Poetas

Poesía de Argentina

Poemas de Guillermo Saraví

Guillermo Saraví (Paraná, Entre Ríos, 11 de agosto de 1899 – 31 de diciembre de 1965), fue un poeta, periodista, historiador y archivero argentino. Autodidacta, Saraví ejerció la dirección del Archivo General de Entre Ríos desde 1932, luego de la muerte del hasta entonces director Joaquín Castellanos, hasta el año 1957. El trabajo de organización llevado a cabo en dicha institución le valió el prestigio y el reconocimiento, «ubicándolo en los primeros lugares de los archivos del país». En lo que respecta a su obra literaria, según Luis Alberto Ruiz, poeta y estudioso de la literatura de Entre Ríos, debido a la adhesión instantánea del público lector entrerriano a su poética, configuró una suerte de «edad Saraví», no solo en el sentido de la atribución de un lugar representativo, en términos literarios, sino también en el sentido de que su entonación modernista resistió las rupturas formales que ya se encontraban en auge con la llegada de las vanguardias.

Alma adentro

I

Nada tenemos que buscar afuera;
sonámbulos, marchamos al encuentro
de una remota isla de quimera
en los vastos océanos de adentro.

Bajo nocturnos cielos constelados
(frondas negras con astros como flores)
irá la ensoñación de piés alados
sobre los asfódelos interiores.

En esta soledad casi divina
que con su propia beatitud e escuda,
tu espíritu de etsrella se ilumina,
mi corazón de estatua se desnuda.

Y mientras de la tierra que anochece,
nuestro amor infinito se substrae,
seré como el ciprés que crece y crece
porque una estrella con su imán lo atrae.

II

En busca de las playas fabulosas
(Eldorados o Cólquides o Thules)
partirán nuestras naves silenciosas
rumbo a los archipiélagos azules.

Y hasta el mismo recuerdo fatigado
llegando tus arrobos y a los míos,
será como un albatros rezagado
sobre la estela de los dos navíos.

III

Guíe las almas en su absurdo viaje
la insigne diosa de los ojos claros
y nuestra arcilla vil tendrá el linaje
del propio mármol florecido en Paros.

Mi barro entre tus dedos sobrehumanos
asumirá sagradas palideces
y yo a mi vez decoraré mis manos
con el radiante limo que me ofreces.

Proyectaremos al cruzar por este
mundo de cosas trises y grotescas,
con la luz de un amor casi celeste
la sombra de dos alas gigantescas.

IV

Filomela en el ámbito callado
suavizará su cuita en el gorjeo
y cantará mejor porque ha velado
sobre la losa sepulcral de Orfeo.

El dulce canto que te alaba y nombra
toda mi vida espiritual resume,
y te sigue mi amor como una sombra
y te envuelve mi voz como un perfume…

V

Pecamos por ilusos en la vida
y así la adversidad nos ha dejado
la dicha de gozar con nuestra herida
y acercarnos a Dios por el pecado.

Apurando la angustia sin medida
que torna los espíritus serenos,
quedaremos más solos a medida
que seamos más justos y más buenos.

Y en espera del alba prometida
también el corazón se hará más fuerte,
por encima del asco de la vida
y la resignación ante la muerte.

VI

Con la frente en mis hombros reclinada
olvidando penurias y reveses,
yo te invito a bajar alucinada
al extraño jardín de los Cipreses…

VII

Dáme con tu clemencia milagrosa
virgen tu sueño y tu fervor intacto,
mientras mi obscura carne dolorosa
se vuelve transparente a tu contacto.

¿Qué otra venganza al corazón le toca
tras el dolor del cotidiano estrago,
que ser un ala vagabunda y loca
sobre la inmunda feria de Cartago?

Alivio de tristezas y fatigas
será oponer, desde la oculta pena,
al trajín inferior de las hormigas
la dignidad de la cigarra helena.

VIII

Bajemos al Jardín de los Cipreses
en cuya soledad triste y serena,
a mi callado asombro te apareces
como una realidad ultraterrena.

