Poemas:
HIMNO PARA EL DOMINGO DE SEPTUAGÉSIMA
De lo profundo surgieron,
medida a medida llegaron,
sobre el viento poderoso que impulsa
la creación por sendas de llama;
el sol con cada sol más lejano
pisó la danza del cielo,
y en el aire sutil comenzó
la jornada del Dios Altísimo.
De Sí mismo salió
en la luz palpitante;
el fuego de Sí mismo, la llama,
resplandeció en Sí mismo, la noche.
Lejos, en Sí mismo, para reposo,
todas las cosas nacieron al ser,
ellas que avanzan en regia búsqueda
del fin que solamente es Él.
Nota sobre nota
a través del tiempo y del espacio oída,
arcángel, planeta y mota
cantaron una sola Palabra:
la Palabra que pronunció antaño
en las moradas de la eternidad,
todas las cosas a todas las cosas anunció,
la Palabra que solamente es Él.
Voz del Señor, elévate
por el hombre, en tiniebla y en llama,
hasta que por sus cielos interiores
resuene el Nombre Innombrable;
traza el sendero celeste
hasta que nosotros, últimos de sus criaturas,
en su unión de noche y día,
nos conozcamos nada más que Él.
PENTECOSTÉS
Cuando el portero me dejó entrar,
allá afuera voló una Paloma;
entre vuestro estruendo desapareció,
su nombre era Amor.
¡Oh, qué suavemente arrullaba,
qué dulce era contemplarla!
¿Quién ha hallado mi Paloma? ¿Quién
me la devolverá?
¿Debo salir a buscar de nuevo
por la fatigada tierra?
Se asustaría de vuestro dolor
y se sobresaltaría con vuestra alegría.
Vuela tan veloz que atravesaría
las puertas del destino.
¿Quién ha hallado mi Paloma? ¿Quién
me la devolverá?
Vendrá a vuestra llamada,
sin dudar ni agitarse apenas;
si la tomáis entre las manos
no temerá vuestro contacto.
Mas quienes le hagan daño
lamentarán su cruel desvergüenza.
¿Quién ha hallado mi Paloma? ¿Quién
me la devolverá?
Mi Padre descenderá hasta él
y le dará muchos dones;
la Paloma lo cubrirá
con el batir de sus alas;
y Yo mismo acudiré a él
con la gracia de la amistad.
¿Quién ha hallado mi Paloma? ¿Quién
me la devolverá?
FIESTA DE SAN SILAS, MÁRTIR Y PATRONO DE ESTE LUGAR
Todos los Doctores y Confesores,
Mártires y almas santas,
alumbrad mi senda oscura
con vuestras aureolas,
cuando llegue mi muerte.
Tres veces habré de perecer:
una, cuando mi voluntad,
aborreciéndose para aprender,
aprenda un arte celestial
para darse muerte a sí misma.
Una, cuando mi cansado cuerpo
sienta la mano de la Muerte,
envolviendo todos mis movimientos
en una espectral ligadura,
y muera para la tierra.
Y una más, ¡oh alma demasiado feliz!,
si penetra la penumbra
de su última privación
en la tumba mística
donde los elegidos deben morir.
Si halla el misterio íntimo,
el misterio final,
de morir incluso al Cielo,
¡y que esa muerte es Él!
Si llega a morir.
Rogad, todos vosotros, Confesores.
Y tú, coronado con la palma,
Silas, y todos los Mártires,
para que encuentre vuestra calma
cuando llegue mi muerte.
NOCHE
I. Navidad
A través de su primera oscuridad aquí reposa,
feliz y sereno, cuya luz es el Sol del sol;
y el día naciente contempla el portal
de donde proceden y al que retornan los Tres-en-Uno.
II. Epifanía
El sueño lo toma, pero aún un poco
sus pequeños ojos recorren la estancia
donde hace poco estuvieron los reyes;
sus manos juegan con el oro; junto a Él yace
el olvidado cofrecillo de la mirra.
