Poetas

Poesía de Cuba

Poemas de Félix Pita Rodríguez

Félix Pita Rodríguez (Bejucal, La Habana (Cuba), 18 de febrero de 1909 – La Habana, 19 de octubre de 1990) fue un escritor, poeta, periodista, narrador y crítico literario cubano.

Escritor de libros como San Abul de Montecallado, 1945, Corcel de Fuego, 1948, Tobías, 1955 , Las Crónicas. Poesía bajo Consigna, 1961, Las Noches, 1964, Historia tan Natural, 1971, Niños de Vietnam, 1974, Poesía y Prosa 1976, La Pipa de Cerezo, 1987 entre otros.

Laureado en 1946 con el premio internacional «Hernández Catá» con su relato Cosme y Damián, Fue Vicepresidente de la Unión Nacional de Escritores de Cuba y Presidente de su Sección de Literatura, miembro del jurado de los principales concursos nacionales e internacionales como el Premio Casa de las Américas y el auspiciado por la Unión Nacional de Escritores Cubanos (UNEAC).

En 1985, como reconocimiento a la totalidad de su obra, obtuvo el Premio Nacional de Literatura, y en 1986 el Premio de la Crítica por su libro De sueños y memorias.
Por su señalada contribución a la cultura nacional le fueron conferidas la distinción Por la Cultura Nacional y la orden Félix Varela.

No sé si con palabras

No sé si con palabras, pero sé que está escrito.

Este mundo que tengo tan nuevo entre las manos,
viene desde la hondura nebulosa del tiempo. Ayer tú eras.
Y eras también mañana. No sé cómo explicarlo.
Pero el futuro ayer da de pronto a tus ojos
algo tan conocido, algo tan conocido,
que voy sabiendo lenta, lento, muy lentamente,
que mi ceniza estuvo donde durmió la tuya
y que jugaron juntas el mismo amargo juego.

No sé si con palabras, pero tampoco supe
nunca de qué color tiene la luna el pelo.

¿De dónde surge ahora, si sabes, el paisaje,
que me pone las manos débiles como ramas,
como ramas dobladas en el viento?
No sé si con palabras. Pero sé que está escrito
allí donde te apoyas, allí donde te duermes en el viento.

Hay un barco que llega donde boga tu pecho.
Hay una luz quebrada de cristales cada vez que me quejo.
Hay algo más, hay algo más, hay un surco de fuego
que me dice vibrante en tu frente de almendro,
dónde puse otra vez mi firma de silencio.

No sé si con palabras. No sé. Cuesta trabajo
mantener en su sitio lo que a fuerza de muertes
ya no tiene remedio.

Pero me es conocido ese coral. La luna y el velero
me son desde otro tiempo residentes del pecho.
No sé cómo explicarlo. No sé.

Pero tú que ahora estás, ya estabas otra noche,
otra noche distante, entre los brezos.
Todo tiene la helada profundidad lejana
de una niña entrevista, caminando, dormida, en un espejo.

Hay un lago también, que vuelve y vuelve, también,
bajo tu pecho. No sé. No reconozco, no puedo, su reflejo,
pero si alzas los párpados, estás,
estás si vuelan, repitiéndose, en el aire, tus dedos.

¿De dónde esta fatiga? ¿Por qué tan prisioneros
nadie sabe de quién, esos que no se pueden llamar,
siquiera, apenas, casi, recuerdos de recuerdos?

Este mundo que tengo tan nuevo entre las manos,
viene desde la hondura nebulosa del tiempo. Ayer tú eras,
Y eras también mañana. No sé cómo explicarlo.
Tal vez pueda decirte solamente esta noche
que el zumo de otras noches es su mismo silencio,
que cinco muertes antes tu mano ahondó en mi pecho,
que cinco muertes antes me dijiste gimiendo
lo que gimes ahora, repitiendo, gimiendo.
Tal vez pueda tan sólo decirte en esta noche
en que glacial, extraño, cálido, bien amado,
un aire fatigado gira junto a mi cuello,
tal vez pueda decirte tan sólo, no sé con qué palabras,
no sé cómo, sin poder explicarlo,
que eres la misma, que eres,
no sé, pero recuerdo.

Mi casa

Una de cal y otra de luna,
esta es la fórmula precisa,
una de cal y otra de luna.

Sobre la puerta, la divisa
en el escudo del frontón.
Sobre la puerta la divisa:

“En lo más alto el corazón.”
Nada lo estorbe ni lo impida:
En lo más alto el corazón.

Que él ponga el precio y él decida
—si es contra mí, tanto peor —,
que él ponga el precio y él decida:

Siempre diré: tuvo razón.

