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Literatura cubana contemporánea

Narrativa

Operación Intelectual

Negrón no salió mambí, guerrillero o militar como quiso su padre, él no era como todos sus ancestros, tan guerrero


A Negrón, por tanto…

 Negrón, es nuestro hombre. Se acerca a la casa y recuerda a Yusnavy cuando la dejó hace pocos minutos atrás. En la esquina, recostada al muro fumándose un cigarro y cómo desaparecía este suavemente de sus dedos divinos, esperando con el vestido tan cursi y brilloso de esos que vienen de Ecuador, de venta al por mayor, apretado y algo corto. Ella solo está en la lucha, en su propia guerra diaria entre preservativos y tanto semen. Sus tacones afilados y los labios rojos, muy bermellón. La pierna perfecta, sobre el cemento destruido y erosionado por los años, posa hermosa y depilada, en todo su esplendor. Al pasar él, ella solo le guiñó el ojo y le dijo tirando una bocanada de humo: “Negrón, ¿cuándo me vas hacer un cuento?”; se le insinuó con picardía mostrándole el muslo y tirándole un beso con gracia, bien rico, extenso y muy pegajoso, tan puta.

Así le dice y él está muy orgulloso de que Yusnavy le tire un beso, aunque sabe que no es un objetivo para ella. Pero a Negrón, le gusta cuando le llaman por su apodo, bien fuerte, tan varonil, y hasta ha pensado hacer un cuento sobre ella, un cuento cursi y muy erótico. Saca la llave del bolsillo, recuerda y sonríe, la introduce en la cerradura y abre la puerta. Entra y va directo al espejo, recostándose con sus manos. Piensa de pronto en Yusnavy, en desnudarla entre pensamientos, como un objetivo más, despojándole la saya, la blusa y los tacones. Se mira con detenimiento, vacilante, pensando incesantemente, una vez tras otra, su rostro en el espejo. Suspira y sonríe como un tonto, o tal vez como un niño juguetón; los ojos se le enrojecen, como quien sabe las cosas, tira una última bocanada de humo al aire, el cigarro desaparece poco a poco entre sus dedos. Se quita la boina bolchevique, de color blanco. Se da una ojeada nuevamente y detalla los dientes, blancos y perfectos. ¿Quizás Yusnavy…? Repasa. Contempla su piel negra, muy intensa. Detrás de esa oscuridad ancestral, mucho de esclavismo, heroicidad, valentía y sufrimiento familiar, heridas con amputaciones, mutilaciones y sacrificios, solo él lo sabe. Imagina a cimarrones, criollos o manigüeros alzándose contra el enemigo. Mayorales, machetes y perros jíbaros. Él, orgulloso de toda su historia y de sus antepasados, su abuelo paterno había luchado junto a Máximo Gómez en la guerra de independencia; y ahí está la foto al lado del espejo donde se vislumbra en todo su esplendor, en la manigua con el machete afilado, rodeado de mambises muy uniformados, de blanco, portando la bandera de Céspedes y la de la estrella solitaria; en otra foto todos al lado de Maceo, en la travesía de la invasión en algún punto a Occidente, aclarando en su parte inferior derecha: “Esperanza antes del incendio”. Abuelo también junto a Maceo que le prendió fuego a Esperanza antes de entregársela a los españoles; y Negrón siempre orgulloso de la tea incendiaria, mostraba esa foto a todos sus amigos, una imagen de fuego y metralla. Su padre también luchó cerca de Fidel en la Sierra; una vez el pellejo de su padre salvó al líder y eso era bastante para Negrón, para él, un orgullo familiar. Muchos machetazos e historias contra los españoles y emboscadas contra los batistianos. Todos habían llegado heroicamente a la actualidad. La estirpe de los Godínez Quintosa era un orgullo para la historia nacional, para la familia y ahí estaba nuestro hombre. En esa línea cronológica, en el momento justo y el lugar adecuado. Orgulloso del triunfo revolucionario, de Fidel, de que los negros fuesen como los blancos, y los blancos como los negros. Iguales, como si Adán y Eva o el propio Cristo fuesen negros.

