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Literatura cubana contemporánea

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Patria, literatura y exilio

El título mismo es una broma. Si lo escriben en Google hallarán referencias hasta el aburrimiento. Yo no tendría nada que agregar al respecto. Y creo que nadie…

EXILIO

El título mismo es una broma. Si lo escriben en Google hallarán referencias hasta el aburrimiento. Yo no tendría nada que agregar al respecto. Y creo que nadie.

Hace pocos días leí que la novela de alguien (juro que no puedo recordar el nombre) fue escrita en Cuba hace varios años y sacada clandestinamente al extranjero, donde fue publicada. No se trata de ninguno de los libros de Reinaldo Arenas, por cierto.

El escritor en cuestión es un cubano exiliado. Como Reinaldo Arenas. Lo que el escritor cubano exiliado, que no es Reinaldo Arenas pero sacó un libro clandestino de Cuba como Reinaldo Arenas, no cuenta (al menos en el texto que leí), es la manera en que salvó su obra de la persecución oficial. Sí, porque clandestinaje implica persecución, probablemente política. No importa si persiguieron al escritor o al libro.

Me parece que Arenas ocultó los manuscritos en un techo, aunque no estoy seguro de que el autor de Celestino antes del alba tuviera techo propio en Cuba. El caso es que los envolvía en un nylon para protegerlos de la lluvia, hasta que apareció la oportunidad de mandarlos al exterior, o quizá los trajo consigo por el Mariel. No releeré Antes que anochezca para precisar el detalle.

Intentaré no ser corrosivo, pero se me ocurre que una novela censurada (en Cuba o en cualquier parte) tiene garantizado cuando menos la mitad del éxito. Ocurrió en la URSS con Pasternak y Solzhenitsyn, protagonistas de una cultura literaria underground cuyo mito perdura hasta hoy. Tal vez el libro del escritor cubano esté siendo devorado dentro de la Isla en estos momentos, ¿quién puede afirmar lo contrario? Un samizdat tropical.

Por otra parte, ser un escritor exiliado tiene sus implicaciones. Nótese que no se trata de un escritor emigrado. El poeta Gastón Baquero, por ejemplo, se exilió en España, donde languideció hasta morir a milímetros del olvido. Lorenzo García Vega se exilió en Miami, donde languideció también hasta morir en el olvido mismo. Cabrera Infante, el propio Arenas, fueron escritores exiliados.

“El escritor exiliado —como lo definió Cortázar— es en primer término una mujer o un hombre exiliados, es alguien que se sabe despojado de todo lo suyo, muchas veces de una familia y en el mejor de los casos de una manera y un ritmo de vivir, un perfume del aire y un color del cielo, una costumbre de casas y de calles y de bibliotecas y de perros y de cafés con amigos y de periódicos y de músicas y de caminatas por la ciudad”.

Acto seguido, el argentino añade: “Un exiliado es casi siempre un expulsado, y ese no era mi caso hasta hace poco. Quiero aclarar que no he sido objeto de ninguna medida oficial en ese sentido, y es muy posible que si quisiera viajar a la Argentina podría entrar en ella sin dificultad”.

A propósito de “América Latina: Exilio y Literatura”, donde el autor de Rayuela expone los anteriores criterios, otra argentina, Liliana Heker, se pregunta: “La libertad, ¿no es el ámbito que le corresponde a un intelectual, a un creador? ¿No es el ámbito que necesitan para desarrollar plenamente su pensamiento y su obra artística? Sin duda que sí. Las restricciones a esa libertad, entonces, ¿no son una razón suficiente para que un escritor se sienta obligado a irse aun cuando nadie, explícitamente, lo expulse?”

Al escritor cubano exiliado (no emigrado) tal vez no lo expulsaron pero decidió irse. Se autoexilió. O de verdad lo expulsaron y el suyo es un exilio forzoso. ¿Quién lo sabe?

¿Mas qué sucedería con el escritor cubano exiliado si le tocara en suerte no ser “objeto de ninguna medida oficial” y tuviera la opción de “entrar sin dificultad” si quisiera viajar a Cuba (no a la Argentina)? No sé en qué punto me vino a la mente un comentario de Haroldo Dilla en Facebook relativo a “nuestra emigración con apetencias de exilio”.

LITERATURA 

Para Fernando Aínsa “la buena narrativa hispanoamericana está llena de ciudades reconstruidas desde lejos y desde el territorio de otras lenguas. La expresión nacional tiene, pues, otro tono. Intelectuales y artistas provenientes de las llamadas ‘zonas periféricas o marginales’ del planeta, se exilian o simplemente emigran pero no para mimetizarse con otras culturas, sino para proyectar su voz propia desde un ámbito que consideran más propicio”.

Fruto de un proceso inverso, la literatura cubana proviene de un linaje diaspórico (si atribuimos a Silvestre de Balboa la pieza bautismal en la historia literaria de la Isla). Aunque murió en Cuba —adonde llegó como emigrado—, el creador del Espejo de paciencia había nacido en Canarias. Nuestro primer poeta fue un exiliado auténtico: el cantor del Niágara se fue a morir a México, donde encontró asilo. Mencionar que José Martí escribió lo mayor parte de su obra en el exilio pasa de ser una redundancia. Mas si la poesía martiana vio la luz en tierra extraña, la de Julián del Casal nació dentro de las fronteras nacionales, donde el melancólico bardo encontró la muerte. Talento y exilio no están reñidos. La creatividad no se pierde por el hecho de vivir (y morir) en el lugar de origen.

