las aguas del Golfo que aún pude ver mientras viví en la ciudad de la frontera, de los rollos de papel higiénico con la imagen de algún líder. La fiesta del pavo en Hialeah me parece tan triste como las noches de los balseros rumbo a La Florida, los cubanos que me acosaron en la Plaza de Armas yo convertida en fetiche, cada policía que nos miró desconfiado y peyorativo a Blanca y a mí en las calles por donde alguna vez transitó mi bisabuelo, que entonces pudo escribir: Yo estaba en el ejército cuando supe que el Papa había pedido a España el armisticio, y que no habría guerra pues el rey había suspendido las hostilidades. Volver atrás me era imposible. Me resigné a ir a Cuba, a liberar un país de españoles vencidos, y que el Señor me guardara de todo mal, como así fue, y pude regresar a esta tierra sano y salvo, para encontrarme con el mismo país de las huelgas ferroviarias, la fiebre amarilla, las visiones de los Estudiantes de la Biblia, toda la angustia y la mierda que siempre he visto y de la que no me he podido librar. Mucho menos cuando, al caminar por las calles habaneras, regresaba continuamente a mi infancia, al terror en los ojos de mi madre por las atrocidades del Norte y del Sur. Cada niño hambriento que vi en Cuba era yo mismo, mi maestra violada por un confederado, la sarna de mis amigos huérfanos, o abandonados, que arrastraban sus pústulas bajo cualquier insignia, pues federales o confederados, insurgentes o españoles, todo se reduce a la humillación del prójimo por un poco de tono en la ergástula social.

También, tras conocer que a Marcos Berejano lo había destrozado un tranvía cerca del Palacio de los Presidentes, Francisco García escribió en sus memorias: Ya es tiempo de que remueva cuanto he vivido, tal vez para recordar, para reír de la muerta que me ronda hastiada acaso de los tantos que llevo en pie. Quise recorrer el mundo y sólo recorro mi silencio, la voz de mi abuelo que huyó a Cuba por los pasquines en el Palacio del Virrey cuando en realidad hubiera hecho mejor en dirigirse a cualquier otra tierra de América, aunque dudo mucho que sus ideas republicanas se sintiesen a gusto sólo por cambiar de escenario, o que le atrajese la cortesana república de Haití. A veces pienso que mi obsesión por los reflejos del agua nace en su risa escandalosa al referirnos uno de sus pasquines, a Marquina, el virrey que se empeñó en erigir una fuente en el callejón del Espíritu Santo, o en borrar de Nueva España las corridas de toro únicamente porque a él no le gustaban; o en el ritmo cadencioso de las antiguas guarachas que cortejaron mi infancia entre La Habana y el provincianismo, menor, de Yucael, interrumpidos por alguna ópera italiana contrapunteando arias a los tambores de un Día de Reyes. También puede ser tiempo de que yo remueva cuanto he vivido en mi memoria, la dimensión más verdadera de mi ser, y de alguna forma aún me oigas, Janine: Me gustaría recorrer La Habana Vieja en mulo, o las calles de Shanghai donde nació mi tatarabuelo recién iniciada la revolución taiping, sentir el ritmo de cada época en mi propio ritmo, tus ojos, Janine, al guiarte por los barrios bajos y oír Pero ¿esto existe todavía?, convencida yo de que siempre han estado ahí como la letanía de un ave sin rumbo en su Chacarita sin trono ni reina en la cuartería al fondo de mi casa ellos los cubano-cubanos quizás también los cubano-americanos de acá desde el portal de mi casa todos los días de mi vida yo los conozco su sonrisa también la de mi padre sé por qué bailan por qué se emborrachan y gritan y se cagan en Dios mientras cocinan o tiemplan seguros de que hasta la reina Isabel baila el danzón y algún día les llegará su oportunidad de mejorar te das cuenta y sus hijos sus abuelos contemplando todo irónicos en el mástil del barrio mientras yo sigo con mi tesis con los papeles que envió Francisco García a la nieta de Marcos Berejano poco antes de salir en peregrinación a la tumba de Friedrich dos años antes de que Hitler demostrara que él sí tenía trono y reina mientras aquí asomaba la furia del danzón y en Louveciennes los prusianos colocaban de alfombra los lienzos