Allí, junto a los mármoles, en una
plática del alma a alma serás mía
y con el terciopelo de la luna
te haré un blanco tocado de agonía!

IX

Ven a mí. En las penumbras del poniente
un gigantesco pebetero arde
y elevan su clamor largo y doliente
los almuédanos ciegos de la tarde.

Hipnotiza la hora solitaria
del mar interno las tremendas olas,
y nuestras almas, flores de plegaria,
abren enormemente sus corolas…

X

¿Adónde están las ensoñadas Thules?
¿Qué día fijó Dios para su encuentro?
¡Rumbo a los archipiélagos azules
en viaje vamos por el mar de adentro!

Que el sueño es un despojo de despojos,
jaramago entre mármoles derruidos?…
La absoluta verdad no es de los ojos
ni se percibe a Dios con los sentidos.

XI

En ser más rico el corazón se empeña
con el coro imposible que posee,
por el sexto sentido del que sueña,
por el sexto sentido del que cree.

Afile para siegas más copiosas
la realidad su bárbaro rasero:
hay hachas que se rinden a las rosas
y pétalos que humillan el acero…

Así, más que el tetrarca pavoroso
que salpicó de sangre las edades,
pudo un humilde acento quejumbroso
resonando en el mar de Tiberiades…

¡Oh, nuestro sueño, nuestro sueño!… Sea
su inextinguible luz la orientadora,
como vislumbre pálida que otea
y anticipa el prodigio de la aurora.

XII

Cuando de este tormento que nos cierra
en un dantesco círculo horroroso,
vayamos a dormir bajo la tierra
en la almohada del postrer reposo,

que la deshecha arcilla a ras del suelo
en renovados pétalos levante
como queriendo devolver al cielo
cuando tuvo de alado y de fragante,

y ese póstumo cáliz quede inmune
del trance aciago y el supremo espanto:
¡que él te resarcirá con su perfume
por la ausencia sin término del canto!

Gitana

Mi vida fue la vida del pájaro dichoso,
sin otro nido para las horas de reposo
que el árbol colocado
como una gracia de Dios en el camino.

No tuve para el viaje ni zurrón ni cayado,
pero en cambio, contaba como buen peregrino,
con los ojos despiertos y el ensueño sellado:
dos virtudes que el cielo sin cesar me ha otorgado
para bien de mi corto ministerio divino…

Yo era pájaro errante… De mi espíritu atento
al correr de las nubes y a las voces del viento
y al temblor de la estrella y al ligero arrebol,
no quedó en el hastío de la senda violada
nada más que una nube contra el sol disipada,
una nube de polvo y una chispa de sol…

Me peinó la intemperie de las rutas abiertas,
me llamaron bohemio, me creyeron gandul.
(Para mí los caminos eran sólo las puertas
en que el mundo acababa y empezaba lo azul).

Hoy no sé lo que siento… Me parece mentira
tener toldo y un poco más de repleto el zurrón.
Y aunque está siempre tensa, siempre tensa la lira,
mi maleta bohemia se durmió en un rincón.

Ya era justo –me digo.- Demasiados senderos
conoció mi cansancio… Como a muchos viajeros
los caminos me hastían y me llama el
hogar.

Tres cabezas se juntan en la misma almohada.
Soy feliz… Vivo un sueño… Ya no pido más nada…

(Que los cielos protejan nuestra flor de azahar).

Espíritu

Te amo con ese amor enloquecido
que tiene algo de trágico y horrendo
y que cuando ya todo lo ha perdido
se santifica de vivir sufriendo.

Mi verso, llama que en tu altar enciendo
y ex-voto que en tu nombre he suspendido,
es como una oración hecha gemido
o un sacro lienzo que a tus piés extiendo.

Bendita seas, compañera mía,
que humedeces en llanto mi alegría
y una sonrisa das a mi tristeza…

En nombre de este altísimo cariño,
mi corazón como si fuera un niño
se siente puro y todavía reza.