Pero Negrón no salió mambí, guerrillero o militar como quiso su padre, él no era como todos sus ancestros, tan guerrero. A él, nunca le gustó la guerra, las broncas y el acero de los machetes. Había nacido en Esperanza. Solo le gustaba leer desde pequeño historias de Verne, Stevenson y otros autores; cuando los amigos lo buscaban para ir al río a pescar, a jugar pelota o a discutir contra la banda del otro barrio como los mismos mambises, Negrón solo se escondía dentro de algún libro que la madre le regalaba semanalmente debajo de la cama. Esa era su pasión y su lucha. Y los amigos le gritaban miedoso, penco y maricón, una vez tras otra. Pero a Negrón no le importaba, nada de eso le hacía ruido si Mima estaba junto a él, mostrándole los más sensibles valores humanos entre las letras y libros inteligentes, y era así su otra bronca, las novelas, cuentos y su madre. Creció entre grandes obras de la literatura junto a Mima, y empezó a asistir al taller literario Nicolás Guillén de su localidad, donde él era el único negro entre tantos blancos. Un talento. Pasaron los meses y él fue, además, el único del taller literario que se hizo narrador con sus relatos eróticos y de espionaje, a la vez que jugaba con la historia nacional. Los blancos se dedicaron a otros oficios. Pero a él le gustaba esa vertiente, como en las películas de Hollywood, con emboscadas y tanta inteligencia, sin un disparo. Quería seguir la estirpe de los Godínez Quintosa, enorgullecer a sus ancestros, pero de otra forma, sin usar armas, solo la mente y su capacidad intelectual. Se presentó entonces a un concurso nacional de cuentos y ganó para su sorpresa un premio con el cuento “Los Mensajeros Blancos”, dedicado a su abuelo insurgente: “Pá mi Abuelo Fito, con cariño y por tanto machete…”, así estaba dedicado, y era un relato de espionaje, acero y metralla gozando por entre la historia, con mucha cautela e inteligencia, un cuento hermoso. Negrón recibió así sus primeros mil dólares, de manos del presidente de los escritores de la nación. Su primer cuento, entre tantos blancos posibles, entre tanta envidia. Miró al cielo y pensó en los Godínez Quintosa frente al público con su diploma en mano, en tanta lucha por la libertad ancestral, tanto machete y balas, tanta bronca de negros por la supremacía, por la libertad de la nación, porque blancos y negros fuesen iguales, por eliminar la opresión. Y él ahí, gracias a ellos, con mil dólares en mano por un relato de espionaje, de manigua y machete. Libremente. Feliz. Sabía entonces que, a partir de ahí, moriría siendo un escritor.

Se mira en el espejo y sonríe como un tonto, como un niño una vez más, como cuando leía debajo de la cama. Está feliz y hoy es un día especial, único. El presidente de los escritores de la nación le mandó a buscar ayer, pues Susan Swagy, una lectora estadounidense, leyó el cuento que se publicó en un sitio en internet. Y quiere publicarle un libro de cuentos a Negrón, en los EE.UU. ¿Quién coño es Susan Swagy? Le cuestionó asombrado y con una sonrisa al presidente de los escritores en tono risueño, con cierta preocupación y confianza. Un libro publicado en los EE.UU podría traerle problemas y manchar a los Godínez Quintosa o a la patria, y el otro le respondió estrechándole la mano con cariño, diciéndole que esa mujer era editora, amiga de la izquierda y que aprovechase la oportunidad, que le llevara todos los cuentos posibles. “Las oportunidades se presentan solas”,dijo el otro. Negrón no lo creía posible, tanta suerte, tanta dicha, en tan poco tiempo y protegido además por la izquierda. ¿Qué más podía desear? ¿Qué más que enorgullecer a Mima? El único contratiempo es que no tenía tantos cuentos escritos, revisados e impresos. Solo leía mucho. Sabía que sus ancestros lo acompañaban, le prendió una vela al abuelo mambí y miró la pared con fotos de la manigua y de guerrilleros junto a su padre, junto a Fidel en la Sierra, y a todos invocó con fe, pensando en la cita con la mujer extranjera y dentro de pocas horas en el Hotel Cohíba, uno de los mejores y más caros del país.

