Poesía

Otro viaje hacia Utopía

No hay nada nuevo en todo este lugar; pero Ezra, siempre vuelve frente a estos muros de Saint Elizabeths y se queda largo rato, pensando. Un hombre que viaja hacia la Nada es algo así como una isla en el hueco de una pared que no respira. Ezra estuvo años en una jaula de hierro que crearon para que no pudiera ponerse de pie. Yo nunca he estado de pie.

Y como no podíamos gritar, nuestras manos tenían sus propias cuerdas vocales. Y como no podíamos tragar, nuestras manos se alimentaban palpando el suelo. Unas veces, hombres libres; otras, hombres ventrílocuos dentro y fuera del juego. Encerrado en mí mismo, pienso en el poema-dinamita, que tienen en la boca los que perdieron las manos.

Puedo imaginar cómo es Utopía, pero no puedo abrir los ojos para mirarte. El mundo se mantiene unido. No por la fusión, sino por la tensión. No por la armonía, sino por la lucha. En este campo de muerte tenemos que luchar cada segundo de oxígeno. Puedo imaginar un país ahogándose con su propia sangre, pero no puedo abrir los ojos para mirarte. Tengo miedo de esconderme en el cuerpo de un ser excluido, segregado y encarcelado. En un futuro sin futuro. El que camina hacia Utopía está ciego.

Llegar a Utopía es — como todo lo que sucede aquí— una ilusión más. Un machetazo más.  Una deformidad. Ya no espero nada.  Ya nada siento. El hijo de Reina dice que el presente no existe. Lo cortaron de raíz. El árbol era artificial y los frutos que comimos estaban huecos. Eternos Niños pobres como los del cuadro de Víctor Manuel. Llegar a Utopía es una soledad más. No sé si este vacío es normal. No me asomo en él.

La aguja que entra en la piel no es la misma que sale. «Solo respiras pánico», me dice y se mira la herida en el espejo. El espejo también mira su herida en ella. Un hilo de saliva corre entreabriéndole la boca. Boca de tierra. Párpados de tierra. Unas manos muertas rompen un ámpula, una anatomía, un sentimiento. Me dice: «Respiras pánico».