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Angel Gaztelu

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EL ROSTRO DEL MAGNIFICAT DE BOTICELLI.

Tu frente de alumbrarnos nunca cesa,
absorta el alba en tu candor reposa:
nieve y espejo la azucena ilesa
copia tu hechizo y agua melodiosa.

Como la luz que en el trigal se espesa
granándose en la espiga rumorosa:
como el ala del día y su promesa
mansamente doblándose en la rosa.

Vuelcas la plenitud de tu rocío
al aire de tu clara primavera.
Gracias por el celeste señorío

de tu rostro invadiendo la ribera
de nuestra sombra, como el áureo río
de la luz invadiendo la vidriera.

 

SONETO

Campo claro de luna gobernado
gana y extiende mi secreto empeño,
gozo de nieve ya por siempre amado,
nadando la honda agua de mi sueño.

Que dichoso así el cielo convocado,
dulce emigrando por su dócil ceño,
por donde va mi río abandonado,
de tanta claridad, seguro dueño.

Oh fuente, flor de luna, sensitiva
hija del alba y su estelar sosiego
guíame por tu cielo a la deriva,

Mientras el labio te suspira y nombra,
por tu clara provincia y flor de fuego
suéñame al amor de tu eterna sombra.

 

DE CÓMO EL SILENCIO FUE SONORO LA NOCHE DEL NACIMIENTO

Era el silencio por la noche plena
al filo del feliz alumbramiento,
como rabel que de afinado suena
al menor y sutil tacto del viento.

Velaba su Rocío la Azucena
pesando en su cogollo el firmamento;
y a su peso la nieve, ya serena,
doblaba su candor y cielo atento.

Destellando extremadamente bella,
asombrando la esfera en manso vuelo
caía al suelo la mejor estrella.

Resuelto en lenguas de alta plata el hielo,
era rabel de amor por la Doncella,
que adormecía en su regazo cielo.

 

PAISAJE

Ventana, a la luz lanzas
tus brazos, abres tus hojas,
como un pájaro sus alas
y haces la estancia sonora.

Traes las voces de la calle,
los ruidos de los pasos,
los perfumes vegetales:

ese cotidiano río
de los cabeceantes carros
y los salomónicos gritos
de los pregones frutales.

Te entregas también ventana
a las verónicas del aire,
con las familiares telas
tendidas en las solanas,
-oh polícromo oleaje-.

Allá, a lo lejos, un árbol
derrama su alzada copa
sobre los rojos tejados:
flechando su fresca fronda
llegan azorados pájaros.

Allá una aérea espadaña
fija su aguja de piedra,
donde tenue luz morada
quiebra el perfil de la tarde.
Desde la esquila lejana
llueve -sombra y sueño- el ángel.

 

ROMANCE Y ELEGÍA

-la poca flor de mi vida…
José Martí.

La niña subió a la torre
-palma de su pensamiento-,
toda encendida y resuelta
en viva pasión de vuelo.

A sus solas con las olas
por el mar de su deseo,
piensa que es proa la torre
enfilada a los luceros.

Por toda su frente cruzan
raudos pájaros de fuego
y secretas lenguas de oro
minan la flor de su pecho.

Cómo viaja con la torre
su flor alta por el cielo…
Más que la flor y la torre,
más vivo y agudo el sueño.

Una vehemente espina
le buscó la flor del pecho.
-Nadie vio cómo apartarla:
todo el pueblo estaba ciego-.

Peces de plata circulan,
golpeando sus pechos trémulos:
mil pájaros por la torre
de sus altos pensamientos.

Sus cabellos que relumbran
encandilan los vencejos;
los vencejos que en la tarde
apresuran los luceros.

A las siete de la tarde,
cuando el mar agranda el cielo,
cuando entreabren los crepúsculos
ventanas de espuma al sueño,

cuando en los parques los niños
fijan sus últimos ecos,
de la torre una paloma
salía nevando el viento.

Cómo relumbró la torre
con los halos de aquel vuelo,
que le llevaba la vida
con la mucha flor del sueño.

Las campanas se quebraron,
se pararon los vencejos;
una bandada de grullas
su nombre hilaba en los cielos.

La niña murió de amor.
Hilos de plata sus dedos,
se hundieron como raíces,
buscando su flor de fuego.

Aires tejieron cendales,
lirios sus rasos tejieron,
tiernas coronas de nardos
trenzaron por sus cabellos.

La luna que aparecía
por los vecinos oteros
le puso un cojín de plata
para su frente y su sueño.

Una caja de cristal
le bajaron de los cielos:
cuatro ángeles la llevaban
a enterrarla en un lucero.

La torre se hundió en la noche,
cerró el crepúsculo el cielo,
brillaron más las estrellas…
Nada de esto supo el pueblo.

 

PARÁBOLA

I

Sombra de la noche
yerra por los álamos.
Su secreto a voces
recorre los ramos.

Altos son los caños
de la serranía,
donde bala el aire
y el águila anida.

Altos son los caños
donde el agua suena,
despertando el duro
sueño de la piedra.

Altos son los caños
de la noche fría,
donde gime el agua
su sueño de espiga.

Por los altos caños,
norte del balido
subía buscando
la flor del aprisco.

Por los altos caños
donde daba el agua,
batía la luna
albricias de plata.

Con la noche oscura
se alejaba el río.
Su sombra de ciervo
creaba el hechizo.

Creaba el hechizo
pecho de azucena,
isla de la nieve
que una flor gobierna.

II

Sombra de la noche
corre por los caños
altos de la sierra.
Plata de los álamos

Sus hojas preguntan;
suspiros y pasos
suspenden los aires
y tiemblan los ramos.

El agua callaba
silencio de piedra.
A golpes de alondras
brotan cinco estrellas.

Cruzando la noche
contra las corrientes,
a punta de zarzas
las huellas florecen.

Cuando la encontraba
por los altos riscos,
puro y reluciente
cuajaba el rocío.

Cuando la encontraba
y la requería,
blanca y colorada,
la rosa nacía.

Lucero hechizado
disuelve su nieve.
Raudas hieren altas
gargantas celestes.

Altos son los caños
anchos de la sierra,
donde el agua canta
ganancia de piedra.

Altos son los caños,
altos, que relumbran.
A paso de ciervo
huía la luna.

Por las blancas selvas
que el alba florecen.
A paso de ciervo
huyen las corrientes.

Agua amanecida
cítara de plata
canta el aleluya
raudo de la gracia.

Agua amanecida
rauda de la gracia,
mi secreto a voces
por las ramas canta.

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