Negrón entró al baño, se desnudó e imaginó a Yusnavy junto con él, en una erección posible, rica, susurrándole “Negrón”, como cuando lo hizo en la esquina del barrio. Pero no, ahora no podía demorarse. Estaba Susan Swagy esperando por él y Yusnavy tenía que ser en otro momento. Lo más importante ahora era el futuro literario. ¿Quizás Susan Swagy podría darle hasta una erección? Pero no sabía cómo era ella, nunca la había visto, no importaba. ¿Y si a Susan Swagy le gustaba él? Imaginó con deseo. De todas formas era extranjera y él sabía que era negro, un gran negro. Una atracción. Cualquier cosa podría suceder. Para eso se había preparado desde niño leyendo y escribiendo. Puso el cubo plástico, abrió la llave del agua y sonrió, pensando en los Godínez Quintosa, en tanto coraje, machete y tanta metralla sobre la piel negra, tanta insurrección desde los aborígenes y africanos. Empezó a llenar el recipiente y tomó el jarro de aluminio y comenzó a bañarse muy sonriente. Bien fría, el agua caía sobre su piel. Poco a poco. Rica. El jabón hizo una espuma muy blanca sobre la piel negra. Más agua fría y Negrón termina rápidamente. La toalla seca suavemente la piel negra y a él le gusta. Piensa en sus cuentos policiacos, sus tremendos relatos de machete, inteligencia y metralla mientras está vistiéndose su mejor gala para ir a ver a Susan Swagy. La boina bolchevique habitual, tan blanca, las sandalias de cuero y seguidamente introdujo varios papeles con cuentos impresos, en la mochila junto con el libro El símbolo perdido de Dan Brown, que estaba a punto de terminar de leer. Un libro mediocre. Negrón lo sabía pero no importaba, había siempre que leerlo todo. En ese instante él solo piensa en la mujer que espera, la desconocida lectora, su primera fiel admiradora.

Al salir hacia el Hotel Cohíba era todo un mar de pensamientos e ideas. En su bolsillo apretaba el resguardo que le protegía y le daba fuerzas. Ensayaba en su mente como presentarse a la editora del extranjero. Llevaba de obsequio un ejemplar recién comprado de la revista La Gaceta, con su cuento premiado. Un importante regalo y dedicado. Imaginaba. Todo estaba siendo calculado mientras caminaba a su destino desde su natal Esperanza. El camino fue rápido, tomó un almendrón, hacía tiempo que no gastaba diez pesos desde el oeste al Vedado. Pero no importaba, aquello olía a ser perfecto. Sabía que los espíritus de todos los Godínez Quintosa estaban a su lado. Transparentes. Artillados con sus antiguas armas y protegiéndolo. La brisa fresca por toda avenida 31. Túnel de Línea. Se detuvo en la calle Paseo. Pagó los únicos diez pesos en moneda nacional que tenía en su cartera y salió contento a conocer a la editora foránea. Mientras, en voz baja, tarareaba un ritmo musical rumbo al Hotel Cohíba, pensando en su primera publicación en EE.UU. Al llegar, Negrón estuvo detenido unos breves minutos frente al edificio, miró alrededor y dejó caer un diente de ajo para la buena suerte, lo dejó caer con mucha fe, frente al hotel, lo pisó y pidió un deseo, a su mente vinieron cuentos, libros, editoriales y hasta viajes al extranjero. Hasta Susan Swagy pasó desnuda por su mente. Eso nunca podía faltar. Un desnudo perfecto entre letras y el papel. Apretó aún más el resguardo en el bolsillo, una prenda de collares de varios colores y entró al hotel.

―Por favor… vengo a ver a una compañera que me está esperando ―dijo Negrón al custodio que se le interpuso en su camino.

―¿Una compañera aquí? ―preguntó asombrado el otro.

―Sí… Una mujer, compañero, editora extranjera… Yo soy escritor ―le explicó Negrón.

―¡Ah! ¿Una señora turista?

―Bueno… sí ―dijo Negrón encogiéndose de hombros mientras mostró una sonrisa, como quien no entendía la pregunta del otro, tan parecido a él, tan negro.

―Pase, señor, adelante… y pregunte ahí a la señorita aquella ―dijo el otro.

―Gracias ―contestó Negrón y siguió dando pasos al interior del Cohíba.

Era la primera vez que entraba ahí. Cuando intentó abrir la puerta, esta se abrió sola. Se asombró. Nunca había tenido esa sensación, como cuando a los reyes le abrían las puertas a su paso. Ya no nos llamábamos compañeros unos a los otros. En ese lugar Negrón vio como se nombraban señores y señoras. Aquello era tremendo, un poco burgués. Pero no importaba, si era colosal ese instante gracias a Susan Swagy, imaginó sonriente.

―Buenas tardes, ¿en qué puedo servirle, señor? ―le dijo la joven.

