Poetas

Poesía de Argentina

Poemas de Julio Migno

Julio Bruno Migno Parera (San Javier, Santa Fe, 6 de octubre de 1915 – Santa Fe, 5 de diciembre de 1993) fue un poeta argentino, conocido por su obra que tiene como escenario principal al río Paraná y sus islas.

¿Qué tendrás pago?

Chiflando una tonada en las totoras
y peinando el sauzal, retoza el viento
rempujando las crespas marejadas
que entre esquilas de espumas van muriendo.

Como pa’ hacer brillantes ñanduceras
están las tres Marías en el cielo.
Se ha fundido una estrella y cae su chorro
como lágrima en arco entre el estero.

No pica; con plomada o sin plomada,
de espinel o pateja, da los mismo.
Van hablando en temblor las correntadas
y se duerme la liña entre los dedos.

Hay plata en el zanjón, en las escamas,
en la ristra brillosa ‘e los anzuelos,
en el cuchillo de cortar carnadas,
y en esa «bola de uno» del lucero
que se ha ceñido al corazón arisco
pa’ que levante luces en el pecho.

¡Qué tendrás pago, que te quiero tanto
con tus chajás, tus brujas y tus esteros,
con los vellones de tus garzas blancas,
con el pico plateao de tus boyeros,
con tus garcitas moras que se visten
en tus jacarandases y tus cielos,
con tus torcazas llenas de ceniza,
con Juan Soldao, el de la brasa al pecho;
¡qué tendrán tus calandrias que me llaman,
tus chororoses y tu tordo islero,
y tus viuditas tristes y esa chispa
que dió el fogón pa’ la brasita ‘e fuego,
y qué tendrás, que entre mis noches pasa
siempre un arisco cardenal ardiendo!
¡Esos son tus gualichos en mi amargo,
ésa es la brujería que me has hecho,
ése es el espinel que le has tendido
pa’ prender en sus ganchos al Mielero!

Soy de tus islas un timbó cualquiera,
y en tus zanjones, curupí a los vientos;
sauce embrujado de cualquier barranca,
y un llanto colorado entre tus ceibos,
y soy, por una herencia de la suerte,
con mi lanza en la voz, sanjavielero.

¡Muchas gracias, patrona doña vida,
que me has hecho zorzal. Estoy contento!

Mi tierra

Timbó, laurel, curupí,
lindos ceibales en flor,
pago de indio mocobí;
San Javier donde nací;
no hay otra tierra mejor.

Timbó, laurel, curupí…

Sanjavielito y Verón
en mi sangre van marchando,
desato mi corazón,
lo pongo de embarcación
y lo cruzo navegando.

Sanjavielito y Verón…

Ronquidos de marejadas,
corridas de surubises,
y abriendo las madrugadas
nubarrón de crestonadas
y un silbar de siririses.

A pala corta la proa
dolorida correntada
y descansa la canoa
mientras se hace la ranchada.

Relatos de aparecidos,
política lugareña,
la crónica de un silbido
y el llegar como perdido
del que salió a buscar leña.

Cielo abierto, mosquitada,
chanzas, postas de pescao,
y al revolear la liñada
la preferencia anotada:
«pa’ la boca de una dorao!».

Corre plomo derretido
en la vena del zanjón,
y un camalote perdido
va cabeceando dormido
a dar contra un albardón.

Juega su plata la luna
sobre carpeta de estero
y se la copan los teros
a orillas de la laguna…
Por la lomada cebruna
relincha en arco un bagual,
pasa lerdo un pato real
al sesgo y a lo matrero,
y lo encandila el lucero
que asoma entre el totoral.

Silencio de narradores,
quejumbres de gallinetas,
relevo de cebadores
y un rodear los asadores
de cuchillo y de galleta.

Como anticipo de soles
en las mañanas triunfales,
cuajarones arreboles
van flamenado tomasoles
los isleros cardenales.

«Color de guitarra vieja»
salta un zorzal andariego.
La ocurrencia en la madeja
la tejió don Goyo… Cejas
mientras atizaba el fuego.

Calandria en cristalería,
boyero meciendo acentos,
pasan en la tierra mía
con sus gauchas juglarías
de emplumados instrumentos.