que Sisley no pudo llevar a Inglaterra reticentes como una raza que jamás desaparece y cuyo pensamiento no ocultan sólo hay que acudir a su caverna sus canciones Janine las que te resumí las que sí te permitió tu español la monodia de sus invocaciones nostálgicas que puedes hallar en el balcón aquel en las lágrimas de un corrido mexicano un tango un rap de cualquier victrola en el bañó el apagón incluso mientras vocean en medio del hambre ellos los pitonisos de la bolita los mala estrella los del rebozo blanco y la múcura en el suelo y qué difícil ser bebé entre los pliegues del bar de la salsa y el cigarro y el sexo permanente en el silencio de las palabras sobre la guerra de un golfo la ocupación de Panamá el saneamiento de unas finanzas asmáticas ellos también los de labios rockeros en la indiferencia provinciana y los cánticos evangélicos y la brújula triste recostados a una pared en la voluta infinita gato en la oscuridad releyendo las cartas amarillas que no escribieron que no recibieron las cartas-consuelo de un Norte ya para algunos no tan revuelto y brutal limitado al fantasma de las antiguas trece colonias y un andamiaje de etnias que no les interesa descubrir porque sólo quieren comer y olvidar que este pueblo victoriano sí que todavía no entiendes ni que los primeros pelilargos no fueron los jipis ni los rockeros sino los rebeldes que entraron a La Habana cubiertos de collares y rezos a la Caridad del Cobre y que sigue siendo el rey aunque no tengan todos el águila retratada en el dinero y no se bañen con jabón Gove y no se bañen y sólo agua caliente y sólo el bar que llevan dentro en cada primero de enero te ven entrar en mi casa sabiendo como saben que veinte años es mucho tiempo para los días de reyes los fabulosos areítos yoruba los encojonamientos mambises de las madreselvas en flor los tríos que te llevas grabados y en tu memoria de la calle Ocho del rostro de los cubanos de allá que se te parecen tan poco a los de acá entre las canciones de Carlos Puebla y Willi Chirino.

Por eso, cuando decían “Mississippi” en la escuela yo soñaba con otras regiones, cómo serían las tardes lluviosas en Galway, las islas de Aram que sólo he visto por el ojo de Flaherty, la soledad de un campesino irlandés prófugo de la Gran Hambruna y me construía la aventura de mi familia, back again, Clarice, sobre mi vitre givrée, el libro no escrito en el que sólo yo podría entrar. Aún Washington no era el propietario de una gran hacienda ni el amante de la equitación y la buena comida que le servían sus negros. Entonces el gran río era mi padre en Nueva Orleans, mi bisabuelo que nacía a punto ya de comenzar la Guerra Civil; el gran delta, mi padre extasiado por los negros jazzistas, mi padre en su nuevo hogar cuando murió mi abuelo Michael y dejó a Simone cinco niños que hubo que distribuir para que el hambre tocara a menos, y a él lo entregaron al joven matrimonio estéril de los Laflamme donde descubrió, junto a la soledad, el encanto de la privacidad, de la literatura, la extraordinaria sensación de sentirse escuchado y de contar a sus primeros amigos las historias de la ciudad antigua, servicio que les cobraba a veces por el placer insano de lograr su propio dinero que luego daba a alguno muy pobre, hasta conocer a Bernard, el niño tuberculoso al que, no pudiendo llevarlo consigo, dio todas las que reuniera y tenía esa mañana. Desde la desembocadura misma del gran río la memoria de Papi se sentaba en un parque de posguerra, a contemplar la universidad de Michigan donde se graduó de Arte y pocos años después volvía para impartir docencia mientras el país se desgarraba por los extremos anticomunistas, obligado como estaba a presentarse al Comité bajo sospecha de actividades subversivas. Arthur le había dicho: Pronto me llamarán, no estoy de acuerdo con las porquerías de ese Comité tan Antinorteamericano, un día escribiré una obra que van a recordar, todos moriremos, estos inquisidores de mierda también, pero el mundo recordará a las brujas de Salem, ésa será mi venganza, no te rajes, Matt, diles lo que se merecen, después de todo Voltaire también estuvo preso.