Negrón quedó sin palabras mirando el nombre enmarcado sobre el traje rojo, muy bermellón. Parecía todo tan deslumbrante como un amanecer y tan cursi con un premio literario, una editora extranjera y una tarde gloriosa en un hotel. Aurora Celeste, se nombraba así la joven, con una voz tan bella. Nadie nunca se había dirigido de esa forma a él, con tanto cariño y ternura. Qué bien se sentía en aquel lugar, con el aire acondicionado, no era el calor de Esperanza. También la limpieza del piso, los cristales traslúcidos, los muebles acolchonados. Era un paraíso aquello, tan diferente a su habitación en Esperanza.

―Por favor, con la compañera Susan Swagy ―le dijo Negrón con una sonrisa a la joven Aurora Celeste que hurgaba en la computadora.

―Espere un momento, por favor…  ¿Cómo me dijo que se llamaba la señora?

―La compañera se llama Susan Swagy, por favor ―le respondió Negrón tratando de mirar el monitor.

―¿Y usted quién es…? ¿Señor…? ―preguntó la joven Aurora Celeste mientras seguía buscando el nombre de la editora en su PC.

―Mi nombre es Godínez Quintosa. Soy escritor ―enfatizó―. Aunque me dicen, con cariño, Negrón… Puedes decirme así, si quieres.

―¿Escritor? Qué bien… ―dijo una Aurora asombrada.

―Sí… ¿Le gusta la literatura?

―Algo ―dijo la joven mientras seguía buscando datos muy seria―. ¿Hace usted poemas de amor?

―No, yo escribo ficción… cuentos de espionajes, atentados y cosas por el estilo… algo así, más o menos ―le explicó Negrón y aclaró―. La poesía no es de mi tipo.

―¿Atentados? ―dijo de repente Aurora, dejando ver una sonrisa preocupada y enfatizó piropeándole a los ojos―. Eres entonces un escritor peligroso…tremendo Negrón.

―Para nada… si yo soy un santo ―dijo Negrón y le guiñó un ojo muy pícaramente.

―Puede sentarse allí… No aparece el nombre ahora, pero como están entrando más huéspedes, debo atenderlos y al momento aparecerá la señora Susan Swagy, no se preocupe, esto a veces demora algo ―le dijo cambiando el tono de voz y preguntó―. ¿Cómo me dijo que se llamaba? Para decirle a la huésped.

―Godínez Quintosa… Antonio Godínez Quintosa y… escritor ―le aclaró Negrón y le sugirió―. Recuérdelo, por favor, diga que es el escritor.

―Gracias… Por favor, siéntese allí… no se me riegue a ningún ladito que en instantes le llamaré para darle respuesta ―dijo Aurora, y Negrón, muy contento, fue directo al vestíbulo, mirándolo todo, nervioso, como cuando un niño asombrado quiere un juguete imposible. O un hombre desea una mujer.

Lo ve todo rodeado de acogedores sillones y muebles forrados de satín azul turquesa. Una exposición de pintura cubría la paredes y hasta ahí fue Negrón, a contemplar la majestuosidad del arte contemporáneo. Se metía la mano a cada segundo en el bolsillo, muy temeroso, tocando el resguardo y el diente de ajo que le quedaba, para finalmente volver al butacón azul turquesa, a sentarse, a hundirse en su espuma acolchonada, mientras invocaba a todos los Godínez Quintosa a que le alumbrasen el camino con la editora extranjera.

De pronto Negrón vio desplegado por todo el vestíbulo al cuerpo de seguridad, tan uniformados, con trajes de negro y corbata. Otros negrones como él, lindos como a Yusnavy le gustaban para piropear. Bien machos, como él. Sonrió para dentro de sí, como un tonto y acarició la mochila en el piso. Rápidamente pensó: “Verdad que en este país, quienes lo saben cuidar de verdad somos los negros. Los blancos están perdidos”. Como seguro hubiesen querido sus ancestros los Godínez Quintosa, que él hubiese luchado contra el enemigo. Vio como todos los negrones llegaban a su alrededor y les mostró una sonrisa. Vio al portero que se le acercaba e imaginó que ya habían localizado a Susan Swagy.

―Su identificación, por favor… ―dijo el portero.

―¿Pasa algo, compañero? Acabo de hablar ya con la compañera aquella ―le responde serio Negrón, mirándole por encima de los lentes, y sujeta duro en sus manos el libro de Dan Brown: El símbolo perdido.

―¿Por favor, puede venir con nosotros? ―dijo el portero poniéndole la mano en el hombro y le aclaró al instante: ―No se resista. No forme ningún escándalo. Solo síganos.