III. Jueves Santo
Antorchas y lámparas, ahora que el día ha terminado,
iluminan una ciudad que no es la suya:
el corazón humano del terror, donde entre nubes
el Sol es juzgado, condenado,
oscurecido y entregado a la noche.
IV. Viernes Santo
Más allá de todas las cosas creadas avanza Él,
por el fondo sombrío y el abismo de las sombras,
donde sopla el negro viento de la retribución.
¡He aquí la paz! ¡He aquí la alegría!
A sí mismo viene a conquistar.
V. Pascua
Ahora retorna la Noche de la noche
y el Día del día
sobre la tierra que sólo conocía su imagen,
y que ahora, en sueño y vigilia,
aprende los dobles símbolos
de la única Verdad.
VI. Oración
Ahora descansa el cuerpo
y ahora descansa la mente;
pero para el alma las estrellas
de las cosas celestiales iluminan el espacio.
Una dulce brisa del cielo
se agita en la celosía,
y se oye el rumor de alas.
VII. La noche oscura del alma
Desnuda y despojada de todo salvo del deseo
—y aun el deseo llevado a su última enfermedad—
el alma abandonada, junto a un fuego moribundo,
sólo recuerda
que una vez existió la aurora.
VIII. La consumación
Ahora concluye el largo día de su creación;
en aquella perfección que desde el principio fue querida,
la actividad suspende su dichosa carrera.
Nada se pierde
y nada queda sin cumplimiento.
VISIÓN
Vi a los espíritus felices, todos en bienaventuranza,
contemplando y siendo contemplados con visión celeste,
meditando aquello y esto,
y gozándose siempre con un nuevo y sutil deleite.
Sentían correr el señorío universal,
iluminando infinitudes de alegría,
hasta que la contemplación, creciendo en cada uno,
se volvió infinita y nunca produjo hastío.
Sin hastío del deseo consumado,
sin hastío tampoco del temor,
pues deseo y temor son un solo nombre;
mas siempre atentos, en humildad,
a contemplar la forma que llevaron
y el camino por el que llegaron.
A cada uno de aquella multitud;
en cada uno, tierna y terrible epifanía,
descubriendo más de lo que él mismo podía enseñar
y expandiéndose aún en felicidad.
Todos veían su movimiento y eran vistos,
eran adorables y eran amados,
cada uno por todos sus iguales;
y entre ellos su conocimiento
era siempre una nueva venida de Él.
Y todo su pasado estaba con ellos, y cantaban,
y sólo en ello dulcemente se ordenaban
los unos hacia los otros;
y los recuerdos del amor recorrían
la Eternidad que los envolvía.
Y por mil caminos a la vez pasó Él,
y de todos aquellos millares de espíritus resplandeció,
y en todos ellos alcanzó finalmente la perfección,
revistiéndolos por completo de sí mismo.
Y fueron reunidos y llegaron a ser el Niño;
y Él, más veloz de lo que puede alcanzar el pensamiento,
más allá de todos los nombres con que pudiera ser llamado,
ardía con el gozo que Él mismo había concebido.
Carmesí y atronador como el fuego permanecía;
en una mano un arco,
en la otra una flecha.
Tan joven, y sin embargo tan valeroso,
que reía por pura ternura.
Y entonces, todo deleite,
alzando su arco,
apuntó a mi corazón inmortal,
disparó su flecha y desapareció;
se extinguió el resplandor,
y la luna navegó por un cielo sereno.
NAVIDAD
Aquel que todo lo sabe no sabe ahora
adónde ha venido, ni por qué, ni cómo.
Aquel que todo lo ve sólo alcanza a ver
una maternidad oscura y luminosa.
Cuya boca mortal es la única capaz
de enseñar al Verbo universal el habla humana.
Pero de aquellas manos suaves y errantes
se expande una gracia universal.
Su sangre, en regular movimiento,
decreta el curso del sol y de las estrellas.
La creación, inclinada sobre el Niño,
contempla su imagen sin mancilla.
Y su delicado aliento, en dulce llamada,
atrae todas las cosas
al corazón de todas las cosas.