A Isabelita

Para retribuirla de una dedicatoria banal,
esta página sin copia.

Estas son las voces oscuras, las sin palabras…

Aquí otra vez, recuerdo.
Muertas lunas de arena lo señalan.
Este cielo de alpaca
y una armonía crujiente, demoledora, amarga,
que baja de los robles y se ensaña
con mi sangre de flores fatigadas.

Aquí otra vez, recuerdo:
era como un latido sin palabras.

Yo estuve en este mundo.
Recuerdo, pero ¿cómo? Su latitud helada.

Todas las puertas ciegas,
las huertas desveladas.
Una sombra sin hombre en ese muro,
con silencios gritaba.
¡Qué fulgor de semillas de agonía
deshaciéndose en lucha con el alba!

Aquí estuve otra vez, recuerdo:
un corcel entre llamas
y el mensajero muerto
galopando incansable por las landas.

Retrato

Un candor cierto por la persistencia de tu tesis
brillante;
un candor y otras cosas que no pueden nombrarse.
Ciertos pájaros claros de evidencia metálica;
cierta anfibia manera de pronunciar la erre,
y una sombra y su acento de haber perdido siempre
varias frutas maduras.
Eso va delatando, como un jardín cualquiera,
tu sentido del tacto.

El color amaranto no te va bien volando.
Te recoge, te ciñe, como un color guerrero.
Y más que no recuerdo.

Parlamenta, convence. Tu ternura sin ruedas, sin
ángeles
ni cintas, de placidez de alfombra, puede sacar
partido.

Y es lo que no se espera lo que tiene remedio,
lo que puede ser cierto.
Una muerte tan dulce siempre llega a destiempo,
entre el doblado miedo, jícara persistente
donde tu corazón guarda mis arrabales.

¡Oh, mi dulce hoja verde!

Cédula

No sé si alguna vez fui un cerezo silvestre.
Tal vez fui nieve, mirto, vilano, lluvia fina;
acaso un verde, trémulo, insecto del rocío.

No sé si alguna vez fui un cerezo silvestre,
pero a veces un ámbito de ramas en el viento,
cierta expresión de alturas debatiéndose.

Acaso allí.

No digo que no fuera, ni digo que es posible:
estoy contando cosas que no tienen remedio.

La noche de Nefertite

Remontando un agua de tinieblas, por los más olvidados espejos de bronce escoltada, ella, la mensajera de sí misma, la doliente de no puede ya recordar qué pena, vuelve.

Nada le dice, nada significa su resplandor antiguo, su ambigua y fatigada manera de regresar volando, de vencerse a sí misma, de negarse tal vez a traspasar la puerta que nadie guarda, salvo el náufrago olvidado por la muerte bajo palabra.
El rencor cenagoso de Amón Ra, se trasvasa desde el corazón vencido y acongojado de Akenatón, hasta su víscera más profunda, aquella que tiene por única función la de acendrar el aceite esencial de la esperanza.

«La muerte cicatriza el odio de los hombres —musita amargamente, acodada en el barandal desolado del aire de la noche —. El odio de los hombres tiene un último paso, una nota final en su melodía. Pero Amón Ra es un dios y el odio de los dioses nace de la misma simiente que la desdichada flor del papiro negro, cuyos pétalos se reproducen de sí mismos, eternamente».

Boga desbrozado el silencio inaudito que nada tiene fuerza bastante para romper, el silencio que no puede ser imaginado del gran mar sin orillas que comienza más allá de la Ultima Thulé.

Contribución al estudio de la bruma

A Gustavo Eguren
que las ha visto.

Las gaviotas nocturnas son de austeras costumbres.
Generalmente anidan en las ramas más altas
de los cierzos perdidos del invierno. Se alimentan de escarcha,
de los frutos maduros de la niebla, y de las taciturnas
flores de la esperanza. Son calladas y mueren con frecuencia
víctimas de esa fiebre de incurables nostalgias
que diezma a los delfines más australes.
No tienen descendencia.

Se reproducen solas, de las plumas que pierden
las tormentas que a veces se extravían,
cuando imprudentes cruzan, sin las cartas de ruta,
por las noches polares.
Jamás hablan de amor,
desconocen la guerra, y tienen la costumbre de la duda.

Su extinción causaría danos irreparables,
pues sólo ellas conocen las fórmulas secretas
de las destilaciones del sudor de agonía,
recogido en las frentes de aquellos que murieron,
víctimas de la cólera de las grandes tormentas,
en las noches más frías.
Sudor que destilado según las viejas fórmulas
que custodian severas las gaviotas nocturnas,
produce los aceites esenciales
con los que gota a gota se fabrica la bruma.