Todo eso te dije. No sé si me entendiste, si logré explicarte todo nuestro silencio, la historia múltiple de los cubanos de acá. Cuando me preguntaste si sabía quién pintó la reproducción que viste en mi mano, yo observaba el paso de los soldados en torno al yate y volvía a preguntarme por qué mi hermano pidió ir a Angola en cuarto año de su carrera. Pensaba con asco en la marcialidad sexual de las manifestaciones, la tristeza de los enmedallamientos, en mi primer día en la escuela y la sensación de que Mami me había traicionado, allí, tan tranquila, junto a las otras madres. Ahora sé que la sonrisa de Mami no era estúpida, pero nosotros estábamos en el patio y todos nos miraban. Yo miraba las ventanas. Una vez Abuelo dijo que allí vivió una familia rica que se fue a principios de la Revolución y entonces transformaron la casa en escuela. Miraba las ventanas y creía ver los rostros, veía a Mami tras los barrotes, girando las mamparas que detuvieron para crear más aulas, y no me di cuenta de que ya estaban cantando el Himno. Alcé el brazo sin comprender por qué la directora dijo que le satisfacía nuestro respeto por los símbolos patrios. Aquellas mamparas inmóviles dibujaron mi tristeza, porque recordaba las de mi casa, que volví a evocar en el Pre, cuando cantábamos el Himno tiesos ante un Martí cabizbajo.

Tal vez fue un augurio de esos años que pasaría en el sur. Cuando tenía doce mi padre nos llevó al Museo Guggenheim, a una retrospectiva de Neoimpresionismo, donde primero vi los cuadros de un pintor cubano anónimo del círculo de París. Podíamos haber ido en tren, pero ahora entiendo su hambre de viajar lento, a la antigua. Je suis un fleuve en marche vers la mer: por supuesto, hicimos varias paradas; et la mer remonte en moi comme un fleuve, según bajábamos, los rostros cambiaban, el ritmo de vida era mayor, más intenso, como si el fin del mundo estuviera a punto de desatarse y buena parte de la gente se hubiese propuesto vivirlo todo en el fragmento. La impresión de aquel viaje, el horizonte de Nueva York quebrando las amplias dimensiones del paisaje, las calles de la gran ciudad, el anonimato más absoluto con que transitaba por las aceras provocaron en mí una sensación de desconcierto que jamás me ha abandonado, como si hubiera vivido al margen de mi época, en una casa poblada de nombres, de idiomas, de hechos que de alguna forma no se habían entroncado con mi presente. Ahora sé que algo semejante ocurría en el interior de mi padre, una especie de rescate de su pasado, la desgarradura de sentirse un emigrado. No era sobre la carretera que transitábamos, sino sobre aquella tarde en que dijo a los del Comité ¡Es a ustedes a quienes hay que procesar por toda esta campaña tan anticonstitucional, nunca me ha interesado ser comunista pero sí sostengo que este interrogatorio es tan absurdo como cualquier engendro estalinista! No era el aire frío de la carretera que respirábamos, sino el de cada ventilador de aquella sala, cada flash sobre su rostro, cada rostro mirándolo con todo el miedo o lo grotesco que modela el absurdo en la carne. Tampoco el aire frío en nuestro pelo, sino el de cada instante a lo largo de seis meses en prisión junto a guionistas, actores, directores, amigos, socios, proxenetas o gente simple que buscaban en el mundo del cine la promesa de que todos eran iguales ante la ley y que todos podían lograr una vida noble dentro de las fronteras y el modo de vida de la Gran Nación Americana: el noúmeno de que se fue llenando y que le hizo aceptar la invitación del Conservatorio de Música y Arte Dramático de esta ciudad, las clases que impartió y el silencio que lo arrastró a renovar sus raíces aquí, más dentro de sí mismo hasta conocer a Nyla en la exposición que organizó Claude Gauvreau en la galería Antoine.

