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Hilda Doolittle

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Poemas

Jardín

I

Sos clara,
Oh, rosa tallada en piedra,
dura como el descenso del granizo.

Podría raspar el color
de los pétalos
como tinta volcada sobre una roca.

Si pudiera descifrarte
podría descifrar a un árbol.

Si pudiera hurgarte
podría descifrar a un árbol—
podría descifrarte.

II

Oh, viento, desgarrá el calor,
abrí el calor
hacelo jirones.

Los frutos no caen
en este aire espeso—
los frutos no caen en el calor
que golpea y aplasta
las puntas de las peras
y hace redondas las uvas.

Cortá el calor—
abrite paso a través de él,
y que corra a cada lado
de tu camino.

Leda

Donde el río lento
se encuentra con la marea,
un cisne rojo alza unas alas rojas
y un pico más oscuro,
y debajo del morado, debajo
de su pecho suave
desenrosca su pata de coral.

A través del morado intenso
del calor que agoniza
del sol y de la niebla,
el rayo horizontal de luz solar
acaricia
al lirio de pecho oscuro
y esparce un oro más rico
en su cresta dorada.

En el ascenso lento
de la marea,
flota hacia el río
y va lentamente a la deriva
entre las cañas
izando las banderas amarillas,
flota
donde río y marea se encuentran.

Ah, beso soberano–
no hay más arrepentimiento
ni recuerdos antiguos
para arruinar el éxtasis;
donde los juncos bajos se espesan,
la azucena amarilla
se despliega y descansa
bajo el aleteo suave
de las alas del cisne rojo
y el temblor tibio
de su pecho.

Leteo

Ni piel ni cuero ni vellón
te cubrirán,
ni cortina de seda ni refugio
de cedro hallarás sobre vos,
Ni el pino
Ni el abeto.

Ni la vista de la aliaga o del espino
o del tejo de río,
Ni la fragancia del arbusto en flor,
ni la queja del tordo para despertarte,
ni la del zorzal,
ni la del pardillo.

Ni la palabra ni el contacto ni la visión
del amante anhelarás
en la noche, sino esto:
el rodar de la marea entera que te cubra
sin preguntas,
sin besos.

Jardín protegido

Ya tuve suficiente.
Respiro con dificultad.

Todos los caminos se terminan, todas las calles,
todos los senderos al final llevan
a la cima de la colina
–después, una aminora el paso
o encuentra la misma pendiente del otro lado,
y se lanza.

Ya tuve suficiente—
claveles, clavelinas, siemprevivas,
hierbas, berros.

Oh, por el latigazo de una rama
—en este lugar
no hay olor a resina
ni sabor a corteza, a pasto común,
aromático, astringente—
nada más canteros y canteros de claveles perfumados.

¿Alguna vez vieron bajo techo frutas
que busquen la luz?—
¿las peras envueltas en trapos
protegidas del hielo,
los melones casi maduros,
asfixiados en paja?

¿Y por qué no dejar que las peras se aferren
a la rama vacía?
—Tanta persuasión solamente va a dar
una fruta más amarga—
Déjenlas aferrarse, madurar por sí mismas,
demostrar su valor,
marchitas y mordidas por la escarcha
para que caigan, al final, hermosas
con su abrigo rojizo.

O al melón
—Déjenlo desteñir amarillo
bajo la luz invernal,
aunque sea ácido—
es mejor tener gusto a escarcha
—escarcha exquisita—
que a pasto seco y paja de embalar.

Por esta belleza,
belleza sin fuerza,
la vida se ahoga.
Yo quiero un viento que rompa
y disperse estos tallos rosados,
que arranque su cabezas fragantes y
las arroje sobre las hojas secas—
que esparza las ramitas por los caminos,
los gajos rotos.
que arrastre las ramas grandes de los pinos
que volaron de un bosque, lejos,
justo encima del huerto de melones,
que rompa las peras y los membrillos,
que deje los árboles por la mitad, destrozados, retorcidos
pero mostrando que la pelea fue valiente.

Oh, que borre este jardín
para olvidar, para encontrar una belleza nueva
en algún lugar atroz
atormentado por el viento.

Los misterios quedan

Los misterios quedan,
yo sigo el mismo
ciclo del tiempo de la siembra
y del sol y la lluvia;
como Démeter en la hierba,
multiplico,
renuevo y bendigo
como Baco en la viña,
sustento la ley,
abrazo los misterios verdaderos,
el primero de ellos
nombrar a los muertos, a los vivos;
soy el pan y el vino.
abrazo la ley,
Sustento los misterios verdaderos,
yo soy la viña,
y las ramas, vos
y vos.

Amapolas de mar

Cáscara de ámbar,
surcada de oro,
fruta en la arena
marcada con un grano abundante,

tesoro
derramado cerca de los arbustos de pinos
para blanquearse en los peñascos:

tu tallo ha echado raíz
entre guijarros mojados
y el montón arrojado por el mar
y conchas ralladas
y caparazones de concha escindidos.

Hermosa, extendida ampliamente,
fuego sobre hoja,
¿qué pradera ocasiona
tan fragante hoja
como tu radiante hoja?

Rosa de mar
Rosa, áspera rosa,
estropeada y de pocos pétalos,
flor magra, delgada,
escasa de hojas,

más preciosa
que una rosa mojada
única en un tallo
—sujeta a la deriva.

Atrofiada, con hoja pequeña,
eres arrojada a la arena,
eres alzada
en la crujiente arena
que se mueve en el viento.

¿Puede la rosa que es especia
gotear tan acre fragancia
endurecida en una hoja?