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Denise Levertov

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Poemas

La lluvia de cinco días

La ropa lavada cuelga del limonero
bajo la lluvia
y el pasto, largo y tosco.

La secuencia, rota. La tensión
de la luz solar, rota.
Tan leve, la lluvia.
finos jirones
que penden sobre las hojas rígidas.

¡Vestite de rojo! ¡Arrancá los limones verdes
del árbol! No quiero
olvidar lo que soy, lo que ardió en mí
y colgar, limpia y lánguida, como un vestido vacío.

Las profundidades

Cuando la blanca niebla se evapora,
un abismo de luz interminable
queda revelado. Las últimas telarañas
de niebla
sobre los abetos negros son copos
de ceniza en la chimenea del mundo.

El frío del océano es la contraparte
de este gran fuego. Zambulléndonos
fuera del frío ardiente del mar
entramos en un mar de intenso
mediodía. Bendita, la sal
destella en nuestros cuerpos.

Cuando la bruma nos haya envuelto una vez más
en su fina lana, que el sabor de la sal nos recuerde
las grandes profundidades que hay en nosotros.

La queja de Adán

Hay quienes,
no importa qué les des,
también quieren la luna.

El pan,
la sal,
carne blanca y roja,
y todavía tienen hambre.

La cama matrimonial
y la cuna,
y siguen con los brazos vacíos.

Les das la tierra,
su propia tierra bajo los pies,
y se lanzan al camino.

Y el agua: cavá el pozo más hondo,
que no será suficiente
para beber en él la luna.

Querer la luna

La luna no. Una flor
del otro lado del agua.

El agua pasa rauda en la crecida,
y arrastra por la melena un árbol,

un establo, un puente. La flor
canta en la orilla lejana.

Una flor no, un pájaro que grita
escondido entre los árboles más negros, música

sobre el agua, que saca un silencio
de los pliegues marrones del manto del río.

La luna. No, un joven que camina
bajo los árboles. Hay fulgores

entre las hojas.
Tierno, sabio, alegre,

con el rostro despierto por su propia luz,
lo veo a través del agua como en un primer plano.

Un bufón. La música de sus cascabeles suena
solemne, un canto de aflicción

con el que bailo en mi orilla.

Mirar, caminar, ser

“El mundo no es para mirar,
es para estar en él»

Mark Rudman

Yo miro y miro.
Mirar es un modo de ser: uno se vuelve,
a veces, un par de ojos que caminan.
Caminan dondequiera que mirar te lleve.

Los ojos
cavan túneles en el mundo.
Tocan
fanfarria, aullido, madrigal, clamor.
El mundo y su pasado,
no solo
el presente visible, lo sólido y la sombra
que mira al que mira.

¿Y el lenguaje?¿ Los ritmos
del eco y de la interrupción?
Ese es
un modo de respirar.

respirar para mantenerse
mirando,
caminando y mirando,
por el mundo,
en él.

AL LECTOR

Mientras leés, un oso polar plácidamente
orina y tiñe
la nieve de azafrán;
mientras leés, algunos dioses
se acuestan entre hiedras: sus ojos de obsidiana
están mirando las generaciones de hojas;
mientras leés, el mar
está pasando sus páginas oscuras,
pasando
sus páginas oscuras.

CONTRABANDO

El árbol del conocimiento era el de la razón.
Por eso es que probar de él
nos arrojó del Paraíso. Lo que había que hacer con ese fruto
era secarlo y molerlo hasta obtener un polvo fino,
para después usarlo de a una pizca por vez, igual que un condimento.
Probablemente Dios tenía planeado mencionarnos más tarde
este nuevo placer.
Nos lo comimos hasta atragantarnos,
llenándonos la boca de pero, cómo y si,
y de pero otra vez, sin saber lo que hacíamos.
Es tóxico, en grandes cantidades: sobre nuestras cabezas
y en torno de nosotros el humo se arremolinó,
para formar una compacta nube que se fue endureciendo
hasta hacerse de acero: un muro entre nosotros
y Dios, que era el Paraíso.
No es que Dios no sea razonable; pasa que la razón
en tal exceso era una tiranía,
y nos aprisionó en sus propios límites, un calabozo de metal pulido
que reflejaba nuestros propios rostros. Dios vive
al otro lado de ese espejo,
pero a través de la rendija en donde el cerco
no llega justo al piso, logra colarse al fin:
como una luz filtrada, como chispas de fuego,
como una música que se oye, cesa de pronto
y, de repente, se hace audible de nuevo.

LA MENTE PARPADEANTE

No, Señor, no sos vos,
soy yo la que está ausente.
Al principio,
creer era una dicha
secreta, con la cual
me escabullía sola
en lugares sagrados:
una mirada rápida y furtiva
en todas direcciones.
Hace ya mucho tiempo
que pronuncié tu nombre, pero ahora
eludo tu presencia.
Pienso en vos, y mi mente,
como una mojarrita,
se lanza hacia las sombras,
a los destellos que agitan sin cesar
la trama en movimiento de las aguas del río.
Ni un segundo mi mente
podrá quedarse quieta,
sino que vagará por cualquier parte,
girará donde encuentre
algún recodo. No sos vos,
soy yo la que está ausente.
Y vos sos la corriente, el pez, la luz,
la sombra palpitante,
sos la presencia inalterable, en la que todo
se mueve y cambia.
¿Cómo puedo fijar mi parpadeo, percibir
dentro del corazón del manantial
el zafiro que sé que está allí oculto?

INTIMACIÓN

Esta luz, estas ramas, me impacientan.
Por más azul que esté, el cielo se entromete.
Porque empiezo a notar
que hay algo más que debo hacer,
y no logro encontrar el ritmo de los días
al que en otros inviernos podía moverme bien.
Cortaron aquel árbol alto,
el que el amanecer doraba –ese fervor
de pájaros y querubines
callados. La sequía
había apagado el verde
en muchas de sus hojas.
Porque sé
que una necesidad nueva ha empezado
a echar sus redes desde mí hacia
un lugar desconocido. Busco
un silencio que está casi presente,
huidizo en los latidos de mi corazón.