Dentro de las palabras a los intelectuales, dentro de la historia que cada vez hiere más, dentro de los carnavales que sucedieron a la Zafra de Aquellos Millones. Ésa es mi historia, Janine, el rostro colectivo que recorre estas calles, que viste en mi rostro sobre el balcón del Museo. Sobre un escollo por el mar batido el marinero desde lejos mira de una tumba brillar la piedra blanca; la historia múltiple de mi familia, la que no quiero murmurar más, a ver si nos vamos reconociendo los cubanos de ambos lados del cristal. Hoy morimos de anorexia histórica, nos desgarramos en hambre y rencor bajo este mismo sol taíno-naboría y sólo estoy recorriendo mi pasado en el anonimato de mí misma, en una ausencia de escenario, o un escenario que es sólo proscenio de decorado múltiple. Me ven pasar frente a la Fuente de los Leones, ante ese almacén turístico que aún se llama Iglesia y convento de San Francisco de Asís, los cubanos de rostro nuevo, sólo mi cuerpo, no más que otra muchacha loca por irse en los modernos bocoyes de arroz, no más que otra adolescente de piernas cruzadas frente a un hotel también llamado Habana Libre; no a los soldados del pelotón los Comepiedras con que mi padre capturó a Tony Alfonso en las lomas de Madruga, dormido y desangrándose en una escuela rural —no al pánico por los tiros en la última representación de la Pasión de Cristo en Yucael, donde murió Emilia, mi bisabuela, de un infarto— no las grandes llanuras de Camagüey donde mi padre impuso su moral de línea dura a los que apoyaban la producción desde alguna unidad militar en que ocurrió lo que quizás no debí escuchar a mi abuelo, lo que no debieron contar en venganza nuestros vecinos ahora que regresan a enseñarnos que los huevos del Mariel permanecen clavados en nuestro estómago. Ellos, los que traicionaron, los de la calle Ocho, con trono y en otro reino, los del Cayo, los de una ciudad crecida sobre todo por el asentamiento de familias desgarradas en busca de la Fuente de la Juventud; los que esta misma noche me verán llegar, a Blanca Sen Martínez, la universitaria, la hija de Rogelio el policía y sabrán que el plato fuerte de mi comida recalentada será el silencio de mi abuelo y de mi madre que, después de anotar las parejas en el Palacio de los Matrimonios, se gasta los ojos recortando plástico, y mañana el desayuno, y el almuerzo, adobado con arroz-luzbrillante-col-petróleo-frijoles-carbón-nada-mi tesis sobre Francisco García López, otro que escapó a Francia y estuvo, al servicio de un burgués primero comerciante en opio y luego “orientalista”, en China poco después de la revolución taiping, para regresar a las capitales de Europa donde bebió de todos los estilos y sólo vino a Cuba en 1913 por la enfermedad de los emigrados: la nostalgia, los rincones de cada infancia, la ausencia de un olor que modeló su infancia, para encontrarse, en sus setenta y tres años, guiado por el azar, con la frustración resignada de Marcos Berejano, el general mambí retirado que en 1863 conoció cuando Eugenia de Montijo, dando la espalda a El Baño, fusiló para la grey el lienzo de Manet, ambos por el antiguo paseo de Isabel II, la capital del Caribe iluminada en su segunda década republicana, ambos con la música primicial de Lecuona en la memoria que se abría como una puerta a una estancia evitada.

