Poemas:
Preludio Ético – Estético
No soy un vencido,
ni ciñe mis sienes el lauro del triunfo.
Guardan a mi espíritu broqueles de acero:
nunca podrá herirme la maledicencia . . .
No soy un vencido, pues logré apartarme con la frente limpia
del sendero fácil que huellan los viles
y he vuelto a los sabios en avilanteces la viril espalda
que no ha sido hecha para doblegarse;
cuando con lisonjas los sabios quisieron llevarme a la cumbre
les volví la espalda y entré en una senda vestida de abrojos,
senda de dolores y desesperanzas
para los rebeldes,
para los humanos,
para los humildes que jamás ocultan el alma y la idea,
para quienes dicen la verdad y aguardan con el cuello erguido
que alguien les responda, — magnate o poeta, juglar o letrado,—
desde ricos bufetes cubiertos
de infolios y opúsculos;
desde las terrazas de los miradores;
desde los estrados de las academias
o desde las torres de marfil cerradas
a todas las quejas de la muchedumbre,
a la voz doliente de los peregrinos y los pordioseros,
a la ardida sátira de los Juvenales
y al sobrio discurso de los soñadores inmunes al vicio.
Hay en mi buharda
ventanas abiertas a todos los vientos
y a todos las luces,
sobre cuyas fallebas ociosas
nunca he puesto las manos febriles.
Por ellas me envían su aroma las flores,
el sol sus destellos, su frescor la brisa
olorosa, y el eco me trae
de transidos parias y desheredados la justa querella.
Entra en mi buharda
todo humano acento,
y en ella armonizan con la voz de cristal de mis hijos
los arpegios puros de mi compañera.
Yo sueño en la noche
mientras al susurro del viento en las frondas responde altamente
con sus pertinaces ladridos el perro que cuida mi estancia
y se echa a mi lado como fiel amigo,
mirándome siempre, como si quisiera leer en mis ojos;
como si deseara comprender mi angustia
y escrutar en el fondo de mi alma.
Suelen mis rosales difundir doquiera
su intenso perfume
que a la par invade las regias alcobas y los lechos tristes.
Cuando ese perfume flota en torno mío,
pienso en los avaros que esconden sus oros,
en los sabios mezquinos que llevan
a la sepultura su sabiduría
y en los pedagogos y bardos venales
que tienen por culto la traición y el medro
y hacen gala de amor a la patria,
con sus arrumacos a la azul tierruca
por la cual no han hecho ningún sacrificio.
Me dan grima todos, todos los esclavos; mas tengo un esclavo:
el ritmo, el glorioso
gladiador desnudo que domina el arte
y al viril esfuerzo de mi numen músculo se rinde y doblega.
Juego con el ritmo
cual con una hoja de flexible acero
o finísima vara de junco;
y por eso el ritmo se aviene a mis cantos
de amor, a la savia de mis anatemas
y al mórbido aliento de mis elegías
y a la evanescencia voluptuosa y cálida de mis madrigales.
La rima es trasunto de esos arabescos
que un instante lucen en nuestra retina
y desaparecen, así como un bólido, sin dejar su huella.
Símbolo de pompas y fastuosidades,
alegre remedo de grecas y randas,
la rima es encanto para los sentidos .. .
Empero,
sin ella nos hacen vibrar las alondras y los ruiseñores
que no se engalanan cuando melodizan,
y con ella suelen encubrir su inedia
estériles estros, menguados espíritus
y embotadas conciencias obscuras.
Cairel de caireles,
es la rima el ornato del verso
que con la fragancia del ritmo se nutre.
Mi numen refleja
todos los matices de mis emociones
y de mis mirajes;
y, así como un río que jamás extingue sus fuerzas latentes,
él no pone obstáculos a mis generosos raudales anímicos
que ora se apaciguan dulce, dulcemente, como en un remanso,
ora se alborotan como si anunciasen vórtices o tumbos.