Amigo de mis ausencias,
de lo mejor que me queda,
aquí vengo a la querencia
y haciendo acto de presencia
pido mi trago en la rueda.

Paisanas: «sanjavielero
pa’ lo que gusten mandar»,
de aquellos que al saludar
como queriendo sembrar
van empujando el sombrero.
Paisanas, sanjavielero.

Todo del indio Mariano
y del flautista Paikí
donde es chuza de baqueano
el alarido temprano
de Miguel Lavanderí.

Timbó, laurel, curupí,
lindos ceibales en flor,
pago de todo mi amor
San Javier donde nací
tierra de indio mocobí
borracho al atardecer,
timbó, laurel, curupí
no he de morir sin volver
y he de volver a morir
en tus costas, San Javier.

Cúmplase así mi destino
después de cruzar errante
loco caballero andante
los más inciertos caminos,
sintiendo todos los trinos

con mi tumba en la barranca,
cajón de madera blanca
de timbó sanjavierino
y en tardes ensangrentadas
Sanjavielito y Verón
rezándome una oración
en sus blandas marejadas.

EL HONDAZO

-¡Doña griselda!…
-¡Qué!…
-Mire vecina:
mandemeló al muchacho,
pero que venga de honda pa’ la huerta
pa’ que me mate un pájaro.

Y allá va el gringo de pelito rubio
-piel de Judas de todo el vecindario-,
y en lo de ‘ña Rufina -apuro y rabia-,
entra un poco de sol, y mucho barro.

-¡Aquél!… ¡Matalo!… ¡Negro sinvergüenza!…
¡Pegamelé un hondazo!…
¡Se me jué de la jaula en un descuido.
Con lo bien que lo trato!…

Miré a la copa; todo altanería
con rebeliones de silbido en alto,
el tordo me miró como diciendo:
«Vos tirándome a mí, siendo un hermano»?

-Y de áhi…?
-Vea… No puedo ‘ña Rufina…
¡Cómo me está mirando
-¡Su trompeta sin hiel!
-¡Doña Rufina!
vivo es que hay que agarrarlo!
-No Barrabás; si se escapó no vuelve;
¡hay que matarlo!

En el cuero ancho y fuerte de la honda
la bolita de barro
comprensiva latió´; cerré los ojos,
erré, y el tordo se escapó volando.
-Mándesemé a mudar!
-¡Doña Rufina!…
-¡Pa su casa, bellaco!
(y entró en un llanto convulsivo, mientras,
él silbó agradecido de lo alto).

¡Cuénta distancia y tiempo
van desde aquel hondazo!
¿Qué habrá sido del tordo defendiendo
su libertad de pájaro?
Lo que haya sido; soledades y hambre
pudo sufrir, acaso;
mejor es el imperio de la nube
que dormir y comer… pero enjaulado.

Tordo de mi niñez, hermano mío,
hombre, entendí la rebelión del canto.
El sol declina ya, pero no importa;
aún hay fuerza en mis alas… ¡te acompaño!

***

Música de toses
acompaña un perro con auyidos largos.
Ajuera, una sombra… ¡la que nunca falta,
la enlutada vieja
que yega en invierno visitando ranchos,
por los quinchos rotos
se lo pasa espiando!

¡Ciérrele la puerta, mamacita güena,
degüeye esos perros que le están auyando:
no le reze a naides que no está pa’ rezos,
despierte los chicos con algún engaño,
porque esa ladrona de los nidos pobres
se yeva dormidos los pichones mansos!

Antes de acostarse pa’l último sueño,
yegó a sus cachorros…,
pintó en cada frente
la rosa sangrienta de sus besos malos,
y tantió los cuerpos… ¡no juera que alguno
s’estuviera enfriando!

(Sin yamar a naides, como dueña ‘e casa,
rempujó la puerta, despenó el pavilo
y apagó los marlos).

Hasta el alba güeltió la enlutada
sin poder conseguir arrancarlos;
madrugando acarriaba el solcito
su visita de luz hasta el rancho,
p’alumbrar unas alas de yelo
que tapaban el sueño ‘e sus guachos…!