Nunca te he contado eso, Clarice. The corn was springin’ fresh and green and the lark sang loud and high, and my heart will travel back again to the place where I lie. Tantas cosas no sabes de mí. A veces deseo tanto despertar oyendo las olas sobre la costa, y salir descalza a caminar, hasta sentarme con los pies sobre el vacío y contemplar la inmensidad sobre Aram. También a veces, cuando terminaba las clases, me gustaba caminar hasta la parada y escuchar a los latinos, el vitral de acentos que puebla a Miami y en el que creciste, y había un regreso al primer Atkin nuestro en América, a su soledad inmensa, mayor cuando su hermano bajó a enrolarse en el ejército americano para luchar contra México por una guerra inútil y ajena. Algo como un canto comunal me recorría, sola, en la multitud, yo, la profesora, yo, la canadiense, la esposa de un cubano que apenas estuvo en Cuba, y acaso por esa sensación de sentirme múltiple te llamé como la escritora brasileña que me enseñó que las mujeres podemos escribir y hablar como mujeres, que una cucaracha aplastada en un escaparate puede lanzarnos al abismo de nuestra propia imagen. Recuerdo ese viaje a Nueva York como el rompimiento con mi infancia. Allí vi por primera vez un lienzo de Francisco García. Allí supe que Quebec también era una ciudad de este siglo aunque se mantuviese una esencia que parece manar del San Lorenzo, de la aldea algonquina sobre la que fundaron esta ciudad de la nostalgia y los asesinatos callejeros, donde también los puertorriqueños hubieran podido modelar la salsa, todo ese mundo de la angustia y el desarraigo que me conduce a un no-lugar en el que siempre extraño a François y a la niña que fui. Descubrí ante el Manhattan lo que es sentir el mundo, el miedo de vivir, el anonimato de no ser yo para quien se cruza conmigo en la acera, y me propuse vivir de forma tal que en mi vejez no tuviese que reprocharme más duda que la de existir. Si años después, al casarme con Julio, decidí acompañarlo a Miami, también supe que algún día regresaría a esta ciudad que es mi patria, de la que me alejé tal vez por eso: para rescatar mejor la mirada, para vivir sobre el rostro aún esquimal de mi madre, fascinada por la idea de transitar por esa especie de Algeciras a este lado del Atlántico. No te engañes, decía Julio, esto ha crecido por nosotros, ninguno ha querido irse de su país por gusto, mis antepasados decembristas y los tabaqueros cubanos, Hialeah está hecha de rencor, de esperanza, de homosexuales, de todas las cartas que vienen de Cuba pidiendo el salvavidas del dólar, aquí lo que necesitamos es ponerle el cascabel al gato. Muchas cosas no te he contado, Clarice. ¿Y quién soy, después de todo? Sólo esta mujer que baja las escaleras después de mirar a un adolescente preso en la isla de Sajalín, la ampliación que cuelga sobre la cabecera de tu cama junto a un afiche del Che y Lennon. Sólo esta mujer que ha regresado a la ciudad de su infancia, a impartir clases de Historia en una secundaria a estudiantes entre los que también me hablan rostros latinos, aquí, pelando esta naranja ante mi vitre givrée, en compañía de Andrew Atkin, el campesino irlandés que vino acá cuando en los alrededores de Galway ya no se podía vivir entre el hambre, la enfermedad de la papa y los impuestos, y quedó, tal vez, parte de su lamento en unos versos de Helen Selina que vuelvo a pelar en esta naranja.