Biografía:
Charles Williams fue una de las figuras más singulares y fascinantes de la literatura inglesa del siglo XX. Poeta, novelista, teólogo, editor y crítico literario, vivió en la frontera donde la fe, la imaginación y el misterio se encuentran. Aunque su nombre suele aparecer junto a los de J. R. R. Tolkien y C. S. Lewis, su voz posee una personalidad propia, extraña y luminosa, difícil de encasillar dentro de cualquier tradición.
Nació en Londres el 20 de septiembre de 1886, en una familia de recursos modestos. Su talento académico le permitió obtener una beca para estudiar en el University College de Londres, pero las dificultades económicas lo obligaron a abandonar los estudios antes de graduarse. Aquel revés no apagó su vocación intelectual. Por el contrario, convirtió la lectura en una forma de vida y el conocimiento en una búsqueda permanente.
En 1908 ingresó en la Oxford University Press como corrector de pruebas. Lo que comenzó como un empleo se transformó en una carrera ejemplar. Durante casi cuatro décadas desempeñó distintas responsabilidades editoriales y contribuyó a importantes proyectos culturales, entre ellos la publicación de una influyente edición inglesa de las obras de Søren Kierkegaard. Williams entendía los libros no solo como objetos culturales, sino como puentes entre el pensamiento y la experiencia humana.
Su obra literaria se movió con libertad entre géneros diversos. Escribió crítica, teología, historia, biografías, teatro y poesía, pero fueron sus novelas las que le otorgaron un lugar singular dentro de la literatura fantástica. Obras como War in Heaven, Descent into Hell o All Hallows’ Eve transformaron las calles, iglesias y casas de la Inglaterra contemporánea en escenarios donde lo sobrenatural irrumpe con inquietante naturalidad. Lejos de los mundos imaginarios de Tolkien, Williams situó el misterio en el corazón de la vida cotidiana.
Su literatura fascinó a algunos de los mayores escritores de su tiempo. T. S. Eliot definió sus novelas como auténticos «thrillers sobrenaturales», mientras que poetas como W. H. Auden admiraban profundamente la originalidad de su pensamiento. Su influencia alcanzó también a generaciones posteriores de autores de fantasía contemporánea, que encontraron en él una inspiración para combinar lo espiritual con lo cotidiano.
Sin embargo, Williams consideraba que su obra más importante era su poesía artúrica. En libros como Taliessin through Logres y The Region of the Summer Stars construyó una compleja visión poética inspirada en las leyendas del rey Arturo. Son textos de enorme densidad simbólica, donde la historia, el mito y la espiritualidad se entrelazan en una arquitectura verbal de extraordinaria ambición.
Su vida intelectual estuvo marcada por un profundo cristianismo anglicano, aunque también por un intenso interés hacia las corrientes esotéricas. Esta combinación singular alimentó gran parte de su obra y contribuyó a crear una visión del mundo donde los símbolos, las coincidencias y las realidades invisibles adquirían una importancia fundamental. Para Williams, el universo estaba lleno de significados ocultos que la imaginación podía revelar.
Uno de los capítulos más recordados de su trayectoria comenzó durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando la Oxford University Press trasladó temporalmente sus oficinas de Londres a Oxford, Williams se incorporó al círculo literario de los Inklings, donde compartió tertulias y lecturas con C. S. Lewis y J. R. R. Tolkien. En aquellas reuniones escuchó algunos de los primeros capítulos de El Señor de los Anillos y leyó fragmentos de sus propias obras, participando activamente en uno de los grupos literarios más influyentes del siglo XX.
Charles Williams murió el 15 de mayo de 1945 en Oxford. Fue enterrado en el cementerio de Holywell y sobre su lápida puede leerse una sola palabra: «Poeta». Quizá no exista mejor definición para un hombre que dedicó toda su vida a explorar los vínculos secretos entre la imaginación, la fe y el misterio. Su obra sigue siendo una de las más originales de la literatura inglesa moderna, un territorio donde lo visible y lo invisible continúan dialogando con una intensidad única.
