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Literatura cubana contemporánea

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Arístides Vega Chapú

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Poemas

Caballo a orillas del río

Me dejo alumbrar por los ojos del caballo
que alarga la llanura con su trotar de bestia fatigada.
Quien puso en sus patas la media luna de hierro
como una medalla al sometimiento
no es su dueño.
Tampoco el que la traído a orillas del río
que limita de un lado a las colinas,
del otro a la llanura en la que pasta.
Abatido por la sequía, los insectos,
el sol que desciende
en el horizonte de la tarde,
el aire escamoteando su soledad
el animal pone en alto sus patas delanteras
y relincha
mientras desparrama su sombra
sobre el agua oscura del río.

 

La piedra

Bajo una piedra reposo mi angustia,
mole que nadie podrá mover
ni siquiera cuesta abajo, donde la ciudad parece
tener la desolación de esos pueblitos que crecen
a orillas del mundo.
Sentado sobre la piedra, sin deseos de entender los símbolos
que otros trazaron en su irregular superficie.
Estoy harto de símbolos. Harto de la vaciedad de las palabras
con que se describe el holocausto.
Desazón, dice la madre al hijo.
Desazón, el chofer del pontiac del cincuenta y cinco
al despedir al que llega a su destino.
Desazón, le repite la mujer sin levantar la vista
frente a un televisor que intenta preservar el país
que ya no existe.
Pongo bajo la piedra mis manos
como si la sostuviese.

 

El leñador y su mujer en la despedida

El leñador afila el hacha.
y a sus espaldas la mujer hierve la leche
sobre el último árbol talado.
Por las cenizas nadie supondrá de su vigor,
la inquietud de sus hojas
que presintieron la mutilación
mucho antes de que el filo la penetrara.
La leche se desborda
espumosa como lava de un volcán
y el leñador y su mujer se anticipan el beso
de la despedida.
Viéndola levantar con soltura los troncos
dispuestos a la entrada de la casa,
para depositarlos junto al fuego
y a él cortando a la mitad un árbol
acorralado entre el cielo y la tierra
que oyó con profundas raíces,
no pude imaginar la ternura con que se despiden.

 

El dibujo

Para Liset Trigo

Fijando con pulcritud en el dibujo
la belleza,
las líneas perfectas del horizonte
en las que acomoda fecundas nubes
que viajan desde remotos parajes,
capitales del mundo,
de tierras desprovistas del espléndido paisaje
que ahora engalanan.
Son tierras en su mayoría pobladas por músicos
cuyos instrumentos cargan con pereza.
A su paso se le aparecen los adolescentes
con el disfraz del que pudieron apropiarse,
las bellas muchachas con mazos de romerillos
o cualquier otra flor silvestre
con las que cubren las lluvias estancadas
a orillas del camino.
Motivadas por el ritmo de la música
huyen de sus casas como aves de una jaula
buscando la sombra de los altísimos árboles
que hincan el cielo, el mismo
bajo el que las madres cosen con sus máquinas Singer,
los alfareros crean para ellas las vasijas más disímiles,
sus esposos, los pastores, se tienden sobre la hierba
junto a los animales.
El aguijón clavado en el silencio,
el peso del viento, la porcelana quebrada
que retiene el pez en el agua
para ser vertido en la quietud del mar
pasada la hora de turbulencias.
La glorieta del parque y los enamorados
olvidados de cuanto los rodea.
Como los espejos cuarteados
que reflejan varias realidades a la vez,
es el dibujo de Sigfredo Ariel.

 

La distancia no es mi sitio

Cómo sería estar lejos para siempre,
renunciar a ese mínimo espacio de la mesa de casa
a la que se acercan mis antepasados
a ocupar los sitios que ahora pertenecen a mis hijos.
Cómo perderme ese instante en que mi mujer ordena la mesa,
que aún sigue oliendo a resina silvestre,
para que no falte sitio para los que no están
y pueden regresar a cualquier hora
de las muchas que posee la noche.
Cómo serían mis sueños en paisajes desconocidos,
con todos los gajos secos apuntando a mi corazón,
que ya solo almacenaría recuerdos
imposibilitados de saltar los aros de fuego
porque en la lejanía han perdido veracidad.
Tendría la angustia de no saber relatar mi verdad
en otra lengua,
como quien no sabe regresar
al sitio en que tuvo un instante de sosiego,
o retorna de un largo viaje a una casa que ya no existe.
Sería mi culpa no aprender a escuchar
lo que se describe desde otra dimensión.
Ni encontraría a quién encargar el cuidado
de mis recuerdos y libros,
de preservar el nombre de las calles
en las que nunca me perdería,
de que no se derriben las casas a las que puedo acceder
más allá de cualquier puerta o ventana.

 

Domingo en Caracas

Camino bajo la sombra extendida entre los árboles
mutilados constantemente por la aplomada luz de Caracas.
Creo caminar por la avenida en que accedo a mi casa,
aunque esta en nada se asemeje a la de los sedantes tilos
que florecen en esta fecha
para cubrir como brumosa cortina
las desvencijadas casas.
A falta de símbolos reverencio la sombra
colgada de un árbol a otro, como bandera
que ondea en los días festivos de la isla.
La emoción me deja sin sentido de orientación.
El asfalto ha sido cubierto de hojas brillosas,
otras mustias y desechas por una persistente brisa
que las ha movido, durante días, de un lado a otro,
como el aleteo de un ave afligida
que decide volar a ras del suelo.
A todos los veo en el rostro de los desconocidos,
caminan a mi lado
sin sospechar que mi nostalgia es tan grande
como estos árboles.

 

Estancia en Camatagua

Veía no llegar a nadie a la Plaza Bolívar,
por sobre la oscuridad
de las vacías calles de Camatagua,
sin el circular recorrido de provincia
alrededor de una glorieta ocultada por el follaje.
No es de noche, solo domingo
y los animales se aíslan.
Las hojas caídas de los árboles
crecidos para la horca
descienden como ingrávidas frutas
sobre la cabeza de los que se marchan a disfrutar
el mediodía de sus calurosas casas de barro.
Espero encontrar en las líneas de mi mano
este sitio.

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