Negrón no entendía. ¿Y la Sra. Susan Swagy?, pregunta por la editora y los otros no le saben responder. Los turistas contemplan la escena. Sale del hotel custodiado por otros seis negrones como él. Perfectos. Musculosos. El portero solo informaba por la radio: “Operación Intelectual… está siendo realizada con total éxito… estén listos”. Fuera hay un cordón de policías con fusiles cortos y largos, también patrullas bloquean el paso, soldados antimotines con cascos, y más allá una docena de turistas, detrás de la cinta amarilla, lo retratan al salir. ¿Qué estaba pasando? Negrón no entendía.

Lo recostaron contra la pared. El miedo se apoderó de él, temblaba, apretaba los dientes y sentía mucho miedo. Miedo al miedo. No era el mismo muro de Esperanza, donde se apoyaba Yusnavy con sus tacones afilados a piropear a los hombres y a él. Este era muy distinto. Un oficial, al que llamaron capitán Acosta, se acercó, lo miró y registró sus bolsillos, pantalones y tomó la mochila y comenzó a revisar incesante, entre tantos bolsillos vio papeles y cuentos impresos como con miedo y rabia, y sacó el libro El símbolo perdido de Dan Brown.

―Registren bien esta mochila que aquí pueden haber hasta códigos para el enemigo… Tanta letra y papeles, tantos párrafos escritos y tu no me pareces un escritor ―el capitán Acosta se dirigió a otro policía y enfatizó―. La mochila… con cuidado ahí, que quizás hayan explosivos.

―¿Cómo que explosivos? ―dijo extrañado Negrón.

Pensó de pronto en los Godínez Quintosa, en tanto machete y metralla contra la opresión colonialista y batistiana, en todos sus ancestros muertos contra españoles y la dictadura, todos revolucionarios, y él siendo acusado sin saber por qué, haciéndole sentir como un terrorista. ¿Quizás la editora Susan Swagy vino a poner bombas? Quién sabe, pero cómo una mujer podría hacer semejante acto… Pensó en sus cuentos… en coartadas y en películas de atentados y el otro personaje que quizás, según el capitán Acosta, iba poner una bomba en el Cohíba, o en otro hotel, y él ahí llamando la atención, imaginaba para sí, tan ingenuo…

―¿De qué coño tratará esto…? ―dijo el capitán hojeando el libro y siguió: ―Míralo, esto no es publicado aquí, es un librito muy chulo del extranjero… y con el Capitolio por fuera.

―¿Este es el de la Habana Vieja? ―dijo un policía al capitán.

―No, no, no… cómo se te ocurre, chico… este es el de Washington… este negro esta embarcao ―dijo el capitán Acosta, y mirando a Negrón y señalando el libro comentó: ―Y es una edición estadounidense… quizás hasta es propaganda del enemigo y subversiva.

―Compañero capitán… Por favor, debe oír esto acerca de nuestro detenido ―dijo un oficial que se acercó y que hablaba con Aurora Celeste, la carpetera del Hotel.

―¿Qué carajo pasa ahora con el negro este? ―gritó el capitán y el oficial le dijo algo en el oído. Bajamente y asustado.

En la patrulla todos miraron al capitán, muy serios. Con temor. Miraron a Negrón. Negrón nunca había presenciado unos oficiales con la mirada tan tierna y él recostado aún al muro de concreto del hotel. Con miedo. Miedo a todos los miedos posibles. Miró a Aurora Celeste, tan bella y hasta tuvo miedo de ella.

―Suelten a ese hombre… suéltenlo ―dijo el capitán.

―¿Cómo que soltarlo, capitán? ―dijo el oficial negro que mantenía inmóvil a Negrón contra el muro..

―Antonio… Godínez Quintosa, perdónenos, por favor… ―dijo de pronto el capitán Acosta entregándole el carnet de identidad y se dirigió a los demás oficiales: ―Suelten a ese hombre, que es un escritor, un importante intelectual y aquí ha habido un grave error.

―¿Pero qué coño ha pasado…? Tienen que explicarme ahora ―dijo Negrón aún con mucho miedo y las piernas temblorosas.

―El problema, compañero, es que es negro… ―respondió el capitán en voz baja a su lado y le aclaró―. Te convertiste en un sospechoso al entrar al Hotel y preguntar por una turista que no está ahí.

―La Srta. Susan Swagy no está en este hotel, está en el otro… en el Riviera ―dijo de pronto Aurora Celeste con su mirada tierna, interponiéndose en la conversación entre Negrón y el capitán.

