Poesía de Estados Unidos
Poemas de Amy Lowell
Amy Lowell nació en Boston en 1874, en el seno de la poderosa familia Lowell, emparentada con figuras del saber y de la política estadounidense. Hermana del astrónomo Percival Lowell y del presidente de Harvard Abbott Lawrence Lowell, creció rodeada de privilegio y expectativas, aunque pronto supo que su camino sería otro. La educación formal nunca le fue concedida —sus padres no la consideraban adecuada para una mujer—, pero encontró en la lectura y en los libros una universidad infinita. Su formación fue autodidacta, apasionada, voraz.
Con apenas treinta años, después de un viaje por Europa que la marcó profundamente, decidió consagrarse a la poesía. En 1912 publicó su primer libro, A Dome of Many-Coloured Glass, que la situó en la órbita literaria de su tiempo. Su encuentro con Ezra Pound y su adhesión al imagismo la colocaron en el centro de una corriente que apostaba por la claridad, la precisión y la fuerza de la imagen poética. No obstante, Lowell no fue una mera discípula, sino una voz que supo imponer su carácter y su visión estética, defendiendo con vehemencia el verso libre y el poder evocador del lenguaje.
Su figura pública era tan intensa como su obra. Con su corpulencia, su cabello recogido en un imponente chignon, su inseparable pince-nez y sus habanos, Amy Lowell construyó una presencia inconfundible. Era directa, franca, y no temía provocar. En el plano íntimo, su relación con la actriz Ada Dwyer Russell marcó algunos de sus poemas más apasionados y sensuales, reunidos en colecciones como Pictures of the Floating World. Estos textos, cargados de erotismo y ternura, han sido recuperados por la crítica contemporánea como una de las primeras expresiones líricas del amor lésbico en la poesía norteamericana.
Lowell escribió también ensayos, traducciones y una biografía de John Keats, a quien admiraba con fervor. Fue vista por algunos, como Pound, más como mecenas que como poeta, pero su obra demuestra lo contrario: una voz singular, adelantada a su tiempo, que no se doblegó ante los prejuicios de su época. En títulos como Men, Women and Ghosts, Can Grande’s Castle o What’s O’Clock, se revela una autora capaz de pasar de la minuciosidad del detalle a la vastedad de lo universal.
Su vida se interrumpió en 1925, a los 51 años, a causa de una hemorragia cerebral. Al año siguiente recibió, de manera póstuma, el Premio Pulitzer de Poesía, reconocimiento que confirmó lo que muchos ya intuían: Amy Lowell había conquistado un lugar en la literatura de su país. Durante décadas fue olvidada, pero el redescubrimiento de su obra por parte de los estudios culturales y de género la ha devuelto al canon. Hoy se la recuerda como una poeta imagista, una mujer libre y una creadora que, con voz propia, dejó versos que aún iluminan el mapa de la modernidad poética.
Plantas marinas
Fría cae la luna sobre la arena de las dunas
y las algas ondean y fulguran;
el tenue ritmo de mi reloj dice
que son ya las doce y cuarto;
y no oigo nada todavía
salvo los golpes del viento sobre el mar.
La mujer del pescador
Cuando estoy sola
el viento en los pinos
es como el rasgueo de las olas
en los costados de madera de una barca.
Tarde helada
No es la brillante luz en tu ventana
lo que deslumbra mis ojos;
es el oscuro contorno de tu sombra
moviéndose en el shôji.
Resplandor
Peonías.
El extraño color rosa de las porcelanas chinas;
maravilloso, su brillo.
Pero, Querido, es el azul pálido de la espuela de
caballero
el que se balancea con fuerza sobre mi corazón.
Otros veranos.
Y un brillo chirriando en la hierba.
INTERMEDIO
Cuando haya horneado blancos pasteles
y rallado almendras verdes para cubrirlos;
cuando haya quitado los verdes rabitos de las fresas
y las haya apilado en una fuente azul y amarilla,
cuando haya alisado las arrugas de la mantelería
en la que he estado trabajando…
¿entonces, qué?
Mañana será lo mismo:
pasteles y fresas,
y agujas dentro y fuera de la tela.
