Poemas:
Canto al frío
Tú vigilas de noche las esquinas del sueño,
las altas azoteas y el deseo incipiente,
los negros embozados que empujan las alcobas
y el ladrar de las puertas a remotas aldeas.
Tú vas enfureciendo los grandes hormigueros,
con música de piano diriges procesiones.
Tú cuando todos duermen, rodeados de sonámbulos
declamas a la vida y enamoras a la muerte.
Cuando nadie te sigue yo me muero por verte,
los ojos no me alcanzan para gemir tu olvido,
cuando te creen dormido yo precipito el pánico
descubriendo en silencio la espuma de tus llagas.
Oh, sudor de los astros que inundas las ventanas.
Oh, desdicha del sueño, reposo y jubileo,
desnudez y ceniza.
Por ti se desagotan los muebles y se esconden,
por ti desaparecen mis brazos en la arena.
Entonces las tiniebla responsables y puras
por ti levanta muros de piedra en las orillas.
El frío que nos mueve, sobre tu furia llega,
y el delfín del silencio nada hacia el alto Río
para que todo muera.
Historia de amor
Para brillar con idéntica luz los amantes se encierran,
porque no saben si el mundo ha terminado
su destino de lluvias y de niños,
o si el mundo es un No opuesto a la integridad
de sus deseos,
o si el mundo no existe y entonces conviene
apartarse de la nada.
No son el hombre y la muchacha nocturna
que buscan sótanos húmedos y oscuros para entrar y salir
furiosamente. La fruta caída entre los desperdicios
es tan sólo el memento de un estío pasado,
y de una tierra fabulosa
como las entrañas de un toro.
Pero el amor hace que los amantes sean vicarios
de potencias altísimas,
que los mueve a la ira y a romper la pepita de los gameros
ávidos de unidad,
a pisarlos después con asco
porque abren la senda a los números infinitos.
Los amantes necesitan encerrarse,
y cada uno de ellos, que se aman tanto,
cuando se encuentran solos en una ola o en un palacio
-penetrado de silencio- donde ninguna mano
puede violar la intimidad fastuosa,
comienzan a descubrir el tórax, su cintura,
la risa, la cabellera criada entre delicias
y se lamentan.
Sí, pide la historia del amor
el llanto. La risa cumo un grito retorna
a la garganta
y el gracioso la escucha sobrecogido
y ríe, sigue riendo ante su noche.
Qué ver sino los labios unidos. Luces idénticas
que poco a poco dejan de ser lo totalmente otro,
y en el cabello, en la cintura, sienten
que allá infinito
arroyo bajo el valle
nada lo asible puro de la amada.
¿Adónde has visto luego que fueran los amantes?
¿Se apartan y mientras uno habla
el otro llora?
O se dedican a la muerte
en ese día en que pensaron: Las mariposas vuelan para nosotros.
¿Quieren burlarse del insigne fracaso?
Es por eso reconfortante saber que todavía se muere la juventud,
no llegados aquí, a la precisa madrugada,
preparada, en que el hastío los deja cínicos
o rompe el vuelo de su pensamiento.
Felices los necios y los sabios,
los engañados totalmente
que mueren en la fe primitiva
y los que arengan con la conciencia de un gran fraude,
mirando más, mirando más.
Tiresias
¿Podrás tú entender lo que no era
sino una bellísima aventura?
Los ojos de una perra enorme mirándote en la sala
donde recién un condesito vino,
y tú la vez perderse en las cortinas
pero su furia queda.
Cielo lleno de ojos y ninguna palabra entre nosotros
para decir de la ventura
su clamor instantáneo,
decir esta separación de mundos
habitado el primero,
destruido el segundo,
y la frase del anciano poeta:
El verdadero amor nos es ausente.
¿Podrás tú verlo llegar enfermo a su casa,
fría como las cobras lujuriosamente unidas
en el césped,
y entenderlo llorar porque vivir o muerte
es un tacto de luna
es una
frente?
Los arrabales desde el Palacio de la Luz
Veo rieles y parques de griságuila, unidos
a edificios callados donde la risa estorba.
A la izquierda pantanos
como sucios graneros,
y en mi oído palabras.
Quizá veo un camino tallado por metrallas,
larga fría escalera que trepa el horizonte,
donde viven su generosa espera los hermosísimos
vencidos en el delta
por la impensable ola.
Todo un cielo nacido del humo del oeste,
también corazón de dolores
o quincena maldita,
descubre sobre el cromo, los ocres y morados
Que el verdadero sol nos es ausente.
He aquí la montaña,
en un cuarto de niños soñada, pero único sitio
donde el viento es sembrador.
Toda líneas digitales
o brechas o avanzadas de las estrellas,
firmemente hundida en los poétalos de la arena,
en las plumas del mar.
Y si el amor me oprime, rebeldísimo a la noche,
a las odiosas plantas del día
que pisaron el extendido pecho,
veo rieles y parques y cielos y caminos
a través de anteojos o lágrimas
luchando.
Noche transfigurada
Ni hablo ni escucho
como la dalia en el tintero.
Abiertas las ventanas de mi casa
en el campo
se sentían llegar cosas al mundo,
extrañísimas cosas,
cargamentos.
Y se sentía aquel drenaje oscuro
la emigración de lo que se moría
hacia todo el espacio
de las nubes.
Solo sé una palabra,
una pregunta
para ustedes señores ocultísimos
que parecen vivir todo en el campo
y despedís al borde de la noche
materias del olvido.
Pero no hablo.
Las Terrazas 2
Entramos inconscientes en la noche.
