Poetas

Poesía de Estados Unidos

Poemas de James Weldon Johnson

James Weldon Johnson (1871-1938) fue un autor, político, diplomático, crítico, periodista, poeta, antologista, educador, abogado, escritor de canciones, activista de los derechos humanos y prominente figura en el Renacimiento de Harlem. Johnson es más recordado por su trabajo como escritor, que incluye novelas, poemas y colecciones de folclore. Fue, asimismo, uno de los primeros profesores afroamericanos en la Universidad de Nueva York. Más tarde fue profesor de literatura creativa en la Universidad Fisk.

La creación

Y Dios caminó fuera del espacio
Y miró alrededor y dijo:
Estoy solo ―
Voy a hacerme un mundo.
Y tan lejos como el ojo de Dios pudo ver
La oscuridad lo cubría todo,
Más negra que cien noches
En un pantano de cipreses.
Entonces Dios sonrió
Y la luz se hizo.
Y la oscuridad se enrolló hacia un lado,
Y la luz quedó brillando en el otro,
Y Dios dijo: ¡Eso es bueno!
Entonces Dios se estiró y tomó la luz en sus manos
Y Dios estrujó la luz en sus manos
Hasta crear el sol;
Y fijó aquel ardiente sol en los cielos.
Y aquella luz que sobró al formar el sol
Dios la reunió en un brillante globo
Y lo arrojó en contra de la oscuridad
Adornando la noche con la luna y las estrellas.
Entonces abajo, entre
La oscuridad y la luz,
Él arrojó al mundo;
Y Dios dijo: ¡Eso es bueno!
Entonces Dios mismo bajó ―
Y el sol estaba en su mano derecha,
Y la luna estaba en su mano izquierda;
Las estrellas se agruparon en torno a su cabeza
Y la tierra estaba bajo sus pies.
Entonces Dios caminó, y en donde él pisó
Sus huellas cavaron los valles
Y se curvaron las montañas.
Entonces se detuvo a observar y vió
Que la tierra era ardiente e infértil.
Así que Dios se acercó al borde del mundo
Y escupió los siete mares ―
Abrió los ojos y centellearon los relámpagos ―
Retumbaron los truenos al aplaudir ―
Y cayeron las aguas sobre la tierra:
Corrieron las aguas refrescantes.
Entonces brotó el pasto verde,
Y las pequeñas flores rojas se abrieron,
El pino apuntó sus dedos hacia el cielo
Y el roble extendió los brazos,
Los lagos se acunaron en los huecos del suelo
Y los ríos corrieron hacia el mar;
Y Dios sonrió de nuevo,
Apareció el arcoíris
Y se enroscó en sí mismo alrededor de su hombro.
Entonces Dios levantó los brazos y batió su mano
Sobre el mar y la tierra
Diciendo: ¡Nazcan! ¡Nazcan!
Y tan pronto como Dios dejó caer su mano,
Los peces y las aves,
Las bestias y los pájaros,
Nadaron por los ríos y los mares,
Vagaron por los bosques y los montes
Y partieron el aire con sus alas.
Y Dios dijo: ¡Eso es bueno!
Entonces Dios caminó en su entorno
Mirando alrededor
Sobre todo lo que había hecho.
Contemplo su sol,
Y miró su luna,
Y sus pequeñas estrellas;
Miró a su mundo
Con todos sus seres vivos,
Y Dios dijo: Aún estoy solo.
Entonces Dios tomó asiento ―
A las faldas de un monte en dónde pensar;
Al lado de un río profundo y ancho se sentó;
Sosteniendo su cabeza entre las manos,
Dios pensó y reflexionó,
Hasta exclamar: ¡Me haré un hombre!
Sobre el lecho del río
Dios recogió la arcilla con sus manos,
Y al borde de la rivera
Él se arrodilló;
Y allí el gran Dios Todopoderoso
Que iluminó el sol y lo fijó en el cielo,
Que arrojó las estrellas al más lejano rincón de la noche,
Que hizo girar la tierra en la palma de su mano,
Este gran Dios,
Como una madre inclinándose ante su hijo,
De rodillas sobre el polvo
Trabajando un montón de arcilla
La modeló a su propia imagen;
Entonces en él sopló el aliento de la vida
Y el hombre se convirtió en un alma viviente.
Amén. Amén.

Escucha, señor― Una plegaria

Oh, Señor, venimos esta mañana,
Arrodillados y con el cuerpo inclinado
Ante tu trono divino.
Oh, Señor ―esta mañana―
Con el corazón bajo las rodillas,
Y las rodillas en algún valle lejano.
Venimos esta mañana ―
Como cántaros vacíos a un manantial repleto,
Sin ser dueños de nuestro mérito.
Oh, Señor ― abre una ventana del paraíso
Y asómate por encima de las murallas de la gloria,
Y presta atención a esta mañana.
Señor, ten piedad de los pecadores orgullosos, moribundos, ―
Pecadores al borde del infierno
Que parecen amar a bien su distancia.
Señor ―cabalga esta mañana―
Monta tu caballo blanco,
Y cabalga esta mañana ―
Y en tu paseo, cruza por el viejo infierno,
Por las sucias puertas del infierno
Y detén a los pobres pecadores
En su caída precipitada.
Ahora, Señor, a este hombre de Dios
Que parte el pan de vida esta mañana ―
Protégelo en el cuenco de tu mano
Y aléjalo del golpe del demonio.
Tómalo, Señor ― esta mañana ―
Lávalo a fondo por dentro y por fuera,
Cuélgalo hasta dejarlo seco de pecado.
Prende su oreja al poste de la sabiduría,
Y haz de sus palabras mazas de la verdad ―
Golpeando el duro corazón del pecado.
Señor Dios, esta mañana ―
Pon su ojo en el telescopio de la eternidad,
Que mire sobre los frágiles muros del tiempo.
Señor, diluye su imaginación,
Pon movimiento perpetuo en sus brazos,
Llénalo con la implosión de tu poder,
Úngelo del óleo de tu salvación
Y prende su lengua en fuego.
Y ahora, Oh, Señor,
Cuando he bebido mi última copa de pena ―
Cuando he sido nombrado de cualquier forma
Menos como hijo de Dios ―
Cuando estoy listo para viajar
Hacia el lado áspero de la montaña ―
Oh ― Hijo de María ―
Cuando comienzo a bajar
Por los escalones resbaladizos de la muerte ―
Cuando este viejo mundo
Comienza a oscilar bajo mis pies ―
Llévame en paz hacia mi tumba polvosa
A esperar aquel glorioso amanecer ― Amén.

Negro y desconocido

Oh negro y desconocido poeta de tiempos olvidados
¿Cuándo volverán tus labios
A besar el fuego sacro?
¿Cómo en tu oscuridad llegaste a saber
del poder y belleza de la lira poética?
¿Quién en sus andanzas
elevó los ojos?
¿Quién se detuvo a aguardar
solo
los largos días
y sintió la fe de los profetas
en su alma, ardiendo una canción? (…)