¡Rabien los cantores que imponer pretenden norma al sentimiento!
¡Dé a las auras el ruin sus blasfemias
y derramen bilis Aristarco y Zoilo!
que entretanto mi numen traduce
por igual el trémolo de esa sensitiva que llevo en el alma
y la acre protesta de mi rectilíneo carácter de bronce!
Himno a los Ejercicios Físicos
Aire y luz y movimiento
arrancan al desaliento
la cadencia de la vida ;
loemos todo sustento
de la vocación dormida.
Vencen la inercia de nuestros músculos
la fuerza, el ritmo, ya en los crepúsculos,
ya en las mañanas ebrias de sol.
Mientras palpitan nuestros tendones,
Naturaleza pródiga en dones,
nos da la clave de perfección.
Ha de surgir del cultivo
corporal, noble y activo
dechado de humanidad:
juventud de porte altivo
y ubérrima voluntad.
La casta débil desaparece.
No habrá más savia pobre. — Florece
nueva, robusta generación.
La vida exige firmeza y bríos ;
iNo más retoños magros, tardíos!
Salud, la diosa, nos prohijó.
Rompiendo de nuestros vicios
corporales las cadenas,
regulan los ejercicios,
— a la juventud propicios, —
el ritmo de nuestras venas.
Biografía:
Manuel Pérez y Curis nació en Montevideo el 21 de mayo de 1884 y vivió una vida breve pero intensa, marcada por la pasión literaria y una febril entrega al arte de la palabra. Su poesía se inscribe en ese territorio movedizo donde lo moderno roza lo simbólico, y donde el verso busca no solo cantar, sino también pensar. Murió joven, a los 36 años, el 22 de noviembre de 1920, víctima de la tuberculosis, dejando tras de sí un legado tan delicado como poderoso, en parte inédito, como si el silencio también formara parte de su obra.
Fue una figura central en el panorama intelectual uruguayo de comienzos del siglo XX. Dirigió la revista Apolo, dedicada al arte y la sociología, espacio en el que confluyeron voces fundamentales como las de Delmira Agustini, Alberto Zum Felde y Perfecto López Campaña. En Apolo, donde la poesía dialogaba con el pensamiento social, brilló su sensibilidad estética y su inquietud intelectual. También colaboró en la revista Frou-Frou, bajo el seudónimo de Ismael, nombre con el que firmó numerosos artículos, como si intuyera que su verdadera identidad estaba hecha de múltiples rostros poéticos.
Pérez y Curis no fue solo un poeta, sino un espíritu en busca de formas, de arquitecturas del verso. Su prosa crítica, como La Arquitectura del verso, revela una mente comprometida con la música interna del poema, con su construcción secreta. En sus libros de poesía, desde El poema de la carne hasta El gesto contemplativo, se percibe la evolución de una voz que se mueve entre el erotismo, la contemplación y una metafísica de lo cotidiano. Su verso es intimista, pero nunca ajeno al temblor del mundo.
Obras como Heliotropo, Ritmos sin rima o Romances y seguidillas del Plata revelan un profundo dominio de los registros líricos y una notable apertura hacia las formas populares y cultas, combinadas con naturalidad y elegancia. Sus títulos parecen anticipar lo que contienen: crisálidas, carne, besos, vida. Todo su imaginario orbita en torno a la sensibilidad y el deseo de captar lo fugaz, de volver palabra lo que se desvanece.
Manuel Pérez y Curis fue un poeta de frontera: entre el siglo XIX y el XX, entre lo clásico y lo moderno, entre la vida y la muerte. En su obra laten las preguntas esenciales del hombre sensible: el amor, el tiempo, la belleza, el arte. Y en su vida breve y luminosa, el eco de una generación que supo abrir caminos desde la literatura hacia las honduras del alma y del pensamiento. Su voz, aunque a veces olvidada, sigue resonando como una nota secreta en la partitura del modernismo rioplatense.