Si el sol es hermoso sobre los azulejos y los estaños,
cuánto más hermosa es la luna,
reclinándose en las rizadas ramas del ciruelo;
la luna,
ondulando en un lecho de tulipanes;
la luna
inmóvil,
sobre tu rostro.
Tú brillas, Amada,
tú la luna.
¿Pero cuál es el reflejo?
El reloj está dando las once.
Pienso que cuando cerremos la puerta,
oscura será la noche
afuera.
El jardín del emperador
Una vez, en el sofocante calor de pleno verano,
un Emperador hizo que las montañas e n miniatura de
su jardín
fueran cubiertas con seda blanca,
así coronadas,
parecían refrescar sus ojos
con el resplandor de la nieve.
Circunstancia
Sobre las hojas de arce
relumbra rojo el rocío,
pero sobre las flores de loto
tiene la clara transparencia de las lágrimas.
In Excelsis
Tú, tú
tu sombra es luz en una bandeja de plata;
tus pasos, el semillero de los lirios;
tus manos moviéndose, un tañido de campanas cruzando el aire calmo.
El movimiento de tus manos es el largo, dorado recorrido de la luz del sol naciente;
el aleteo de los pájaros en el sendero de un jardín.
Como perfume de narcisos, tú apareciste en la mañana.
Los potrillos no son más rápidos que tus pensamientos,
tus palabras son abejas alrededor de un peral,
tus fantasías son avispas doradas y negras zumbando entre manzanas rojas.
Bebo tus labios,
devoro la blancura de tus manos y pies.
Mi boca está abierta,
como una jarra nueva estoy vacía y abierta.
Como el agua blanca eres tú que llenas la copa de mi boca,
como un arroyo de agua lleno de lilas.
Estás inmóvil como las nubes,
lejano y dulce como las altas nubes.
Me atrevo a alcanzarte,
me atrevo a tocar el borde de tu brillo.
Me abalanzo más allá de los vientos,
yo exclamo y grito,
pues mi garganta corta como una espada
afilada con una piedra de marfil.
Mi garganta canta el regocijo de mis ojos,
la alegría impetuosa de mi amor.
¿Cómo cayó el arcoiris en mi corazón?
¿Cómo atrapé los mares para tenerlos entre mis dedos
y me atrapó el cielo para que sea un manto sobre mi cabeza? ¿Cómo es que llegaste a morar conmigo,
guiándome con los cuatro círculos de tu mística claridad,
para que yo diga ‘¡Gloria! ¡Gloria!’ y me incline ante ti
como frente a un altar?
¿Me engaño a mí misma con que la mañana es la mañana y un día después?
¿Creo que el aire es una condescendencia,
la tierra una gentileza,
el cielo una bendición a la que dar gracias?
Pues bien, tú —aire— tierra— cielo—
no te agradezco,
te tomo,
y vivo.
Y aquellas cosas que digo en consecuencia
son rubíes encastrados en una puerta de piedra.
En oscuridad
Debemos padecer todo lo que vale la pena, y las estrellas de la vida
más brillantes surgen de un mar turbulento
Deben pasar los años en triste incertidumbre
dejándonos en la duda de quiénes son los golpes de la victoria,
¿Somos nosotros los vencedores o es el Destino? El tiempo demuestra
que todos nuestros más íntimos propósitos serán revelados, pero
nunca sabremos el desenlace. El nuestro será
desperdiciado en nostalgias, destrozado en las agonías,
las agonías de espléndidos sueños, que el día
debilita de nuestra visión, pero que regresa cada noche;
luchamos para sostener su grandeza, y ensayamos
ser aquello que soñamos. De golpe carecemos
de la luz interior, la vida crece gris y sombría,
y las horas pasan, indiferentes, sin intensidad.
Deben pasar los años en triste incertidumbre. Nunca sabremos el resultado.
- Tatiana Oroño
- Claudia Hernández de Valle Arizpe
- José Alonso y Trelles
- Conrad Aiken
- Tom Lupo
- Ramón de Santiago
- Juan Capagorry
- Soledad Fariña
- Raquel Muñoz de Franco
- Robinson Jeffers
- Inocencio Mamani
- Héctor Rosales
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- Luis Rogelio Nogueras
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- Pedro Provencio