Los infinitos cánones propuestos para estandarizar nuestra literatura; los infinitos que se expondrán todavía, tendrían por fuerza que cuidarse de las exclusiones y solo de las exclusiones. La buena narrativa cubana —parafraseando a Fernando Aínsa— exhibe más de una reconstrucción lejana que rara vez elude el compromiso de identidad de sus cultores (en la emigración o el exilio). En paralelo, la producción dentro de los límites geográficos de la Isla no consigue, aunque lo intente, traslucir una cultura ajena. Los buenos lectores no suelen preguntar dónde se escribió la historia. En la mayoría de los casos les motiva el qué de la historia o el quién la cuenta. Algunos, incluso, prestan atención al cómo.

Uno siempre termina hablando o escribiendo sobre escritores, en la creencia de que el libro acaba en ellos. Habría que dedicar una buena parrafada a los lectores. Los hay que rechazan a Vargas Llosa (ahora también a Padura) por cuestión de principios (y cada quien tiene los suyos). Lo que decide no es el dónde ni el qué ni el cómo sino el quién. Menudo dilema. Para este tipo de lectores la literatura queda reducida a poco menos que una simple obligación política. No leer jamás a sus enemigos de causa. En el otro extremo, ni con su propia muerte consiguió García Márquez conjurar la fatídica aureola que le granjearon ciertos afectos. Lo cierto es que la literatura no se salva sin lectores. Con una sutil diferencia: La literatura sobrevive a veces; los lectores nunca.

PATRIA

La literatura es ara, no pedestal. Publicar un libro no debería por ninguna razón tener otro significado que el de su publicación misma; la puesta en manos del lector de una obra artística. Cualquier otra intención la convertiría en panfleto (y quiero hacer constar que nada tengo contra los panfletos ni contra los libros sacados clandestinamente).

Si la obra artística resume un periodo importante de la historia nacional; si parte de una anécdota verídica (por increíble que parezca); si se trata de una experiencia personal o ajena, contada al pie de la letra (o como el narrador la evoca), ¿cuál es la diferencia? Narrativa de ficción o testimonio. Poesía o ensayo. Sin intencionalidad estética no hay literatura. No tiene que ver con el “amor a la patria”.

“La auténtica patria del escritor es el lenguaje”, sentencia Juan Marsé. Pero el conflicto es más profundo. ¿Está exento el escritor —por la circunstancia de serlo— de cualquier responsabilidad no vinculada a la escritura? ¿No le atañe eo ipso un compromiso ético y cívico en línea directa con su lugar de nacimiento? Un escritor (exiliado, emigrado o anclado en su tierra) es, sin otra opción, un ciudadano. Un ser social (aunque suene demasiado marxista). Sujeto de relaciones jurídicas; de obligaciones y derechos. Cada individuo las particulariza luego.

Lo que no me luce demasiado justo —lo digo sin ironía— es exigir una dosis doble de contribución para los escritores, como si merecieran un gravamen adicional por aquello de “representar la conciencia crítica” y todo lo demás. Un artista (da lo mismo si pintor o músico; si bailarín o escritor) no debería verse obligado a expresar lo que cualquier otro ser humano en su oportunidad no expresaría.

Resulta casi natural que allí donde decir no acarrea consecuencias, las personalidades públicas que una vez supieron callar meticulosamente, aprovechen la ocasión para lanzar diatribas contra sus ex colegas, depositarios ahora de una culpa que a ellos ni siquiera roza. Un entumecido patriotismo les salta del pecho (como el alien de Ridley Scott) y por el agujero brota “la rabia, el grito se lo lleva el viento”.

Hay poco más que añadir. Aunque nos desgastemos buscando explicaciones, la gente sigue queriendo escuchar la opinión de los intelectuales. Hay cierto morbo en ello. ¿Por qué no dejar que hablen los libros? Cada autor organiza su propio catálogo de códigos secretos. Están por ahí, dispersos, entre capítulos y páginas. El reto es saber hallarlos.

El epílogo lo escribió mejor que yo Liliana Heker: “No somos héroes ni mártires. Ni los de acá ni los de allá. El alejamiento, la permanencia en el propio país, en sí mismos, carecen de valor ético (…) Se puede ser un traidor adentro o afuera, un gran escritor en el propio país o en el extranjero. Se puede asumir una perspectiva nacional aun en el exilio y escribir desde la torre de marfil en el propio suelo. Qué hizo, qué hace un escritor con sus palabras, ésa es la cuestión última.”

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Sobre el autor

  • Leopoldo Luis

    . (La Habana, 1961). Periodista, fotógrafo y narrador. Licenciado en Derecho por la Universidad Central de Las Villas y Diplomado en Periodismo por el Instituto Internacional de Periodismo José Martí. Ha publicado los libros de cuentos Adiós, Habana (Ediciones Holguín, 2009), con el que obtuvo el Premio de la Ciudad un año antes, y Extraño bajo un paraguas (Editorial Capiro, 2013). Poemas suyos aparecen en el volumen El ojo de la luz. Antología de poetas y artistas cubanos (Diana Edizioni, Italia, 2009). Sus relatos han sido incluidos en las antologías El martillo y la hoz y otros cuentos (Reina del Mar Editores, 2013) e Isla en negro. Cuentos de crimen y enigma (Casa Editora Abril, 2014). Fue editor y administrador del sitio web de la revista cultural El Caimán Barbudo. Actualmente trabaja como periodista de la televisión hispana en Estados Unidos.