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Literatura cubana contemporánea

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Alberto Serret

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Aromas

Huelo a hombre que sufre de un silencio que mata.

Huelo a sábado mustio después de la llovizna.

Huelo a mierda de perro,
a hijo mayor
de Rosa Yéndez y Alberto de los Ángeles.

Huelo a moro emigrante podrido bajo tierra,
a hermanos que envejecen
y a suegro que se queja de su suerte a lo lejos;
a bomba de neutrones,
y a nostalgia y merengue
y zumo de vainilla de los huertos de Oshún.

Mi olfato se emborracha de mixturas disímiles
así como mis ojos se aturden con imágenes
y el oído con música de Mozart o de Lennon.

Nací lleno de olores:
esencias intestinas
que a veces se derraman provocando mareas:
Huelo, por ejemplo,
a jazmín
y aceite de ricino
y palabras que tiemblan al filo de la lengua;

huelo a ganas de echarme sobre pechos rendidos
huelo a criaturas suaves que yacen bocabajo
para que las penetren;

huelo a pollos del patio amenazados
por el hambre del zorro;
huelo a rabia y pudín de pan, a tíos muertos.

Cualquier persona podría percibir
mi tufo a gasolina
y albahaca
y azufre.

No hay hediondez externa o visceral
que no me pertenezca;
no hay extracto posible que no hierva en mis poros,
ni espíritu o serpiente de nostalgia olfativa
que prescinda de mí.

Huelo a miles de angustias,
a milagro inminente,
a poeta que se agita ante el olor humano
y aspira sólo a oler,
a oler
y continuar oliendo
hasta el fin de sus días.

Soy como un pobre monstruo
que tiembla arrodillado
ante el olor profundo de las constelaciones.

 

Campos de la mariposa

Los cuerpos, ah los dulces pobres cuerpos humanos
con su tronco y sus pencas, sus raíces desnudas
batiendo el aire: copas profanas que la noche
dotó de lenguas húmedas, de contráctiles manos

y huesos inconformes cuya existencia muda
sube a la piel, pujante, descerrajando broches.
Abatidos parecen casi banderas puestas
a hinchar la superficie de los horizontales

sentidos de la inercia, como lagos carnales
donde el placer arroja sus anclas imperfectas.
De pie, son el enigma constelado de grutas

y cúspides turgentes que florecen o estallan:
Mensajes de uno mismo donde las voces callan
y emprenden el ascenso por innombrables rutas.

Los cuerpos, ah los dulces pobres cuerpos humanos
llenos de lenguas húmedas, de contráctiles manos.

 

Viaje menor

Recuerdo mi casa, ajena
en el vientre de Santiago
(y, como en suerte de mago,
extraigo la carta buena
de su olor): enorme, plena,
con su pasillo central
y esa guitarra de sal
que no tocó, que no toca.
Luego, silencio; a mi boca
sube un sabor de cristal.

Y veo a mi hermano sentado
en su rincón de la sala:
Lleva una herida (o un ala)
que desangra en el costado.
Veo el tesoro enterrado
en un cantero, y la tía
que muere de su agonía
sin final (triste y menuda).
Y allá en el fondo, esa viuda
desolación, madre mía.

Cuántos rostros familiares…
Gentes que vienen o van
como pedazos de pan
recién mordidos, impares.
Gentes como híbridos mares
donde aún navega mi infancia.
Retazos de esa fragancia
que me guardo en estos versos,
fantásticos universos

de dulce insignificancia.

 

¿Entiende el mar lo que hablo

cuando me llego a su orilla
y en la habitual maravilla
de sus almizcles entablo
un diálogo mudo, y hablo
conmigo mismo ante él?
No hay anclas ni timonel
para ese diálogo humano
que deja sal en la mano
y agua de sal en la miel,
o fluye bajo mi piel
hasta quedarse en el fondo.
Líquenes rojos que escondo
en un secreto bajel:
mi viejo barco, mi fiel
bajel de infancia. Si amar
es como morder o echar
al viento una red de plata,
¿por qué la angustia me mata

cuando hablo con el mar?

 

Diestra y siniestra

Aquí dejo mis manos, al alcance de todos:
sus yemas, sus nudillos, sus dientes apretados,
sus anchos equinoccios y esos montes poblados
por las múltiples formas de la inquietud y el modo.

Si sudan fuego líquido, si palpan al través
la soledad o el nardo de otra mano desnuda,
si posan a las cámaras para una estampa muda
que funde en sus imágenes el dorso y el envés;

si claman por caricias o se aquietan, neutrales,
tras pasar como inmensas tataguas agoreras
por los filos del ser; si construyen naciones…

siempre serán mis manos como absortos cristales
de acomodar el mundo, y a pesar de esa fiera
que acecha agazapada en tantos corazones.

Aquí dejo mis manos. Que las tome el que quiera.

 

¿Y qué olor tiene el amor?

¿Olor a sangre que llega
y a leche humana, y a siega
de millo fresco, a dolor?
Sorbo de lirios, fulgor
que abreva en copas de vino,
a la mitad del camino
toma resabio en la piel
y en un adiós de papel
sin capitán ni destino
echa su rumbo marino,
igual que un ancla que sube
y que se clava en las nubes
con su furor peregrino.
¿Qué olor a clavo y comino
se le ha prendido al olor?
Su intransferible rumor
huele a manía de besos.
¿Qué muerte lleva en los huesos?

¿Y la muerte, qué sabor?

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