―Pero, cojones… ¿porque soy negro? ¿Y usted acaso no lo es también? Como todo el cuerpo de seguridad… Aquí todos los policías de esas patrullas son negros, ¿no lo ve? No hay un blanco salvo los turistas que están tirando fotos, aquí todos tenemos de negros.

―Discúlpenos, son cosas de rutina…― explicó el capitán―. Cuando llegó comenzamos a sospechar de usted… La cámara de vigilancia le vio contemplando el hotel por fuera, con mucho detenimiento, y además soltó un objeto minúsculo antes de entrar, algo que podría resultar una amenaza.

―Era un diente de ajo, cojones, para la buena suerte… Soy espiritista. ¿Algún problema con eso también? ―dijo Negrón y le preguntó―. ¿Y usted, capitán, no tiene un resguardo? Usted acaso no hace lo que sea, espiritualmente, para protegerse y salir adelante en la vida. En mi caso para publicar en el extranjero, vender, tener suerte… Yo no soy jinetero, he viajado a ferias de literatura en Argentina, Alemania y míreme aquí. Siempre he regresado a mi barrio, a mi lugar.

―Lo sabemos ―respondió Acosta―. Este es nuestro trabajo, compañero… Perdónenos, fallamos.

―Yo pensaba ya que esa mujer que vine a buscar era una enemiga… y que por eso me detuvieron ―dijo y enfatizó colérico: ―No por ser negro, cojones. ¿Qué pensarían Antonio Maceo y Carlos Manuel de Céspedes? ¿Qué pensaría mi abuelo?

―¿Quién fue su abuelo? ―preguntó un policía.

―Un mambí que luchó junto a Maceo en la invasión ―les respondió Negrón―. ¿Qué pensarían acaso?

―Sabemos que es un intelectual premiado con el cuento “Los mensajeros blancos” ―dijo el capitán, aclarándole que se lo habían informado por la planta en la patrulla―. Dicen… que es un tremendo cuento, me lo acaban de decir.

―Mire, sepa que ese relato… es un cuento de un negro pobre que lucha y da al final su vida por lo que tiene que darla ―dijo Negrón y le enfatizó―. Un negro que arriesga su vida con verdaderos cojones por la de muchos blancos.

―Sí, como su abuelo… y como todos nosotros ―dijo el capitán―. Yo sé, amigo, yo también soy negro.

―¿Y si yo no fuese un intelectual y solo fuese un negro normal… solo un negro de barracón de cualquier barrio marginal? ―dijo Negrón y le aclaró―. ¿Me tratarían igual… solo por ser negro?

El capitán Acosta le miró y quedó pensativo sin respuesta alguna. Sintió en el fondo de la pregunta del otro un fuerte dolor para sí. Miró a los demás oficiales, se encogió de hombros y le entregó el libro de Dan Brown que tenía en sus manos, con mucha vergüenza.

―Capitán, mire, mire usted este libro… ―le señaló Negrón al libro que llegaba a sus manos―. ¿Acaso usted en algún momento se leyó El Código Da Vinci?

―No, pero vi la película ―dijo emocionado el capitán.

―Es una historia inverosímil, no le preste mucha atención ―le dijo Negrón y mostrando una sonrisa le preguntó―. Pero se imagina usted, capitán, que Jesucristo hubiese sido un negro.

 

Callejón de los Perros/Bauta 2013.

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Sobre el autor

  • Denys San Jorge Rodríguez

    . Denys San Jorge. Bauta, 1984. Artista plástico y escritor cubano. Graduado de la Academia Nacional de Bellas Artes, San Alejandro en el año 2004. Ha realizado 10 exposiciones personales y más de 40 colectivas. Reseñas, críticas y comentarios sobre su trabajo plástico han aparecido en distintos medios en México, EE.UU, Europa y en la isla. Ha publicado cuentos en Cuba por la editorial UNICORNIO y en revistas en el extranjero. Recibió primera mención en el concurso literario Félix Pita Rodríguez 2010 con su libro de cuentos Patria Interior y ha ganado premios en talleres literarios. Obras pictóricas suyas se encuentran en el Museo de Bellas Artes y de Arte Cubano de Maximilian Reiss, en Viena, Austria. En el Museo Internazionale Dinamico di Arte Contemporanea, Belforte del Chienti, Macerata, Italia y en colecciones privadas en Canadá, España, México, Italia, Alemania, Holanda, EE.UU, Austria y Cuba