Cae pesada y leve
ahora
en la terraza.
Me muevo sin sonido
y los rincones de fugitivos oros
se limpiaron del vicio.
Estoy solo y sombreado
e inconsciente me penetré de noche,
casi indócil,
porque entrar inconsciente
es estar fuera,
fuera del tiempo y en la Noche.
Un mantel se sostiene,
pesa abajo la mesa
terca
y dura succionando raíz en los mosaicos.
La sombre, un cenicero
y el libro de Cervantes
son nada en un mantel
y en los ojos de un niño
pudieran reflejarse.
En la misma maceta
el cobre de la aurora
se apagó en el oído
y música se llama.
Rombos, rombos de sombras
sobre sombras,
maceta como un alga a la deriva.
El mar lejano está
cortando la terraza,
se acumula a las dunas
sin espejear las nubes.
Extiendo mis dos manos de sombra
hasta su sombra
Y penetra mi estría
como un tallo en su fruta.
El mar puede moverse
lo creo en la terraza,
lo veo en la terraza
avanza con pesada movilidad de toro.
Se llega y queda solo
comiéndose las luces,
conserva todavía la forma del abismo.
De frente, paso a paso
me pasa,
ya no miran mis ojos
de la nuca.
Ha llegado
a mi cuarto
y en mi cama
está el mar. Todo es Noche.
Situación anómala
Amar es vivir despreocupado. Punto.
Es una posibilidad que debió ser jueves o explosión
o sonido de una guitarra que el luthier
nunca se atrevió a construir. Punto.
Situación anómala que todos confunden con Felicidad
y se enorgullecen al descubrirla entre sus amistades.
Puede ser un gato que en las estrecheces de los
hogares modernos repasa las masacres
de sus abuelas ENTRE LOS HELECHOS GIGANTES
Y LOS DINOSAURIOS.
Siempre está perdido en el sueño próximo
al delta pantanoso.
Basta que toque un rayo de luz en su plumaje
para que surja Amor,
como una novia etíope de su blanca litera.
Los raquíticos no saben del amor.
Entonces sí, corresponde: Punto.
Ars Poética
ESCRIBO MIS VERSOS
de espalda a los lápices,
como se olvidan del Instituto
los maestros rurales,
como los niños se hacen amigos.
Sólo cuando estoy abandonado
me atrevo a la poesía,
cuando no puedo invocar a nadie,
porque invocado no vendría.
Y el verso se hace llaga
posado sobre mi mano.
Llego con lentitud a los contornos
donde a veces se clausuran
las palabras,
y las acaricio o me acarician
cuando quedan en mis labios.
Pero hay muchas
que me abandonan.
Y las recibo en esta soledad
que no es de campo,
ni de cárcel, ni de amargura.
A veces voy tocando los seres
vivos o muertos
que me rodean,
pero siempre los veo como algo
que podría ser una rosa.
Y con ella en la mano
saludo.
Si mi rosa se quiebra
en el aire
me alejo,
porque su eco no llegaba
a la noche o la eternidad.
No busco la poesía.
No busco la poesía entre todo
lo que he perdido,
ni analizo la escoria del aceite
de las lámparas que he ahogado.
No sabría decir -En la hora soleada
después de un día lento
soñando con mi sueño-.
Porque se quiebran en mi garganta
las palabras cautivas.
No sabría decir -Era aquí
en un sitio preciso
cercado de pasión-.
Mi verso ocupa un día
y todos los días
y casas con sus tierras
donde habitan los hombres
y los llevo poco a poco
a otra tierra de palabras.
Y allí,
Montevideo o nunca
es lo mismo.
Biografía:
Jorge Medina Vidal fue un arquitecto de palabras, un explorador del sentido, un poeta que supo encontrar en la semiótica y la crítica literaria los cimientos de su obra. Nacido en Montevideo el 4 de marzo de 1925, su vida y su literatura fueron un constante diálogo entre la forma y el significado, entre el rigor académico y la vibración lírica. Su escritura es un espejo donde se reflejan los ecos de una tradición literaria uruguaya profunda y, al mismo tiempo, un laboratorio de innovaciones donde el lenguaje se descompone y se reconstruye con una precisión de orfebre.
Licenciado en Letras por la Universidad de la República, Medina Vidal no solo habitó la poesía, sino también la enseñanza y la crítica. Fue profesor en la Enseñanza Secundaria y en el Instituto de Profesores Artigas, además de ocupar las cátedras de Teoría Literaria y Semiótica en la Facultad de Humanidades y Ciencias y en la Facultad de Arquitectura. Su labor docente no fue un mero ejercicio académico, sino un acto de fe en la palabra, en su poder transformador, en su capacidad de iluminar los intersticios del pensamiento.
A lo largo de su trayectoria, dejó huella en diversas publicaciones, desde las páginas de revistas como Marginalia, Clinamen, Altamira y Aquí poesía hasta las columnas del diario El País. Cada una de sus contribuciones es testimonio de una mente aguda, de una mirada que disecciona la realidad con el mismo rigor con el que un poeta talla sus versos.
Medina Vidal no fue solo un poeta, fue un alquimista del lenguaje, un estudioso de sus estructuras y de sus sombras. Su obra es un punto de confluencia entre la pasión y la razón, entre la poesía y el pensamiento, entre la belleza y el análisis. Falleció en Montevideo el 17 de junio de 2008, dejando tras de sí un legado imprescindible para la literatura uruguaya y latinoamericana. Su voz, sin embargo, sigue resonando, desafiando el olvido, reinventándose en cada lectura, como lo hacen los grandes poetas.