Y quiero cantar, quiero viajar, yo, la reina Isabel bailando salsa, la Buena Habana seca en el Campo de Marte, la luz que muere en mis labios, en mis muros calcinados de Bayamo. Atravesar ignorada la multitud con mi teatro pobre, una contradanza interminable en mis manos, yo en mi bohemian rhapsody in crescendo los tambores ahora frente a la bahía y vuelve a aparecerme la Alameda de Paula en la desmesura de los grabados, detenida como una muchacha en la contemplación del batey que precisa abandonar para crecer. Respiro aún la bosta de los animales, las carretas ante la iglesia de San Francisco, el sudor de los caballos arrastrando los vanidosos carruajes por las estrechas calles habaneras, estática, maravillada por la dimensión interna, como Francisco García en la Tour Eiffel, Lu Suzheng a su lado ante el pequeño monumento del Club de Veteranos a los caídos por una República con todos y para el bien de todos pero ya cada vez más corrupta. Yo por la calle Acosta, ahora que bajan hacia el puerto los hastiados de oficinas, de uniformes, los niños que piden chicle en la Plaza de Armas, y sólo soy esta muchacha con una mochila rumbo a la parada en que se reunirá con las manchas de colores de su pueblo, hoy, otro cumpleaños de mi hermano muerto en Angola, continuado en los movimientos de esta katá fundamental que es mi palabra. Quisiera sentarme en esta acera a contemplar un viejo edificio que alguna vez llamaron Colegio de Belén y sentarme a la entrada de mi Facultad, a mirar la ciudad que fluye estancada también desde la Avenida de los Presidentes, la ciudad que se muerde la cola en su pedestal de aire y sólo continúo caminando, segura de que apenas dura lo que teníamos que tener, en este consumismo de pobres, convencida de que tampoco este grito largo entenderá mi novio que ya debe estar pidiendo botella en su primer año de graduado. Mañana, a esta misma hora, ya habremos pintado una parte de la casa. Me habré embarrado, estaré hecha un desastre, salpicada por la pintura que nos compraste, Janine, olorosa por tus jabones cerca de alguien que se habrá restregado la peste con agua caliente. Volveré el lunes a mi Facultad, a la beca, con la tierra en el alma, preguntándome de qué servirá en este mundo otra tesis sobre otro pintor desconocido. Sólo sé que debo llegar, no sé a dónde, pero eso me sostiene, aún hoy, otro aniversario de los sucesos de Villanueva.

En silencio, mientras alguien ahora mismo está muriendo y los que mataron a François siguen vivos, en prisión, pero vivos, y no da gusto recorrer las calles del viejo Quebec, et la mer remonte en moi comme un fleuve, sobre todo cuanto parece que tu hija te ha llamado y subes temiendo la desgracia que puede alcanzarte en el momento mismo de encender la luz. Y recuerdas lo que dijo tu papá sobre los niños de Lascaux, where we sat side by side, ahora que Nyla apenas puede caminar porque no hay médico que pueda detenerle el cáncer y tienes que cargar con todas tus preocupaciones porque a ningún desempleado ni sidoso le interesa que una profesora de Historia se siente a hablar de por qué la avenida Wolfe-Montcalm se llama así, ni qué importancia tiene la inauguración de un dinosaurium en Montreal mientras ahora mismo comienza otra guerra en el rincón más ignorado del mundo, hoy, que pudo ser otro cumpleaños de François y sólo estoy comiendo esta naranja ante el cristal y la ciudad, ante mi rostro que vuelve a preguntarme, asombrado, fresh and green, por qué un estúpido accidente puede matar al hombre que amas y dejarte vacía, sin raíces, en el balcón del Caribe. He regresado acá: no sé qué busco ni a dónde voy, sólo que debo llegar, y eso me sostiene. Tal vez si tuviese tanta fe como Nyla, pero nunca he podido cantar en la iglesia sin cuestionarme los propósitos de Dios. A veces me pregunto de qué sirven mis clases, o los catálogos y fotocopias que di a Blanca para su cotejo con los documentos que ella tiene si, quizás ahora mismo, pierde sentido todo acto y apenas somos la interminable contradanza del silencio. Yo también quiero decirlo, Blanca, contar la historia múltiple de mi familia, a ver si nos vamos conociendo los canadienses de ambos lados del idioma, a ver si por fin empezamos a creer en nosotros mismos, Clarice, y nos sacamos el provincianismo de la cabeza y aprendemos a recorrer nuestras calles de América, a leer en nosotros mismos la historia múltiple de nuestra familia.

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Sobre el autor

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    . Güines, 1966. Narrador. Licenciado en Lengua y Literatura Francesa por la Universidad de La Habana. Miembro de la UNEAC, de la Sociedad Espeleológica de Cuba y del Consejo de Redacción de la revista Habáname. El relato “Naturaleza muerta en re menor” pertenece al libro Los hijos del silencio (Editorial Letras Cubanas, 1996).